Francisco
Javier Aguirre
EL ACANTILADO DE LA LIBERTAD
Novela
PRELUDIO
Hay un momento en
la vida en el que o tomas el mando de la tuya o quedarás para siempre
sometido a la voluntad ajena. En esa disyuntiva se encontró el protagonista de
este relato al disfrutar de tres días de asueto a comienzos de los años 90
del siglo XX.
La última década
del mismo supuso en España un cambio acelerado de actitudes y costumbres. Una
vez asentada la democracia a partir de 1982, tras el fallido golpe de Estado
del año anterior, se aceleró la liberación intelectual y moral que se había
iniciado tras la muerte del dictador. Tanto las clases populares como la alta
burguesía, con toda la gama de estamentos intermedios, experimentaron una
modernización no solo tecnológica sino también mental. La progresiva integración
en el occidente ilustrado que culminó con la entrada de España en la Comunidad
Económica Europea en 1986, ratificada en 1992 como Unión Europea, fortaleció el
cambio.
Existe numerosa
bibliografía técnica para describir los diferentes aspectos de esta
transformación profunda. Pero siempre ha sido la literatura con su desarrollo
ajeno a los corsés académicos y con su posibilidad de libre expresión la que ha
contribuido a narrar anécdotas, detallar situaciones y explicar circunstancias
que completan el panorama de una civilización en tránsito.
Ese es el destino
o al menos el propósito de esta novela titulada El acantilado de la libertad
cuyo protagonista, un joven de buena familia, camino de la madurez, ha
quedado desfasado tras los muchos años de apartamiento social y merma personal
que le han exigido sus oposiciones a Notarías. Tras el triunfo
profesional, se le impone un reciclaje en todos los órdenes, sobre todo en el
emocional.
De ello trata este
relato, sin escatimar detalles y situaciones de alto voltaje erótico,
entreveradas con reflexiones de carácter psicológico y alusiones al horizonte
emocional de la edad madura.
1.
Leopoldo María de La Bisbal y López de
Mendoza entró en la habitación con gesto decidido. Cerró la puerta de un codazo
y se quedó de pie junto a la cama. Respiró profundamente. Observó el panorama
con un giro lento de cabeza y se la sacudió con energía tomando conciencia de
la situación. Su pelo ensortijado y ralo de intenso color castaño parecía
flotar en el claroscuro de la luz ambiental.
Allí estaba. Por fin había llegado. Se sentía
bien solo, sin los apremios de tía Mercedes, sin la mirada oblicua de tía
Leonor, sin la desconfianza parapetada en las interminables recomendaciones de
mamá. Tres días completos para él en silencio sin las constantes llamadas de
doña Consolación “Mira, sí, que se va a poner la niña”. Tres días sin prisas,
sin la amenaza cimbreante de tío Marcelo intentando alardear de su sobrino
notario, sin la caterva de primos y primas pasando a saludar al niño prodigio.
Tres días de libertad tras muchos años de presidio.
Al cansancio acumulado durante el viaje en
autobús se sumaba el agobio de las últimas semanas. Sentía peso en los
párpados, en los codos, en las corvas. Demasiado autobús y demasiada paliza
familiar además del frenético complot general para organizarle la vida. No. Que
no y que no. Había conseguido plantarse. Se sorprendieron pero finalmente le
dieron tregua. Con la complicidad violácea de tía Leonor, cierto, se lo
agradecía en la distancia. Y allí estaba él libre por tres días. Libre para
pensar, para imaginar, para observar, para sospechar…
¿De quién procedería el anónimo? La primera
candidata era tía Leonor por su empeño en que se le permitiera irse solo a
descansar en aquella playa. Pero no, era demasiado evidente. Después la
inmensidad: podía haberlo escrito desde un amante despechado hasta un
profesional de la calumnia. Aunque cuando el río suena...
Recordaba haber oído una vez que primo
Teodoro rondó a Clara, su novia, tiempo atrás; ¿o lo había soñado simplemente?
En cualquier caso había cierta distancia entre el verbo rondar y lo que el
anónimo sugería. No iba a darle más vueltas al rumor. Quería dormir. El arrullo
de la noche se deslizaba por las portezuelas entreabiertas de la terraza. Aquel
sería un buen somnífero y la soledad su mejor confidente. No entraría mamá a
darle el beso del sueño ni ronronearía tía Mercedes temiendo que Polito se
hubiera destapado. Nadie le iba a molestar. Nadie le espiaría. La noche era
suya. Suya por fin después de tantos años.
Y suyo sería el día por llegar sin otra
ocupación que vivirlo. Sin códigos, sin normas, sin controles, sin fechas a la
vista, sin las recomendaciones interminables de tío Marcelo: “Plantea el
ejercicio de esta forma, de la otra, de la contraria”. Se acabaron los
ejercicios. Se acabaron los encierros. Suyo sería el día de sol y de oleaje bravo,
o de bruma y calma chicha, o de temporales y galernas traicioneras, pero suyo
en cualquier caso. Para caminar o para estar tumbado, para bañarse o para
tostarse al sol, para ver, para mirar, para escuchar, para hacer lo que se le
antojara pero sobre todo para pensar. Sí, tenía que pensar. Tenía que meditar a
fondo qué hacer con su vida por dentro ahora que la tenía resuelta por fuera.
Nadie le iba a condicionar. Se acabó. Aquel apresuramiento de casi todos le
daba mala espina. Y encajaba muy bien con el anónimo.
Un oscuro arrebato llegado de los confines de
la memoria invadía el presente. Empezaba a reconocerse. Sentía una sublevación profunda,
una desazón imprecisa, una ansiedad creciente. Se reconocía. No, no le iban a
organizar la vida. De ningún modo. Y menos en aquellas condiciones. Allí estaba
la rebeldía oscura de su personalidad sepultada durante días y meses, durante
años sin cuento. La reconocía. Había dicho siempre que sí. Tal vez era la
última oportunidad para decir que no. Por fin podría ser él mismo, pleno dueño
de sus actos.
Abrió la bolsa de viaje. Buscó algo frenéticamente,
sacó el pantalón del pijama con un gesto áspero, salió con él a la terraza e
hizo ademán de lanzarlo al vacío. Finalmente giró media vuelta y lo arrojó con
furia contra el suelo de la habitación. Había decidido dormir desnudo. No
porque hiciera calor sino porque sí. A pesar de la supuesta censura de tía
Mercedes y del también supuesto aplauso clandestino de tía Leonor. Sí, por
primera vez en su vida iba a dormir íntegramente desnudo.
Despertó con la sensación de estar recibiendo
una caricia, de amanecer entre los algodones del mimo. Un rayo de sol se colaba
por la cortina y comenzaba a besar sus párpados. Buen augurio. Estiró los
brazos, se contorsionó, bostezó con un suspiro largo. Su mano izquierda puso en
marcha el mp3, un regalo de la familia tras su éxito en las oposiciones. Lo
había dejado por la noche sobre la mesilla. Se encajó los auriculares y
escuchó.
La percusión decidida y densa le sobresaltó.
El primer acorde le hizo saltar de la cama. Corrió hacia el ventanal y echó a
un lado los estores. Luego abrió de par en par las puertas de la terraza. Casi
cegado por un sol horizontal que azotaba sus pupilas se agarró a la barandilla.
A continuación, movido por la energía del nuevo día fue girando en redondo para
que los rayos, entre rosáceos y anaranjados, acariciaran su piel. Al quedar
frente a la puerta se vio desnudo en los espejos desvaídos del cristal. Un
reflejo de pudor le hizo volver la mirada para saber si había sido observado.
En aquel instante la vio.
La undosa melena rubia, el top blanco y unos
shorts ajustadísimos lo electrizaron. Ella acababa de pasar por delante del
hotel justo frente a su terraza, lo suficientemente cerca como para verlo
desnudo. Pero no se volvía ni daba muestras de haberse enterado. Parecía
dirigirse hacia la pequeña playa situada tras la escollera que se abría bajo el
edificio. Sus movimientos firmes y cautos tenían un cierto aire felino. Una
pequeña bolsa de color blanco oscilaba desde sus hombros.
Leopoldo giró la cabeza hacia ambos lados
para hacerse con el escenario. La marea alta se estaba apoderando de las
lenguas de arena reduciendo la playa a una franja mínima. Frente al hotel,
situado en lo alto del farallón, el acantilado trazaba una línea perpendicular sobre
la costa. Más a la derecha se abría una pequeña ensenada cuyo espacio también
estaba siendo asaltado por las aguas.
La reverberación del sol le ofuscó. Vio cómo
se alejaba la silueta de la mujer que parecía estallar envuelta en luz. Era un
conjuro de formas y colores. Había doblado el breve recodo alfombrado de arena
y se disponía a subir al roquedal plano situado bajo el hotel. Salvó el primer
escalón, caminó hacia la izquierda dando saltitos sobre las grietas y desapareció.
Volvió a verla segundos después tras un peñasco pero su imagen era borrosa como
si estuviera siendo absorbida por la bruma dispersa del segundo amanecer.
Parpadeó para descargar la tensión y aguzó la
mirada intentando reducir distancias. La visión había desaparecido. Consciente
de su desnudez se apartó de la barandilla. Estaba excitado. Lo comprobó con la
vista e hizo un gesto de resignación sintiéndose acosado por una imprecisa
sombra de culpabilidad. Entró en la habitación y cogió una toalla. Se cubrió,
subió el volumen de la música y volvió a la terraza.
No supo dónde mirar. Le apetecía aquella
gachí. “Me apetece otra vez esa gachí” había escuchado en cierta ocasión a tío
Ambrosio que hablaba con su padre. A él también le apetecía aquella gachí
aunque solo fuera verla. O haberla capturado con la cámara para luego borrar la
imagen antes de regresar. Pero había venido sin ella, no quiso pedírsela
prestada a su primo, el único que disponía de una digital. Teodoro era el elemento
más avanzado de la familia en muchos sentidos incluido el tecnológico. Nadie salvo
él tenía un teléfono móvil, aquel mamotreto embutido en un enorme bolsón.
También era el único que utilizaba la comunicación escrita a través de la
emergente red que llamaban Internet. Los demás, incluidos sus padres y sus
tíos, estaban en la etapa del fax al que consideraban un artilugio prodigioso
para ser usado en ocasiones especiales.
Sí, hubiera querido ver a la ninfa de nuevo
pero estaría detrás del acantilado al amparo de miradas y deseos. O tal vez no,
tal vez había seguido hacia la izquierda donde se allanaba la escollera. Podría
estar tumbada al sol o recorrer todavía las espumosas moles de piedra acosadas
por las múltiples lenguas del agua. Las nueve y veinticinco minutos de la
mañana era una hora muy temprana para el baño incluso en el mes de julio.
“Aunque quién sabe si eso es una simple teoría” murmuró Leopoldo repitiendo el
latiguillo de tía Leonor y alzando los hombros con desgana.
La decepción visual le hizo atender a la
música. Todo el Concierto le estaba pasando desapercibido salvo el ataque
inicial de los timbales y el primer acorde orquestal que le proyectaron fuera
de la cama. El solista hilaba las cuerdas del violín con tanta energía como el
propio Paganini. La estridencia de algunas notas parecía haber sido diseñada
para destrozar los filamentos de la sien. Leopoldo notó que se le tensaban los
músculos de la mandíbula inferior. En aquel mismo instante se estremeció con la
imagen mental de la mujer recién descubierta.
Bajaría a desayunar. Luego iría al
acantilado. No había traído calzado apropiado pero se las apañaría. Entre las
muchas precauciones y recomendaciones de mamá no hubo lugar para los
acantilados. Estaban excluidos por principio. Ni unas malas playeras le habían
puesto en el equipaje. Rebuscó en la bolsa. Nada. Inútil. Le estaba protegiendo
de todos los riesgos. “Tu madre te ha protegido siempre de todos los riesgos”
repetía a menudo tía Mercedes. La frase le hizo sonreír.
No
había concluido aún el primer movimiento del Concierto pero no podía esperar.
Bajó el volumen y desconectó el aparato. Notó que su respiración se había
normalizado. En casa hubiera tenido que aguantar hasta el final. Las paredes
oían aunque faltara su padre. Era preferible no entrar en cuestión por una
minucia de minutos. Bastaba con las invectivas de don Leopoldo contra “ese
diletante italiano, ese frívolo trotamundos que ha dilapidado un genio
semejante al de Wagner”. Ahora respiraba con sosiego a pesar de haber cercenado
el primer movimiento del Concierto para
violín y orquesta en La menor, nº 5, de Niccolò Paganini. La desaprobación
paterna por aquellos compases silenciados quedaba en suspenso porque sí, porque
el reclamo de una gachí tumbada en el acantilado podía más que el griterío de
millones de corcheas. Leopoldo hijo, Polito para tía Mercedes, Leo para tía
Leonor, por afinidades, Leopoldito para mamá —“si es todavía un niño...”—
volvió a sonreír con un rictus de amargura. Había delinquido. Acababa de
transgredir una norma sagrada: “¿Cuándo se ha visto que un melómano de fuste abandone
un Concierto veinte compases antes de concluir un movimiento?”. Los ecos de la
severidad paterna retumbaban en sus oídos.
Salió de la habitación calculando el tiempo
necesario para desayunar. Enfiló la escalera. Estaba dando los primeros pasos
cuando oyó un grito agudo y opaco como si lo hubieran apagado de forma drástica.
A continuación, un bloque de silencio. Se aproximó a la puerta de donde había procedido
el grito. Se respiraba una calma artificial. Al cabo de medio minuto se
volvieron a escuchar jadeos y gemidos. Por un lado quería seguir allí
disfrutando con la turbación propia del disfrute ajeno pero alguien podía
sorprenderle en tan indecorosa actitud. Recordó su vergüenza infantil cuando le
pillaron espiando a la hija del portero que un vecino
se trajinaba en los trasteros del primer sótano. La confesión del sábado
siguiente fue doblemente penosa: al pecado de la vista se unía la sensación de
ridículo ante el confesor. Qué tiempos aquellos. Así que decidió abandonar su
espionaje auricular en el pasillo con el corazón latiéndole aceleradamente como
entonces.
Entró en el comedor. Todas las mesas estaban
ocupadas. Leopoldo se detuvo junto a la puerta, aguardando. Miró a su
alrededor. Gente bien, por supuesto, mamá no iba a elegir un hotel de medio
pelo. El camarero le señaló una mesa
junto al ventanal que daba al mar.
—Buenos días, ¿puedo sentarme? —preguntó al
único ocupante.
—Claro que sí, con mucho gusto, faltaría más
—respondió el aludido dejando el periódico en el asiento contiguo—. A desayunar ¿no?
—Así es.
—Muy bien —dijo mientras Leopoldo se
sentaba—. Me llamo Ricard.
—¿Ricard? ¿Es usted catalán?
—Sí, de origen. Pero me inscribieron como
Ricardo y no he ido al registro a cambiarlo.
—Bien, hay que ponerse al
día, son nuevos tiempos.
—Cada uno a su aire, pero en mi caso se trata
simplemente de una operación de economía silábica.
Leopoldo creyó advertir un rictus de chanza
en el rostro de aquel hombre; también un cierto aire zumbón en su tono. Antes
de que pudiera hacer comentario alguno continuó:
—Conviene abreviar en la vida, amigo, porque si
no falta tiempo para todo lo que hay que hacer ¿no te parece?
—Tal vez —contestó Leopoldo un tanto confuso.
—Por cierto ¿cómo te llamas?
—Leopoldo.
—¡Ostras! Le-o-pol-do. ¡Cuatro sílabas!
—Bueno…
—¿Qué tal Leo?
—No, no, tengo una tía a la que llaman así.
Yo Leopoldo, Leopoldo.
—Tranquilo, hombre. Cada uno a su aire. Se
hacen a veces muchas tonterías con esto de la economía del lenguaje.
—Sí, claro —admitió Leopoldo. Y añadió—: Le
decía lo de catalán porque mi abuelo paterno lo era.
—Buena gente en Cataluña, buena gente, aunque
hay de todo, como en botica. Ya iremos hablando. Ahora vamos a desayunar.
—Muy bien —aceptó Leopoldo.
—Pues buen provecho.
—Muchas gracias.
—Por lo que veo empezando las vacaciones ¿no?
—dijo Ricard con media sonrisa una vez que Leopoldo dio el primer sorbo a su
café.
—Sí, estaré por aquí tres días —respondió el
joven limpiándose los labios.
—¿Solo tres días?
—No tengo más tiempo.
—¿Y cómo es eso en pleno mes de julio?
—Acabo de terminar unas oposiciones, el domingo
lo celebramos en familia y me queda luego mucho papeleo.
—Vaya, hombre, pues enhorabuena. Ya tienes el
futuro asegurado. En estos tiempos ganar una oposición es la bicoca. Se
acabaron las inseguridades, los subsidios de desempleo, los contratos basura y
toda esa retahíla de parches que han de amañarse para sobrevivir. Y eres joven
aún. ¿Cuántos años tienes?
—Treinta y cuatro. A primeros de septiembre
cumpliré treinta y cinco.
—Eres Virgo entonces.
—Eso parece.
—Yo soy Leo. Tengo afición al signo. Por eso
abreviaba tu nombre.
—Claro, entiendo.
—Pero tranquilo, que llevas nombre de
emperador.
—Ja ja ja, genial.
—Treinta y cuatro años, un crío, lo que digo.
Vamos, anda, desayuna, que se te va a quedar frío el café.
Ricard era un tipo locuaz, distendido,
agradable. Entrado en los cincuenta. De rostro agudo y mirada chispeante.
Parecía estar solo. No llevaba alianza ni anillo alguno. ¿Separado, viudo,
soltero? Enseguida lo averiguaría.
—¿Lleva usted muchos días aquí?
—No me trates de usted, muchacho, que me
haces viejo. Veinte años no son nada a estas alturas. Sí, ya llevo dos semanas
y me quedaré otra por lo menos. Pero no estoy de vacaciones exactamente.
—¿Entonces?
—Digamos que me ocupo de mis asuntos, porque
hay muchas formas de currar. Estoy trabajando. Pero eso es algo relativo, ya lo
verás. Si estás a gusto lo prefieres al ocio. Y tú ¿qué oposiciones has ganado?
—Notarías.
—¡Ostras, Pedrín, eso son palabras mayores!
Habrás estado encerrado un porrón de años.
—Casi diez. Me propuse aprobarlas antes de
que acabara el siglo.
—Pues ya lo has conseguido, muchacho. Aún
faltan años para el XXI.
—Menos mal. Ha sido muy duro.
—Ya, pero enseguida te desquitarás. Ahora
llega lo bueno. Dinero, viajes, lujos, mujeres, en fin, todo. Supongo que
recuperarás pronto el tiempo perdido.
—Tiempo ganado.
—Bueno, bueno, desde mi punto de vista los
tiempos ganados son otra cosa. Yo también soy funcionario, en excedencia,
claro, y el tiempo aquel me parece perdido. Pero, en fin, los principios son
los principios. Yo no pensaba así al día siguiente de aprobar la oposición,
desde luego.
“A ratos ganados” era la expresión favorita
de tío Marcelo, el marido de tía Coronación, aquel trabajador infatigable que
siempre le había hablado de ser un hombre de provecho. “A base de ratos ganados
se convierte uno en un hombre de provecho”. Y qué bien aprovechaba ahora los
ratos ganados por el muchacho alardeando ante sus amistades de un sobrino
notario.
—Pues qué quiere que le diga —comentó
Leopoldo tras una breve pausa.
—Dime lo que quieras pero de tú.
—Bien, perdona. Estaba pensando en que no he
perdido el tiempo ni mucho menos. Lo he ganado de una manera y ahora lo ganaré
de otra.
—¿Ganador siempre?
—Eso intento.
—Imposible. Nadie gana siempre. Partir de ese
principio es un suicidio mental. Ya hablaremos de eso en otro momento. Es un
tema demasiado fuerte para un día tan espléndido y una hora tan temprana ¿no te
parece?
—Sí, tienes razón —respondió Leopoldo con un
mohín de contrariedad.
Su contertulio dio el último sorbo al segundo
café, recogió el periódico e hizo ademán de levantarse.
—¿Qué vas a hacer hoy?
—Pues no tengo un plan concreto. Voy a dar
una vuelta por ahí, luego me bañaré y volveré a comer.
—Nos veremos entonces. No vivo en el hotel
pero suelo almorzar y cenar aquí.
— Muy bien. Nos veremos. Por mi parte,
encantado.
—Oye, una recomendación: si quieres echarte
más de un regalo al coleto, quiero decir a la vista, vete por aquella parte del
acantilado. Es posible que nos encontremos allí. ¿Has traído la cámara?
—No, no he traído nada.
—Bueno, no te preocupes. Me voy. Hasta luego.
La imagen de un regalo con la melena al
viento, el top y el short blancos, y los andares ligeros hacia “aquella parte
del acantilado” le invadió la mente. La sugerencia de su compañero de mesa
reforzaba su intención. O sea que por allí podría encontrar regalos para la
vista, y más de uno. La cosa estaba clara. ¿Paisajes? ¿Horizontes?
¿Horizontales cuerpos humanos expuestos al aire y al sol? Y hasta podía
encontrar a su fugaz contertulio explorando en busca de belleza. Muy bien.
“La belleza no puede ser nunca perversa”
había escuchado decir a su abuelo que tuvo fama de liberal, libertino y
librepensador. Recompuso la imagen de la aparición rubia de su amanecer y la
fue modificando sin apartarse de los cánones de belleza que tenía establecidos.
Sin embargo notó cómo le crecía el deseo, cómo se le agitaba el pecho con una
ansiedad indefinida de la que hasta entonces había prescindido. Una cierta
complacencia visceral se apoderaba de sus sensaciones. Su compañero de mesa se
había despedido y lo había dejado envuelto en una atmósfera embriagadora.
Volaba con la imaginación desplegada por sus alas mentales sobre los acantilados
sorprendiendo la belleza ofrecida a su mirada quieta y soñadora cuando sus ojos
despertaron al tropezar con los de una mujer que se había situado en una mesa
cercana. Un vuelco del corazón le indicó que aquella mirada significaba algo.
Apartó la vista por un impulso automático de timidez pero volvió al reclamo.
Era una mujer morena algo mayor que él, más bien alta, de melena corta castaña
y ropa de playa. Parecía extranjera. Un blusón floreado dejaba al descubierto la
leve oscilación de unos muslos poderosos que parecían agitarse al compás de las
apuradas miradas de Leopoldo.
Le vinieron a la memoria las recomendaciones
de su compañero de desayuno. Los regalos habían comenzado con el día y
continuaban en el propio hotel sin necesidad de trepar a los acantilados. Un
caracoleo de lagartas flotó en el ambiente. “Ojito con las lagartonas, Polito,
porque en cuanto sepan que eres notario…”. Tía Mercedes hacía otro tipo de
recomendaciones. Aquella extranjera no podía saber que él era notario, pero sí
que era hombre y estaba solo. Un creciente desasosiego le hizo terminar el
desayuno y levantarse.
Pasó junto a la morena sin sostenerle la
mirada. Subió a la habitación, se cambió de ropa y se dispuso a salir. No
perdería el tiempo en explorar los alrededores: debía ganarlo, siempre ganador.
Sentía como si un destino ciego le condujera hacia un solo lugar. En su
pantalla mental aparecía una y otra vez la ninfa de la melena dorada. ¿Dónde
estaría? ¿Seguiría sola? ¿Se habría ido a bañar? ¿Y si tomaba el sol, desnuda
por completo, en algún recoveco? Se acercaría discretamente, con la calma
aprisionada, sin pretensiones concretas, pero con un deseo oscuro agitándole la
garganta y un incierto temblor en las rodillas.
Ahora podía hacerlo. La fortuna le sonreía.
Dos veranos antes, con la familia vigilante en una playa no muy lejos de allí,
todos los ‘regalos’ eran espantados por mamá o por tía Mercedes. “¡No mires a
esa furcia!” decía encolerizada la santurrona cuando aparecía alguna mujer con
los senos al aire. No añadía “¡Que te condenarás!” como antaño pero le hacía
veladas referencias a Clara que sería informada de sus devaneos visuales. Ahora
estaban todas lejos. Tía Mercedes temblando seguramente por las visiones
pecaminosas que podrían acechar a su niño; tía Leonor quitando hierro al
asunto: “Es una playa muy decente y serena, un lugar sosegado, así que despreocúpate,
mujer” le diría torciendo el ceño. Qué par de cacatúas. En cuanto a mamá y a Clara, las dos en Babia.
Recordó que no tenía calzado apropiado. Las
babuchas de alcoba no servían para ir de roca en roca. Salir con zapatos era
ridículo. Necesitaba unas zapatillas de deporte. Aunque retrasara la
exploración, debía hacerla con buen pie. Aquella compra era imprescindible.
Halló rápidamente lo que buscaba en un
supermercado próximo al hotel. Recorrió todas las secciones por si veía alguna
otra cosa necesaria, pero había traído cremas protectoras, gafas de buceo,
música, lectura y ropa suficiente para aquellos días. En lo íntimo, supo que se
trataba solo de una disculpa para retrasar la expedición proyectada. Por una
parte sentía prisa pero por otra miedo. Una sensación de riesgo le hacía
demorarse. Saldría hacia los acantilados con calma. Como si tuviera que
justificar el tiempo consumido, terminó comprando una linterna. Pensó que le
sería útil.
Le pareció ver en el supermercado al hombre
con el que había estado desayunando. Sí, era él. Recorría la zona de
alimentación y arrastraba un carro cargado. ¿No comía y cenaba en el hotel?
¿Habría cambiado de planes y estaba haciendo la compra? Le extrañó además verlo
con gorra de visera y gafas oscuras en el interior del establecimiento. Estuvo
a punto de acercarse para saludarlo pero desistió. El sujeto trataba de pasar
desapercibido.
Calzado de manera conveniente salió hacia la
playa. Solo quedaba una estrecha franja de arena. La cruzó decidido como quien
conoce su destino. Al coronar los riscos se dio cuenta de que respiraba con
afán. Se sentó para serenarse. Solo aguantó veinte segundos. Intentaba
reconstruir la ruta que había espiado desde la terraza pero no reconocía el
terreno; ¿habría sido una simple ensoñación?
Cuando a primera hora de la mañana descubrió
a la rubia caminando hacia el acantilado acababa de despertarse y se encontraba
en el umbral que divide las dos realidades. Podía incluso atribuir el espejismo
al violín de Paganini: la música crea sus propias imágenes. Tras el prólogo de
la percusión que lo catapultó de la cama y los primeros compases metálicos de
la orquesta, la arrebatadora acometida de la cuerda pudo crear seres de luz que
flirtearan sobre la bruma a punto de convertirse en acantilado. Y precisamente
en el momento en que la melodía prescinde del La menor y se apodera del tono
mayor prometiendo una euforia inefable que anuncian los clarinetes y el corno
inglés, cualquier maravilla es posible para una mente propicia a la alucinación.
Cuando retornó a la terraza con la desnudez protegida por la toalla del baño
virtuoseaba Salvatore Accardo sobre los lóbulos del cerebelo impidiendo el
ejercicio del cisma que provocan las diferentes vías de percepción en la mente
humana. “El violín es el bisturí de la fantasía: delimita las porciones de lo
imaginario” decía su padre repitiendo la frase leída en algún manual. Mucha
filosofía gnoseológica, demasiada para aquel momento que incitaba a zambullirse
en un pequeño universo de embriagadora piel fresca.
Debía arriesgarse. La ninfa no se expondría a
la mirada de cualquier filibustero del sexo. Estaría escondida en algún recodo
protegida por la proximidad de un guardián, de un amigo, de un novio, de un
cómplice, de un perro. No era desafortunada la idea del cómplice. ¿Y si había
por allí manejos de contrabando? La chica podía ser un cebo o el factor
despiste. Aquel litoral quebrado era idóneo para encubrir faenas de todo tipo.
Se habían oído rumores sobre el narcotráfico costero con la complicidad de
pescadores, armadores, patrullas policiales y diferentes enlaces de carita
inocente.
¿Qué
mayor inocencia que la de una rubia que recorre en la mañana recién estrenada
una escollera que no lleva a ningún sitio salvo al solárium secreto donde solo los agudos peñascos van a contemplar
de cerca sus encantos? ¿Habría detrás de tan angelical propósito una trama
delictiva en la que pudiera verse implicado por activa o por pasiva él, nada
menos que él, un notario recién escudillado? ¿Y si esperaba un poco, si evitaba
la precipitación, si aguzaba los sentidos para detectar algún síntoma
sospechoso en el entorno?
Comenzó a caminar con resolución. No parecía
haber moros en la costa. Si surgían en plena refriega, mejor. ¿Qué podía pasar?
Él era un simple ciudadano de vacaciones, un funcionario sin expediente que a
nadie podía complicar. Ya estaba bien de frenos y de miedos. Ni mamá ni tía
Mercedes podían impedirle la búsqueda. Y el padre Iturmendi, aquel gordinflón
zafio, no vería mal su exploración por los acantilados. “Un poco de ejercicio
físico ayuda a mantener despiertos el cuerpo y el alma, hijo”. Contaba con
todas sus bendiciones. Incluso con las de tía Leonor empeñada en montar
campeonatos de tenis para la tercera edad.
No estaba seguro de haber tomado el rumbo de la rubia pero se dejó ir. Un solo paso atrás significaría la rendición incondicional ante todos sus fantasmas. Los moros de la costa tendrían en cualquier caso que aparecer y, por supuesto, explicarse. Él estaba fuera de duda. Todo el campo del delito para los invasores diurnos. La idea le tranquilizó. Cualquier fechoría por aquellas latitudes se intentaría con la complicidad de la noche. Pura lógica. Nadie se iba a meter a pleno sol con un joven desconocido que saltaba de roca en roca buscando un rincón tranquilo para cavilar.
2.
Un sonido cristalino en medio del tumulto de
las rocas le electrizó. Esperaba algo pero aun así se sorprendió. Parecía el
eco de una risa fresca o el trino agudo de un ave o el chirrido metálico de un
aparejo marino. Contuvo la respiración. Silencio. La brisa corría a su favor y
le daba ventaja: podía oír sin ser oído. Decidió seguir avanzando aunque no resultaba
fácil andar por allí. Sin las flamantes zapatillas nuevas se hubiera desnucado.
Le estorbaba la camisa y se la quitó
arrebujándola con la toalla y el pantalón. Debería haber traído una bolsa para
tener los brazos libres pero nadie lo había previsto; no pudo evitar un
sentimiento de rabia hacia su madre. Llegó a un punto en el que era imposible
avanzar sin utilizar ambas manos, así que escondió el hatillo en una oquedad de
la roca. ¿A quién se le ocurría ir con pantalón largo a la playa? Tampoco las
gafas de buceo le servían de nada. Dejó también la gorra de tía Mercedes que le
protegía del sol. Zapatillas, bañador y gafas oscuras era todo lo que
necesitaba.
Había vuelto a escuchar el sonido. Parecían
risas. Le latía el corazón, le apretaba la garganta, se estaba excitando. Allí
estaría ‘su’ rubia, aunque acompañada. Era lógico: una mujer sola tomando el
sol en aquellas rocas se arriesgaba demasiado. No con él, pobre bendito, tan
inexperto, tan respetuoso; pero había por el mundo muchos chacales como decía a
menudo tía Leonor.
Iba agachado, arrastrando el pecho sobre las
aristas con una doble precaución: no caerse y no ser descubierto. La ansiedad
galopaba por sus músculos. Estaba cada vez más excitado. Se tumbó sobre una
roca plana para calmarse. No era cuestión de… No, lo había jurado. Y ahora lo
juraba una vez más. Estaba decidido por encima de todo. Aunque no lo vigilara
la severa efigie del bisabuelo contemplándolo con mirada sepia desde un lateral
de su alcoba.
Sin embargo aquella posición le incitaba
demasiado. Tenía que cambiar de postura. Se había jurado no repetirlo. El
placer solitario era cuestión de la infancia, de la adolescencia a lo sumo. Lo
había descubierto un verano cuando tenía nueve o diez años subiendo a los
árboles en la finca de tío Ambrosio. Se lo había sugerido prima Conchi: “Trepa
despacio a ese chopo, apretándote mucho, y tendrás el gustito”. Qué cría.
¿Quién se lo habría enseñado a ella? La confesión general a principios de curso
espolvoreó las cenizas del placer. Volvió a caer al verano siguiente, tres
golpes esa vez, sobre los mismos árboles a sabiendas de que su primita lo
espiaba ejerciendo esa gozosa provocación de la niñez madura. ¿También ella se
oprimiría contra un árbol cuando nadie la viera? ¿O más bien lo hacía sobre la
bicicleta con aquella forma tan rara de montarse? Tardó bastante tiempo en
interpretar las extrañas operaciones de prima Conchi sobre el sillín.
¡Incauto! En fin, el segundo traspiés
veraniego se saldó con una nueva confesión general y un severo control semanal
del padre Iturmendi. Consiguió desengancharse.
Más tarde, a los quince, reincidió inducido
por Carlos. Se trataba de toda una construcción intelectual. Decía su amigo que
era el mejor remedio para no enredarse demasiado temprano con alguna zorrita y
quedarse en la pura mediocridad. Que era mejor mantener la tendencia
adolescente —al fin y al cabo, un impulso natural— hasta que uno se hiciera un
hombre de provecho. Que había que acabar la carrera, labrarse una posición
social, una situación sólida y un prestigio que permitiera elegir. Que había
que conservarse limpio para la elegida, por una parte; por otra, que no se podía
optar por cualquier chiquilla sentimental. Su amigo decía haber hablado largo y
tendido sobre este asunto con el padre Salaverri. Más tarde Leopoldo oyó
rumores sobre una ‘especial amistad’ entre ambos.
Mantuvo la dulce costumbre en la universidad.
Aún no había ocupado la alcoba del bisabuelo. Era un modo discreto de no perder
el tiempo, de complacer las expectativas académicas de la familia. “Un
expediente brillante influye positivamente en los tribunales de oposición”. “El
premio extraordinario fin de carrera corre de boca en boca. Es un cincuenta por
ciento del éxito perseguido”. Mamá y papá se lo habían recalcado. Las buenas
notas exigían ciertos sacrificios. Sin detallar más. Lo de la abstinencia
sexual era competencia de tía Mercedes, moralista oficial de la familia.
Insistía en cada fiesta de Reyes y en cada cumpleaños: ninguna chica, ni
siquiera una amiga casual, ninguna canita al aire, ningún descuido, nada. Cualquier
cosa antes que correr el riesgo de ser atrapado. Se conocían casos. Grandes
torres habían caído. Si realmente aspiraba a ser notario todos los sacrificios
eran pocos. Ese también. Mamá no era tan clara pero sabía hablar entre dientes.
Tío Marcelo y tía Coronación lo enfocaban de manera trascendente. Papá se
refirió una vez a ello con cierto desenfado. Tía Leonor cucaba los ojos.
Conclusión: debía frenar y controlarse. Luego tendría tiempo de todo.
¡Este era el tiempo de todo, puñetas! Se
acabó la memez de las pajas solitarias. Ya no habría más retretes ni más duchas
ni más piscinas ni más sábanas encubridoras, siempre escabulléndose de las
miradas sepias del bisabuelo colgadas de la pared. Así que se arqueó para no
caer en la tentación. No quería quedarse desmadejado y soñoliento secándose al sol
mientras a pocos pasos podía encontrar la solución a sus ansiedades, esa
desembocadura natural del macho en la hembra tan temida como deseada. Se
levantó y siguió avanzando cauteloso.
Leopoldo sintió que se le cortaba la
respiración. Se quedó clavado. ¡Allí estaban! ¡Dos! Una al lado de la otra. La
rubia del despertar y la morena curtida que se le había insinuado en el
desayuno. La identificó por el blusón floreado que sobresalía de su bolsa.
Estaban boca abajo, no muy separadas, la rubia con un tanga marrón y la morena
completamente desnuda, salvo la gorrita que le cubría la cabeza. Escuchó
palabras y risas. Eran extranjeras. No hablaban en inglés. Tampoco en alemán.
Podía ser sueco, danés o noruego, cualquiera de esas tres lenguas hermanas.
Supo que aquellas pieles que recogían las
formas casi definitivas de la perfección corporal iban a abrasarle la vista
pero siguió mirando. No podía concentrarse en ninguno de los dos cuerpos ni dedicar
un ojo a cada uno, de forma que los asaltaba alternativamente con absoluto
desconcierto. La sangre había llegado a
los poros de su piel. La respiración ventilaba el sofoco que le invadía desde
la planta de los pies. Estaba empapado. Si las mujeres se volvían y lo
sorprendían allí pensarían que acababa de salir del mar. Notó que le temblaban
los muslos y que una ola de energía salvaje invadía sus vísceras agigantándolas
con un latido autónomo. Casi descreyó de sí mismo.
Se ocultó tras la roca y agitó su cabeza para
expulsar cualquier imagen que no tuviera forma de carne sonrosada. Miró al
reloj tal vez por ser circular, tal vez para calcular cuántos minutos de
exquisita redondez les quedarían a sus ojos si ocupaba un nuevo observatorio.
Corría el riesgo de que lo vieran babeando como un imbécil, se enfadaran y se
fueran. Si se quedaba allí era menos probable que lo descubrieran. Pero quería
ver, contemplar carne viva al natural, desquitarse de aquellos simulacros en
casa de Carlos.
Decidió arriesgarse. Dio un rodeo y gateó
hasta ganar la posición buscada. Las tenía ahora a tres o cuatro metros.
Conteniendo la prisa pero con el corazón retumbando, se asomó. La morena se
había dado la vuelta. Una conexión eléctrica de alto voltaje entre ojos y
cuerpos le recorrió la médula. El calambre fue ascendiendo hasta casi nublarle
la vista. Temió una insolación. Por primera vez contemplaba un sexo abierto.
Estaba turbado; una remota conciencia de culpa lanzaba oleadas oscuras sobre su
mente. Apartó la vista con un movimiento enérgico, pero el terremoto seguía
sacudiéndole.
Recordó su primera masturbación en compañía,
recién cumplidos los quince, viendo unos vídeos que Carlos había birlado a su
hermano mayor. Lo hizo emulando a su amigo, compitiendo con él; tres veces lo
logró a lo largo de la tarde aunque su compinche consiguió cuatro polvos, los
dos últimos a pleno grito. Él no quiso más. A última hora sufrió el zarpazo de
la conciencia gritándole “¡Pecado!”. La confesión del sábado fue diluyendo
aquella contradictoria sensación. Porque era para conservarse ‘limpio’, según
su amigo. Aguantó los sermones del padre Iturmendi durante aquel año pero no
pudo evitar varias caídas poco antes de los exámenes. Más tarde, aunque el
sueño le proporcionaba periódicos alivios, la dulce costumbre fue tomando
cuerpo.
Los viajes de estudios y el paso del ecuador
en la universidad habían transcurrido en blanco. Tuvo que ponerse firme cuando
llegó el fin de carrera para escapar de los cabarets con striptease
porque todas sus disculpas eran batidas con facilidad por sus compañeros y más
aún por sus compañeras. Ese último viaje fue el más penoso, el más difícil, el
más comprometido. Estuvo a punto de naufragar, de rendir todas las barricadas
construidas para la ocasión con ayuda de sus directores espirituales. La última
noche tuvo que salir huyendo de su habitación porque en la cama contigua jadeaban
dos de sus compañeros sobre una fulana que habían contratado en el bar del
hotel. Fue la fortuna o la gracia divina revestida de tal —como le dijo el padre
Iturmendi cuando se confesó— la que le salvó entonces del abismo. Un beso
prolongado de tía Mercedes, al regreso, vino a ser la insidiosa recompensa.
Ahora se encontraba solo ante al peligro
estremeciéndose con la llamada del placer, fuera de control como si obedeciera
un mandato supremo. Toda su naturaleza le arrastraba hacia aquellas dos mujeres
que tenía ante los ojos, dos hembras en plena algarabía, carne vibrante y
golosa, nada que ver con los vídeos. Gozos y ensueños de tanta avidez que le
quemaban los labios y la lengua, que le arrancaban fibras de los músculos y le
arrasaban las palpitaciones mientras se mordía los dedos y los pliegues de la
piel.
Creyó sumergirse en las humedades cálidas del
mar mientras brotaba un sol ardiente en
el centro de su cuerpo y los fragores de un volcán sin dimensión estremecían
los músculos del universo poniendo en peligro la consistencia de los
acantilados sobre los que se posaban las gaviotas ofuscadas por aquella melodía
sin canción que los aires recitaban respetando el compás y el tono desbordados
más allá de cualquier interpretación que pudiera concederse a la frágil
secuencia de unos segundos plagados de eternidad.
El latigazo alertó su conciencia. Se supo
despierto y triunfador. Cuando abrió los ojos vio a las dos mujeres vueltas
hacia él y sentadas en el mismo lugar que ocupaban antes pero ahora atentas
como si husmearan novedades o peligro. ¿Habrían contemplado su apoteosis
alertadas por un jadeo, por un espasmo, por algún gesto extraño o por la simple
intuición? Recordó un libro de Nancy Friday perteneciente a la colección
privada de tía Leonor que ella había dejado a su alcance. Le impactó el título:
Fantasías de mujeres, lo leyó y registró en su memoria varias frases.
Una de ellas rezaba: “Cuando en las proximidades de una mujer estalla un nódulo
energético de alta densidad, los sensores intuitivos de la feminidad detectan
el fenómeno al instante”.
No sintió vergüenza. Tuvo incluso la
sensación de haber ascendido varios peldaños en el escalafón de la inocencia.
Las extranjeras podían haberle visto. Qué más daba. El siguiente paso pudiera
consistir en acercarse a ellas. ¿Lo desearían? ¿Le estarían esperando? ¿Y si se
producía un rechazo? ¿Y si tenían sus hombres por allí ojo avizor? Menuda
metedura de pata. Las dudas le confundían. Un miedo impreciso le estaba
paralizando. Apartó la vista con esfuerzo, consultó la hora y se consoló
pensando en que aún quedaba tiempo para lo que pudiera suceder.
Entonces, de repente, surgió la imagen de
Clara. Su novia oficial no había ocupado ni un solo instante en toda su
expedición por el acantilado. Era como si la distancia hubiera zanjado de golpe
aquella relación mortecina definida por la rutinaria reunión dominical en casa
de ella para almorzar, la sesión de cine vespertina y los insípidos recorridos
por el Paseo de Zorrilla o los senderos del Campo Grande hasta las diez de la
noche, hora en que la ‘niña’ debía recogerse.
A pesar de la referencia al nombre no tenía
ninguna claridad respecto a ella. Y ahora menos, tras el anónimo recibido. No
sabía casi nada de mujeres. Había oído y leído que eran volubles,
imprevisibles, poco fiables, incluso pérfidas y despiadadas. Que les gustaba
utilizar al hombre como un juguete: primero lo ilusionaban y luego lo echaban
al cubo de la basura. Que algunas eran simples oportunistas: veían en el varón
la seguridad económica, una ocasión de lucimiento familiar o una oportunidad
para la relevancia social. A pesar de su encierro le habían ido llegando
rumores referidos a parientes o amigos jóvenes. Tía Coronación lo tenía al
corriente. No eran las mujeres de ahora como su madre ni como tía Mercedes ni
como las amigas de su tía ni como ella misma, todas unas santas a pesar de que
pisaran menos la iglesia que sus abuelas. Mujeres sinceras, decentes, fieles, de
un solo hombre, sin deslices, sin sombras, sin vicios, sin sospechas.
Aquellas titis extranjeras habrían pasado por
cien manos, por... quién sabe. “En el extranjero, en los países desarrollados, sobre
todo en los nórdicos, cualquier titi pasa por cien manos antes de llegar a la
mayoría de edad” había oído decir a tío Federico en la finca de tío Ambrosio.
Agazapado tras unos matorrales, con la complicidad de prima Conchi y de primo
Teodoro, había espiado las conversaciones calientes de las tertulias nocturnas.
Ya se sabía: a los trece o catorce años las niñas empezaban a tontear, se
dejaban acariciar, se besuqueaban en los rincones con sus compañeros de clase,
permitían que les apretasen los muslos nuevos, primero por encima de los
vaqueros o de la falda y luego por dentro o por debajo hasta que las manos
codiciosas alcanzaban su objetivo.
Pronto llegaba el momento en que ellas
tomaban la iniciativa y metían mano a sus amiguitos poniéndosela grande y dura
y haciéndolos estallar en medio de una competición de tamaños, consistencias y
frecuencias hasta que llegaba el día en que aburrido de disparar al aire y
queriendo experimentar las nuevas sensaciones escuchadas o leídas, un osado se
abría paso hacia el último secreto de la chica y se zambullía en el boscaje o
en sus proximidades retozando hasta el aullido.
La última etapa de este aprendizaje llegaba
un par de años después o tal vez antes
pero en privado. Entraba en juego eso que llaman amor y que justifica el primer
abrazo profundo. La niña había cumplido quince años o dieciséis. Estaba
enamorada y había superado los juegos eróticos con los muchachos del barrio o
del colegio. Algo oscuro le impedía hasta entonces dejarse penetrar. El miedo
al embarazo o a los contagios eran los argumentos oficiales aunque había más
razones. Los besos, las caricias, los tocamientos, la excitación… todo estaba
bien pero llegar al coito era un proceso más complejo, un camino reservado.
Era el momento en que resplandecía la luz, la
ofuscación imponía su ley, el amor triunfaba y ocurría un encuentro en la más
gloriosa intimidad. La chica quería paladear la cálida viscosidad de su chico
por lo que había tomado solo las precauciones mínimas. Al cuarto día, cuando el
éxtasis desmoronaba todas las barreras y anulaba cualquier reserva que arrojase
brumas sobre unas sensaciones tan luminosas los adolescentes vibraban en el
frenesí más despiadado hacia un futuro que solía resultar complicado por un
embarazo imprevisto.
Leopoldo interrumpió la reconstrucción de
aquellos lejanos espionajes porque sus ojos habían vuelto a aterrizar sobre el
cuerpo de la morena. Se había tumbado de nuevo con los muslos altos. La rubia
estaba sentada al lado con las piernas abiertas pero más recogidas. Aun
cavilaba Leopoldo sobre si acercarse a ellas cuando vio que hablaban entre sí.
La morena alzó su brazo derecho y acarició una de las pantorrillas de su amiga.
Se movía con lentitud ascendiendo hasta la rodilla, descendiendo luego y
volviendo a recorrer despacio el muslo.
El hombre sintió que un fuego loco le
proyectaba hacia el mismo objetivo. Se imaginó sentado al lado de la rubia
acariciando con su mano la rodilla alzada, descendiendo lentamente por el muslo
mientras ella se iba abriendo en un gesto de aceptación. Sus dedos se demorarían
allí sin prisa explorando cada pliegue, cada resquicio, hilando cada una de las
fibras musculares, cada uno de los tendones, cada uno de los temblores hasta
alcanzar la fuente de la abundancia, hasta empaparse con el sudor gozoso
desafiante de vientos y soles, hasta… hasta…
Pero allí seguía él clavado prendido de los
dibujos imaginarios que compondría la lengua de la rubia danzando sobre sus
propios labios. Vivía un presente ciego, preveía un futuro incierto y aborrecía
un pasado que le había negado sensaciones tan formidables como las que estaba
imaginando. Porque mujeres desnudas, hembras al sol deseando manos masculinas
tenía que haber a cientos: solo era cuestión de buscar, de mirar, de olfatear
el viento.
Pero allí seguía él, inexperto, torpón,
inseguro, amordazado por centenares de ideas turbias, por impedimentos
incomprensibles, sintiendo dos llamadas poderosas y contrarias, repudiando la
imagen de su madre y la de los curas del colegio, y otra vez la de su madre y
la de tía Mercedes, y la imagen inerte de Clara, y la de su padre, y hasta la
figura de tío Marcelo que lo había embaucado para preparar aquellas oposiciones
que él mismo no había conseguido superar, cuya herida restañaría el sobrino
brillante y sumiso aunque fuera a costa de atropellar los fuegos de una
juventud que comenzaba a declinar cumplidos de largo los treinta años y una
distancia infinita de la vida que hubieran exigido sus vísceras y sus glándulas
felices y hasta su mediano cerebro solidificado ahora por leyes, decretos,
reglamentos, resoluciones y ese cúmulo de protocolos alineados para tormento de
una memoria en la que mejor hubieran cabido imágenes de fiesta y semblanzas del
placer profundo.
Volvía
a torturarle una desazón opaca. Aborreció su timidez, su falta de reflejos. Era
tarde para acudir junto a las nórdicas. La tarea ofrecida a sus manos la
ejecutarían otras, quizá las de algún recién llegado que las sorprendería así
mientras él se torturaba con aquella pasividad inerte. O llegarían sus hombres
que podían estar haciendo pesca submarina. En todo caso qué falta del sentido
de la oportunidad, qué estúpida manera de dejar el campo libre a cualquier
entrometido.
Se puso el bañador con un insufrible
sentimiento de frustración y rompió a caminar aborreciéndolo todo. Declaró
enemigo al sol por haber seducido a las nórdicas consiguiendo que se desnudaran
y por seguirlas disfrutando con su caliente lengua. El agua le causaba fastidio
porque no fue capaz de atraerlas ofreciéndole a él la posibilidad de un
acercamiento anónimo; abrazadas ellas por las ondas no se hubieran percatado de
su aproximación. Las gafas le hubieran proporcionado una visión subacuática de
aquellas sirenas antes de intentar mayores osadías.
Tomó el camino del hotel con el ánimo enmohecido.
Oportunidad como aquella no se le presentaría en años. El día siguiente
amanecería nublado, no habría titis al sol o estarían acompañadas. Tendría que
buscar lejos, en otra playa, porque en aquella le asaltaría la sensación de
ridículo. Aunque no era solo cuestión de distancias.
3.
Leopoldo volvió la vista atrás. Todo era
confuso. Podía ser la neblina que la brisa iba lamiendo del agua o el vaivén que
bamboleaba sus sensaciones, sus reflexiones, sus sentimientos. Cuando mamá y
tía Mercedes diseñaron aquellos tres días de descanso en soledad no podían
sospechar que en un lugar tan sosegado pudiera sufrir su niño tan graves
convulsiones. La sublevación contra todo, el deslumbramiento matutino, el encuentro
del desayuno y la represión en el acantilado desmontaban el proyecto de sus
piadosas protectoras. Tampoco él llegó con otra intención que reflexionar sobre
los últimos sucesos y el futuro que se avecinaba. Podía descansar y relajarse.
La infinitud del mar aleja las preocupaciones. Aquella playa tranquila sin
discotecas, sin alboroto, sin gamberros… era uno de los islotes de serenidad
que quedaban a orillas del Cantábrico, le había asegurado su madre.
Las playas mediterráneas ofrecían pocas
garantías para un muchacho inocente como Leopoldo, había recalcado tía
Mercedes. Las de las islas aún menos. Y tampoco era cuestión de llevarlo de la
mano como si tuviera siete años. Era todo un señor notario a pesar de su
juventud. Pero iría solo, sin la compañía de primo Teodoro. La jugada les había
salido bien. Mamá y tía Mercedes aportaron más argumentos. Polito debía iniciar
una vida independiente aunque durante unos años lo tutelaran los cuidados de
ellas mismas y el apoyo de toda la familia. Tenía que reflexionar sobre las
decisiones próximas, programar los acontecimientos por venir: la elección de
destino, la toma de posesión, la petición de mano, la fecha del himeneo…
“Deberás ir pensando ya en la fecha del himeneo, hijo” se aventuró a decir doña
Consolación con la mirada ansiosa al comprobar que en el programa de descanso
no se aludía a su encantadora hija. Las ironías de tía Leonor habían puesto el
contrapunto: “Leopoldo ya no es el niño grande que está aguardando a que le
organicéis la vida y le hagáis los planes”.
De lunes a viernes a primeros de julio no
había peligro. Los fines de semana eran más complicados con las tribus urbanas
ensuciándolo todo, con la invasión de las pandillas, de los gamberros, con las
jovencitas desvergonzadas que sacaban
las tetas al aire al menor indicio de sol. “Esas desvergonzadas que lo enseñan
todo, en fin, ya me entiendes, ¿verdad Polito?” advertía tía Mercedes. “Las
tetas y el culo, ¿o crees que tu sobrino es tonto del idem?” precisaba
tía Leonor.
El sábado debía volver para preparar los
últimos detalles de la fiesta del domingo: solemne misa de acción de gracias y
suculento banquete. “Acudiremos en familia a una solemne misa de acción de
gracias y celebraremos luego un suculento banquete; a Dios lo que es de Dios y
al César lo que es del César” había pontificado tía Mercedes ladeando el cuello
hacia la izquierda y recalcando el plan con enérgicos movimientos del brazo
derecho. No podía celebrarse con menos boato aquel gran éxito tras cinco años
de brillante carrera y doce más de ímprobos esfuerzos para ganar la oposición.
Leopoldo salió de su ensimismamiento. Sobre
el fondo cerúleo que ocupaba toda la valla publicitaria la muchacha del bañador
rojo paladeaba un helado de chocolate con los ojos semicerrados. Seguía
apareciendo solo su busto subrayado por la frase «baño de chocolate» pero hoy
no era lo mismo. “La expresión del rostro muestra una alteración más profunda de
la que proporciona el dulce. Como si la nena no solo estuviera recibiendo frías
caricias en la lengua, ¿te has fijado?”. Apenas había reparado en la
observación de primo Teodoro unas semanas atrás pero ahora caía en la cuenta.
Qué tunante.
Se detuvo ante el cartel. Un latigazo le
recorrió la espina dorsal cuando su voz sin palabras cambió las dos primeras
letras del eslogan por una ‘c’ y una ‘o’. ¡Un hallazgo digno de su primo! A él no le habían permitido venir a pesar de
que eran pocos días. “Tu primo tiene que estudiar, ya lo sabes” fue la
contundente respuesta de mamá. Otro notario en la familia dentro de treinta
años… o de cuarenta quizá. La estrategia había funcionado. Y en la distancia,
sus maliciosas sugerencias también. Una minucia en comparación con lo que decía
el anónimo. Ahora la moza del anuncio se transformaba alternativamente en la
rubia y en la morena del acantilado paladeando el helado con una mano mientras
con la otra… Tendría que hablar con primo Teodoro. Pero no de esto.
Una intranquilidad sinuosa deshizo el
paréntesis que había abierto el anuncio. Aquellas primeras horas de relax las
había vivido como huyendo de la amenaza. El anónimo afirmaba que primo Teodoro
hizo algo más que rondar a Clara. Hablaba de un romance entre ellos. ¿Qué significaba
exactamente romance? ¿Amistad afectuosa, enamoramiento platónico, principio de
noviazgo? ¿Cuál habría sido el final? Y… ¿por qué? El cabraloca de su primo no
le inspiraba ninguna confianza. Aunque nada podría reclamarle en el más grave
de los supuestos, porque entonces Clara era simplemente la hija de unos amigos
de la familia. Estaba confuso, muy confuso.
La última mirada atrás de Leopoldo le dejó un
gusto agridulce porque no había descartado que aparecieran tras él las nórdicas
de regreso al hotel. Al menos una de ellas se alojaba allí. O quizá las dos.
Estaría atento. Mientras tanto la ducha fue toda una revelación. Hizo una
limpieza meticulosa de su cuerpo como un ritual purificador. Se demoró en el
tacto. Encontró en su piel nuevos resortes. El agua caliente despertaba gozosas
golondrinas de prolongado vuelo. Volvía a estar vibrante. Apenas había
transcurrido una hora desde la explosión en el acantilado y ya se sentía pleno.
Un optimismo enérgico sustituía al decaimiento que había torturado su retirada.
Las imágenes de aquellas dos mujeres cuyos cuerpos había acariciado en su
retina llenaban la pantalla vibrátil de sus ojos entrecerrados. Volvió a
estremecerle la erupción que lo puso en órbita mientras las contemplaba con
mirada de fuego.
Abrió los ojos y sonrió como si fuera a
condescender, pero negando con la cabeza confirmó su decisión. Se sintió
desnudo frente a las figuraciones que le habían acompañado durante los últimos
minutos. Un sentimiento indefinido le llevó a estirarse, a bostezar. Acabó de
asearse y se perfumó. En algún lugar había escuchado que el ser humano es un
animal pituitario. La expresión era digna de tía Leonor, una experta en la
seducción olfativa y también una libertina, según lenguas, la oveja negra de la
familia, la renacida estirpe del abuelo. Una última inspección ante el espejo
resultó positiva. Eran las dos de la tarde.
En el comedor había bastante sitio. Enseguida
localizó al sujeto del desayuno. Recordó lo del supermercado y le extrañó.
También él lo vio y le hizo un gesto de saludo. No estaba solo. Le acompañaba
un hombre mayor de rostro amable y un lejano aire de abandono. Su escasa
cabellera blanca descuidada y revuelta era todo un síntoma. Leopoldo no lo
dudó. Se trataba de otro solitario. Saludó a los dos y les preguntó si tenían
inconveniente en que los acompañara.
—De ningún modo, muchacho —respondió el
conocido—. Acabamos de sentarnos y no esperamos a nadie más. Mira, te presento
a don Gumersindo. ¡Cuatro sílabas nada menos, otras cuatro sílabas! Y tampoco
se le pueden abreviar, no lo puedo llamar don Gumer y menos aún don Gu, o sea
que tranquilo —terminó, mirando a Leopoldo.
—Ya está usted con sus chanzas —dijo el
hombre con voz desvaída.
Leopoldo estrechó las manos de ambos y se
acomodó. El salón quedaba a su espalda. Frente a él se desplegaba un paisaje
marítimo velado por los encajes de las cortinas cuyo tono beige armonizaba con
los flecos carmesíes que sobresalían de la coroneta.
—¿Cómo ha ido la mañana? —preguntó Ricard.
—Muy bien, muy bien —respondió Leopoldo con
aplomo temiendo que su voz le traicionara.
—Hay hembras imponentes por el mundo, ¿eh? No
diga usted nada don Gumersindo —guiñó maliciosamente un ojo— pero en estos
parajes ha desembarcado una tribu de valquirias que ya, ya.
Leopoldo se creyó descubierto. ¿Qué podía
saber aquel entrometido de las dos imponentes mujeres que lo habían hechizado?
Por otra parte ya le había advertido que por el acantilado podía tropezarse con
algunos regalos. No acertaba a responder cuando el metre interrumpió la recién iniciada conversación. Miró a los
comensales sonriendo, pidió disculpas y preguntó. Los dos hombres ya tenían
elegido el primer plato aunque dudaban sobre el segundo.
—Nosotros tomaremos de primero una ensalada
de abacanto, pero atienda al joven.
Leopoldo pidió lo mismo. Ricard continuó:
—Por mi parte tomaré después pescado y creo
que don Gumersindo también: ¿qué nos recomienda?
—Los señores pueden elegir el rape en salsa
de ostras o el medio besugo a la espalda guisado con vinagre de ciruela. El
rodaballo está excelente, lo mismo que la lubina. Podríamos hacérselos a la
plancha con limones de monte. La merluza como siempre, especialmente a la
koskera. Todo el pescado es fresquísimo —concluyó el metre.
—Lo de los limones de monte promete:
rodaballo a la plancha para mí. ¿Qué tomará usted, don Gumersindo, y tú, joven
amigo?
—Yo lo mismo que este caballero —respondió el
hombre mayor.
Su voz sonó opaca, difusa, como si los
pensamientos los tuviera a muchísima distancia. El metre preguntó a Leopoldo.
—Pues para mí… lo mismo —contestó resolviendo
una duda de escaso interés en aquel momento.
—Muy bien, enseguida estará todo —se despidió
el metre con media reverencia
tras anotar también un vino blanco de Rueda para los dos. Don Gumersindo no
bebía alcohol.
—Gracias por la confianza, amigos —dijo
Ricard tras haber elegido la bebida. Y dirigiéndose a Leopoldo continuó:
—Me has dicho esta mañana que estarás poco
tiempo ¿no es así?
—Sí, solo tres días. El sábado vuelvo a casa.
—¿Por qué el sábado? Más bien es día de
llegar que de partir.
—Tenemos una fiesta familiar el domingo.
—Ah, claro, ya me lo habías comentado.
—Además tengo que preparar las cosas porque
el mes que viene comenzamos un curso.
—¿En pleno agosto?
—Sí, hacemos ahora prácticas para
incorporarnos en septiembre.
—Está bien, está bien. Ya ve usted, don
Gumersindo: la gente joven tiene todavía espíritu. A nosotros nos han caducado
esas ilusiones. Menos mal que tenemos otras ¿no es verdad?
—Hombre… —respondió el aludido con una mueca
distante.
Ricard continuó:
—Eso de la fiesta familiar está muy bien pero
tendrías que celebrarlo también a tu modo, por tu cuenta, una especie de despedida
de la soltería laboral ¿me comprendes?
Achicó los ojos fijándolos en el rostro de
Leopoldo. Lentamente hizo un recorrido desde la frente hasta el mentón y de una
oreja a la otra. Luego osciló varias veces su cabeza como dudando. El joven
notario se había sonrojado.
—Bueno, no te apures que por ahí hemos pasado
todos. Con eso de las oposiciones no te has estrenado aún ¿verdad? —preguntó
Ricard con una sonrisa pícara.
—Pues hombre, qué le diría yo —respondió
Leopoldo.
—Que no me trates de usted, muchacho. Tú y yo
pertenecemos a la misma tribu. Don Gumersindo es otra cosa. Primero la edad, y
luego que un catedrático es de usted por principio categórico. Más si está
jubilado de sus obligaciones oficiales ¿no es así?
El hombre esbozó una sonrisa triste. Ricard
insistió:
—Mira, no te apures, que alguna vez hay que
empezar. Me has dicho que has ganado Notarías ¿no?
—Sí, sí.
—Se te adivina. Tienes un aspecto rígido, muy
medido, encorsetado. Seguramente llevas dentro normas, leyes, decretos y
reglamentos. Eso acartona la vida. Tendrás que sacarlo de ti y aparcarlo en el
despacho. No lo lleves todo el día encima como uno de tus colegas a quien
conozco; el alma se le ha vuelto dura, de puro esparto.
—Bueno, yo tengo ganas de vivir. Llevo toda
la vida estudiando. Me han encaminado por aquí y me ha costado mucho. Pensaba
que nunca iba a llegar. A poco más me quedo en los huesos. Pero ahora estoy
contento.
—Se te ve en los ojos.
—Han sido años durísimos estudiando trece y
catorce horas diarias, descansando a medias los domingos, prácticamente sin
vacaciones en todo ese tiempo. Las últimas duraron una semana hace ahora dos
años.
—Y sin amiguitas, claro.
—Bueno, tengo novia.
—¿Sí? —abrió Ricard unos ojos muy grandes— ¿de
veras? Entonces ya, bueno, no quiero ser indiscreto. Me refería a lo demás. La
novia está bien para lo que está, pero todo hombre, al margen de, tiene sus
propias historias, supongo que sabes lo que quiero decir.
—¡Don Ricardo! —interrumpió el hasta entonces
silencioso contertulio—. ¡Debo disentir solemnemente de sus opiniones ante este
joven! Le ruego que hable del tema con seriedad.
—No se me mosquee, don Gumersindo —contestó
Ricard—. Estamos ante un soltero enjaulado durante años al que le convienen
unos garbeos por las colinas del placer antes de adentrarse en las procelosas
marismas del matrimonio ¿lo he dicho bien?
—Déjese de chirigotas, que el amor es una
cosa seria —respondió el jubilado acabando su ensalada.
Mirando a Leopoldo dijo:
—No haga usted ningún caso a este libertino.
—No asuste al joven —replicó Ricard con media
carcajada—. La vida es bella y hay que disfrutarla.
Y añadió dirigiéndose a Leopoldo:
—Tú no seas bobo. ¡Ahora te puedes poner las
botas! Aparca de momento a la novia. Experimenta antes. No digo que la plantes
si es buena chica y tal sino que la aparques durante un tiempo. Ella te
esperará y os vendrá bien a los dos. Ya lo verás. Mientras tanto aprovecha. En
cuanto te dejes ver y las mujeres se enteren de que tienes un porvenir tan
brillante van a ir a por ti como lobas. Anda con cuidado, no te enganches. Disfrútalas
pero mandando siempre. Ojo, que es difícil porque son unas brujas. Después hay
tiempo para casarse si eso te llama. Pero piénsalo y experimenta. Mejor ahora
que luego.
Los
ojos rugosos del hombre maduro examinaban con aire malicioso la figura del
joven triunfador que sonreía pensando en las fieras hembras con las que debería
enfrentarse de inmediato. El gesto de Leopoldo se desplomó al recordar el
episodio del acantilado. Un rictus de rabia le recorrió el rostro. ¿Era ese el
camino que le esperaba? ¿Apuntar y disparar al aire?
El locuaz comensal se aplicó a la ensalada
que apenas había probado. Hubo un minuto de silencio. Leopoldo miró a sus
acompañantes. Don Gumersindo estaba en lo suyo. La mirada de Ricard revoloteaba
por los rincones del comedor. Parecía buscar a alguien.
—Ya te digo, como lobas las hembras detrás de
ti —insistió Ricard—. Pronto se te olvidarán los ayunos de estos años. Bueno,
las abstinencias, utilizando términos píos. Pero ojo, que te pueden cazar como
a un topo. Hay mujeres que huelen la presa a kilómetros. Y con el apetito que
debes de tener ¿o no? Porque lo de la novia, según veo, ni fu ni fa.
—Hombre, la verdad es que… —respondió
Leopoldo desviando la vista.
—No tienes mucha escuela, ¿cierto? Es lógico.
Te hubieras pegado veinte años opositando si se te cruza una tía buena en el
camino antes de sacar las dichosas Notarías. O las hubieras mandado al carajo.
A ellas eso les importa poco al principio, digo a las mujeres. Se enamoran y
quieren atención, mucho mimo y mucha marcha. Luego es otra cosa. Por eso te
digo que andes con ojo.
Aquel hombre empezaba a pasarse. Leopoldo
estaba harto de monsergas fueran del signo que fuesen. Aunque por otra parte
¿por qué no aprovechar su experiencia? Tenía que reconocer sus enormes lagunas,
su ignorancia y su miedo. La relación con Clara no le había desvelado nada.
Viejas amigas las familias, predestinados a emparejarse, mantenida ella entre
almidones hasta los veintiséis años —salvo que fuera cierto lo que el anónimo
sugería—, ofrecida hacía cuatro en aras de un noviazgo inmaculado nada más
trasladarse la familia a Valladolid, con doña Consolación de carabina, cuando
no la voluntariosa tía Mercedes, con absoluta ceguera para los temas vivos, con
clausura de cualquier sensualidad, con total enclaustramiento de otra piel que
no fuera la de la mano izquierda porque una dama camina siempre a la derecha de
su pretendiente, toda la sangre retenida en las secretas venas, todos los
encantos corporales velados por solo supuestos encajes. Ni hablar de bañarse
juntos ni siquiera en piscinas privadas, desviando las miradas y las voces
cuando algún inesperado suceso o espectáculo amenazaba con interrogantes
vitales, unas mortecinas vibraciones nacidas más de la costumbre que de la
pasión o del deseo, ningún otro asedio superior al del futuro
económico-social-representativo y familiar, sin horizontes lúdicos, sin
cuestiones genitivas, con la teología moral como único telón de fondo, con el
presunto suegro orondo y complacido ante la categoría notarial de la idolatrada
hija conseguida por derecho de consorte, con penumbras, miriñaques y bambalinas
a flor de piel y a flor de lecho.
Leopoldo sintió una comezón molesta. Sus dos
acompañantes eran unos desconocidos y parecían tener opiniones divergentes.
Pero estaban vivos. La chispa de Ricard había sido capaz de encender la gastada
candela de don Gumersindo. Él, Leopoldo María de La Bisbal y López de Mendoza
tenía la ocasión de romper ahora con el ambiente familiar que le rodeaba, con
aquella opresión sutil resultante del simulacro paterno y la pacatería materna.
Incluso la ambigüedad de tía Leonor se le hacía insufrible y aún más la
beatería de tía Mercedes, la grandilocuencia de tío Marcelo y tía Coronación,
el turpiloquio de tío Ambrosio y la permanente incógnita de tío Federico y tía
Carmen, por no citar a los penosos frailes que todavía soportaba una vez al
año. Se apartaría de todos. Rompería con ellos si era preciso al menos por dentro.
Guardaría tan solo astillas de las lanzas para simular el juego. Sí, esa iba a
ser la conclusión de aquellas jornadas que había destinado a reflexionar sobre
su futuro. Regresaría y declararía su decisión de no pedir entonces la mano de
Clara, su deseo de esperar, su necesidad de respirar un poco, de programar su
vida con calma. Sin dar más explicaciones, porque sí, porque se ahogaba y
porque le atormentaba la duda.
Habían terminado el primer plato. La ensalada
resultó sabrosa. Un regusto marítimo había espolvoreado aquella armonía
vegetal. El conjunto estuvo bien presentado, los componentes distribuidos con
sabiduría, las verduras parecían vivas y las colas de abacanto fueron lo
suficientemente abundantes como para justificar el nombre del revuelto.
Ricard
comentó la excelencia del plato y reinició la conversación:
—Pues como te digo, tienes que andar con ojo,
chico. Yo tuve suerte. Me encaracolé con una elementa sin apenas conocerla y
sin saber nada de mujeres, y me salió redondo. Por lo menos al comienzo. Ya te
contaré. Pero cuando no nos oiga don Gumersindo que se escandaliza de mis
aventuras.
El aludido hizo un mohín de desentendimiento
moviendo primero la cabeza hacia los lados y luego oscilando la parte superior
del tronco de atrás hacia delante como queriendo dar a entender su
desaprobación respecto a ciertas andanzas que ya conocía.
Leopoldo miraba en silencio. Le irritaba el
recuerdo de su encierro durante tantos años. Primero el control puritano de una
familia anclada en fórmulas ciegas y secas, luego los estudios compulsivos en
el colegio y en la universidad con la obligación de obtener notas brillantes que
anticiparan el éxito profesional; por último los doce terribles años preparando
unas oposiciones que significaban el triunfo definitivo en la vida. ¿Seguro?
¿Incluso ahora? Una especie de brecha mental respondía a su pregunta con los
colores de la duda.
Se acercó el camarero con los platos de
pescado. El rodaballo a la plancha prometía. Había sido cocinado con briznas de
orégano y los consabidos limones de monte.
—Está exquisito —dijo Ricard. Y continuando
la degustación añadió a los pocos segundos—: Un gran cocinero.
Sus compañeros de mesa hicieron la
correspondiente prueba.
—Un gran cocinero —repitió él con gesto
convencido dirigiéndose al metre
que había acudido a su señal.
Leopoldo asintió con la cabeza y don
Gumersindo hizo también un discreto gesto de complacencia. El metre aceptó el cumplido con una
reverencia rápida al tiempo que arqueaba las cejas:
—Muchas gracias, señores. Transmitiré su
felicitación al chef.
Comieron en silencio hasta acabar el pescado.
Pidieron a continuación los postres dejando el café para el salón. El profesor
recordó de repente que debía hacer una llamada telefónica antes de las tres y
abandonó el comedor tras apurar su flan con nata.
—Es un bendito. Un tanto raro pero un bendito
—comentó Ricard—. Nos conocemos desde hace bastantes años aunque es la primera
vez que coincidimos aquí —dijo desviando la mirada.
Leopoldo saboreaba su pudin de manzanas. Tras la salida del profesor pensó que era
oportuno reanudar la conversación y decidió preguntar. Estaba muy interesado en
las confidencias de Ricard. Parecía un hombre con experiencia. Y además había
abierto el tema.
—¿No me ibas a contar la historia de aquella
primera mujer que tan bien te resultó? Me gustaría hablar contigo de eso. No
quiero abusar pero necesito aclarar cosas, ya sabes
—Mira, amigo —comenzó Ricard— el tema es
interminable. Pero está bien, empezaré por donde dices y te contaré algo de lo
que pasó. Cada hombre es una historia y cada mujer otra u otras dos. No te
puedes imaginar lo que da de sí una chavala que se ponga a funcionar. Por
desgracia no son muchas. O no han sido muchas hasta ahora. La mayoría de las
mujeres eran educadas para vivir reprimidas. Casi todas lo aceptaban sin
inmutarse y lo que es peor sin enterarse. Si hubieran llegado a descubrir la
maniobra a tiempo y hubieran sido capaces de reaccionar tendrían que haberse
echado a temblar nuestros padres. Aún quedan mujeres así, por supuesto. Y no se
trata solo de sexo. Todas las retrógradas debieran leer el libro de Marianne
Williamson El valor de lo femenino. Digo leerse, no leer que es
distinto; se trata de verse como protagonistas, no de asistir al texto como
simples espectadoras. ¿Conoces ese libro? Es un poco antiguo pero no tiene
desperdicio. Examina la vida y el mundo de la mujer en su totalidad, no solo en
el terreno erótico. Bueno, dejémonos de filosofías ahora.
—Pues cuéntame la historia que me has
anunciado, estoy impaciente —urgió Leopoldo limpiándose los labios con la
servilleta.
—Es muy especial, muy distinta de las que
entonces se llevaban. Fue mi primera experiencia y me marcó. Estudiaba yo en
Madrid Filosofía y Letras, creo que estaba en segundo de carrera. En aquellos
tiempos las cosas llevaban otra marcha y ninguna tía decente te hacía
insinuaciones. Sobre todo en los pueblos y en las ciudades pequeñas. Yo creo
que ni sabían ni se hubieran atrevido sabiendo. Cualquier moza que se pasara un
pelín era considerada una fresca, poco menos que una furcia. Si en un momento
de tontería se le ocurría juguetear con alguien en público, estaba perdida. O
se iba del pueblo o se cambiaba de barrio, si vivía en una ciudad. A menos que
se casara con el mozo en cuestión. Besarse en la calle era indecente. El propio
Luis Buñuel, nada menos que Luis Buñuel, reconoce que en su juventud, cuando
llegó a París, ese espectáculo le parecía de mal gusto. Eran los años veinte y
en Francia, pero ten en cuenta que la Edad Oscura ha durado aquí hasta hace
poco.
Ricard se interrumpió. Algo reclamaba su
curiosidad. Leopoldo miró al entorno disimulando su impaciencia. El mar se
perdía tras las cortinas en un remanso de encajes. Podía suponérsele alborotado
o tranquilo, con reverberaciones de topacio o de esmeralda, y con olas de
labios o de espuma. Era casi lo mismo en medio del silencio que se había ido
apoderando del comedor y que estaba adornado solo por rumores de cristalería, vajilla
y cubertería en plena friega, y por algún cuchicheo fugaz de los comensales con
los camareros.
Una sensación de embriaguez lúcida envolvió
al joven notario. La visión tamizada del paisaje marino le exigía menor
concentración permitiéndole apreciar mejor el sabor de la tertulia. Al mismo
tiempo la disminución del alboroto a su alrededor y el efecto euforizante del
Rueda le transportaban a un estado de placidez sensual que apenas conocía.
4.
Las
continuas miradas de Ricard a un ángulo del comedor le arrancaron de aquella
complacencia. Estuvo por volverse. El brillo de los ojos de su compañero de
mesa era delator. Tuvo la certeza de que tan repentina atención la provocaba
una mujer.
—Vaya, vaya —musitó Ricard con un gesto entre
pícaro y tierno.
—¿Qué ocurre? ¿Hay alguien conocido?
—preguntó Leopoldo como pidiendo permiso para volverse.
—No te lo pierdas pero sé discreto. Hay dos
hembras ahí que no tienen desperdicio. Han estado mirando sin parar hacia aquí,
yo diría que por ti. Seguro que te conocen. Hacían risitas entre ellas. ¿Has
tenido ya algún rollo y te lo estás callando, pendón?
Un calambre frío recorrió la espalda de
Leopoldo. Dos mujeres fijándose en él. ¡Las nórdicas! Reaccionó para responder
a la pregunta.
—¡Si acabo de llegar! Como no sean…
—Parecen holandesas o danesas, pero cañón,
¿eh? Te lo digo yo. Sobre todo la morena. ¡No te vuelvas ahora! Ya han elegido menú y no paran de mirar. Es
la primera vez que las veo pero parece que ellas nos han visto antes o te han
visto a ti. ¿Dónde has estado esta mañana?
—He dado una vuelta por ahí y luego he subido
al acantilado. Tú mismo me lo has sugerido.
¿Le contaba el fulgurante encuentro? ¿Todo o
parte? Ahora le parecía increíble que aquellas desconocidas le hubieran
provocado de la manera que lo hicieron. Ni siquiera estaba seguro de que todo
hubiera ocurrido como lo recordaba. ¿No existen los espejismos y las
alucinaciones? “Tú alucinas por un tubo” solía decirle primo Teodoro que
alardeaba de la modernidad de su lenguaje. También podía haber sido víctima de
su ansiedad. “Quien hambre tiene, con pan sueña” repetía constantemente tía
Leonor.
—¿No has visto por allí dos buenas hembras?
Estarían tomando el sol en cueros, ¿no? —preguntó Ricard con aplomo.
Leopoldo se sintió pillado. Tendría que
confesar. Un confidente así era potencialmente un competidor pero también un
cómplice. No lo dudó:
—Ha sido tremendo. He localizado dos tías que
tomaban desnudas el sol sobre las rocas. Bueno, una desnuda del todo y la otra
casi.
—¿Te han visto?
—Supongo que sí.
—¿Y no se han escondido ni se han tapado?
—Allí han seguido tan frescas.
—¡Las tienes en el bote! Seguro que son
aquellas que no nos quitan ojo. ¡Pero no mires!
—Descríbemelas.
—Una es rubia, con melena, ojos azules, alta,
veinticuatro años, una niña muy bonita; la otra va por los treinta y tantos, de
tu edad más o menos, morena, bronceada, más cuajada, pelo corto, muy sexy. Tiene
ojos de almendra tostada, auténticos garfios de fuego como diría mi amigo
Miguel el poeta. Es la que más mira hacia aquí, la que más cuchichea, la que
más se mueve y la que más sonríe.
—Son ellas.
—¿Estás seguro?
—Sí. Voy a mirar.
—No lo hagas ahora. Les das todos los
boletos. Espera.
Le invadió una especie de escalofrío. Algo
más que las palabras de su colega le impidió volverse. No fue capaz de girar el
cuello. ¿Qué hubiera hecho a continuación? ¿Una señal de saludo? ¿Sonreír?
¿Acaso no había finalizado el encuentro con una desoladora sensación de
ridículo? Debía dejar que el tiempo limpiara su torpeza. Tras mirarse e intercambiar
gestos de calma, pasaron al salón a tomar el café.
—Las mujeres son temibles —dijo Ricard—.
Tienes que amarrarte a la banqueta antes de meter el remo.
—Hombre, no será para tanto —respondió
Leopoldo intentando dominar su nerviosismo.
—Bueno, bueno. Has estado encerrado durante
demasiado tiempo. El mundo ha girado mucho en estos últimos años, chaval. Y las
tías con él. ¿No te has dado cuenta? Tienes una novia ¿no?
¿Debía responder? ¿Era Clara, su novia, una
mujer evolucionada? No, o al menos no lo sabía. Y sobre todo tras lo que
escondiera el anónimo. Nunca habían hablado de cosas significativas. Ella le
contaba bobadas familiares y él le explicaba la marcha de sus estudios. Como
mucho conversaban sobre la película recién vista o sobre gente conocida.
—Hombre, sé que todo ha cambiado bastante.
Pero a las mujeres que conozco las veo más o menos igual.
—Mira, macho: con tus feroces oposiciones has
vivido en el limbo. No es tu culpa desde luego. Estar encerrado diez o doce
horas al día es para sacar de circulación a cualquiera. Pero ahora será
distinto: cuando abras los ojos, los oídos y otras cosas te vas a caer del
guindo. Yo estoy cada vez más sorprendido.
—¿En qué trabajas? —preguntó Leopoldo
intentando dar un giro a la conversación.
—Bueno, ya te comenté algo esta mañana; me
dedico a cosas varias: escribo, diseño, doy conferencias, soy fotógrafo, un ‘freelance’
¿sabes lo que es eso?, un artista por los cuatro costados —dijo acompañando las
últimas palabras con una risotada.
—¿Eres escritor y periodista?
—Digamos que un poco de todo. Siempre a mi
aire.
—Pero fuiste funcionario. Me lo has dicho esta
mañana.
—Un caso triste. ¿Conoces alguna historia
alegre que tenga que ver con funcionarios? Siempre calculando trienios, quejándose
del sueldo, poniendo verdes a los de arriba y a los de abajo, fabricando
chismes y conspirando por bobadas. Algunos trabajan pero la mayoría se tocan el
bolo o la breva. Unos van y otros vienen dejando para mañana lo que pueden
hacer hoy. Organizan las vacaciones, montan puentes, especulan con los
moscosos, qué ralea. Salvados unos pocos, son escoria. Dejé aquello antes de
contagiarme. Si quieres te cuento mi historia de tres años escasos en la
función pública pero no merece la pena. Soy un fracaso: ni un trienio, figúrate.
Leopoldo no se sentía identificado con los
sujetos que detestaba Ricard. Además estaba deseando que le contara algo más
sugerente, esas historias palpitantes de las que imaginaba llena su vida.
—No, no. Yo tampoco quisiera ser un
funcionario al uso. Me interesa más saber cómo cambia la gente. Tú estás al
tanto de lo que pasa ¿no?
—Más o menos. A veces se asusta uno al vivir
situaciones que solo había imaginado. Por ejemplo sobre las hembras buscando
guerra. Es sorprendente cómo han disminuido los reparos de las jovencitas.
—Sí, antes lo pensaba. He oído que en el
extranjero hay otra marcha, que las chicas empiezan a moverse cada vez más
pronto, cosas así.
—También aquí las costumbres han pegado un
cambio del copón. Desde hace veinte años todo ha dado un vuelco. Las mujeres
tienen tanta libido como los hombres pero la han reprimido durante siglos y
ahora estalla. Qué carajo, ya era hora. Fuera de aquí, como dices, las cosas
tienen otra pinta desde siempre.
—Solo he salido fuera una vez, a París; fue
en el viaje fin de carrera.
—Vaya, París, qué ciudad y qué país. Te
podría contar lo que me ocurrió en Francia hace unos años en una playa como
otra cualquiera.
—Pues cuenta, cuenta.
Ricard comenzó a narrar la inesperada
aventura que vivió en un lugar de la Costa Azul, cerca de Cannes, cuando visitó
a unos amigos. Estaba pasando el verano con ellos una sobrina de dieciséis
años, Chantal, con la que tuvo un romance tórrido a espaldas de sus tíos. Iba
camino de Italia donde pensaba pasar una semana pero se detuvo allí hechizado
por la francesita. El impacto de aquellos días todavía vibraba en su memoria.
—Es una historia apasionante —se atrevió a
comentar Leopoldo—. Además la cuentas con un estilo bárbaro, macho —añadió
arriesgando ese sustantivo que hubiera censurado tía Mercedes.
—Sí, cierto —concedió el narrador—. Ha estado
bailándome en el coco durante mucho tiempo y he terminado escribiéndola. Se la
pasé a un colega autorizándole a que la incluyera en uno de sus libros
eróticos. La ha publicado y anda por ahí. Aún es más larga. Ya te contaré. Me
arrastra la vorágine del recuerdo como diría mi amigo Miguel el poeta —añadió
con aire burlón.
Parecía dispuesto a continuar el relato
cuando aparecieron por la puerta las nórdicas. Leopoldo volvió a inquietarse.
Le habían reconocido y se sentía incómodo.
Ricard le hizo una seña y se levantaron.
—Vale por ahora. Voy a mis asuntos de esta
tarde —dijo.
—Yo iré un rato a la playa —respondió
Leopoldo desorientado.
—Ya hablaremos —se despidió Ricard haciendo
un ademán de prisa.
5.
Leopoldo subió a su habitación. No tenía
claro lo de la playa. Notaba cierto escozor en la piel por la larga exposición
al sol durante la mañana. Tendría que aplicarse alguna de las cremas
protectoras que mamá y tía Mercedes le habían recomendado. Sacó una del neceser,
se desnudó y la aplicó generosamente sobre su piel. Conectó el mp3 y la música
de Paganini se adueñó de su penumbra mental.
Como un puñal sonoro se precipitaba el violín
solista por las estrías de los oídos en aquella propuesta de Rondo
cantada en tono menor hasta que el tutti orquestal replicaba con unos
compases mayores teñidos de euforia dando paso a las lamentaciones rasgadas de
los violines en un Andantino quasi allegro que puso algo de ánimo en el
espíritu confuso del joven, dominado en aquella hora por impulsos indefinidos
pero capaces de tanta matización como los provocativos pentagramas de Paganini,
“un maestro en la manipulación emocional de los sonidos” como diría su padre
tras hacer chirriar una pipa de cristal bohemio sobre el cenicero del abuelo
para demostrar que las sensaciones insidiosas son compatibles con la grandeza.
Después de la cantinela que tejen las maderas
bajo el acicate del violín frizzante, Leopoldo se sintió reconfortado.
Una alegría explosiva rescatada de entre las cenizas del desánimo acabó por
adueñarse de él en cuanto concluyó el Concierto
nº 5 del genovés. Desconectó el
aparato, se quitó los auriculares y decidió salir. No volvería a la playa sino
que caminaría en dirección opuesta hacia las laderas de pinos y eucaliptos.
Descubriría algún camino umbroso, alguna senda zigzagueante que le condujera a
lo alto de una colina desde donde disfrutar del atardecer. Sentado al filo del
poniente podría por fin reflexionar sobre lo que se le avecinaba en cuanto
volviera a Valladolid.
A un centenar de metros de la última casa del
pueblo vio el cartel anunciador del picadero. Decidió tomar aquel rumbo porque pensó
en la posibilidad de emplear parte de la tarde montando a caballo. Hacía años
que no practicaba, desde que tío Ambrosio vendió la finca donde él, sus
hermanos y algunos primos pasaban gran parte del verano. Solo había allí un
semental, varios caballos gastados, algunas yeguas de cría y dos o tres
potrancos; los buenos elementos habían salido camino de las hípicas. Pero era
suficiente para ellos que podían montar algunas viejas glorias templadas por el
tiempo y por el castigo de tanto galope atropellado en las carreras.
Aquella idea le animó. La alegría de la
música que iba tarareando se incrementó con la del movimiento rítmico que
imaginó a lomos de su montura. Cerca de la empalizada le pareció distinguir un
grupo de gente junto a la cabaña principal del complejo. Eran dos mujeres y un
hombre. Un relámpago mental puso al rojo vivo su imaginación. Fue acercándose.
Le pareció que podían ser… sí ¡las valquirias del acantilado que habían vuelto
a aparecer durante la comida! Se detuvo tras un arbusto para observar sin
delatarse. ¡Justo! ¡Eran ellas! Estaban con un hombre vestido de faena. Llevaba
una especie de buzo e iba calzado con botas de media caña. Parecía un empleado,
tal vez algún monitor o simplemente el mozo de cuadras. Era bajito y poca cosa.
La más alta de las nórdicas, la morena, hacía
movimientos constantes con la cabeza como queriendo entender las palabras del
hombre. Vestía media blusa suelta con la cintura al aire y una falda-pantalón
bastante amplia. Estaba apoyada sobre el extremo del tronco en el que terminaba
una barrera a media altura y a veces montaba a horcajadas sobre él. Leopoldo se
sobresaltó al advertir la estrategia del hombre que colocaba su mano en el
mismo lugar en cuanto quedaba libre.
La
rubia estaba más quieta, sentada al lado, pero algo apartada, como ajena a la
conversación. Leopoldo no le perdía ojo. Seguramente le estaban aburriendo las
paparruchas de aquel cuatrero y no le interesaban las artimañas de un simple
mozo de mulas que estaba tratando de seducir a su amiga. Es más, lo que en
realidad pretendía aquel canijo era ligarse de golpe a dos bombones
desconociendo que él, Leopoldo, todo un notario a punto de ejercer, podía
ofrecer a cualquiera de ellas algo mejor que las mondas migajas de un
pordiosero. Se encorajinó y le acometió la idea de dirigirse hacia allí. Pero
no. ¿Cómo? ¿Él? Además de su inexperiencia no podía superar la sensación de
vergüenza por el suceso del acantilado. Tendría que esperar.
¿Debía continuar en aquel lugar? ¿Y si lo
descubrían? ¿No parecería que los estaba espiando? Era una pura casualidad,
había salido de paseo y aquel era un camino entre tantos, pero se sentía atarugado
como si tuviera que explicar su presencia. No dejaba de mirar al grupo
observando sobre todo los movimientos de la morena que seguía restregándose contra
el madero. También las piernas de la rubia apenas cubiertas por una faldita
vaquera con la botonadura frontal medio desabrochada. La desazón de Leopoldo
crecía por momentos. Dio unos pasos para abandonar su escondite. Volvió a detenerse,
dudando. Estaba muy cerca de la puerta y podían verlo. En aquel momento la
rubia miró hacia el lugar donde se encontraba. Hizo un mohín de sorpresa pero
no cambió de postura.
El joven notario pensó que debía seguir su
camino. Quedarse era comprometido. Tomaría el sendero que bordeaba el recinto
ascendiendo por la ladera. Oculto tras un árbol podría seguir gozando del
espectáculo. Aceleró el paso. Desde un primer observatorio vio cómo el hombre
sujetaba los brazos de la morena, cogía sus manos y las llevaba sobre su pecho,
su espalda y su cintura intentando explicarle algo.
Sintió
un latigazo en la sien. Le invadió una interminable cascada de imágenes con la
rubia como protagonista. ¿Quieren las mujeres algo cuando parece que lo piden o
no piden lo que realmente quieren por pura estrategia? Siempre había oído que
su psicología es muy complicada para los hombres, incluso para los expertos.
Para él podría ser insuperable. En cuanto viera a Ricard le tiraría de la
lengua. No quería perderse en el laberinto femenino ni quedar atrapado en
aquella maraña de contradicciones. Se lo había oído decir al abuelo: “La
mayoría de las hembras son una maraña de contradicciones”. ¿Qué demonios
intentaba Chantal, por ejemplo, con su ingenua perversidad? Si deseaba las
caricias de un hombre que le atraía por ser mayor, extranjero, culto y
experimentado, debía darle paso y punto. ¿Qué era aquello de restregarse sobre
la piel ansiosa del macho sin permitir luego nada? ¿Hasta dónde quería llevar
la tortura? Las mujeres son injustas. Tenía razón Ricard. Juegan con sus
encantos llegando a extremos que se vuelven peligrosos para ellas. Pueden
hacerlo pero que carguen con las consecuencias. ¿Por qué pretenden heroísmos de
los hombres, indefensos animalitos cuyas neuronas sexuales se alteran con suma
facilidad? No sabía que existieran las neuronas sexuales pero así lo decía tía
Leonor: “Las neuronas sexuales del hombre se alteran con suma facilidad”.
Claro. Bastante excitado anda el macho de por sí como para que una chiquilla
inconsciente se dedique a provocarlo.
En su mente se mezclaban estas cavilaciones
con el fantaseo de la situación vivida por su amigo. Ahora era él el
protagonista. Sacudió su cabeza con fuerza para espantar aquella figuración.
¿Por qué se refugiaba en fantasías? ¿No estaban al otro lado de la valla las
valquirias cuyos encantos había podido saborear en el acantilado aunque solo
fuera con los ojos? ¿No estaban corriendo peligro en aquel mismo momento al
alcance de un gavilán que podía envolverlas con sus alerones y atraparlas entre
sus garras? Abandonó su escondite tras el árbol. Aceleró el paso impulsado por
una sensación agria, desquiciadora, que le hacía ir hacia delante y hacia atrás
al mismo tiempo. Dejó el camino y trepó por la ladera plantada de pinos jóvenes
buscando un punto desde donde seguir espiando. Halló un buen observatorio y se
sentó. Desde allí podría contemplarlo todo sin el obstáculo de la valla.
6.
Leopoldo giró la cabeza. Un ruido le
sorprendió. Parecía el crujido de una rama. Miró a su alrededor y no vio nada
extraño. Abajo, dentro de la cerca, había ahora más gente. Los juegos se habían
interrumpido. Las dos mujeres estaban junto al caballo acariciándolo mientras
el gañán lo ensillaba. Leopoldo se restregó los ojos. Estaban ardiendo, le
escocían.
—Buenas tardes —oyó a sus espaldas.
Inmediatamente identificó la voz. Giró la
vista y devolvió el saludo. Allí estaba Ricard.
—Vaya, vaya, hombre. ¿Echabas una cabezada o
meditabas?
—Pues no exactamente. Estaba… —titubeó
Leopoldo fuera de situación. Pero se repuso y dijo:
—¿Qué haces tú aquí?
—¿Yo? trabajando.
Y señaló un gran bolsón que había dejado en
el suelo. Leopoldo lo miró y alzó los hombros.
—No ha sido difícil encontrarte —añadió
Ricard—. Te he visto salir husmeando el aire. Antes habían ido las chicas por
el mismo camino. Aunque no marcabas paso de conquista estaba seguro de que las
encontrarías —dijo Ricard sonriendo.
—¡Pero si yo no sabía que estaban aquí!
—Bueno, chaval, la cabra siempre tira al
monte. Y los humanos tenemos sistemas secretos de detección hormonal.
—Te aseguro que ha sido pura casualidad.
—Que no me engañas, hombre, que no. ¿Dónde
ibas a estar tú sino detrás de esas hembras? Y además ¿desde cuándo las
casualidades son siempre puras?
—Piensa lo que quieras pero he salido a dar
un paseo, a conocer los alrededores, y me he tropezado con esto.
—Ha sido divertido ¿verdad?
—¿Lo has visto todo?
—Un poco. Desde ese otro lado.
—¿Y sabías que estaba yo aquí?
—No exactamente aunque lo suponía. Cuando ha
llegado la gente y se ha interrumpido el rollo he pensado que no andarías
lejos. No me he equivocado, ya ves.
—Pues te repito que me tropecé con esto sin
saberlo.
—Qué suerte ¿no?
—Hombre, ha sido excitante. Además, es la
segunda ración del día.
—¿Por fin me lo vas a contar?
—Bueno, ahora ya…
—Te dije en el comedor que esas titis te
miraban de una forma especial. Estaba claro que algo tenías que ver con ellas.
Si llegaste anoche ha tenido que ser esta mañana. A no ser que fueras Jimmy el
rápido, pero no tienes pinta.
—¿Pinta de qué?
—Vaya ¿de qué ha de ser? Pues de Jimmy el
rápido. Llegar y besar ¿me entiendes? Ya te tocará, ya. Eso se aprende pronto
si uno quiere.
—Pues yo quiero —dijo con rabia Leopoldo.
—Vale, muchacho, así me gusta. Gato veloz,
gata encelada, ¿me entiendes?
—Creo que sí.
Ricard se sentó junto a él y le palmeó las
rodillas. Luego se le quedó mirando entre tierno y complacido. Leopoldo
empezaba a relajarse. La segunda visión del día había sido tan excitante como
la primera o más porque había añadido sus fantasías. Notó que se le estaba
abriendo la imaginación a partir de las conversaciones con Ricard. La aventura
con Chantal le había despertado la capacidad de fabular. Era la ocasión de
pedirle que continuara.
—Oye, quisiera que me siguieras contando cómo
terminó la aventura con aquella francesita sobrina de tus amigos en la playa;
se llamaba Chantal si mal no recuerdo ¿no?
—Sí, hombre, lo recuerdas muy bien —respondió
Ricard con una sonrisa irónica.
—¿Puedo hacerte una confidencia?
—Por supuesto.
—Es que te puedes cabrear.
—¿Yo?
—Sí.
—Dime, a ver.
—Bueno, pues que me he puesto a imaginar que
estaba yo allí por la tarde en el mismo lugar que tú, que te habías ido o algo
así, y que Chantal estaba muy entrenada.
—¿Y eso me iba a cabrear? No me conoces.
—Era por si acaso.
—Al contrario, tío, me alegra un huevo. Estás
empezando a espabilar. Vas por buen camino. Seguiremos avanzando, ya lo verás.
—Gracias. Tenía cierto apuro.
—Olvídate, ya hablaremos. Ahora dime qué tal
ha resultado todo. ¿La has conseguido sobre la arena, al anochecer, sobre el
césped del jardín o allí mismo en el mar? Te advierto que en el agua no es
fácil sobre todo al principio si no hay cierto entrenamiento por ambas partes
—y subrayó con lentitud el final de la frase mientras miraba al notario.
—Pues sinceramente solo he conseguido repetir
casi lo mismo que tú me has ido contando.
—Algo es algo. Hay gente muy torpe que no es
capaz ni de eso. O lo reciben todo masticado o se quedan a dos velas. ¿Sabes
esos tíos que solo recurren a películas porno? Tienen el caletre seco, no saben
manejar la imaginación. Otra cosa son los que leen: tienen delante el guión,
cierto, pero han de poner ellos la música, los paisajes, los decorados y el
rostro de los personajes. Son casi unos directores de cine. ¿Has leído
literatura erótica de verdad, de la buena?
—Casi nada y a escondidas. También algunas revistas
de destape que hacen comentarios o cuentan historias picantes.
—Porquería. Casi tan malas como el cine
porno. Solo unas pocas tienen dignidad, son sugerentes, creativas, estéticas;
permiten al menos adivinar los gestos y los movimientos de los personajes. Pero
la mayoría se quedan en lo grosero, lo burdo, lo fácil. El mercachifleo en la
literatura de todo tipo es casi una condición del éxito.
—Sí, estoy de acuerdo.
—Como la vida misma. La mayor parte de la
gente se enfrenta a esto con ignorancia o con hipocresía. Luego lo rechazan o
lo infrautilizan. No llegan o se pasan. Basta con ver y oír. Muy pocos
comprenden el erotismo en su profundidad y son menos aún quienes lo ejercitan.
Yo te aseguro que es de lo más maravilloso que tiene la vida.
—¿Lo de Chantal es una fantasía? He estado
pensando que podías haberlo escrito porque sí, que te lo habías inventado.
—Ni mucho menos. Tan real como tú y como yo.
Ocurrió como te lo he contado. Y aún mejor porque la historia es larga. Tan
larga que continúa. Dentro de poco vas a poder comprobarlo —dijo Ricard con
aire enigmático.
—Bueno, dime entonces qué ocurrió a
continuación.
—Mira, uno mantiene a veces viejas ideas,
temores y recelos que no terminan de aclararse por mucho que les des vueltas.
Uno de ellos es un sentimiento de respeto por el ambiente en el que estás o por
las personas que te rodean. Eso es lo que me impidió seguir adelante aquella
misma tarde con Chantal. Hubiéramos podido follar en casa de mis amigos porque
luego supe que ella lo estaba deseando. Pero yo tenía cierta prevención, ya
ves. Además se cruzó otro asunto.
—¿Cuál?
—Ahora te contaré.
La mirada de Ricard pareció nublarse.
Pronunció las últimas palabras con un aire de nostalgia que Leopoldo captó de
inmediato. Se abría una pausa y al joven notario le pareció que debía reanudar
la conversación antes de que se enfriara el tema.
— Oye ¿el que Chantal fuera menor de edad,
no…?
—¿Menor de edad? ¿Qué significa menor de
edad? ¿Cuándo es una persona mayor de edad? —respondió Ricard rehaciéndose.
—Pues hombre, la ley marca unos mínimos.
—Bueno, bueno. La legislación admite las
relaciones voluntarias sin abuso de autoridad ni otro tipo de presiones desde
muy temprano. Depende de países. Pero una persona es mayor de edad cuando sabe
lo que quiere, cuando comprende lo que significa todo, cuando conoce sus
complicaciones y sus consecuencias. Eso no se consigue nunca en plenitud ni a
los quince ni a los dieciocho ni a los cincuenta. Siempre queda un resquicio
para la novedad, para la sorpresa, para el aprendizaje. Se trata de estar
informado, de ser suficientemente autónomo en el juicio, de saber gobernarse.
Chantal sabía gobernarse.
—Pero a los quince o dieciséis años, una
chica…
—No sirve lo de ‘una chica’. Hay que hablar
de tal o cual chica con nombres y apellidos. De tal o cual chico, no hagamos
distinción; en todo caso a favor de las mujeres. Algunas no son mayores ni con
cuarenta años pero hay otras que a los quince saben dónde tienen cada pie y
cada mano. Chantal era una de ellas.
—¿No será que te conviene que así sea, o al
menos pensarlo así?
—Es una buena pregunta. Claro que puede ser
la razón ideal, la disculpa para justificar un modo de actuar. Pero conozco a
las mujeres desde menos hasta bastante más edad y sé diferenciar. Jamás
entraría a saco con una jovencita ni de quince ni de veinte años si no la veo
capaz de entender o con deseos de aprender.
—¿Y lo sabía Chantal?
—Lo sabía de corrido. Me di cuenta sin más.
Aquella noche la pasé inquieto porque la suponía en la habitación contigua y a
pesar de mis prevenciones me apetecía mucho follar con ella. Hubiera sido
fácil. Y más después de lo que había ocurrido por la tarde. Yo estaba caliente
entre unas cosas y otras. Imagina lo que podía haber pasado: llego sigiloso,
entro porque ella ha dejado la puerta sin pestillo, lo echo yo, me acerco a su
cama, comienzo a besarle la frente, luego las mejillas, todo muy suave, muy
tierno. Ella se va despertando o haciendo como que se despierta y veo en la
penumbra cómo sus labios están esperando los míos. Se los beso lentamente
demorándome en cada pliegue, mimando las comisuras, sin intentar separarlos
pero recorriéndolos con la punta de mi lengua hasta sentir cómo se entreabren
jugosos. Recorro su superficie ahora con mis dedos oprimiéndolos un poco,
primero el superior, luego el inferior. Finalmente ambos, abarcados por mi mano
que se aparta para que mi boca vuelva a ellos y los mordisquee con un
detenimiento que no impide que todo su cuerpo comience a estremecerse. Mi
lengua ha penetrado en su boca y saborea las raíces de sus dientes antes de
enlazarse con la suya que se despereza y se mueve con una lentitud incitadora.
Inclinado a su lado envuelvo con mi mano derecha su cuello hasta alcanzar su
oreja libre ya que mis labios miman ahora la izquierda. Y esa mano mía avanza
sobre la sábana tibia electrizada por su piel desnuda. Llega a las colinas de
los pechos y las rebasa queriendo hacer primero una exploración de todo el
territorio. Desciende por el vientre acelerando el ritmo, palpando el boscaje
del pubis y luego introduciéndose entre los muslos que se agitan aunque todavía
no se han separado. Retrocede para que el tiempo sea su cómplice. Nuestras
bocas tejen tapices de saliva. La segunda incursión, ahora de mi mano izquierda,
se produce bajo la sábana.
—Vale, vale —interrumpió Leopoldo— no puedo
más.
Ricard, que había cerrado los ojos mientras
hablaba se sobresaltó. Miró a su alrededor como si saliera de una alucinación.
—¡Menudo vuelo, tío! Me estabas llevando al
quinto cielo. ¿Lo inventas, lo sueñas o realmente ocurrió así?
—Sí —respondió Ricard recuperando el aplomo—.
No exactamente así ni en aquel momento sino una semana después a mi regreso de
Italia. Fantaseé mucho durante el viaje. Lo imaginé todo pero la realidad
superó lo previsto. Ahora lo estaba recordando aunque aquella primera noche, en
el viaje de ida, las cosas sucedieron de otro modo. Además había ocurrido algo
a media tarde que me volteó. No te lo he contado pero no hace falta. Mi colega
lo ha descrito con todo detalle en uno de sus libros; ya te diré dónde
encontrarlo si te interesa.
—Claro que me interesa —aseguró Leopoldo.
—Bueno, la cosa es que había entrado en juego
una amiga suya, Brigitte, que hizo variar todo el escenario.
—Me dejas a dos velas —protestó Leopoldo.
—Tranquilo, muchacho. Te lo resumiré diciendo
que por la tarde habían estado jugando en el jardín tres parejas, dos amigas de
Chantal y otros tres chicos. Uno de ellos se tuvo que marchar y yo le sustituí.
Mi pareja fue Brigitte. Me encandiló.
—Vale, vale —admitió Leopoldo—, tienes que
volver atrás para que me des detalles. Me encienden tus relatos, sean ciertos o
no.
—Relájate, hombre —le dijo Ricard—. Yo
disfruto con el recuerdo. Relájate y disfruta.
—Es que…
—Las cosas son así. Hay que saber vivirlo y
saber contarlo. A todo se aprende si uno se empeña. ¿Sigo?
—Como quieras —respondió Leopoldo con la voz
desvanecida. Pero enseguida añadió—: Aunque, no sé. Todo me parece increíble.
—Pues es de lo más normal.
—No se me pasa por la imaginación que haya
chavalas así.
—Mogollón, amigo, mogollón. Hay que dar con
ellas primero y luego motivarlas. Lo que te cuento no tiene nada de
extraordinario. Siempre que estés a ello todos los días, claro. Mira, tanto las
hembras como los machos llevamos el sexo puesto desde que nacemos. Los
psicólogos hablan de la fase oral, de la fase anal, de mil etapas sucesivas… pero
lo cierto es que ninguna de nuestras actividades ni de nuestros impulsos están
al margen de la sexualidad. Se podrá canalizar, reprimir o sublimar, pero es
una realidad omnipresente.
—Lo que pasa es que…
—Sí, ya sé que te extraña lo de las
jovencitas. Pero se ha estudiado bastante el proceso de control que se ejerce
sobre ellas en cuanto apunta la pubertad e incluso antes. Sin ese freno
educativo y cultural, la llamada virginidad se acabaría antes de los catorce o
quince años. Depende del desarrollo de cada una. Con los controles de hoy aún
se consigue que les dure dos o tres más. Hay muchos riesgos, por supuesto. Pero
no se pueden confundir las cosas.
—Sí, es un tema complicado.
—No tanto como parece. Por ejemplo, nadie se
preocupa de cuándo pierden la virginidad los varones. Incluso se desea que no
tarden y se señalan unas pautas para la virilidad que no corresponden a las que
se aplican a la feminidad.
Leopoldo escuchaba sin pestañear. En el picadero
había cierto movimiento pero las dos extranjeras permanecían sentadas en una
zona lateral hablando entre ellas. Se reían sin alborotar. El mozo las miraba
de vez en cuando mientras atendía a los otros clientes. Salieron tres de ellos
cabalgando por el camino que llevaba a la carretera mientras dos más ensayaban la monta sobre unos potros dóciles.
Ricard hizo un gesto de fatiga, miró a su
joven amigo y le dijo:
—Bueno, ya te he contado bastante; ¿me vas a
piar tú ahora todo lo que has visto y lo que has hecho esta mañana?
—Pues mira —titubeó Leopoldo—, ha sido muy
simple. Ya te he dicho algo en el comedor. Ahora casi me da vergüenza después
de oírte. No por lo que ha ocurrido, sino por lo que no.
—Tranquilo, chico. Por algún lado hay que
empezar.
—Sí, claro. Lo he pasado bien y mal. Nada más
despertarme he salido al balcón y he visto a esa rubia, la que está ahí abajo;
iba paseando hacia el acantilado. Después de desayunar la he buscado por allí y
me he tropezado con las dos que estaban tomando el sol desnudas; bueno, desnuda
del todo solo la morena. Me he puesto como un mulo y he estallado, me he
corrido. Estaba muy cerca de ellas y creo que me han visto. Luego se han puesto
a juguetear, ya me entiendes. No he sabido qué hacer. Me he sentido ridículo.
Así que me he retirado lleno de coraje.
—Bueno, hombre. No está mal para empezar.
Ahora me explico las miraditas. Tienes medio camino andado. Verás qué pronto
cantas victoria.
—¿Tú crees?
—Tienes que decidirte. Por ejemplo esta
noche. La oscuridad facilita las cosas.
—No sé —dijo Leopoldo con un mohín de
desconfianza.
—Vamos a ver, muchacho: cuéntame ahora lo que
has visto aquí esta tarde. Todo completito, con pelos y señales como te lo
cuento yo.
—No sé si voy a conseguirlo. Tú eres un
maestro.
—Ahora cuenta tú.
—Pues mira. Las dos chicas han debido de
venir a dar un paseo a caballo. Cuando he llegado aquí se estaban enrollando
con el mozo. Sobre todo la morena. Ha empezado a manosearla el tío mientras la
ayudaba a montar. Le ha debido de gustar y se han liado de mala manera.
—De buena —interrumpió Ricard.
—Sí, claro, de buena —admitió Leopoldo.
—Sigue, sigue —le animó su amigo al verle
cortado.
—Pues el tío le ha metido mano por todas
partes y ella ha hecho lo mismo. Ahí, delante de todos. Bueno, quiero decir delante
de la rubia porque no había nadie más. Cuando han llegado los otros han parado,
ya lo has visto.
—Y tú ¿qué has hecho? —preguntó
insidiosamente Ricard.
—Nada, mirar como un memo. Tenía unas ganas
terribles de acercarme a la rubita y hacerle lo mismo. Se reía viendo a su
amiga y se movía en el banco de una forma…
Se quedaron callados. Ricard parecía
relamerse con la escena que acababa de imaginar. Leopoldo miró hacia la entrada
del picadero. Las dos mujeres se estaban despidiendo. Por señas indicaban una
hora: las once. Era una cita.
Ricard miró a su compañero y le dijo:
—A las once vuelven a verse. Seguramente
aquí. Querrás venir ¿no? Puede ser tu ocasión.
—Creo que sí —respondió Leopoldo medio sofocado.
7.
Se reunieron ambos con don Gumersindo a cenar
en el hotel. Ricard estaba especialmente animado y dijo que invitaba él. Se
resistieron los otros dos comensales pero acabaron aceptando. Una vez
finalizada la cena, don Gumersindo pidió disculpas y abandonó el comedor
mientras Ricard y Leopoldo prolongaban la sobremesa. El notario estuvo a punto
de aludir al tema de la compra de alimentos en el supermercado pero no lo hizo.
Algo le decía que era mejor no mencionar aquello. Pondría en un brete a su
anfitrión que además se sentiría espiado. Si la cuestión seguía intrigándole
vigilaría sus movimientos para tratar de hallar las razones de aquella compra
masiva.
La conversación había girado en torno a las
mujeres, sus dificultades y sus encantos. No vieron cenando a las extranjeras
pero sí detectaron otras sugerentes miradas femeninas.
—A estas horas se negocia la noche en los
enclaves del ocio —comentó Ricard con suficiencia.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Leopoldo.
—Ya ves las miraditas que atraemos. Sobre
todo tú.
—¿Yo? Pues no me he dado cuenta.
—Mira, muchacho, andas algo despistado. Con ese
aire tuyo distante y tierno tienes a medio hotel en vilo. Observa y verás.
Leopoldo supuso que era una broma porque
durante los minutos siguientes no captó ninguna mirada. La mayor parte de los
comensales eran parejas maduras. Su amigo se estaba burlando de él. Nunca le
habían mirado las mujeres con insistencia. Al menos las decentes. “Las mujeres
decentes no miran nunca con insistencia” había oído decir a tía Mercedes.
Podían haberlo hecho las otras pero no se había percatado. Claro que tampoco
hubo mucha ocasión, encerrado siempre, custodiado, protegido. Además, para
saber que uno es mirado hay que mirar. Y era muy difícil hacerlo con mamá al
lado, o con tía Mercedes, o paseando con Clara. Solo las contadas ocasiones en
las que le acompañaba tía Leonor conseguía liberarse inducido por ella: “Fíjate
en esa”, “No te pierdas aquella”, “Quién tuviera ese tipo”.
—¿Vas a ir a la cita? —preguntó Ricard con
reticencia, haciendo ademán de levantarse.
—¿No vienes tú? —replicó Leopoldo adivinando
la intención.
—Iré luego tal vez. Ahora tengo cosas que
hacer —dijo Ricard desviando la mirada.
Leopoldo se quedó cortado. Aunque la idea de
acudir al picadero le atraía, la oscuridad le causaba cierto respeto. Quién
sabe lo que podría observar e incluso lo que podía suceder.
Subió
a su habitación y se tumbó en la cama. Eran las diez y cuarto aún. Tenía tiempo
de pensarlo. También podía salir a dar una vuelta por el pueblo, recorrer los
veladores próximos a la playa y ver qué pasaba. Pero no se sentía capaz de
actuar. Los calentones de aquella primera jornada le habían alterado bastante.
Necesitaba dejar a un lado los reclamos de la libido para reflexionar con
calma.
El asunto de Clara se le volvió a plantear y
creció en su mente. No se podía vengar de ella por una simple sospecha nacida
de un bulo anónimo. Además ¿qué iba a encontrar durante aquellos tres días en
una playa al margen de alguna aventura sin destino? Y con lo torpón que se
reconocía en esas lides ni siquiera eso. Aunque su novia no fuera la mujer
definitiva que la vida le había designado, todo lo que hiciera con cualquiera
otra antes de casarse sería perder virtud y tiempo. Había algo que construir
más allá de los convencionalismos. Se lo había oído decir a doña Luz, la única
amiga de su tía, viuda como ella, que le caía bien. No podía saber a qué se
refería en concreto pero el tono de su voz y la fuerza de su mirada daban
seguridad a sus palabras.
Buscó en su mp3 la referencia del Concierto en fa mayor para fagot y orquesta,
de Franz Danzi. “Un híbrido de italiano y alemán, un estéril” lo había definido
su padre. Sin embargo a él le gustaba. Le complacía la vibración aterciopelada
del solista en aquella interpretación. Leyó el nombre en la referencia del
registro: Kart Otto Hartmann. ¿Cómo sería Kart Otto Hartmann? ¿Alto y rubio o
bajito y rechoncho, un alemán mofletudo? Su padre diría lo que quisiera de
Danzi, pero por muy híbrida que fuera su música Hartmann la redimía, la
bordaba. Sobre todo en el Andante del segundo movimiento, antes de desembocar
en la Polonesa señorial con que finaliza la obra. Aquella música le conducía a
una especie de envolvente ensueño afectivo. Se sentía rodeado de orden, de
quieta calma, de una luminosidad próxima a la falta de distancia.
Más de tres minutos permaneció tumbado en la
cama. Finalizó la música. Apagó el aparato para no oír la siguiente grabación.
Franz Danzi le había dicho que debía permanecer allí. Espiar a las extranjeras
podía ser apasionante, pero su temple no era ese en aquel momento.
Sonó el teléfono. Era mamá. Muy bien, sabía
que estaba en la habitación a aquellas horas, descansando, como debía ser.
Había llamado antes de que se durmiera. De noche no hay más que peligros y
depravación. Claro que sí. No debía estar muy convencida de la voluntad de su
hijo porque insistía demasiado. Se puso pesada. Leopoldo la tranquilizó a pesar
del oleaje que se le estaba levantando. Cuando colgó el teléfono apretó los
puños y se arregló para salir.
Llegó a su observatorio sobre el picadero a
las once menos cinco. No había usado la linterna porque el camino hasta allí
era limpio y la luna creciente iluminaba desde un firmamento despejado. No
parecía haber actividad en la cabaña ni en el establo. Mejoró su posición de la
tarde acercándose más al recinto. A las once y diez minutos distinguió las
luces de un vehículo que se dirigía hacia allí. Se detuvo antes del primer
seto. Pasados unos segundos, avanzó. Volvió a detenerse a unos cien metros y
sus luces se apagaron. No se oyó el ruido de abrir y cerrar puertas. Nada. Alguna
pareja en busca de un lugar tranquilo. Un sitio habitado pero lejos del pueblo.
Los edificios del picadero eran una compañía poco molesta.
Quienes fueran no se movían del coche. A los
pocos minutos salieron dos hombres que se adentraron en el pinar caminando en
silencio. Cada uno portaba una gran mochila. La fantasía de Leopoldo se desató.
Pensó en seguirlos sigilosamente. Enseguida desistió presintiendo peligro. Algo
raro ocurría en las inmediaciones de aquel apacible recinto veraniego. De golpe
recordó a Ricard realizando una copiosa compra de alimentos en el supermercado
del pueblo. Aquello aumentó su confusión. Había acudido a las inmediaciones del
picadero suponiendo que las dos nórdicas y el mozo de cuadras se habían citado
allí. Las once fue una señal inequívoca. Sin embargo eran casi las doce de la
noche sin que hubiera movimiento en el enclave. ¿Cambio de planes? ¿Habría
alguna relación con la presencia de aquella sospechosa pareja de exploradores?
Porque dos tipos que emprenden una ruta desconocida a través del bosque en
plena oscuridad cargados con sendas mochilas suscitan todo tipo de
suposiciones.
En la quietud de la noche Leopoldo se sintió inquieto.
Había algo en aquel lugar con lo que no contaba su piadosa familia. Tal vez una
trama delictiva que escapaba a su control porque ni siquiera la había supuesto.
Por otra parte una naturaleza oscura se había desperezado dentro de él la noche
anterior a su llegada al hotel y había despertado al alborear el día. Su cuerpo
desnudo entre las sábanas, la música de Paganini, la tersura del aire y el
esplendor femenino en su retina recién amanecida habían dinamitado un sopor de
lustros. Su naturaleza reclamaba ahora el fragor de todas las emociones
libidinosas. Aquel era el día más revuelto que podía recordar desde que se supo
hombre. Realmente un “jour bouleversé” como decía con
más frecuencia de la necesaria tía Leonor presumiendo de idiomas.
En medio del silencio experimentó una sensación de alivio indefinido como si cada hora transcurrida hubiera arrastrado una costra de su piel, un tegumento invisible de su espíritu, un rastro flácido de su memoria y una alambrada estéril de sus proyectos. En paz consigo mismo, aleteándole el aliento en compases cadenciosos y envuelto en los almíbares tibios de la medianoche, quiso ignorar el asunto de los posibles traficantes de lo que fuera. Ayudándose de la linterna que le había conducido hasta las inmediaciones del picadero decidió volver a trepar al acantilado donde aquella misma mañana, aunque se tratara ya del día anterior, había iniciado los primeros trámites para conseguir su libertad.
8.
Unos ángeles viejos ataviados con raídas
túnicas saltaban de nube en nube observando el espectáculo que sobre la arena
del desierto componían tres jinetes con chilabas blancas que perseguían a una
mujer de larga cabellera oscura a lomos de un corcel cuya verga lucía
desplegada. No huía, sino que la ligereza de sus movimientos y la potencia de
su montura lograban distanciar a los pretendientes cuyos caballos negros en
semejante actitud fálica eran asaeteados por un sol abierto y grande que
protegía con la sombra de su cara posterior a la muchacha mientras con su faz
radiante ofuscaba a los tres jinetes cuyos turbantes apenas conseguían mitigar
la fiereza de los rayos caniculares.
Las nubes que servían de trampolín a los
ángeles saltimbanquis no producían sombra ni prometían lluvia alguna sobre
aquel desamparado paraje del que brotaban cabañas de madera con vallados
igualmente de madera que luego se deshacían con la sombra del propio sol como
si se tratara de espejismos destinados a desorientar a los galopantes. La mujer
de la negra cabellera iba desnuda en todas las dimensiones de su cuerpo
mostrando sus encantos abiertos ora hacia delante ora hacia atrás al no tener
postura fija sobre el lomo de su corcel sino más bien ir conducida por un
galope de vientos cuajado de aromas esenciales y de lejanos bramidos de
tempestad marina. La presencia de aquellas aguas imposibles contribuía a
excitar el deseo de los perseguidores cuya pasión desbocada asomaba a sus ojos
y a sus sexos enhiestos que remedaban las fauces de sus caballos repletas de
espumarajos escapando de los belfos.
Leopoldo asistía a la demostración de pericia
ecuestre desde el extremo de una espiral que se desplazaba por encima de las
nubes más altas. Hubiera deseado ser un ángel viejo y desvalido para seguir de
cerca el espectáculo y poder admirar las formas cautivadoras de la amazona
aunque su movilidad estaba limitada por razones extrañas y se sabía vigilado
por su madre y por tía Mercedes desde los resquicios que formaban unos estores
inaprensibles de cuya existencia no se le ocurriría dudar jamás. Ni deploraba
ni consentía su situación sino que apostado en el recodo que le había sido
destinado en el extremo de la espiral aguardaba la evolución de los
acontecimientos convencido de que aquella opresión pronto se transformaría en
perplejidad. Algo tendría que ocurrir para superar la sensación de pasmo que
amenazaba con descorazonarle.
En efecto: la dama descabalgó sobre la cima
de una duna y los tres jinetes hicieron lo mismo a sus pies. Dispuestos a la
conquista y con el fiero armamento entre sus manos avanzaron ladera arriba
decididos a llegar junto a ella. Sabían que el primero en tocarla la poseería
primero y se esforzaban en sacar sus pies de la frágil arena que se abría voraz
bajo sus plantas engulléndoles cada vez una porción mayor de sus extremidades.
Habían comenzado siendo ellas las víctimas del polvo movedizo pero ahora
peleaban los desarbolados jinetes con un brazo para librarse de aquella avidez
con que eran envueltos por los granos minúsculos de sílice, feldespato y oro
que lamían sus pieles desnudas mientras destinaban el otro a mantener altivo el
falo terrible. Habían prescindido de chilabas y turbantes para asemejarse en lo
posible a la mujer soñada en cuya persecución llevaban consumidos no solo siglos
de tiempo sino también la mayoría de sus recursos celulares.
Esto lo supo Leopoldo por medio de una voz
estentórea que lo proclamó a carcajadas. Era una voz conocida. Procedía de la
propia duna. La risa sonaba metálica como si la proporción de oro creciera y
todo se organizase en un festín de reflejos que ofuscaran al mismo sol. Nadie
podía precisar si el calor brotaba del suelo o si el metal había copado el
aire. Durante un tiempo más ancho que largo, pero menos denso que profundo,
experimentó la sensación de ser alcanzado por unas manos subterráneas que hasta
entonces habían pertenecido a los perseguidores.
La situación se clarificó cuando la dama
descendió de la duna. A sus pies crecía un vergel. No era un oasis de los
habituales en los desiertos sino un vergel bañado por ríos circulares que algo
o alguien alimentaba desde abajo produciendo un agua interminable. Las plantas
crecían sin medida aunque solo alcanzaban una altura predeterminada. Allí
abrazaban trozos de firmamento y los engullían. El resultado no era un aumento
de la corpulencia de sus tallos ni un crecimiento mensurable. El verdadero
desarrollo correspondía a los colores. Las tonalidades variadísimas de las
plantas del vergel se expandían dentro de su gama alcanzando extremos
inimaginables. Nadie había contemplado hasta entonces con los ojos un
cromatismo tan extenso. Lo supo Leopoldo por los gritos de espanto que daban
bandadas de aves tropicales atemorizadas por la explosión que se avecinaba.
También los tres antiguos jinetes temían la
amenazadora explosión de los colores y no se atrevían a dar un paso. Situados
en el epicentro del vergel sin saber interpretar lo que estaba sucediendo,
aguardaban a que la situación se clarificara. Su espera era vana porque el
tiempo no transcurría. Solo circulaba el agua. No se podía identificar con los
colores extremados que inundaban cada poro del aire pero estaba presente de una
forma interna en cada una de las vibraciones visuales. Cualquier descripción en
profundidad hubiera traicionado el insólito fenómeno.
Leopoldo trataba de poner orden en medio de
aquella confusión. Aunque estaba encaramado en lo alto de la espiral no se
sentía a salvo de los riesgos que procedían tanto del agua suelta como de la
sublevación de los colores. Temía que en un momento trágico se interrumpiera la
trayectoria que hasta entonces había mantenido y todo se desplomara sobre el
desierto vacío. No poseía el control de ninguna de las fuerzas que operaban en
las inmediaciones ni siquiera la información imprescindible para conocer los
modos de precaverse. Porque el peligro acechaba. Un peligro en forma de
turbante armado con un filo doble que amenazaba tanto por arriba como por abajo
ya que el firmamento también se había ido vaciando y no era posible galopar
entre las nubes inexistentes. La caída de los viejos ángeles le hizo sentirse
vulnerable. En aquellos momentos de tanta tristeza llegó a la conclusión de que
su único camino era correr tras la mujer hasta que ella decidiera conquistarlo.
Desde remotos milenios la dama habitaba en el
vergel. Su desnudez era hermosa y carente de un significado distinto al de la
ternura. Los tres antiguos jinetes no lograban comprenderlo y giraban sus
virilidades y sus lenguas al compás del agua tratando de llegarle a la piel sin
conseguir otra cosa que continuos y profundos destrozos en las estrías donde
tomaba impulso su sensibilidad. Uno de ellos realizó un esfuerzo supremo
subrayado por el resplandor de una luz sin forma que traspasó los aires y
catapultó su lengua como un huracán en espiral hacia los pechos turgentes de
aquella criatura. Giraba y giraba envolviéndolos o acariciándolos o
comprimiéndolos o estrechándolos o urgiéndolos a derramar su fluido esencial.
Luego la lengua descendía y descendía buscando la plataforma recóndita desde
donde proyectarse hacia la definitiva inmensidad. La complacencia de la reina
se manifestaba en cada molécula del vergel. Todas las plantas se agitaban en
medio de un frenesí de gozo. Por fin los hombres habían vislumbrado el camino
que arrancaba de la corporeidad de un ser supremo cuya apariencia habían
confundido todos con la de una simple hembra.
Los viejos ángeles varones lamentaban la distancia
a la que se encontraban así como su carencia de materia. Pero tenían perlas en
los ojos. Aquellos tentáculos de un cerebro sin venas emigraban también de sus
órbitas hacia la mujer anunciada. No podían tocarla porque pertenecían a un
mundo sin huesos ni músculos ni piel, pero se situaban en los observatorios más
próximos a los encantos de la reina cuyas evoluciones eran el más solemne rito
de sabiduría que se hubiera celebrado nunca en aquellas latitudes cósmicas. No
se trataba del desierto de un país o de un continente o de un planeta.
Cualquier concepto de territorio se hallaba desvanecido.
El gozo se prometía a sí mismo interminable.
La exaltación desbordaba órganos y membranas y mucosas y pituitarias y papilas
y cualquier otro sensor distribuido por las superficies internas y externas del
universo. No era la libido un simple combustible de propulsión ciega. No era tampoco
el agua un vehículo inerte de contacto sensorial. Las conexiones por
desarrollar transgredían la capacidad neuronal. Por encima de los lóbulos
sensitivos y por dentro del tronco visceral giraba un dinamismo compuesto de
corpúsculos interhumanos que conducía todas las sensaciones hacia el
conocimiento fundamental. Esta sabiduría era para Leopoldo una donación
gratuita cuyo origen y sentido desconocía por completo limitándose a la más
lineal aceptación.
La figura de la mujer trascendía sobre las apetencias masculinas y superaba las urgencias del sexo porque cabalgaba más allá de todo deseo a lomos de un corcel sin nombre que no era perseguido por los tres jinetes sino introyectado hacia regiones vaporosas fuera de los alcances de la vista y cada vez más alejadas de las intenciones torpes. Una danza universal hecha de aguas y caballos y arbustos y vientos y colores y reflejos y risas y arenas y ángeles y seres risueños gobernaba unas esferas en interminable expansión y por completo ajenas a la astronomía.
9.
Un grito desesperado despertó a Leopoldo. No
procedía del desierto tramado por los sueños sino de su habitación. Alguien se
lamentaba allí mismo. No al lado ni cerca ni en el pasillo ni en la terraza: era
dentro de aquellas cuatro paredes. Le invadió un repentino desasosiego al
pensar que pudiera haber una persona debajo de la cama o alguien escondido en
el armario. Encendió la luz con el gesto helado y examinó la estancia antes de
decidirse a explorarla. No halló nada extraño a primera vista pero se levantó
con precaución y abrió la puerta del baño. Estaba vacío. Comprobó el interior
del armario y aunque le pareció ridículo acabó por mirar debajo de la cama.
Nada, nadie en ningún lugar.
El grito había sido nítido. Se acercó al
ventanal y apartó la cortina para ver la terraza. Empezó a pensar que el grito
procedía de él mismo. Podía haberlo producido su garganta o haberse gestado en
su mente alterada por la densidad del sueño. Sin embargo era un grito de mujer.
Iban a dar las seis. Pensó en volver a la
cama y tratar de dormir. Pero le seguía intrigando el grito. Salió a la terraza
y respiró la tibieza del amanecer. El firmamento empezaba a encenderse con un
color rosáceo que le hizo recordar a tía Leonor cuando remedaba al Homero
lírico de “la aurora de rosáceos dedos”. En la penumbra crecía el rumor de la pleamar
sin que se divisara más paisaje que el perfil quieto del acantilado y la línea
brumosa del horizonte.
La ducha lo espabiló. Se detuvo acariciando
sus músculos y cada pulgada de su piel. Sus fantasías se desperezaron. Imaginó
manos femeninas sin nombre ni rostro y recordó los baños infantiles tan distintos
de mamá y de tía Leonor con sus minuciosos dedos. Parecidos a los de aquella
chacha llamada Berta que lo estuvo bañando cuando tenía seis años y de la que
recordaba su empeño en jabonarlo de medio cuerpo para abajo, como su tía, al
contrario que su madre para quien el cabello y las orejas eran el principal objetivo.
Se vistió dispuesto a sorprender los colores
del día desde las rocas. Lo habían entonado el agua, las caricias y los
recuerdos. Le estimulaba la idea de esperar la llegada de aquellas mujeres que
lo habían traído en jaque el día anterior y que tal vez repitieran sus baños a
sol abierto. Decidió olvidarse del grito femenino que acabó con su ensoñación.
Aquella algarabía de jinetes, ángeles gastados y amazona convertida en reina
era incomprensible. No debía darle más vueltas: mejor volver a la vida real.
Ellas acudirían pronto y le convenía estar situado. Además se notaba bien
pertrechado, así que ¿por qué no lo intentaba en cuanto aparecieran? ¿Se iba a
conformar solamente con espiar? En algún momento tendría que… ¿Y si localizaba a Ricard para…? No, volvería
él solo al acantilado antes de desayunar.
Las dudas lo paralizaron. Sentía unos deseos
avasalladores. Consultó el reloj. Ya eran las siete. Se adivinaba el latido del
sol tras los celajes del horizonte. La luz ejercía un reclamo especial sobre
las gaviotas que habían comenzado a reconquistar su territorio. Se sentó sobre
la cama, desorientado. Casi como un autómata, recurrió a su mp3. Lo conectó y
los auriculares le regalaron de nuevo el Concierto
nº 5, de Paganini. Era su música matinal, la arenga melódica que había
intentado utilizar también la noche anterior.
La percusión precursora de los primeros
acordes y el cambio a tonalidad mayor tras el enunciado repetido del tema
inicial y el doble interludio de los clarinetes le dieron sensación de novedad.
Era un día distinto. Cuando atacaron los primeros violines invitando al diálogo
a las maderas solistas se sentía ya otro hombre. La melodía operística del oboe
porfiando con la flauta lo transportó a esas regiones de la sensación plácida
donde todo es posible. Pero la irrupción del violín solista con sus propuestas
agridulces desequilibró la armonía alfa de su cerebro. Aquellos latigazos de la
cuerda única lo estimulaban a escapar de las limitaciones de la bonanza y le
prometían realidades de difícil acceso pero de intenso contenido. Se levantó
impulsado por fuerzas ingobernables, desplazó la cama hacia el armario,
consiguiendo un espacio suficiente, y comenzó a mover piernas, brazos y tronco
en una danza frenética que no halló otros obstáculos para expresarse que los de
la fatiga muscular.
Cuando acabó el primer tiempo del Concierto agitó su cabeza como para
expulsar un mal pensamiento y librarse de su dominio. Desconectó el mp3. Poco a
poco recuperó el control de sus actos. Abrió los ojos y comprobó que la luz
seguía prosperando a pesar de la parálisis temporal de sus sentidos. Debía
hacer algo. Dejarse atrapar otra vez por aquel torbellino de sonidos sirenios
que Paganini le ofrecía en el Segundo movimiento significaría renunciar a las
urgencias que le habían planteado el sueño, la ducha y los recuerdos de la
infancia.
El acantilado era una sinfonía de soledad
sonora. En sus plantas y en sus cimas cantaban las olas y las gaviotas. El
acceso era más fácil que el día anterior con la marea alta todavía distante.
Los escasos arbustos agazapados en las grietas parecían haber renunciado a la
existencia y se fundían en la luz caliginosa que uniformaba los colores en la
vertiente de la tierra. Leopoldo comprobó que no era lo mismo en la vertiente
del mar: allí la vegetación parecía haber despertado con la primera claridad
del día y se mostraba vivaracha, reluciente, tersa.
Sentado sobre una piedra lisa quiso recuperar
el sueño. Aquella mujer que caracoleaba sobre el caballo alazán no se parecía a
ninguna de las extranjeras que tanto le agitaron la víspera. Por un momento
creyó identificar a tía Leonor por la dispersión del gesto, posiblemente también
por la cabellera, aunque la distancia de su observatorio en la espiral le
impedía precisar las sensaciones. No era ninguna dama conocida de la que
pudiera tener una imagen impresa en su memoria y tampoco el grito se asemejaba
a los femeninos que había escuchado durante su vida. Recordaba uno entre
desgarrador y delirante que había procedido del desván en la casona de sus tíos
cuando su abuelo andaba persiguiendo a una de las sirvientas que habían sido
contratadas durante el verano.
Le sorprendió el retorno de aquellas viejas
imágenes que creía perdidas para siempre. Regresaban a su memoria las nerviosas
risitas de prima Conchi cuando agazapados los dos en aquel mismo desván espiaron
días después al abuelo que sin ruidos ni lamentos había tumbado a la criada sobre
un viejo jergón, le había levantado las faldas, le había quitado las bragas y
la estaba lamiendo a lo largo, lo ancho y lo profundo lanzando de vez en cuando
grandes resoplidos como si le insuflara aire.
—Bueno, bueno, bueno, ¡despierta, madrugador!
La voz de Ricard le sobresaltó. El sopor que
le estaba envolviendo con los párpados barridos por el sol tibio del amanecer y
la mente revoloteando entre imposibles recuerdos se disipó de golpe.
—Sabía que andabas por aquí. Aún es pronto
para las apariciones pero veo que te has aficionado. ¿A que no me esperabas?
Siento haberte interrumpido ahora. Seguro que tenías alguna visión.
Leopoldo se estaba recuperando de la
sorpresa. Sonrió. Se alegraba de que estuviera allí su reciente amigo. Ahora le
contaría el sueño o mejor su última ensoñación, la del desván del abuelo y los
escarceos que en los días sucesivos tuvo con su prima.
—Estaba recordando unos episodios de la
infancia con prima Conchi, una chavala muy despierta, muy… en fin. Tuvimos
algunos enredos de chiquillos… era ella un poco mayor que yo… esta mañana me he
puesto a recordar. ¿Quieres que te
cuente algo? Te vas a reír de lo inocentes que éramos, por lo menos yo.
—Todos somos inocentes en la infancia. Luego
la vida nos espabila o nos corrompe, según se mire. Pero cuéntame, venga.
Leopoldo decidió mentir y exagerar. ¿Acaso
era cierto todo lo que Ricard le había contado el día anterior, lo que le
contaría hoy y lo que le seguiría contando mañana en cuanto se terciara? Él
tenía muy pocas experiencias pero no se iba a quedar manco. Echaría por delante
la imaginación y reconstruiría una historia basada en aquella criada que tenía
tío Ambrosio y a la que perseguía sin descanso el abuelo.
El suceso había ocurrido en realidad pero quiso
magnificarlo bastante. Berta aprovechó una noche de alboroto infantil para
meterle mano con gran habilidad. Le agarró el paquete y se lo oprimió. “Menudo
fiera estás hecho” musitó la criada en sus oídos con la voz entrecortada. El
relato continuaba con la criada haciéndole otras maniobras y pidiéndole que no
se lo contara a nadie. Y el final era… alucinante.
—Te has despertado de cojón, chaval —comentó
Ricard en tono festivo—. No sabía que tuvieras tanta marcha de niño. Han debido
de ser los libros los que te han dejado chungo ¿no?
—Bueno, yo qué sé. Luego te controlan más.
Aquella noche, si llegan a estar mis padres o tía Mercedes no hubiéramos
peleado, no hubiera entrado la criada y no hubiera pasado nada.
Leopoldo estaba satisfecho. Su fantasía
funcionaba. Solo un segundo había dudado al imaginar la escena. No la había
preparado pero las movidas del día anterior y los relatos del propio Ricard le
habían permitido construir su propia historia. Ahora su amigo querría saber el
final. Pues no. Se lo dejaría pendiente como él había hecho con lo de Chantal,
con lo de Brigitte, como haría con otras historias aún por contar. Era una
fórmula sugestiva: no terminar la narración. Las aventuras eróticas de su amigo
no terminaban jamás.
—Sigue, hombre, sigue, que me tienes en
ascuas —pidió Ricard.
Leopoldo decidió atacar. Se sentía un hombre
nuevo. Al menos en cuanto a las palabras.
—Espera un poco, oye. Tengo curiosidad por
saber tu opinión sobre lo de las lamidas. Y quiero que me cuentes alguna
experiencia. Tienes que saber mucho de eso. ¿Siguen siendo las mujeres tan lamedoras
cuando son mayores? Ya sabes que yo no tengo experiencia. Y quisiera aclarar
algunas cosas.
—¡Vaya que sí! —comenzó Ricard con el gesto
de quien recupera los recuerdos—. Luego te contaré un caso de alucine. No fue mi
primera experiencia pero la recuerdo como una de las más excitantes.
10.
Ricard consultó su reloj. Era aún temprano.
El sol no conseguía deshacer la neblina que lo eclipsaba desde el amanecer. Una
brisa tenue traía de mar adentro rumores húmedos. Los contornos estaban quietos
sin más voces que los graznidos de las gaviotas.
—Por aquí no aparece nadie. Es pronto aún. Y
más con este día. Es preferible que vayamos a desayunar al hotel ¿te
parece? He salido de casa sin tomar nada
—propuso Ricard.
—De acuerdo. Yo también estoy en ayunas
—asintió Leopoldo.
—Tenías mucha hambre de la otra ¿no?
—Hombre, sentía cierta inquietud. Quería
adelantarme. No sé. En cuanto me he despertado me han venido los recuerdos de
ayer y casi no lo he pensado. Además el grito…
—¿Qué grito?
—Nada. He tenido un sueño extraño que ha
terminado con el grito de una mujer.
—Un sueño erótico, claro.
—No exactamente. Se trataba de una aventura
de persecución. Tres hombres perseguían a una mujer desnuda en el desierto.
—¿Por qué en el desierto?
—No lo sé. Yo estaba viéndolo desde lo alto,
como en una nube.
—Tú siempre de mirón.
La risa de Ricard no le hirió. Conocía su
condición de mirón. De voyeur, como decía tía Leonor hablando de un
amigo que la había defraudado. “Es un voyeur. No pasa de eso. Ha perdido
muchas oportunidades” le oyó lamentarse en una ocasión. “Ese voyeur…”
decía otras veces. ¿También él era simplemente un voyeur, un mirón? Sí,
lo había sido hasta entonces. Pero eso se estaba acabando. Aunque las cosas
requieren su tiempo. El paso de los días, los meses y los años permiten
desembarazarse de los fardos oscuros que ha depositado en la conciencia una
educación represiva. Lo supo al llegar al hotel la primera noche. Se lo hizo
saber la rebeldía de sus vísceras. Aquellos días eran su tiempo. Aquel lugar
podía ser su espacio. Y el singular personaje que le acompañaba, su guía.
—Es bueno ser un mirón, un voyeur. Aprende uno y se estimula con lo
que ve —continuó Ricard—. Siempre que no te quedes atrapado en eso. Lo ideal es
compaginar visión y acción. No hay que negar ninguna fórmula de disfrute
sensorial.
Caminaron en silencio descendiendo de los
riscos. Leopoldo esperó a que su amigo iniciara el relato prometido. Pero
acababa de introducir el tema de la visión. Mirar. La riqueza de ver. Él sabía
de eso. El día anterior había estado de mirón con las nórdicas. Primero en el
acantilado y luego en el picadero. Había gozado mirando. Los ojos le habían
despertado apetitos ocultos casi olvidados. Pero apetitos jugosos y reales instalados
en él mismo. Apetitos condenados a la vida subterránea durante mucho tiempo.
Apetitos que se desperezaban cuando decaía la censura de la conciencia y los
humores profundos del eros asaltaban los canales cerebrales. Él sabía cómo se
apoderaba ciertas noches de su mente un huracán de sensaciones violentas,
confusas, contradictorias, placenteras, porque la voz represora de mamá o de
tía Mercedes prohibía el desfile de las imágenes; cualquier intento de
participación era reducido a la simple mirada. Aquel sueño reiterativo siempre
le presentaba a la infatigable tía Mercedes pasando y traspasando entre él y el
espectáculo contemplado. Siempre vuelta hacia él espiándole los ojos,
desplazándose de un lado a otro, blandiendo su toquilla negra para impedirle
ver, elevando la mirada al cielo como pidiendo que el espectáculo obsceno se
desvaneciera.
Habían llegado al hotel. Les sirvieron el
desayuno y se demoraron ante la posibilidad de que apareciera alguna visión
sugerente. Ricard le hizo un guiño al joven notario.
—Las esperaremos. Tal vez vengan a desayunar.
Que sepan que estamos al acecho. Veremos el rumbo que toman. Así podremos ir
sobre seguro.
—Ayer la rubia no desayunó, al menos aquí
—advirtió Leopoldo.
—No importa. Todavía no ha ido al acantilado
¿no? Puede aparecer con su amiga o puede presentarse la morena sola. Ya
veremos.
—¿Las seguiremos si aparecen?
—Tranquilo. Tú observa y controla.
—¿Y si cambian de opinión y no van a tomar el
sol? No está muy allá la mañana.
—Ellas nos darán la pista. Tú espera aquí y
sabrás qué hacer.
—¿No te quedas?
—No, en cuanto termine me voy. Deben verte
solo.
—Preferiría que te quedaras. Yo…
—Volveré enseguida. En cuanto las veas
intenta controlarlas si no he llegado. No irán muy lejos.
—Explícame un poco, no entiendo nada.
—Tranquilo, hombre. Las cosas funcionan así.
Ellas te conocen y saben que cuentan contigo, que les sigues la pista. Si no se
han enrollado con el mozo del picadero esperarán algo de ti. Pero es posible
que te consideren poco para las dos. No te ofendas porque las mujeres hacen sus
cálculos. La morena tiene experiencia y sabe lo que puede sacar en cada momento.
Entonces aparezco yo. Si no tienen plan para hoy son nuestras.
—¿Y si lo tienen?
—Pues a esperar. Hay que dejar que la gente
se exprese, que elija, que experimente, que se canse.
—Es que entonces…
—¿Qué quieres decir?
—Que si han tenido ya un rollo… —a su
pantalla mental acababa de llegar la dudosa imagen de Clara.
—¿Hablas en serio? Mira, chico, esto no es
para ti entonces. ¿Tú crees que vas a encontrar hoy una moza dispuesta que no
esté ya trajinada y mucho? Eso era antes, y aun así. Ya te contaré. Hoy día no
necesitan que nadie las seduzca. Empiezan ellas. Precisamente tengo entre manos
un borrador sobre el asunto, mitad narración, mitad reflexión, que lo titulo
provisionalmente Mujeres al ataque. Partamos
de que tener sexo les apetece igual que al hombre. A veces más. Y antes. Esto
ha desconcertado a bastante gente de mi generación que no acepta la iniciativa
del mujerío, pero la tuya tiene que digerirlo. Es así. ¿No hemos reclamado
tanto la igualdad? ¡Qué coño pasa entonces! ¿Solo de cintura para arriba o,
mejor dicho, de la nariz a la nuca?
—Bueno, sí, sí. Pero la igualdad de la mujer
no es eso.
—Vamos a ver. No es solo eso, de acuerdo.
Pero también es eso. Las mujeres son hembras, tienen un órgano sexual, un
instinto, unos impulsos, unos apetitos. Tan sanos como el resto de los
apetitos. Tan naturales y tan hermosos. Tanto o más que los hombres.
Coincidentes, complementarios, compatibles, consensuables o consensuados, ¿no
se dice así? Para empezar admitámoslo. Basta de hipocresías, de doble rasero,
de doble moral. Hasta hace poco todo ha sido un afán de sometimiento. Someter a
la mujer por donde puede darle sopas con honda al varón. Someterla por el sexo.
Que si la virginidad, que si la pureza, que si la decencia, que si los
embarazos, que si los riesgos, que si los contagios, que si la infección del
Sida... Una componenda pseudo religiosa tergiversando la tradición judaica y
los propios usos cristianos primitivos. Un fraude descomunal como tantos otros.
Hizo una pausa. Habían terminado de
desayunar. Leopoldo atendía con los ojos redondos y la boca abierta.
—En fin, que me embalo. No quiero hacer un
discurso ni pronunciar una perorata moral. Aunque a veces es muy conveniente
pararse a pensar sobre estas cosas. La moralidad que han pretendido imponernos
sobre el sexo es atroz. Lo más inmoral y lo más obsceno es una sexualidad como
la que nos han obligado a vivir. Hablo de las religiones occidentales y de sus
predicadores. Víctimas y verdugos. Lo primero menos, desde luego, porque hay
que enterarse de lo que ocurría en la realidad. Hipócritas. Fariseos. Sepulcros
blanqueados. Hay un libro titulado Historia sexual del cristianismo que
es toda una revelación. De un tal Karlheinz Deschner, filósofo e historiador de
las religiones, alemán, y por lo tanto riguroso. He leído el libro. Un
verdadero hallazgo. Un estudio objetivo y documentado que te pone los pelos de
punta y te provoca un coraje definitivo.
Ricard se detuvo. Estaba irritado. El tema
resultaba apasionante para Leopoldo, pero no era cuestión de seguir. Había
tomado nota del libro. Apenas sabía nada de esas cuestiones. Todo habían sido
códigos, leyes, reglamentos, protocolos, normas... Se sentía mentalmente castrado.
Pero aún estaba a tiempo. Aquel encuentro había sido providencial. Su amigo era
un tipo consistente. No se trataba de un simple ligón de playa.
Al comedor seguían llegando clientes. Ricard
se levantó. Leopoldo siguió su trayectoria con la vista. ¿Iría de nuevo al
supermercado? ¿Y si le seguía los pasos? No era lo convenido. Además, ¿qué iba
a averiguar? Era normal que un hombre tan particular tuviera sus rarezas. Tal
vez vivía con más gente y hacía la compra para ellos. Si era así y andaban con tanto
secreto podían estar metidos en algún asunto raro. Recordó a los dos sujetos
que la noche anterior se adentraron en el monte con una gran mochila al hombro.
Algo oscuro se movía entre las colinas próximas a la costa. Algo que él
desconocía, algo en lo que pudiera estar implicado Ricard, su misterioso
contertulio. Alzó los hombros y empezó a hojear el periódico. Parapetado tras
él controlaría cualquier novedad.
Pasaba el tiempo y no aparecían las mujeres
que esperaba. Sus latidos se iban normalizando. Al quedarse solo se le había
acelerado el pulso. Porque no podía pasar nada malo. Si llegaban era cuestión
de establecer un puente visual hasta que volviera su colega. Tal vez fuera
capaz de dejarle solo. No. Le había propuesto un reparto. La rubia para él.
Ricard se quedaba con la morena, aquella treintañera juguetona y sabia. Una
mujer ‘experimentada’ según su amigo. Aunque si le gustaban tanto las
jovencitas como daban a entender sus confidencias tal vez prefiriese a la más
tierna. Pero no. Un pacto es un pacto. Al menos así debiera de ser entre
caballeros.
“Un pacto es un pacto” había oído decir a su
padre en más de una ocasión. No sabía si tal pacto se había cumplido alguna vez
o era una simple fórmula. Ricard parecía capaz de cumplir un pacto. “Un pacto
entre caballeros” una expresión en boca de tía Leonor. No tenía ella mucha
pinta de cumplir pactos. A lo mejor solo consideraba válidos los pactos entre
hombres. “Entre caballeros”, estaba claro ¿no? ¿Cómo serían los pactos entre
damas? No se lo iba a preguntar a tía Leonor. Tampoco a tía Mercedes. A mamá
tampoco. ¿Y a Clara? Sí a Clara, por si existían los pactos entre damas y
caballeros.
Si el pacto funcionaba, para él la rubia.
¿Para él? Sí, para él. Un pacto es un pacto. No solo hay que respetarlo sino también
cumplirlo. La idea le estremeció. ¿Qué haría él con la rubia? Mirarla y
mirarla. Pero eso solo…
Todo dependía de cómo actuara Ricard, experto
en mujeres de todo tipo, edad, lengua y condición. Seguramente también en
mulatas. Dicen que te lo ponen fácil, que para ellas es como un juego. Se lo
había oído a tía Mercedes con un retintín entre la envidia y el reproche: “Para
ellas es como un juego”. Su padre había ido de negocios al Caribe en tres o
cuatro ocasiones. La primera con su madre; luego solo, con los socios. Viajes
de negocios, por supuesto. Y las mulatas haciéndolo como un juego. ¿Por qué no
le había llevado a él? ¿Habría ido también de negocios al Caribe tío Marcelo,
el inductor de todo? Sin tía Coronación, claro. Y él en blanco. Malditos
libros, malditos códigos, malditos reglamentos. O benditos. Sí, porque pronto
podría ir él al Caribe ‘de negocios’. Un encuentro profesional, meramente
profesional, por supuesto. Para estrechar lazos, para compartir experiencias,
para proyectar futuros. Notarios del mundo, uníos. Con las mulatas allí
dispuestas al juego. A que los notarios les firmaran la piel, arriba, abajo,
más adentro, dos rúbricas, tres rúbricas, ahora más un lazo de adorno con
triple bucle. Habría varios notarios jóvenes con muchas ganas de firmar. Era de
esperar. No todos se habrían quedado secos, de esparto, como había apuntado su
amigo. Debería ir ensayado. Debería aprender. Ricard le estaba enseñando. Tenía
apresada a la morena contra aquella colchoneta. Subía y bajaba sobre ella en
pleno frenesí de risas, gritos, espasmos, sofocos. Él iba a imitarle con la
rubia, la jovencita tímida que se habría animado viendo a su amiga. Lo mismo
era también una notaria sueca o noruega. Una notaria recién escudillada. Que
tampoco había traspasado el umbral. Aunque en los países escandinavos, no.
Recordaba a tía Leonor: “En los países escandinavos la liberación de la mujer se
ha conseguido sin las pamemas y los tapujos de aquí”. Una notaria joven que ya
habría ejercido. Era un pacto con sus colegas. Un pacto entre damas y
caballeros. A ejercer todos. En una pausa del estudio. En vez de rezar el santo
rosario. Un desfogue sobre el colchón. Con el compañero de estudios. O con la
amiga que se prepara para registradora de la propiedad. Casi lo mismo, aunque
distinto. Menos competencia, menos aversión. “Vamos a descansar un ratito”.
Dicho en sueco. U otra frase más contundente. Dicha también en sueco o en
noruego. Hasta en alemán sirve siempre que el tono sea contundente.
Allí no bajaba ninguna de las nórdicas. Le
daba vergüenza continuar esperando. Pediría otro desayuno completo por si había
que derrochar fuerzas luego. Aunque la situación parecía bastante chunga.
Ricard no daba señales. Las mujeres seguían sin aparecer. ¡Incauto! Estarían
con el mozo de cuadras, aquel muñón con pelos que las habría engatusado en
sesiones de tarde y noche. Estarían los tres en su pocilga, revueltos y
reventados a aquellas horas tras una orgía de órdago. “Se han corrido una orgía
de órdago a la grande” decía su padre refiriéndose a dos amigos y haciéndose el
ausente.
Una orgía de órdago. La rubita mirando, al principio solo mirando. Como él mismo. Poco animada la chica. Una notaria reciente está poco animada. Le pesan aún los códigos, las leyes, las disposiciones oficiales. También en Noruega hay muchas. Luego, el ejemplo de la compatriota madura la empieza a animar. Ella gobierna la situación. El muchachote tiene empuje pero nada más. Un pobre bruto. Ella pone el refinamiento. Una orgía con dos noruegas, o suecas, o danesas, qué más da. Mujeres de apariencia fría. Solo de apariencia. Deseosas de aprovechar hasta la última gota de fuego mediterráneo. Viciosas, lúbricas, pecadoras por decisión, iniciadoras de varones inexpertos, corruptoras de inocentes si se tercia, unas titis. Sí, unas titis. ¿Qué iba a ser de él en sus manos?
11.
—¿Desea usted alguna otra cosa? —preguntó el
camarero.
—No, muchas gracias. Estaba esperando a un
amigo —respondió Leopoldo tomando la decisión de irse.
Se había hecho tarde. Llevaba allí cerca de
una hora. Dio por terminadas sus cavilaciones y salió en busca de Ricard.
Lo encontró en el exterior sentado en un
velador y apostado frente a la puerta del hotel. Tenía abierta una carpeta que
cerró al acercarse el joven notario. Hizo un gesto de impotencia:
—Nada, chico, que no aparecen.
—¿Has mirado bien? —preguntó Leopoldo con
desconfianza.
—¡Vaya qué pregunta! ¿Tú qué dirías? ¿Que
estoy de exposición? Hoy tengo mucho lío y sin embargo aquí me tienes. Hace más
de veinte minutos que he vuelto. Te advierto que si se han pegado una juerga
guapa no se levantarán tan pronto. Hasta han podido salir en peregrinación a una
ermita.
—Bueno, tal vez, quién sabe, lo mismo son
monjitas disfrazadas –intentó Leopoldo una broma.
—Creo que podemos irnos —dijo Ricard con
decisión—. Está terminando la hora del desayuno y no aparecen. La morena vive
aquí, ¿no? ¿Quieres preguntar por ella en la Recepción? —añadió con una sonrisa
maliciosa.
—¿Yo? ¡Pero si no sé su nombre!
—¿Tampoco sabes el número de su habitación?
—No, tampoco. Ni siquiera estoy seguro de que
viva aquí. Viene al comedor, como tú haces, pero de lo demás no sé nada.
—Bueno, toma nota: la morenita vive aquí, la
rubia no, como tú y como yo pero a la inversa, ¿me sigues?
—Sí, sí. ¿Y dónde vive la rubia?
—Ah, no lo sé. Eso es cuestión tuya. Es lo
primero que hay que averiguar cuando se pretende conquistar a una mujer.
Leopoldo decidió pasar al ataque.
—Bueno, pongamos que la rubia vive en un
apartamento y que recurre al restaurante para evitarse la compra y demás
complicaciones, ¿vale? —dijo en un tono neutro observando el impacto que
aquella alusión podía causar en Ricard.
No se inmutó el hombre pero dijo:
—Bien, supongamos que es así. Ya estás
corriendo a localizar el sitio.
—Menudo riesgo —respondió Leopoldo—. Me puede
pillar espiando. Tengo malos recuerdos de…
—Entonces ¿qué esperas? —cortó Ricard con
aspereza—. ¿Que ella te llame por teléfono para invitarte a tomar unas copas en
privado?
—Hombre, no.
—Pues toma tú la iniciativa o al menos déjate
querer.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo es dejarme querer?
—Muy sencillo pero muy latoso: te quedas
sentado en el vestíbulo hasta que la veas pasar aunque sean las mil, te levantas
raudo para que se percate de que estás ahí, le abres la puerta con mucho
miramiento o llamas al ascensor si es que van a subir a la habitación, le
sonríes y esperas varios días o varias semanas a que te de una pista. Es posible
que deje caer una carta, una llave, algún papel, un pañuelo y hasta el
mismísimo bolso. Tienes que salir como una centella a recogerlo. Puede ser una
señal pero no es seguro. Deberás esperar una segunda del mismo estilo para ir
en firme. Aun así no te fíes. Ya ves que la cosa es laboriosa. Y además
insegura porque las mujeres son volubles, imprevisibles, sorprendentes. Es un
topicazo pero recuerda que ‘La donna è mobile’.
Leopoldo cavilaba sobre las palabras de su
amigo que se interrumpió para tomar un sorbo del refresco. Luego continuó
hablando:
—Mira. Tenía yo en tiempos una compañera con
la que había soñado muchas veces. Los dos éramos profesores en el mismo
colegio. Ella estaba casada y parecía muy formal: no se quedaba a tomar copas
después de las clases ni acudía a cenas o a fiestas sin su marido, vestía con
recato, no admitía bromas de doble sentido, no había flanco por donde entrarla.
Yo había estado tras ella todo el curso dándole a entender mis intenciones
tratando de engatusarla con discreción pero con firmeza. Ella parecía no
enterarse. Ni sí ni no, indiferente. Como si los tejos no fueran con ella. Por
otra parte era simpática pero no se descuidaba un pelo. Llegué a convencerme de
que no había modo de alborotarla. Comenzó el curso. Yo no era un inexperto pero
no conseguía camelarla. Esperaba que ella se ablandara porque mis insinuaciones
eran cada vez más claras. Al menos eso pensaba yo. El caso es que nada. Pero
verás: llegó noviembre y tuvimos que acudir a una reunión profesional que se
celebraba en Murcia. De nuestro centro fuimos tres: ella, otra profesora y yo.
Al principio me froté las manos. “Un fin de semana, dos noches” pensé; “malo
será que no…”. Pero venía también su marido. Se me fueron a pique todas las
ensoñaciones, todos los proyectos, todas las estrategias que había comenzado a
perfilar. Me consolé pensando que hubiera sido igual sin él: una esfinge, una mujer
estrecha, una puritana, una frígida. Pues pásmate: la segunda noche, cuando ya
no tenía yo ni la más remota esperanza de nada, oigo llamar a la puerta de la
habitación en el hotel donde nos alojábamos. ¿Quién crees que era?, dime
¿quién?
Leopoldo no se atrevía a responder. No podía
ser la deseada colega. Tal vez la otra profesora. Pero eso no tenía que ver. Se
trataba de ella o de nadie.
—No sé, oye. Por lógica… aunque no, sin
embargo, claro, no podía ser nadie más.
—Bueno, dime, ¿quién era?
—Pues ella, la profesora que te hacía tilín.
—No, amigo.
—¿Cómo? ¿Era la otra colega?
—No por Dios, menudo callo.
—¿Entonces? ¿Alguien del congreso?
—Tampoco. No das.
—Como no fuera tu mamá o mi tía Leonor —dijo
con cierto enfado Leopoldo temiéndose objeto de una chanza.
—Por favor, que hablo en serio.
—Pues no se me ocurre nadie.
—Ay con tu imaginación. Y eso que estás
espabilando. Bueno, vamos a ver, ¿quién puede ser? No te queda más que una
solución.
—Pues no caigo, lo siento.
—Agárrate entonces: ¡el marido!
—¿Cómo?
—Lo que te digo: el marido.
—¿El marido? ¿Cómo el marido? ¿Qué pintaba
allí el marido? ¿Se había enterado tal vez de tus intenciones?
—No, nada de eso. Verás: me traía un sobre
con una de las propuestas que ella había elaborado para que la cotejara con la
mía antes de llevarlas a la reunión extraordinaria convocada para las doce de
la noche. Me dijo que ella estaba terminando de redactar a toda pastilla la
otra propuesta que le habían encargado. ¿Caes?
—Pues no le veo la relación.
—¡Despierta tío! ¡Era una cita! ¡No había
reunión ni leches!
—¡No me mates! Pero si me has dicho que no
había manera de ligarla.
—Pues eso: la volubilidad. Le dio a la niña
por lo voluble. Tuvimos una enorme reunión. En mi habitación. Con el marido
tranquilo, durmiendo mientras ella debatía graves cuestiones profesionales.
Poniendo en práctica la letra pequeña del mensaje que había trasladado el hombre.
—¡Bueno…!
—La noche con aquella mujercita desbordante
por todos los sentidos corporales e incorpóreos, con aquella fiera dulcísima y
feliz cuyo placer parecía manar de un pozo inagotable la recordaré siempre como
una de las más sorprendentes de mi vida, y son varias. Te la resumiré diciendo
que le encontré el punto G y para ella fue toda una revelación. A la mañana
siguiente no hubo ni media sonrisa ni un cruce de miradas ni la más mínima
sospecha de complicidad. Y no la hubo en adelante ni una sola vez en todo el
curso escolar en el que seguimos trabajando juntos. Tengo bien atado el mundo
de mis sueños para saber que eso fue cierto pero hubo una época en la que
llegué a dudarlo. Así que tres o cuatro años después, cuando volví a Murcia
pasé por el hotel y comprobé fechas y nombres. Allí estábamos registrados un
trece de noviembre ella, el marido mensajero, la otra profesora y yo.
Leopoldo esperaba que Ricard le contara detalles,
que describiera todas las delicias de su colega en pleno combate, que le
explicara la confrontación, que le detallara cada una de las armas, su
funcionamiento y las tácticas de conquista. Solo tenía una vaga idea del
llamado punto G de las mujeres que Ricard había encontrado en ella. Quería un
análisis minucioso de todos los elementos porque él necesitaba iniciar el fuego.
Los años pasan y las ansiedades corporales pueden llegar a fenecer por falta de
sendero. Pero había algo aún más misterioso: el proceso interno de una mujer
recatada que casi en presencia del marido, incluso haciéndolo intervenir como
mensajero, opta por dar un giro violento a su trayectoria ofreciéndose a otro
para el sexo.
—Oye, lo que más me pasma es cómo estando
allí el marido, ella tan puritana y tan estrecha como dices, pudo dar el paso.
—Supongo que no te referirás a lo de estar
casada.
—No, pero me sorprende ese cambio tan
repentino y en esa ocasión. Y utilizando al propio marido para convocarte.
—Bueno, hay que pensar que el matrimonio, el
amor y el apetito sexual son tres realidades diferentes, tres dimensiones
posibles en el ser humano. Mi compañera no sentía amor por mí, tal vez sí por
su marido. Se llama amor a muchas cosas y ella quería a su marido, deseaba
seguir viviendo con él. Si me hubiera querido antes o a partir de entonces me
lo hubiera hecho saber y yo lo hubiera notado. Lo que ocurrió aquella noche es
que se le había despertado la curiosidad libidinosa o el deseo de la novedad y
le dio cauce. Es muy humano. Piensa que en todo estamos buscando la novedad. Lo
distinto estimula, espabila, rejuvenece. Nos gusta cambiar de paisaje, de ropa,
de comida. La moda y la gastronomía como otras muchas cosas se basan en eso.
Suele plantear problemas cuando uno le da salida en el terreno amoroso. Eso le
ocurrió a Marta. No te he dicho que se llamaba Marta ¿verdad? No suelo citar su
nombre. Qué criatura más deliciosa. Además de que lo era, el tiempo y la
nostalgia mitifican la situación. Bueno, a lo que vamos. Ella deseaba la novedad,
quería probar un hombre distinto. Yo era el más próximo, el macho de más fácil
conquista. No iba a alardear ante sus amigas, de modo que no tenía que buscarse
dificultades inútiles como seducir a un tipo anónimo o esconderse en un lugar
inhóspito. A mí me conocía de todo un curso y sabía que no iba a decir ni mu.
Las mujeres son muy intuitivas y no suelen marrar su juicio en esto. Por otra
parte le constaba que no la iba a rechazar sino todo lo contrario. Consiguió lo
que quería: unas horas de placer con el aroma de la novedad y con alguien de
confianza. Sin tener que explicarse y sin tener que disculparse. Después, nada.
Tal vez le repitió más veces un deseo tan brutal, pero o no estaba yo a tiro o
hubo alguien más afortunado o se reprimió. Tuve la suerte de que no lo hiciera
aquella noche murciana, de que diera cauce libre a su libido. Fue fantástico.
No era amor, evidentemente. Fue un simple capricho o una venganza puntual
contra su marido o algo que no pudo hacer bajo el control de sus padres y se
redimía ahora. El caso es que se me entregó sin medida. Aquello tenía solo un
límite: las siete de la mañana, y había que apurarlo al máximo. Lo hicimos. No
me gusta la expresión ‘Hacer el amor’. Nosotros no hicimos el amor: tuvimos sexo
loco y apasionado. Sin temer consecuencias ni arrastrar experiencias compartidas.
Sin tener que soportar la pesadumbre que origina la convivencia. Con total
libertad en cuanto dijimos sí con la respuesta más limpia y espontánea al
alcance de los humanos: el cuerpo en plena expansión, expresándose libremente.
Es una de las experiencias que tengo registradas para ese proyecto literario
del que te he hablado, Mujeres al ataque.
Con un gesto brusco interrumpió Ricard su
explicación. Leopoldo giró la cabeza. En el vestíbulo había aparecido una de
las nórdicas, la morena. Una treintena crecida de formas apasionantes, de
movimientos sugestivos, de gestos insinuantes. Ella sola, sin la rubia. Entró
en la cafetería, pidió que le sacaran algo y volvió a salir sentándose en la
terraza frente a los dos hombres que la aguardaban.
Sus gafas oscuras impedían seguirle la mirada
pero el lugar que había elegido era ideal para controlarlos. Ricard lo supo y
se dispuso al juego.
—Va a comenzar la danza. No te pierdas detalle
—dijo en voz baja, mientras Leopoldo se revolvía incómodo en su silla.
El juego consistió en un movimiento de
prendas. Ella llevaba largos guantes de gala negros que le ocultaban las
muñecas. Vestía con extraña elegancia para aquella hora: un conjunto verde
bastante ceñido con los pantalones ocultando los tobillos, zapatos negros
relucientes y un bolso a juego, muy llamativo. Ricard comenzó por descalzarse
un pie y moverlo de forma insinuante. Ella permaneció impasible. En aquel
momento apareció el camarero con el desayuno. El juego quedó interrumpido.
Al quitarse los guantes, la mujer dejó al
descubierto unas muñecas vendadas. La gasa cubría el espacio de la articulación
en cada una. Ricard miró a su amigo.
—Vaya, vaya. Fíjate bien. ¿Qué ves?
—Que se ha quitado los guantes.
—¿Y?
—Pues que lleva las muñecas vendadas.
—¿Y?
—Hombre, pues… no sé.
—¿No sabes, de verdad?
—No, no sé a qué te refieres.
—¿No sabes qué significan unas muñecas
vendadas después de una orgía? ¿De verdad que no lo sabes?
—No, francamente no. Dime de qué se trata.
—Estás en Babia. Y espero que no te me estés
haciendo el ingenuo.
—Que no, de verdad. Dime qué significan esas
muñecas vendadas.
—Bien, te lo voy a explicar.
Ricard respiró hondo, balanceó la cabeza,
giró el cuello y miró a la lejanía buscando inspiración. Avanzaba el día con
interminables ejércitos de nubes ocultando el sol. Los golpes de la marea ascendente
sonaban contra el acantilado.
12.
—¡Ignorantón, que eres un ignorantón!
—comenzó Ricard elevando el tono como si intentara atraer la atención de la
mujer. Y añadió—: Casi no me puedo creer lo que dices. ¡Ay qué poco enseñan los
libros!
El notario reaccionó con un gesto de
circunstancias y esperó a que su amigo se explicara.
—Pues mira, majo —continuó Ricard—, nada es
casual. Precisamente estoy trabajando con unos apuntes que acaban de dejarme y
que pueden convertirse en un libro explosivo. Son de un amigo que ha tenido una
relación amorosa trágica con una mujer a la que no conozco. Tengo en mis manos
un material precioso. Si consigo ensamblar bien la historia de esta pareja será
un bombazo. La chica había ido redactando una especie de memorias de sus
aventuras y actividades eróticas antes de conocer a mi amigo. Ahora estoy leyéndolas.
Tienen mucho interés por sí mismas, por su amenidad y su realismo. Ella me está
recordando a ese bombón que tenemos enfrente, alta también y con un gancho
semejante, según me la ha descrito Patricio. Incluso deben de tener una edad
parecida. Y es curioso que precisamente ahora estoy con un episodio en el que
ella cuenta una de sus experiencias eróticas en la cruz de San Andrés, la misma
que nuestra amiguita ha tenido la noche pasada. ¿Sigues sin saber de qué estoy
hablando?
—Pues no me aclaro. ¿La cruz de San Andrés?
¿Una experiencia erótica en alguna postura rara? No caigo, explícame.
—Es un recurso muy sugestivo para algunas
parejas. Yo la llamo así. Consiste en que uno de los dos amantes, o los dos
alternativamente, son atados de pies y manos a los extremos de la cama mientras
el otro actúa encima, debajo, de lado o como le plazca. Hay muchas variantes:
ojos cerrados, boca tapada, zonas prohibidas, manos también atadas del elemento
activo, etcétera.
—Pero eso es masoquismo ¿no?
—Más bien no. Es un juego sin otra violencia
que la simbólica. No tiene por qué haber sufrimiento. La pareja puede fantasear
situaciones fuertes, tensas; incluso se puede llegar hasta recrear una
violación. Pero es algo acordado de antemano que se sitúa en el límite entre lo
esperado y lo imprevisible. Cuanta más imaginación y más creatividad mejor
resulta. Si intervienen más personas, tres o cuatro, las posibilidades se
disparan. Pero también es fácil que todo se venga abajo.
—No sabía nada de eso. He leído sobre el
masoquismo y el sadismo pero eso de la cruz de San Andrés… no sabía que se
llamara así, no tenía ni idea.
—Ya te digo que es una denominación mía.
Algunos le dicen ‘el aspa’, otros ‘el molino’ y es algo entra de lleno en el
terreno del exotismo erótico. También lo llaman de otros modos. En definitiva
es un juego que suele producir especial excitación sobre todo a ciertas mujeres
que de ese modo experimentan la fiereza de un macho cuando se siente dueño
absoluto de la situación.
Leopoldo empezó a comprender. Aquellas vendas
protegían las muñecas doloridas tras el rito de la cruz de San Andrés. ¿Y ‘su’
chica? ¿Habría pasado también por las garras de aquel gavilán sin escrúpulos?
¿Las habría tenido a las dos atadas saltando de una a otra sin parar,
excitándose cada una con los gemidos de la amiga que se contorsionaba bajo
aquel sátiro inagotable? Eran capaces de haber sido ellas las inductoras.
Estaba imaginando el escenario de la orgía.
Repasaba cada uno de los movimientos del trío, cada una de sus posturas en medio
de risas y carrerillas por un desván semejante al que recordaba de su infancia,
el desván de la mansión campestre de tío Ambrosio donde su abuelo correteaba
tras las criadas.
—Mira, ahí llega tu amiguita.
Las palabras de Ricard le sacaron de su
ensoñación. Acababa de aparecer la joven rubia doblando una esquina del
edificio. Definitivamente no debía de vivir en el hotel. Una bocanada de aire
nuevo pareció brotarle del punto más bajo de los pulmones al notario porque la
chica no tenía señales ni en los tobillos ni en las muñecas. La orgía había
sido solo de dos. Qué respiro. A lo sumo ella habría estado de mirona como en
el picadero. Otra voyeur. ¿O era más correcto decir voyeuse?
Allí, ejerciendo de tal, viendo retorcerse a su amiga bajo el canijo que se
lanzaba una y otra vez sobre ella como un cernícalo insaciable.
La rubia no conocería en sus carnes la cruz
de San Andrés o como se llamase aquello. Quizá no conociera ni los nombres. Su
novio nórdico sería un soso que a lo sumo llegaría a atraparla contra una
puerta o contra un árbol silvestre. Incluso se contentaría con tumbarla sobre
el heno húmedo de las praderas sin que ella supiera conducirle por los senderos
del placer. Cuando volviera a su tierra, con la piel tostada y los cabellos
blanquecinos del sol, enseñaría a su torpe pretendiente las triquiñuelas que un
ardoroso notario castellano había aprendido con ella.
Pero la cuestión no era fácil a estas
alturas. O Ricard entraba en liza y arrebataba la morena al gavilán facilitándole
el acceso a la paloma o habría que pactar con el tipejo del picadero para
repartirse el botín.
—Oye, Ricard, ¿por qué no les decimos algo,
las invitamos, o…?
—¡Bravo, muchacho! —respondió Ricard
saludando la iniciativa—. Me propones una alianza ¿no? Está bien. Podemos planear
una estrategia conjunta, pero en esto de la seducción nunca te fíes de quien
haya cumplido treinta años.
—¿Por qué?
—Porque los pactos no se respetan. Salvo que haya
enamoramiento, los pactos no se respetan. Los seductores o seductoras son
insaciables. Les interesa seducir, es lo único importante. En la variedad está
el gusto, se dice, y el número cuenta. Así que más vale actuar en solitario. Te
voy a contar una historia. Pero antes te diré lo que debes hacer en el futuro:
no comentes con nadie tus aventuras. Si es hombre querrá probar fortuna en tu
tesoro; si es mujer intentará formar parte del juego. Los celos son terribles.
Y son mucho más fuertes cuando no hay compromisos legales. Si tienes una
amiguita no se lo cuentes a nadie. Disfrútala o disfrutaos los dos pero en secreto.
Si lo saben tus amigos irán a por ella; si lo saben tus amigas o las suyas
tendrán envidia y tratarán de suplantarla. Es una situación estúpida pero se
da. Y mucho más a menudo de lo que parece. Lo mismo a la inversa. Aunque las
mujeres son casi imposibles a la hora de guardar secretos. Dice el refrán que
contar un secreto a una mujer equivale a pagar dos cuartos al pregonero.
Tampoco guardan los propios. Se jactan, se envanecen, no son capaces de
disfrutar en lo íntimo. Salvo excepciones necesitan el reconocimiento ajeno
para estar seguras de que son atractivas, apetecibles, deseadas. Y les gusta
chingar cosa mala. Me refiero a las mujeres normales, no a las reprimidas o a
las puritanas. Hay una cancioncilla
medieval que lo dice con gracia:
Compañero,
has de saber
que la más buena mujer
rabia siempre por joder:
guarda bien la tuya tú.
Por eso hay que guardar no solo la mujer sino
también la noticia. Si la moza está que trina por un polvo y encima saben tus amigos
que te la tiras a placer no tardarán en hacerte los descartes necesarios para
cepillársela en cuanto puedan.
—Pues sí que estamos bien.
—Así es la vida, muchacho. Como dice mi amigo
Pepe el arquitecto, esto es una lucha sin cuartel por donde quiera que lo mires.
—Me ibas a contar un caso ¿no?
—Ah, sí. Hay uno muy curioso que no he vivido
directamente pero que sé a través de la propia protagonista, esa mujer tan
especial de la que te hablaba antes.
— La mujer de tu amigo Patricio ¿no?
—Sí, esto que te voy a decir pertenece a sus
apuntes. Lo he leído en sus memorias eróticas y es un episodio que pienso
incorporar al libro que estoy preparando. De momento es un asunto reservado,
así que te lo resumiré sin descender a detalles.
—Bueno, cuéntame.
—Verás: Paula nació en un pueblo bastante
pequeño de la Ribera del Ebro y allí vivió de niña hasta que sus padres
emigraron a la capital. Volvían siempre en verano, que es cuando se celebran
las fiestas como en casi todos los sitios. Cierto día se enteró por un amigo de
que dos tíos del pueblo habían apostado sobre quién sería el primero en
tirársela. Los dos eran buenos en el oficio según la propia Paula que conocía
algunas de sus hazañas. Ella misma había soportado la persecución y las
proposiciones de uno a los catorce o quince años. El amigo que se lo dijo era
un viejo aspirante por lo legal, un pretendiente tímido que mantenía oculta su
intención. Y estaba dispuesto a que nadie consiguiera a su amada con artimañas.
Como el perro del hortelano. Paula llevaba su vida, y menuda vida a tenor de lo
que estoy leyendo, pero él no lo sabía. Le hizo gracia la apuesta de aquellos
dos patanes presuntuosos que le llevaban más de quince años y estaban
aproximándose a esa edad en la que los hombres empezamos a temer por nuestro futuro
sexual. Se iban a enterar. El caso es que organizó el asunto proponiendo a uno
de los apostantes que la llevara a Barcelona para resolver un tema familiar. Al
mismo tiempo avisó al otro, a través de su enamorado, del viaje previsto, el
día y la hora. Así que los dos coincidieron y se enfrentaron al mismo tiempo
que Paula les agradecía su disponibilidad y les informaba de que el asunto
estaba resuelto. El carcajeo le duró varios meses.
13.
Las dos mujeres terminaron el desayuno,
intercambiaron algunas palabras y se fueron cada una por su lado. La morena
volvió a entrar en el hotel mientras su amiga caminaba hacia el interior del
pueblo. Los dos hombres la siguieron con la mirada. Se había roto el hechizo.
Se había interrumpido el pretendido juego de prendas con la primera de ellas
cuando llegó la rubia. Había que cambiar de estrategia.
—Oye, es la ocasión de intentarlo en
solitario; ¿te atreves? —retó Ricard al notario haciéndole un guiño.
—¿Yo? ¿Cómo? ¿Qué le digo? ¿En qué idioma? ¿Y
qué hago? —respondió Leopoldo.
—¿Sabes algo de inglés? Casi todos los
nórdicos lo hablan.
—No. Aprendí lo elemental en el colegio pero
lo he olvidado todo. Nunca ha sido mi fuerte el inglés. Me defiendo mejor en
francés.
—Pues vas dado. Con esa estás perdido. De
francés ni papa. Napoleón ha sido derrotado en la batalla del segundo idioma. O
atacas a la moza con señales o nada. ¿Sabes morse? Yo te puedo decir su nombre
y el número de la habitación del hotel donde vive, pero de poco te va a servir
si no estás dispuesto a enviarle mensajes con un espejito. Si eres más atrevido
puedes recurrir a los golpecitos en la puerta. Ahora va hacia allí.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Simple observación.
—¿Cuál es el hotel? ¿Y cómo se llama ella?
—¿Para qué lo quieres saber?
—Dímelo, anda. Por lo menos me hago la
ilusión de que voy, la localizo, la llamo y me abre.
—Nada, hombre, no te preocupes por ella. Lo
importante ahora es levantarse a la morena. La jovencita caerá de suyo, te lo
digo yo.
—De todos modos ¿cómo te vas a ligar a la
otra?, ¿por qué no la llamas ahora? También sabrás su nombre y su número de
habitación ¿no? Así que la tienes a huevo.
—Nada de eso. Te toca a ti. Si me prometes
intentarlo te doy los datos. Tal vez funcione el hechizo sin palabras. Si es
cierto lo que me contaste ayer te reconocerá y es capaz de hacerte un striptease
privado sin miedo al sol y a los curiosos indecisos como tú.
—No creo que tenga miedo a nada de eso pero
no me atrevo.
—A veces resulta. Las mujeres son un
misterio. Tan pronto son tercas como volubles, ya lo sabes. Inténtalo.
—Que no me atrevo, que no. Siento mucho
corte. Y si me da con la puerta en las narices me muero de vergüenza.
—Pues la ocasión es tuya. Mira, se está
preparando para ir a la playa. Llegas, llamas, se tapa lo imprescindible, abre,
le sonríes sin decir nada, se aparta para que pases y ya está. Cada mujer tiene
su estilo, su ritmo. Las hay con mucha marcha y a esas hay que seguirlas. Con
tal de que sepan algo, ellas son siempre las maestras. Si son primerizas la situación
varía. Una de las mayores delicias es iniciar a una muchachita en los secretos
de su cuerpo. No es nada fácil porque hay muchos recelos y otros problemas,
pero cuando se presenta una ocasión te aseguro que la experiencia es deliciosa.
—Seguro que me puedes contar alguna ¿no?
—preguntó Leopoldo que había desistido de la conquista y buscaba una
escapatoria.
—Sí, tengo un caso excepcional que también
anda escrito por ahí. Me lo planteó de una forma muy directa una amiga mía con
la que yo había vivido un romance años atrás. Cuando la conocí tenía una hija
de cinco y llevaba seis o siete meses separada de su marido. Estaba hambrienta
de varón. Nos vimos durante más de dos años. No pusimos precaución en evitar a
la niña, que se llama Betina. A veces ella se sumaba a nuestros juegos. En
particular le gustaba colgarse de mi cuello. Era muy melosa. A partir de cierto
momento noté que me buscaba la boca a espaldas de su madre. Yo la dejaba hacer.
Varias veces intentó meterse con nosotros en la gran bañera de aquella casa.
Llevábamos casi dos años de relación frecuente cuando la mujer me propuso que
conviviéramos un tiempo para después casarnos. Dije que no. Siempre he sido
claro en esto. Nada de compromisos, nada de ataduras. Mi camino no va por ahí.
He visto muchos disparates desde niño. Mucha trampa, mucha hipocresía. El
matrimonio tiene más inconvenientes que ventajas. Quien lo elige que apechugue
con él. Ya conocerás el dicho de que el matrimonio es la tumba del amor. Yo
creo que lo que liquida el amor son las circunstancias que rodean al
matrimonio: la obligatoriedad, la seguridad, la comodidad y la rutina. Hoy hay
otras fórmulas incluso para criar hijos si a uno le apasionan los niños. Y en
cuanto a la relación amorosa, a eso tan confuso y tan complejo que llaman pasión,
conozco muchos más ardores fuera que dentro de las parejas establecidas.
Ardores sinceros y perdurables. Entregas definitivas del día a día sin
obligaciones, sin dependencias, sin opresión. Y con una sorprendente continuidad
natural, eso que se llama fidelidad y que entre los matrimonios establecidos
suele consistir en una atadura ciega, en una limitación insensata que deteriora
las vibraciones y el fluir afectivo de las personas.
—Bueno, pero el matrimonio siempre ha sido y
será —interrumpió Leopoldo repitiendo una fórmula permanente en boca de tía
Mercedes, viuda inflexible desde joven.
—Sí, seguirá siendo una trampa saducea para
la mayoría. ¿Quién sabe de verdad lo que hace cuando se mete en esa aventura?
La gente se tira al ruedo con mucha inconsciencia. Habrás oído que el
matrimonio es una fórmula para que dos personas que se aman con pasión acaben
odiándose profundamente. Puede parece fuerte, pero ocurre a menudo. Voy a ser
breve: nadie debería comprometerse en algo tan tremendo sin hacerse antes un
chequeo completo: médico, psicológico, sociológico, familiar, económico,
laboral, etcétera, para saber si es capaz de afrontar el reto. Y luego concretar
bien los términos del acuerdo para que no haya engaños. Algo tan sutil como el
afecto no se puede contratar, es inútil atarlo porque circula como le da la
gana sin respetar reglas fijas.
—Hombre, todos tenemos que someternos a
ciertas normas, a ciertas obligaciones y a ciertos sacrificios, porque si no
sería imposible vivir en sociedad.
—Claro que sí. Me parece muy bien que
lleguemos a acuerdos en mil temas, pero el afecto no se puede contratar,
repito, no se puede sujetar con normas fijas. Y eso es lo que se pretende hacer.
Para algunos puede resultar pero no para la mayoría de las personas si son
honestas consigo mismas. Existen otras
alternativas.
—Hay mucha gente felizmente casada. Mis
padres, por ejemplo, y algunos de mis tíos.
Leopoldo no se atrevió a seguir. Su lengua
había topado con el muro de la verdad. Sus padres no. ¿Y sus tíos? ¿Cuáles?
¿Quiénes? En fin. Él sabía demasiado aunque lo hubiera alojado en la trastienda
de su memoria. En el escaparate había otras cosas: adornos, cumplidos, oropel y
papel mojado. Si los demás y él mismo hablaran con sinceridad, los discursos
tendrían distinto tono. Dejó el tema y volvió a la historia pendiente.
—Sí, la verdad, es complicado. Vamos a dejarlo.
Pero me empezabas a contar el caso de Betina, la niña que se aficionó a ti ¿no
es eso?
—Así es. Tuve que negarme a las propuestas de
matrimonio de su madre. La comprendía, pero no. Conmigo no. Yo no puedo ofrecer
fidelidad a una mujer tal como la entiende la gente. No puedo elegir por
principio esa fórmula. No es válida hasta que se establece a la inversa, es
decir cuando la fidelidad lo elige a uno.
—Esa es una paradoja sin mucho sentido ¿no?
—interrumpió de nuevo el notario—. Uno es el que puede elegir posturas en la
vida; lo contrario es dejarse llevar por las circunstancias, convertirse en un
pelele de los acontecimientos.
—No, amigo —respondió Ricard—. Las cosas no
son así. Los humanos controlamos nuestros actos en menor medida de lo que
pretendemos. Y qué decir de los sentimientos. Nos recorren fluidos, hormonas,
humores corporales, fuerzas mentales y otros elementos que condicionan nuestras
respuestas. Creer que somos dueños de nosotros mismos es desconocer nuestra
biología y nuestra psicología. Sabemos muy poco de la mente humana y del
conjunto de nuestro organismo. Así que los afectos y buena parte de las
acciones responden a estímulos cuyo origen y trayectoria no controlamos. Los
resultados que vivimos como propios no lo son tanto.
—Bueno, bueno —aventuró Leopoldo aprovechando
la pausa de su amigo—. Sigue siendo un tema complicado y discutible. Ya lo
hablaremos. Cuéntame de una vez el caso de Betina.
—Bien, como te decía, la madre me tenía mucha
fe. Hablamos a fondo del tema de la convivencia. Comprendió mi postura. Le dije
que siempre le ayudaría para lo que fuese pero que de atarme, nada. No era mi
momento. Tampoco era ella la persona. Esto no se lo dije. Hay que ser sincero, aunque
han de callarse ciertas cosas cuando se va a hacer daño. No y punto. Debía
buscar otro hombre para casarse con él si ese era su deseo. Y el sujeto debía
tenerlo igual de claro. A ciertas edades, cuando se ha ensayado, se ha vivido y
se ha reflexionado lo suficiente, no puede uno andar con probatinas estériles.
—¿No has desistido entonces de casarte alguna
vez? —preguntó de nuevo Leopoldo.
—No, de ninguna manera. En la vida no se debe
decir “de esta agua no beberé”. Pero no era aquel mi momento ni aquella mi
persona, repito. Digo ‘mi’ persona —insistió Ricard recalcando el posesivo—. No
sé si me entiendes bien.
—Creo que sí —respondió Leopoldo.
—Ella tenía que buscarse otro hombre. Yo la
quería y deseaba su bienestar pero conmigo no lo hubiera conseguido. Por eso le
insistí. Llegamos a examinar juntos algunos candidatos, fíjate. Al poco tiempo
comenzó a salir con un tal Pedro. Mejor sería decir “comenzó a entrar” porque
lo metió pronto en casa. Yo me retiré. Al cabo de dos o tres meses me llamó un
día. Las cosas no iban mal pero no podía olvidarme. Pasamos juntos una tarde.
Los encuentros se repitieron varias veces aquel año. Luego se espaciaron y casi
perdimos el contacto. Supe que Pedro y Betina no congeniaban. A ruegos de su
madre le dediqué varias tardes de domingo. Lo pasábamos bomba. Seguía tan
melosa y con las mismas aficiones de antes. La última vez tenía diez añitos.
Estaba preciosa. Yo la dejaba hacer siempre sin tomar ninguna iniciativa.
Llegué a asustarme, aunque pensé que el suyo era un afecto de carácter filial.
Su padre se había desentendido de ella desde el principio, antes de la
separación. Entonces me surgieron unos asuntos en Inglaterra y me ausenté
durante bastante tiempo. Transcurrieron cinco años sin que tuviéramos contacto.
Cuando regresé fui a visitar a la pareja y a la niña. Noté mucha tensión en el
ambiente. Volvieron a pasar semanas sin vernos. Cierto día me llamó la madre de
Betina y quedamos. Era viernes. Estaba hecha polvo. Se había vuelto a separar.
Menos mal que no había nuevos hijos. Fuimos a su casa y no salí de allí hasta
el siguiente lunes por la mañana. Imagínate. ¿Te imaginas?
—Sí, claro, vaya que si me imagino.
—No estoy tan seguro. Bueno, quiero decirte
que no te puedes imaginar lo que pasó.
—¿Qué pasó?
—Imagínate, venga.
—Hombre, pues puestos a pensar, la cruz de
San Andrés ¿no?
—¡No hubo cruz de San Andrés, rediez! —respondió
Ricard con impaciencia.
—Entonces ¿qué?
—Tiene que ver con Betina.
En aquel momento apareció don Gumersindo
doblando la esquina de la calle. Venía del pueblo con muchos papeles y una
bolsa de plástico en la mano. Saludó, dijo que subía a dejar aquello en la
habitación y prometió bajar en cuanto pusiera todo en orden.
14.
La curiosidad de Leopoldo se había disparado.
En cuanto desapareció el profesor miró alrededor como temiendo ser oído y dijo
con voz ansiosa:
—Cuéntame deprisa. No me digas que…
—Te digo, te digo. Lo importante no ocurrió
con la amiga de tiempo atrás sino con su hija, con Betina. La aventura la ha
publicado también el colega del que te hablé antes. Te daré la referencia. El
caso es que la nena era alta, bien desarrollada, guapísima, un bombón a punto
de cumplir quince años. Y la cosa sucedió a iniciativa de su propia madre.
Bueno, mejor a iniciativa conjunta. No creo que lo hubieran hablado pero
estaban de acuerdo. “Mira, se la va a calzar cualquier vecino el día menos
pensado. O cualquier mastuerzo del barrio. Veo cómo la miran y cómo la siguen”
me dijo la madre. “Y ella ya ves cómo va” añadió. Sí, me sorprendió su soltura
de movimientos, aquella combinación de ingenuidad y picardía en la mirada, la
ropita ligera que a mí mismo me sugestionó cuando la vi salir de casa. Si siempre
andaba así por la calle era un milagro que no se la hubieran cepillado en
cualquier rincón, en el sótano, en la misma escalera, en el ascensor. La madre
me aseguró que nada había ocurrido hasta entonces, al menos nada significativo,
pero que era inevitable cualquier día. Así que me tocó a mí hacer el estreno.
—Pero —interrumpió Leopoldo como protestando—
es un abuso a esa edad, un estupro, un delito, va contra la ley.
—Ojo: si hubiera engaño, o violencia, o
provecho sí. Legalmente, desde los catorce años podía entonces una mujer mantener
relaciones sexuales con quien le pluguiera; ahora han subido a los dieciséis.
Es poco significativa la edad porque la madurez personal varía bastante.
Mientras no haya abuso de autoridad o alguna presión, no hay delito legal. Y
mucho menos moral. Creo que ya te he dicho que más inmoral me parece escamotear
o desviar la información sobre estos asuntos. Más inmoral es la represión, el
terrorismo de conciencia que ejercen los tabúes, los miedos injustificados y la
ignorancia que se han propiciado durante siglos. Para que luego pase lo que
pasa.
—Sí, pero hay que proteger a los débiles. Los
niños son los débiles en este caso. Si la ley no los protegiera…
—La ley está muy bien para proteger a todos
los menores en general. Y a los mayores, sobre todo a los débiles o
desfavorecidos. Cuando hay fuerza o engaño, duro con el delincuente. No se
puede abusar de nadie en ninguna situación. Es la norma general. Ahora bien, la
edad no lo es todo. Te he contado parte de mi aventura con Chantal en el que
había un consentimiento pleno y una participación total de una menor de edad:
era lo mismo que tuviera quince que diecisiete años. Hubiera dado igual unos
meses antes que después. Allí son quince los años que marca la ley para la
libertad sexual. Pero la edad es un dato, no un dogma. Tú sabrás que la Iglesia
Católica, y en general las religiones, permitían la boda de la mujer a los
catorce años, o antes, siempre que hubiera consentimiento. Es posible que retrasen
la edad, pero lo fundamental es el consentimiento. Yo añado algo más: la
información. Muchas bodas precoces se han hecho sin la suficiente información.
A veces la tenía el novio, sobre todo si era mayor, pero en ocasiones ni eso.
Yo tengo claro que la relación erótica ha de establecerse entre dos personas
con consentimiento mutuo y con toda la información posible, o con una manera de
conseguirla de inmediato.
—Sí, sí, pero eso es muy relativo. Tú juegas
a tu favor. Hay mucho espabilado que aprovecharía eso para sus intereses.
Siempre ha habido abusos y ahora hay escándalos cada dos por tres.
—Por supuesto. No defiendo ningún caso salvo
el mío. Yo obro con moralidad. Habrá quien lo discuta, pero me parece más moral
iniciar a una adolescente en el erotismo con su consentimiento y al amparo de
su madre, como en el caso que te cuento, que dejarla en la ignorancia para que
aprenda a trompicones. Porque al final todo el mundo aprende aunque sea mal. La
estadística de embarazos y de abortos juveniles lo demuestra. Te aseguro que ni
Chantal, ni Brigitte, ni Nuria, ni Betina, ni otras jovencitas con las que he
follado han tenido problemas. Ni de embarazo ni de contagios ni de nada. Y te
diré otra cosa de la máxima moralidad: han sido tratadas con enorme ternura y
han gozado desde el principio; poco o mucho, pero han gozado. El disfrute es
una flor en desarrollo sobre todo en la mujer, que tiene una sensibilidad más
profunda y más oculta. Es un privilegio ver cómo goza una adolescente, ser el
punto de partida de su disfrute, participar en su placer. Y eso se consigue con
aprendizaje.
—Sí, de acuerdo, tal vez sea así, pero tu
forma de verlo te favorece a ti. No piensan así la mayoría de los padres ni los
responsables de la educación de los niños.
—¿Responsables? ¿Quiénes? Gran parte de los
padres no saben, y algunos de los que sabrían no se atreven. En cuanto a los
profesores, conozco muy bien el percal. No olvides que he sido docente. Solo
unas pocas personas dan a la cuestión la importancia que merece y se ponen a
ello a pesar de todo. Te puede parecer extraña la postura de la madre de Betina
porque la mayoría de las mujeres tratan de proteger a sus hijas de la experiencia
sexual, intentan retrasarla e incluso se sienten satisfechas de que nadie las
toque hasta que son muy mayores; mejor incluso hasta que se casen o a lo sumo
que no sea otro que el novio formal. Pero hay señoras inteligentes, siempre las
ha habido. Bien sea porque a ellas se lo hicieron bien al principio, o porque
se lo hicieron rematadamente mal, quieren ahora que sus hijas sean iniciadas de
forma correcta, a su debido tiempo y por persona de confianza. No se resignan a
que cualquier mastuerzo engatuse a sus niñas al salir de la discoteca y se las
tire en un descampado o en la trasera de un coche a pelo, sin garantías.
—Bueno, sí, pero ¿qué significa eso de ‘a su
debido tiempo’?
—Significa que hay un momento para cada
impulso. Desde muy temprana edad un niño experimenta tendencias, pulsiones y
necesidades relativas a su libido. Si se conocen a tiempo por los padres y se
canalizan bien está garantizado el equilibrio. En caso contrario se desorienta
a los jóvenes y se los desvía. Con Betina la cuestión estuvo bastante bien
llevada. Ya te he contado que desde muy pequeña expresó conmigo sus afectos.
Supongo que también con otras personas. Nos abrazábamos, nos besábamos, nos
tocábamos… sin forzar pero sin escamotearnos nada fundamental. Jamás le dije
“Eso no se hace” o “Eso no se toca”. Lástima que se interrumpiera el idilio
sentimental durante los años clave. Pero cuando la encontré de nuevo y cuando
su madre me propuso que la introdujera en el arte final, o inicial, según se
mire, quiero decir en el sexo directo, la cosa fue bastante sencilla.
—¿No tuviste problemas para proponérselo?
Tiene que ser muy fuerte, así de primeras.
—Nada de eso. No hubo necesidad de propuesta
alguna. Las cosas han de ir de suyo o no funciona la magia del encuentro. De
ningún encuentro, sea el primero o el decimoséptimo.
—Dime ya cómo ocurrió.
—Lo resumiré: durante la cena me dediqué a
estimularla. Lo hice con miradas, con sonrisas, con guiños. Después de cenar me
pidió que le ayudara a traducir unas canciones. Su madre y yo nos miramos. Ella
dijo que salía a ver a unos amigos y que volvería tarde. Nada más. Betina y yo
entendimos. Nos fuimos a su cuarto, me sacó unos cuantos discos, se pegó a mi
lado y empezaron mis manos a recorrerla. Yo debía actuar de maestro de
ceremonias y tenía que averiguar cuál era la liturgia que hasta entonces ella
había desarrollado en ese campo. La presunción de su madre podía no ser exacta.
Muchas familias desconocen las andanzas de sus cachorros. En este caso mi amiga
había acertado: Betina no estaba desflorada. Me correspondió a mí hacerlo con
mucho mimo, con mucha ternura, la misma que habíamos desarrollado desde hacía
años. Pero ya no era una niña sino una mujer, sobre todo desde el momento en
que se me abrazó consciente de que había dado el primer paso. Yo también estaba
muy satisfecho. Cuando volvió su madre, una oleada de serenidad recorrió las
estancias de la casa. El hecho de no estar allí a escondidas de la familia como
me había ocurrido otras veces, nos ayudó mucho. Fue una iniciación gloriosa, la
mejor de cuantas había realizado. Me ha servido también de pista para las que
han venido luego.
15.
Leopoldo se había quedado sin saber qué decir
y tardó unos segundos en reaccionar. Ricard le miraba como pendiente de su
opinión.
—Evidentemente se trata de un caso
excepcional —dijo por fin el notario—. Eso no podría ocurrir de continuo, no
encajaría en las costumbres de la gente y causaría muchos problemas.
—De acuerdo, pero es una práctica que se
utilizó en otras sociedades y que todavía mantienen algunos de los llamados
pueblos primitivos.
—¡Por eso son primitivos! —exclamó con aire
de triunfo Leopoldo.
—Ojo, amigo —contestó Ricard—. Habría mucho
que hablar sobre eso y necesitaríamos varios días. Solo te diré que si quieres
encontrar gente de mente limpia y de espíritu poco contaminado busca en los
pueblos primitivos, no fuera de ellos.
—Sería una larga discusión, de acuerdo. Pero
en nuestra sociedad eso es inviable. Somos como somos y no hay marcha atrás.
—Por desgracia.
—Pero es así.
—De momento. Las cosas pueden cambiar. Hay
gente que reflexiona sobre nuestra forma de vivir y no admite tanta hipocresía.
Cada vez hay más personas conscientes de la situación.
—Tal vez, pero lo de la iniciación sexual
cada uno se lo monta como puede. Yo creo que hay varias maneras de hacerlo
bien.
—Por supuesto, pero esta es la mejor, no te
quepa duda. No la más fácil pero sí la mejor, insisto. Y pienso que vamos hacia
un cambio importante en este tema tan espinoso. Hace tiempo que algo se mueve.
Antes, la mayoría de las familias, sobre todo por parte de las madres, solo se
preocupaban de preparar el ajuar. Como si una vajilla o unas sábanas
garantizasen la felicidad de la novia. Las chicas iban a la boda con una venda
ilusionada, pero venda al fin. Los batacazos podían ser terribles. Y más cuando
no había reacción, cuando se consideraba que la cosa era así y punto. ¿Has
leído estadísticas sobre frigidez, anorgasmia, indiferencia sexual y pérdida de
la libido? Son muy elocuentes. ¡Y aún no dicen toda la verdad! Si hablaran a
fondo con sinceridad los sexólogos y los ginecólogos nos pasmaríamos. Han de
guardar el secreto profesional, lo entiendo.
—Pero han cambiado mucho las cosas. Hay
información en el colegio, en la familia, en las asociaciones...
—Sí, información sí, pero nada más. Y aún
habría que ver. Es como si un jugador de fútbol o baloncesto tuviera mucha
información, hubiera recibido charlas, hubiera leído libros e incluso visto
vídeos. ¿Qué significa eso a la hora de controlar un balón, pasarlo, chutar o encestar?
Si no hay ensayo, práctica y entrenamiento antes del partido no sirve de nada.
—Pues para eso es el noviazgo.
—Ah ¿sí? No me seas simple. Tú provienes de
un ambiente donde hasta hace algunos años no se admitían las relaciones
prematrimoniales. E incluso hoy…
—Hombre…
—Es así. Tal vez se toleren como inevitables
pero no se aceptan, no se valoran, no se consideran necesarias. No es una
situación de derecho aunque lo sea de hecho.
—Pero parece que todo el mundo lo asume, que
los padres se han conformado.
—Ni mucho menos. Te sorprenderías de lo que
piensa la gente. No hay apoyo emocional. Incluso los interesados comienzan con
cierta prevención, como con vergüenza además de miedo. Otra cosa es lo que
dicen. Pero son sensaciones que están dentro de la piel, no en la superficie;
habría que buscarlas en la memoria genética. Y por supuesto en la memoria
social que pesa una barbaridad y tarda mucho en cambiar.
—Es que conviene que haya cierto freno porque
si no…
—Claro, como en todo. Cierto freno, cierto
control, libertad sí, libertinaje no, lo de siempre. Mira: el erotismo es una
de las expresiones más exquisitas al alcance del ser humano. Pues bien, si en
bastantes campos no hay auténtica libertad de expresión, en este menos. A estas
alturas no nos vamos a engañar.
—Pero es bonito aprender juntos, ir
descubriendo los secretos, ir sorprendiéndose, crear confianza, tener
compenetración…
—Eso es lo que dicen los manuales píos. La
realidad es más dura. Toda la vida el varón ha sabido, ha estado iniciado, ha
experimentado con profesionales o con criadas, con personas que estaban
sometidas de algún modo, mientras que la mujer no. Cuando en realidad es ella
la reina de la sensibilidad erótica, cuando es la auténtica maestra, cuando
puede gobernar con exquisiteces increíbles cualquier situación. Siempre que
haya aprendido, claro. Para lo cual alguien tiene que enseñarle. Es muy difícil
que lo hagan los padres. Ha estado muy mal visto y sigue estándolo, salvo
excepciones. Te voy a contar una historia que conozco bien, un caso en el que
los tabúes y los complejos fueron superados por unos familiares sensatos. Claro
que en secreto. No eran tiempos para dar cartas al enemigo. Te estoy hablando
de hace más de treinta años, imagínate; acababas de nacer.
—Sí —concedió Leopoldo mirando su reloj.
—Pues verás: era yo estudiante y trabajaba
por las tardes en una oficina. Por cierto, ayer quería contártelo pero algo nos
interrumpió. A lo que vamos. Tenía dieciocho años y estaba en Babia como la
mayor parte de la gente de mi edad en aquel tiempo. Había ya cierta movida y
las cosas empezaban a cambiar, pero lentamente. Era la época de los guateques
en sótanos o locales cutres sin las mamás de las chavalas sentadas en una silla
de anea vigilando como había ocurrido hasta entonces, menos mal. Era también la
época de la minifalda, toda una revolución, un escándalo para muchos y un
conflicto en bastantes familias. Las chicas salían vestidas de una forma y
luego se cambiaban por ahí. Pero todo eran formas. Los fondos estaban
peladísimos. Si creías que cualquier tía que enseñara los muslos te iba a dar
luz verde ibas apañado. Se sacudieron entonces más guantazos que en toda la
Edad Media.
—Sí, se lo he oído contar a mi madre y a mis
tías. Pero debió de ser divertido aquello.
—Según se mire. También se pasaba mal porque
tenías mala conciencia. Muchos nos habíamos educado con frailes y estábamos
arrugados como pasas. Con miedos al infierno, a las enfermedades, al colapso.
Nos costó vomitarlo todo. Yo tuve mucha suerte, aunque según se mire. Fue en
aquella oficina. Había una chavala que se encargaba del archivo, entre otras
cosas. Se llamaba Isabel.
—Fue tu primera novia ¿no?
—Bueno, habría mucho que hablar de eso. Ella
no estaba por la labor aunque yo me encandilé enseguida. Pero vivía una enorme
contradicción interna porque por un lado me enloqueció y por otro me sentía
obligado a rechazarla, tal como pensaba entonces. La cosa fue complicada. Al
principio me había parecido una fresca por cómo iba vestida, cómo se sentaba y
demás. Pero una fresca de la que podía aprovecharme, una forma de satisfacer
ese secreto apetito que siente el hombre hacia una mujer aparentemente fácil
aunque por otra parte sientas pánico o incluso repugnancia, según cómo te hayan
educado y lo que pienses. Pero bueno, dejemos eso. Sigo contándote cómo fue mi
primer ligue, o mejor dicho cómo me ligaron por primera vez. Yo le había caído
en gracia, es cierto. No me lo explicaba porque vivía entonces más arrugado que
una pasa, ya te lo he dicho. Luego he descubierto que mi figura o mi estilo
gusta a determinado tipo de mujeres. Suele pasar. Pueden interesarte mucho los
hombres o las mujeres en general pero hay cierta clase, con unos rasgos
especiales, que te atrae más. Es cuando dices: “Es mi tipo”. A la inversa no
siempre ocurre, por desgracia. Muchas veces no eres el tipo de quien sí lo es
para ti. El caso es que yo le gustaba a Isabel. Era su tipo. O uno de ellos
porque luego supe que había varios. Entonces no tenía ni idea. Supuse que era
un capricho y la dejé hacer. Al principio estaba más cortado que un leño. Pero
ella me fue aflojando. Un día con una palabrita, otro con una mirada mantenida.
Luego con una sonrisa insinuante, también con movimientos y posturitas,
imagínate. Me estaba desatando. Yo había ido a algunos guateques pero siempre
con mucha precaución. Además casi todas las chavalas se apartaban si intentabas
achucharlas. Y a la que se dejaba meter mano o pierna la considerabas poco
menos que una furcia. En una ocasión una me dijo que si me dejaba apretarla
durante el baile, qué iba a pensar de ella.
—Hombre, es que una mujer decente… —dijo
Leopoldo.
—Mira, dejémonos de teorías, que me las sé de
corrido. Todos los argumentos que vayas a soltar me los sé. Te cito autores,
doctrinas, lo que quieras. Y si prefieres que no te cuente esto, pues nada, tan
amigos.
—No, solo quería decir que, en fin, siempre
un hombre prefiere que su mujer no haya andado en otras manos —añadió Leopoldo
con cierta inseguridad.
—Bueno, sobre eso hay también opiniones. Ya
te comentaré las teorías de Patricio. A lo que vamos: yo era el tipo de Isabel.
Ahora lo veo porque a lo largo de los años he ligado con varias mujeres de su
estilo. Siempre a iniciativa de ellas. Me he acostumbrado. Han acabado por
gustarme. Afortunadamente son bastantes las mujeres que expresan hoy sus
deseos, sus gustos, las que toman la iniciativa. Y lo hacen con mucha gracia,
sin avasallar, sin ofender, sin violentarte. Hay que estar atento, sobre todo
al principio. Luego es dejarse llevar. Tiene mucho encanto lo de dejarse
llevar. A sabiendas, claro. Disfrutando. Adquiriendo la capacidad femenina de
la receptividad, poniendo en funcionamiento esa faceta pasiva que todos tenemos
aunque la desconozcamos. En fin, que yo me dejé llevar por Isabel. Pero no conscientemente.
Entonces no sabía nada. Me avergonzaba de tener impulsos libidinosos. Era el
resultado de muchos años de internado con los frailes. Por una parte nos han
enseñado muy bien, mejor que ahora, pero por la otra…
—Yo también he estudiado con los frailes —interrumpió
Leopoldo.
—¿Interno?
—No.
—Entonces no sabes de qué va la cosa. Y sobre
todo en aquella época. En fin. Algún día saldrá a la luz. Tengo un tema
explosivo en la recámara.
—¿Cuál?
—Déjalo. No viene a cuento ahora. Si empiezo
con eso no termino, te lo garantizo. Es tremendo lo de los internados y lo de
los seminarios de hace cuarenta años. Y no digamos antes.
—Me refería a si tiene que ver con los
manejos homosexuales y eso —se disculpó Leopoldo.
—Por supuesto que hay mucha tela que cortar
por ahí. Pero ahora voy a seguir con lo de Isabel. Te va a gustar más, ya lo
verás.
—Sí, desde luego. Siempre me patinó lo de los
mariconeos de los frailes. Los que sufrí y los que vi —terminó Leopoldo
satisfecho de cómo lo había expresado y con un mohín de disgusto.
—Bueno, ya me contarás. Puede serme útil.
Ahora a lo que vamos. Isabel había sido iniciada por un tío suyo, el hermano de
su madre. Era como una saga familiar, porque ella, la madre, había iniciado al
hermano, el tío de Isabel, que era unos diez años menor que ella, según me
contó. ¿Te aclaras?
—Sí, sí. La madre, luego su hermano pequeño
con diez años menos, después Isabel —respondió Leopoldo.
—Su tío le llevaba unos diecisiete. Estaba a
punto de casarse cuando empezó la cosa en serio según me contó ella. Tan en
serio que se demoró la boda. Isabel iba a cumplir trece. Hasta entonces habían
sido juegos más o menos inocentes. Un día de verano se fueron los dos de
excursión a la montaña y se enredaron de veras. No te voy a contar toda la
historia porque es larga. Solo te diré que el primer coito tardó cinco años en
llegar, ya casado él. Durante aquel tiempo la fue despertando, motivando,
mimando, de modo que Isabel era un prodigio de hembra con un sentimiento cálido
y un cuerpo amaestrado para el placer. Tuvo que superar un enamoramiento hacia
su tío. Fue la única contrariedad. Cuando yo la conocí llevaba más de un año
desligada de él. Además de otras dificultades, la familia no lo hubiera
tolerado. Solo su madre estaba al corriente. Un caso en cierto modo parecido al
de Betina. Yo tardé en saberlo pero confió en mí. Era el primero en quien
confiaba según me dijo. Creo que fue sincera porque también me confesó que no
era el primer hombre a quien seducía tras la larga historia con su tío. Ni el
segundo. Para entonces se había equilibrado mucho. Era algo mayor que yo, casi
cuatro años, y fue mi gran hallazgo de juventud.
—¿Cómo te sedujo? —preguntó Leopoldo con
impaciencia.
—Ya te lo he dicho: miradas, palabras,
sonrisas, posturas…
Ricard siguió describiendo los pasos de
Isabel para conquistarle, unos pasos que les condujeron a una relación intensa
y al mismo tiempo conflictiva. Ella era celosa de su independencia y él no
podía soportar sus frecuentes ausencias, imprevistas e injustificadas. Llegó a
obsesionarse de tal modo que temió por su salud mental.
—Ella se zafaba cuando y como le daba la
gana. Los domingos y los días de fiesta desaparecía. Yo pasaba entonces los mil
y un tormentos. Ni comía ni estudiaba ni era capaz de divertirme de otro modo.
¿Sabes lo que es estar encoñado? Pues eso. Que no ves ni oyes ni piensas en
otra cosa.
—¿Y no te cansaste de vivir así?
—Aguanté lo que pude.
—Bueno, y ¿qué pasó? ¿Hasta cuándo
seguisteis?
—La cosa duró menos de lo que yo hubiera
deseado. Estaba enloquecido. Metí la pata y la historia se acabó de golpe. Por
primera vez en mi vida sentí la melancolía del sexo que según dice Valle-Inclán
en sus Sonatas es el germen de la gran tristeza humana.
El narrador se interrumpió porque don
Gumersindo acababa de bajar de su habitación. Leopoldo no comentó nada. Se
limitó a saludar al recién llegado y a mirar con discreción a su amigo como si
deseara apoyarle en el trance. La expresión de derrota en la cara de Ricard era
total.
16.
Le hicieron sitio. El hombre parecía de buen
humor. Leopoldo miró de reojo a Ricard y decidió llevar la conversación con el
recién llegado. Cambiaron impresiones sobre la inestabilidad del tiempo, sobre
la playa semivacía ante la inseguridad del sol, sobre los pronósticos para el
fin de semana. Al cabo de un rato pareció desvanecerse la nubecilla en los ojos
de Ricard. Su capacidad de recuperación le devolvió la voz cantante:
—Que no se te despiste aquella hembra,
muchacho —dijo sonriendo mientras indicaba al joven la dirección hacia donde
mirar.
—Vaya, no pierde usted el olfato —comentó
entre la sorna y el reproche el recién llegado.
Una mujer joven, con un chal color corinto
sobre el bañador azul, estaba bajando de un deportivo que acababa de aparcar a
un lado de la terraza del hotel.
—Parece otra noruega —respondió Leopoldo en
el mismo tono de broma.
—Nada de eso. Podría ser Brigitte. ¿Sabes
francés?
—¡Cómo dices! ¿Brigitte? ¿La amiga de
Chantal? ¿Tu amiga Brigitte? No me digas que está aquí.
—¡Vaya, hombre! ¡Buena memoria! Ya veo que no
has perdido comba. Te sabes todas mis andanzas.
—Claro. Te las podría contar con pelos y
señales.
—Algo pondrías de tu cosecha ¿no? Aunque
todavía tengo más cosas que contarte ¡y muy calientes, jovencito! De cualquier
modo puedes ir haciendo conjeturas porque no te falta imaginación.
El viejo marino había cazado al grumete.
Ricard sabía que el novato al menos tenía imaginación.
—Bueno, sí que la tengo. Siempre supe que la
tenía. Creo que me la has avivado con tus historias —reconoció Leopoldo.
La mujer del descapotable había desaparecido
en el interior de un pub cercano. Al cabo de un rato salió flanqueada
por dos hombres en bañador que montaron con ella en el coche y partieron.
—Se te han adelantado, macho. Te la han
levantado. A este paso se te escaparán todas las palomas.
—Pero… ¿cómo me iba a lanzar así sin más?
Ella ha ido a buscar a sus amigos.
Tras un momento de duda volvió a preguntar:
—No era Brigitte ¿verdad?
—Podría serlo ¿por qué no? A esta distancia
hay muchas chicas que pueden ser Brigitte —respondió Ricard con aire zumbón—.
Tiene el mismo tipo. Tal vez ande por aquí sin que yo me haya enterado. O a lo
mejor está al llegar —y se interrumpió dejando que su mirada enigmática acabara
la frase.
—Por cierto, no me has contado cómo terminó
la historia con las francesitas —dijo Leopoldo para salvar la pausa.
—Bueno. Si usted don Gumersindo me lo
permite, terminaré de contar a este joven un suceso un tanto escabroso.
—Haga usted lo que quiera. Yo estoy de vuelta
de todo y no me voy a escandalizar. Ya sabe que discrepo de sus teorías en ese
terreno, pero usted verá.
—Bien, lo dejaremos para otro momento; no
quiero desperdiciar su presencia recordando aventurillas pasadas. Prefiero que
hablen ustedes. Yo tengo que ausentarme. Te dejo en buena compañía, muchacho
—terminó Ricard dirigiéndose a Leopoldo.
Se despidió y quedaron los dos hombres frente
a frente. Don Gumersindo hizo un gesto de contrariedad mientras decía:
—Bajaba con la intención de dar un paseo pero
se ha estropeado el tiempo.
—Sí, una lástima —confirmó Ricard—. Parece
que esto es normal por aquí.
—Siempre ocurre lo mismo. De repente viene la
borrasca y te mete en casa un par de días. Luego pasa y aprecias mejor el
cambio, lo disfrutas más.
—¿Viene usted a este lugar todos los años?
—Sí. Normalmente paso aquí el mes de julio.
Desde que murió mi esposa vengo a esta zona al principio del verano. Luego me
voy el mes de agosto con mis hijas y mis nietas a la casa que tenemos en la
sierra cerca de Guadarrama. Me va bien el cambio.
—¿Cuántos hijos tiene?
—Tengo dos hijas, cada una con una hija a su
vez, o sea dos hijas y dos nietas.
—Todas mujeres.
—Sí, parece que es mi sino. Siempre he estado
rodeado de mujeres. Hasta que murió mi esposa vivió con nosotros una hermana
suya soltera.
—¿Y luego no?
—No, yo me quedé solo, mis hijas se habían
casado y no era propio que viviéramos bajo el mismo techo mi cuñada y yo.
—¿Por qué?
—Hombre, imagínese, por pura decencia. ¿Qué
hacen una soltera y un viudo conviviendo?
—Algo harán, como diría nuestro común amigo
Ricard.
—Bueno, a menuda parte va. Ricard es un
libertino de tomo y lomo, un caradura con las mujeres, un tío jeta hablando en
plata.
—Pero tiene las cosas muy claras, diría yo.
No es que me hayan convencido sus argumentos pero lo que dice es coherente.
—Sé muy bien lo que piensa. Hace años que nos
conocemos y nos apreciamos aunque discrepemos en varios puntos. Hemos discutido
muchas veces. Con todos mis respetos me parece que desbarra bastante en lo
tocante al amor. Ha llevado una vida alegre, divertida, sin compromisos y sin
demasiados conflictos. Aprendió muy pronto y tuvo una buena maestra. Ya le
habrá contado sus andanzas. Yo le podría añadir algunas más —el semblante del
anciano se nubló pero continuó hablando—. Considera a la mujer como una presa,
como un simple objeto de placer, alguien para tomar y dejar a capricho. Supongo
que no está usted de acuerdo con esos planteamientos.
—Por supuesto que no. Pienso que una mujer es
algo más que eso.
—¡No solo algo más sino mucho más!
—Bien, de acuerdo, pues mucho más. Ricard
también lo piensa.
—¿Está seguro?
—Mire, él me ha contado algunas de sus
aventuras y siempre me ha parecido que trataba a las mujeres con mucha
consideración.
—No se fíe de todo lo que le cuente. Es
escritor, periodista, fotógrafo, reportero y no sé cuántas cosas más. En fin,
un chisgarabís, un trotamundos. Y ya sabe usted que los escritores y esa gente
viven de la imaginación. Lo que cuentan puede ser cierto y no haber ocurrido
¿me explico?
—Sí, claro, pero Ricard parece un tipo serio.
—Hombre, mala persona no es. Pero tiene unas
ideas que ya, ya.
—Por cuestión de ideas no se puede juzgar a
nadie. En eso creo que podemos estar de acuerdo. Además, si no le agrada lo que
piensa o lo que dice o cómo lo dice ¿por qué está siempre con él? —se atrevió a
preguntar Leopoldo.
Don Gumersindo pareció quedar desconcertado
por un momento pero se repuso pronto.
—Pues mire, si quiere que le sea sincero para
combatir la soledad, o para compartirla, según se mire.
¡La soledad! El profesor sí hablaba de la
soledad. Leopoldo pensó que era una buena ocasión para plantear el tema pero su
interlocutor se le adelantó:
—Además nos entretenemos discutiendo,
polemizando y discrepando sobre mil cosas. De alguna forma hay que ocuparse
cuando uno se cansa de leer y de pasear.
—Pues hasta ahora no ha discrepado usted
mucho. Más bien se ha retirado de las discusiones, ha huido casi —señaló el
notario.
—Sí, lo sé, no estoy de humor estos días
—confesó don Gumersindo.
—Lo siento. ¿Qué le ocurre? Si puedo ayudarle
en algo…
—No es nada. O mejor, lo es todo. ¿Me promete
no comentar con Ricard lo que yo le diga?
—Por supuesto, cuente con ello, prometido.
—Pues mire, así, a la brava, sin más
trámites: me he enamorado.
—¡Estupendo! —dijo Leopoldo improvisando un
entusiasmo—. ¿Y lo está pasando mal? Cuando uno se enamora es tremendo ¿no? —añadió
sin convencimiento.
—Pues sí, lo estoy pasando muy mal. Por una
parte pienso en el futuro, pero por la otra me asaltan los recuerdos de lo
vivido. Usted es joven y no tiene casi pasado. Por eso le resultará difícil
entenderme.
—Bueno, voy a cumplir treinta y cinco años,
así que ya tengo cierto...
—Perdone la pregunta —le interrumpió el
anciano— pero ¿tiene usted un pasado sentimental? Quiero decir ¿ha vivido
durante más de treinta años con una mujer, la ha perdido, la tiene siempre en
la memoria, no pasa día sin hablar con ella, en fin, ni a sol ni a sombra le
abandona el recuerdo? ¿Ha pasado por ahí? ¿Sabe lo que es?
—Desde luego que no. Yo no tengo una
trayectoria sentimental de ese calibre.
—Pues imagínese que le ocurre todo eso y que
de repente, sin comerlo ni beberlo, sin buscarla, cae usted en una situación
emocional que no conocía, que por un lado le exalta y por otro le desquicia.
—Ya le entiendo: por una parte tiene a su mujer
siempre presente, y por otra quisiera librarse del recuerdo ¿no es eso?
—Es complicado porque no deseo olvidarla,
pero al mismo tiempo necesito estar libre para vivir lo que me quede. Porque he
descubierto que aún me queda.
—¿Se siente atado?
—Sí. Vivo con la sensación de tener aún pendientes
ciertas obligaciones con la que fue mi mujer.
—Obligaciones de fidelidad, claro.
—Algo así.
—Perdone la indiscreción, pero supongo que
nunca le fue infiel mientras estuvieron casados.
—Por supuesto: ni antes, ni durante, ni
después. Pero ahora viene el conflicto. No le había sido jamás infiel hasta que
ha ocurrido.
El profesor parecía apurado. Tenía insegura
la mirada y había pronunciado las últimas palabras con cierto titubeo. Leopoldo
creyó necesario evitarle un mal trago y dijo:
—No me cuente nada si no quiere. Está usted
en su perfecto derecho.
—Sí, ya lo sé. Pero me va a permitir que le
sea sincero y que le diga que necesito a alguien con quien desahogarme
—respondió don Gumersindo con mejor temple.
—¿Y no lo podría hablar con sus hijas?
—¿Con mis hijas? ¡Qué me dice! ¡Ni soñarlo!
No lo entenderían. Por una parte se trata de su madre, la cosa emocional, y por
la otra… usted que es notario lo entenderá bien.
—Ya. Creo que le entiendo. Sí, claro.
—Así que a ellas ni mu. Lo que sea sonará
cuando suene. Pero de momento ni palabra. Se pondrían como fieras. Mire, son
aún más estrictas que yo. La mayor se separó porque sospechaba de su marido sin
haberle probado nada. Yo conozco al chico, como es natural, y sé que tuvo
ciertos devaneos, ninguna cosa seria, pero mi hija no transigió. Respecto a la
otra tiene a su esposo absolutamente controlado, o mejor dicho lo controlan
entre las dos.
—De tal palo tal astilla, ¿no? —dijo Leopoldo
con cierto retintín.
—Nada de astillas: ¡estacas! —respondió don
Gumersindo aceptando la broma con una sonrisa triste.
Un conflicto sentimental. Un hombre entre dos
orillas, sin querer abandonar la primera pero deseando llegar a la segunda; seguramente
azuzado también por la soledad. Y él, Leopoldo María de La Bisbal y López de Mendoza,
de testigo, casi de asesor. Si se tratara de herencias, donaciones o asuntos
afines, como le había dado a entender don Gumersindo, se los aclararía con
mucho gusto. Pero en un conflicto sentimental de ese calibre, y a esa edad,
poco le podía aportar. En fin, se dedicaría a escuchar al hombre que eso era lo
que parecía necesitar.
—Así que está usted hecho un lío como suele
decirse —comentó Leopoldo tras la pausa.
—Algo de eso.
—Y ella ¿qué piensa? ¿qué dice?, si me lo
permite.
—Ella no conoce mi conflicto interior. Por
supuesto que sabe mis antecedentes y que quise mucho a mi mujer. Creo incluso
que eso la estimula hacia mí porque me tiene por hombre cariñoso y entregado,
lo cual complica las cosas.
—Lo entiendo. Buscan los dos una relación
profunda, no un mero apaño superficial ni una aventura pasajera.
—Pues no lo sé. Por mi parte así es. A esta
edad, el tema del afecto, del sentimiento, de la ternura, del cariño… tiene más
importancia que el resto, ya me entiende. En cuanto a ella no lo puedo garantizar.
Ese es uno de los elementos del problema.
—Sí, claro. ¿Qué edad tiene o cuántos años le
lleva usted?
—Ella tiene once años menos que yo, va por
los cincuenta y siete.
—¿Y también es viuda?
—No, separada.
—¿Cómo se llama?
—Isabel.
—¿Isabel?
De repente invadió la memoria de Leopoldo una
imagen de mujer abierta al juego erótico, provocativa, insinuadora de encantos,
incitadora de jovencitos inexpertos, una mujer llamada Isabel que podría tener
esa misma edad, una mujer que Ricard guardaba en la profundidad de su
experiencia amatoria, a la que debía su iniciación erótica, aquel despertar
temprano del que tan orgulloso estaba. Una mujer impredecible que le había
dejado plantado en plena efervescencia pasional. ¿Serían la misma Isabel la de
Ricard y la de don Gumersindo? ¿Qué significaba aquel críptico “Yo le podría
añadir algunas más” referido a su amigo? Se había nublado la mirada del hombre
al decir eso. Por edad, por lugar de residencia, incluso por círculo de
relaciones podrían coincidir ambas Isabel. ¿Lo sabrían los dos, los tres
incluso, o solo uno de ellos? ¿Le habría contado Ricard su aventura y
desventura juvenil tras identificar a la persona, conociendo ya la situación
sentimental del profesor jubilado?
Adivinó que allí había gato encerrado. Don
Gumersindo descansaba y reflexionaba sobre su situación pero no era aquel un
lugar que encajara con un tipo tan movido como Ricard. ¿A qué se dedicaba? Sí,
escribía, preparaba reportajes, hacía fotos… pero no dejaba al profesor ni a
sol ni a sombra. Aquel contacto casi permanente, comer y cenar juntos, y las
constantes rondas por el hotel y sus alrededores debían significar algo que
Ricard no le había revelado. Al mismo tiempo la abundante compra en el
supermercado que presenció el día anterior, impropia de un sujeto que vivía
solo y que además desayunaba, comía y cenaba en el hotel, añadía extrañeza al
caso.
17.
Ricard
no aparecía. Se había despedido con la intención de volver pero dieron las
cuatro de la tarde sin que hubiera regresado. Para entonces ya habían terminado
su almuerzo Leopoldo y don Gumersindo, que esperaron hasta las tres en punto
para empezar.
—Se le habrán cruzado las cosas. Este hombre
es imprevisible —dijo el profesor haciendo ademán de levantarse.
—Tampoco aseguró que vendría —le disculpó
Leopoldo—. ¿Sabe usted qué hace aquí? —se aventuró a preguntar.
—Pues no del todo; que yo sepa, está
escribiendo una serie de artículos sobre los comportamientos de la gente en
vacaciones, trabaja al mismo tiempo en un par de libros, uno de ellos erótico
que va a titular Mujeres al ataque
según me ha dicho, y creo que además espera la llegada de alguien muy
importante.
—¿Sí? ¿De alguna personalidad que veranea por
aquí?
—No. Debe de ser solo muy importante para él.
—¿Sabe de quién se trata? —preguntó intrigado
Leopoldo.
—De una mujer. Puede ser alguna de las de
libro. Es raro que esté sin compañía. Siempre le he visto rodeado de dos o tres
jovencitas. Da lo mismo que esté en Madrid o en cualquier otro lugar. Una puede
ser la colega de turno, la segunda una ilustradora que colabora en un proyecto
común y la tercera una amiga de alguna de las dos.
—¿Y puede con todas?
—No lo sé. Es posible que las tenga de
adorno. Yo creo que le gusta el perfume de los harenes. Y si funciona con todas
ellas, tal vez se turnen. Las jóvenes de hoy, ya se sabe.
—¿Tanto gancho tiene?
—Mire, antes le he dado a entender que Ricard
era un fanfarrón contando sus conquistas pero la realidad es que le va la
marcha, como ahora se dice. Es lo único que puedo asegurar. Del resto no me
ocupo y hace ya tiempo que dejó de contarme historias.
—¿No le interesaban?
—Hombre, más bien no. Tenga en cuenta que
llevo viudo diez años y que hasta hace unos meses cualquiera otra mujer fuera
de la que perdí no me atraía en absoluto.
—Y ahora ha notado un cambio, supongo.
—Con lo que antes le he contado podrá suponer
que estoy en ascuas. Es como si hubiera renacido. Tiemblo y me agito, subo y
bajo, me apuro y me entusiasmo como un adolescente. Si quiere que le sea
sincero, hasta me arrepiento de haber perdido estos años.
—Es curioso. Y lo que dice me parece muy
interesante. Tiene usted sesenta y ocho años si no me equivoco.
—Sí, exactamente.
—Claro, yo lo comparo con tíos míos que
tienen su edad y lo veo a usted joven, vital, con la mirada brillante. Mis tíos
están cansados, como apagándose o ya apagados.
—Será porque estoy enamorado.
—Seguro.
—El amor es algo grande, mi joven amigo —dijo
en tono paternal don Gumersindo tras una breve pausa—. Puedo jurarle que yo
creía haberlo ejercido y disfrutado durante más de veinte años con la que fue
mi mujer. Nos llevábamos bien, fuimos muy tradicionales y no tuvimos conflictos
importantes. La única espina que tuve siempre clavada fue la incapacidad de
Luisa para la música clásica. Jamás conseguí que me acompañara a un Concierto.
—¿Es usted melómano? —interrumpió Leopoldo
con gesto de sorpresa.
—Sí, un melómano empedernido como suele
decirse.
—¡Qué bien! Hablaremos de música luego. Pero
discúlpeme. Me estaba usted contando lo feliz que fue con su mujer.
—Sí, tengo que decir que fui feliz, que
fuimos felices, felices en la monotonía si se quiere, con un fuego inicial que
duró lo acostumbrado, seis o siete años. La pasión abrasadora e interminable es
solo un recurso literario. Nosotros fuimos realistas y nos instalamos en una
rutina luminosa, sin un sobresalto ni medio a lo largo de los días pero con un
intenso cariño que vivíamos más por dentro que por fuera. Quiero decir que no
éramos como esas parejas que van dando espectáculo de besitos y manecitas adolescentes
con cuarenta o cincuenta años. El amor profundo es siempre discreto. Pero de
todos modos, aunque nos queríamos mucho ahora me parece insuficiente. Ojalá me
hubiera quedado con ella en casa o dando un paseo en vez de irme solo a los Conciertos.
Ya se sabe que las personas y las cosas solo se valoran cuando existe el riesgo
de perderlas. Los últimos meses, al saber que el cáncer de Luisa era incurable
me invadió una oleada de nostalgia y de ternura total, sin tamaño, que ha
durado hasta antes de ayer como quien dice. Bueno, creo que se mantiene, pero
desde que Isabel ha entrado en mi vida estoy que me pierdo. En todos los
órdenes, entiéndame.
—Le entiendo, don Gumersindo —dijo Leopoldo
conmovido por el tono de aquella confidencia.
Estaban de nuevo en el salón. La tarde se
presentaba turbia impidiendo el habitual paseo del profesor. Ricard seguía sin
dar señales de vida. Leopoldo cayó en la cuenta de que tampoco había vuelto a
ver a las nórdicas que le trajeron de cabeza el día anterior. No habían comido
en el hotel. Y al menos una de ellas residía allí. ¿No habría montado Ricard
alguna orgía sin avisarle? ¡Era muy capaz, el cabrón!
Se sorprendió de aquel arrebato mental y miró
a don Gumersindo que parecía distante. Los dos se habían ausentado durante unos
segundos. Estaría el pobre hombre debatiéndose entre las nostalgias del pasado
y los reclamos del presente. Un presente agitado y problemático como le había
explicado: los recuerdos, los sentimientos, los recelos, las hijas y el
entorno.
—Se me han roto todos los esquemas —comenzó
de improviso el profesor—. Yo siempre pensé que el amor en la vida debía ser
único y definitivo. Que cuando te comprometías no había vuelta de hoja hasta
que la muerte te separara, como habías jurado en la boda. Pero la muerte no te
separa sino que te une más... en fin, se puede usted imaginar. El caso es que
cuando mi hija mayor se divorció tuve que variar la fórmula del matrimonio para
justificar la situación y disminuir su trauma. Entonces hice un cambio y la
frase quedó en “Hasta que la vida nos separe”. A ella y a su marido les separó
la vida, no la muerte. Ya no estaba Luisa, menos mal. No lo hubiera resistido.
Pero volviendo a mi caso: la muerte no me apartó de mi mujer sino que me unió
más a ella.
Hizo una nueva pausa. Leopoldo recorrió con
la mirada todos los extremos del salón como si su mente estuviera programada
para la búsqueda. El profesor dio un sorbo a su descafeinado y prosiguió:
—Antes le he dicho que he sido infiel. Usted
se habrá sorprendido porque no tengo obligaciones con nadie, soy libre. Pues
bien, se lo voy a explicar. Isabel me ha podido, o mi propio cuerpo me ha
podido. Hicimos el amor en su casa hace un mes. Solo una vez. “A nuestra edad
no podemos andarnos ya con pendejadas” me dijo repitiendo las palabras de la
protagonista de un libro, El amor en los tiempos del cólera, no sé si lo
ha leído.
—No —confesó Leopoldo—, sé que es una novela
muy famosa de Gabriel García Márquez pero solo la conozco por el título. No he
leído una sola novela en los últimos doce años.
—Bueno, pues como le digo hicimos el amor y
salí huyendo. Me consideré un traidor, un sucio, un desgraciado, casi un
degenerado. Pasé dos días horribles. Llamé a Isabel y le dije que tenía
problemas con mis hijas, que me iba, que estaría fuera todo el verano y que
luego hablaríamos. Necesitaba tiempo para reflexionar.
—Lo comprendo, pero ¿está seguro de que
Isabel le va a esperar?
—Que haga lo que le parezca. Que busque otros
hombres si quiere. No le faltan, por cierto. Eso también me ha estado quemando
durante algún tiempo. Ahora no. En fin, es una mujer ardiente. Y deliciosa. Ya
le digo que no pude resistirla. Era ella la que lo hacía todo, la que llevaba
la batuta, entiéndame.
Era ella la que lo hacía todo, la que llevaba
la batuta. Como la Isabel de Ricard. Menuda intriga. Él, un notario recién
escudillado a punto de ‘constituirse’, tenía que averiguarlo y dar fe de
aquella coincidencia. Solo hubiera faltado que en lugar de llevarlo a su casa
le hubiera seducido en la de un amigo.
—Oiga, don Gumersindo, tengo curiosidad por
saber algo más de esa mujer. Lo primero que me sorprende es que diga usted “Que
busque otros hombres si quiere”. ¿No tiene celos? Si le ha impactado tanto, si
le tiene tan encandilado ¿cómo no la asegura para usted? Una mujer tan ardiente
que está un par de meses suelta…
—Lleva suelta toda la vida. Incluso cuando
estaba casada. Tiene otra mentalidad. Me lo ha contado todo.
—¿Y usted lo admite? Me ha dicho que es un
hombre de criterios muy estrictos.
—Amigo, los criterios son cosas de la mente,
pequeños enganches que nos fabricamos para remediar nuestra inseguridad. En
cuanto las circunstancias varían o cuando la vida te plantea una nueva
situación, los criterios saltan hechos añicos. En todo: en la política, en las
ideologías, en la sociología, en la economía, en la moral… en todo. Mire, siga
los pasos de cualquier capitoste sindical o el más furibundo de los líderes
obreros cuando le toque una quiniela millonaria o el gordo de la lotería y verá
qué queda de su ideología y de sus compromisos sociales al cabo de medio año. Entre
la mente y el bolsillo hay un cordón umbilical imperceptible pero siempre operativo.
Yo le aseguro que dejan suelta a Isabel en un monasterio masculino y acaban
enrollados con ella todos los frailes. Ya ocurría en la Edad Media, por cierto.
El ser humano es la quintaesencia de la fragilidad.
—Así ha debido de ser. Estoy de acuerdo. Si
quiere que le sea sincero yo mismo me estoy replanteando muchas cosas.
—También usted ha cambiado de criterio ¿no?
—Sí, desde que llegué aquí no me reconozco.
—Le ha influido Ricard, ya veo. Es un lince,
un crápula, un sátiro, un ladino. Se lleva al huerto a cualquiera. No se
ofenda, por favor.
—No, no me ofendo porque la cosa empezó antes
de encontrarle. Yo también voy a ser sincero con usted y a contarle mi problema.
Salvadas todas las distancias es un caso parecido al suyo. He venido aquí a
reflexionar sobre mi situación sentimental.
—¡Vaya coincidencia!
—Se lo voy a contar porque ha confiado en mí
y porque tal vez me pueda orientar. Tiene usted una experiencia que yo no
tengo; antes se ha referido a ello al hablar del pasado sentimental.
—Dígame lo que quiera y le orientaré con lo
que esté en mi mano.
Leopoldo se enderezó, movió el cuello varias
veces con inquietud como si temiera que alguien pudiera escucharle y comenzó:
—En realidad mi problema es muy simple. Tengo
novia desde hace siete años. Acabo de asegurar mi futuro con las oposiciones y
todo el mundo ha comenzado a achucharme para que me case. Bueno, todos menos
tía Leonor. La semana que viene quieren que sea la ceremonia de la pedida de
mano.
—¿Quiénes quieren?
—Todos: mis padres, los de Clara, las dos
familias en conjunto con la excepción que le digo en secreto, por supuesto.
—¿Por qué en secreto?
—Pues mire, tía Leonor es alguien especial,
podría decirse que la oveja negra de la familia. O lo era. Se ha quedado
soltera, ha vivido su vida a espaldas de todos y por lo general no está de
acuerdo con ellos aunque ahora no lo manifiesta para no complicar las cosas. A
mí me cogió el otro día aparte y solo me dijo tres palabras: “No seas tonto”.
Nada más. Parecerá mentira, pero fue un golpetazo y me está haciendo pensar.
Con la disculpa de cambiar un poco de aires me he venido estos tres días a
reflexionar sobre mi situación.
—¿Y qué dice su novia?
—Clara no dice nada. Nunca ha dicho nada.
—¿Están ustedes enamorados? ¿Se quieren de
verdad?
—Hombre, llevamos saliendo juntos siete años,
las familias se tratan desde siempre, es una buena chica.
—No está enamorado ¿verdad?
—Pues no sé.
—Le voy a hacer una pregunta. Respóndame si
quiere pero es clave. Y si lo hace que sea con absoluta independencia de leyes,
costumbres o preceptos, ya me entiende.
—Sí, pregúnteme lo que quiera; sea lo que sea
le voy a responder con la verdad —ofreció Leopoldo con cierto temor.
—La pregunta es muy simple: ¿se acostaría
usted con una mujer recién conocida que le apeteciera de veras y que le
ofreciera garantías de todo tipo?
El notario no respondió. La pregunta era
fuerte. Había prometido decir la verdad. ¿Se acostaría con la rubia del
acantilado si ella llamara a su habitación, entrara ligera de ropa, se sentara
en el sillón con desenfado, le sonriera y le hiciera señas de acercarse?
—Sí.
—Entonces está claro. Su novia no es el eje
de su vida sentimental. Es el resultado de una coyuntura familiar o social.
Independientemente de que usted lo haga con conciencia de culpa o se arrepienta
luego, el amor hacia su novia no es total. Cuando uno está enamorado de una
persona no queda ni un solo resquicio para otra. Ni juzgo ni condeno pero las
relaciones dobles o triples, que son ahora tan frecuentes, significan que no
hay verdadero amor en ninguna de las dos o las tres direcciones. No quiero
decir nada si hay más de tres: se trata entonces de un auténtico puterío.
Don Gumersindo se quedó callado mirando a
Leopoldo. Sí, un auténtico puterío el suyo porque él no desperdiciaría ahora
ninguna ocasión. Se tratase de las nórdicas, de Sofía, de las amigas francesas
de Ricard o de cualquier otra hembra apetecible a su alcance. Siempre que no se
le exigiera un esfuerzo de conquista para el que aún no se sentía preparado.
—Sinceramente —confesó Leopoldo tras la
pausa— he de reconocer que no estoy enamorado de Clara.
—¿La conoce usted de forma íntima? —preguntó
el profesor.
—¿Qué quiere decir? —respondió en tono
evasivo Leopoldo.
—No me responda si no quiere pero trato de
profundizar en su dilema. Le estoy preguntando si han mantenido ustedes
relaciones íntimas, si se han acostado juntos, si han hecho el amor, si han
follado, dicho en términos vulgares.
—No, nunca —respondió el notario con cierto
apuro.
—Mire, yo no era partidario de las relaciones
prematrimoniales. De hecho a mis hijas no se las consentí aunque me temo que
hicieron de su capa un sayo porque una de mis nietas nació sietemesina pero con
casi cuatro kilos de peso, me entiende ¿no? Con el tiempo he cambiado de
criterio y ahora me parece que nadie debería comprometerse en una relación
estable sin haberlo compartido todo con su pareja durante cierto tiempo.
—Para mi familia, y para la de Clara aún más,
eso sería inviable.
—Pues plantéenlo con decisión. No sirve
hacerlo a escondidas. Los novios que se acostaban antes a espaldas de sus
padres solo conseguían incomodidades, ansiedad y angustia. Para conocerse bien hay
que tratarse con normalidad en un ambiente relajado; lo demás no sirve.
—Ya le digo que nuestras familias no lo
aceptarán nunca. Vivimos de una forma muy tradicional en un ambiente donde la
libertad de conducta es juzgada con dureza; en nuestro caso eso es imposible.
—Qué lástima. No lo entiendo en estos tiempos.
Nos estamos acercando al siglo XXI. Me ha extrañado verle aquí solo cuando he
sabido que tenía novia. Si se plantean una vida en común y han de tratar de un
tema que afecta a toda su vida, nada mejor que hablarlo en campo neutro y
privado sin testigos ni influencias. ¿Qué van a hacer? ¿Programar su futuro
delante de sus mamás y con la aprobación de la abuelita?
—Tiene usted razón —comentó Leopoldo tras
unos segundos de silencio—. En realidad me estoy rebelando contra esa situación
hace tiempo, pero el estar metido en el lío de las oposiciones ha hecho que le
diera largas. Creo que nada más entrar en la habitación del hotel la otra noche
saltó la chispa.
—Normal. Por primera vez en muchos años se
encontró usted libre, al menos estratégicamente libre. El cambiar de lugar o de
ambiente libera el espíritu. Las cosas se perciben de otro modo.
—Así sucedió. Sentí de golpe una gran
rebeldía. Era como si de repente me hubieran soltado de una cárcel. Se me
ocurrió dormir desnudo y lo hice.
—Vaya cosa.
—Era la primera vez en mi vida, imagínese. No
lo había pensado, pero me lo planteé y lo hice. Luego, nada más despertarme vi
desde la ventana a una tía bandera que iba a tomar el sol al acantilado y la
seguí. No lo pensé dos veces y la seguí. Si alguien llega a pronosticarme tres
días antes que iba a hacer eso me hubiera parecido un majadero.
—Mire, me confirmo en lo dicho: si estuviera
usted muy enamorado ni se le hubiera ocurrido seguirla. El que arde por una
persona en lo sentimental no contempla ninguna otra posibilidad por muy fácil
que sea.
—Sí, tiene razón. Ya le he dicho que estaba
confuso y ahora estoy alterado, muy alterado.
—Pues ya somos dos. Aclare usted pronto las
cosas porque es aún joven y está en juego su vida entera.
—Lo tengo que hacer. Y le agradezco sus
opiniones que me van a ayudar mucho.
—Me alegro de verdad. Uno suele ver más clara
la situación de los demás que la suya propia. Sobre todo si se ha pasado por
ella. Yo lo tengo más difícil. En mi caso, si me permite volver a él, no es
fácil encontrar el consejo de otra persona porque poca gente ha vivido algo
semejante.
—Bueno, hay muchos viudos que se casan por
segunda vez —indicó Leopoldo queriendo ayudar al profesor.
—Sí, pero no en mis circunstancias. Casi
siempre el tiempo ayuda a olvidar. El tiempo es como el viento: apaga los fuegos
pequeños pero aviva los grandes. Yo tenía un fuego grande con Luisa, se lo
puedo asegurar. El tiempo lo fue aumentando. Puedo decir que mi soledad era una
soledad sonora como dice san Juan de la Cruz en uno de sus poemas. Pero ha
llegado esa mujer y me ha trastornado por completo. Ahora sí que me siento solo
de verdad. Además toda mi arquitectura moral, por decirlo con palabras graves,
se ha desplomado. Por un lado la memoria de Luisa me ata con fuerza al pasado,
pero por otro me tira una barbaridad Isabel y siento que empiezo a respirar de
distinto modo, con más ligereza, con más libertad. Aunque paradójicamente me
siento cada vez más atado, menos libre. Es como si hubiera estado durante años
encerrado en una cueva imaginaria y tras salir de ella por casualidad me
hubiera dejado atrapar a la luz del día. No sé si me explico bien.
—Sí, creo que le entiendo —confirmó Leopoldo.
—Ahora me parece todo nuevo y la novedad es
siempre apasionante, pero a mi edad también asusta. Cuando se es joven son
naturales los descubrimientos. La curiosidad puede al recelo y compensa el riesgo.
Pero cuando se es mayor se rechaza el cambio por miedo, por comodidad y hasta
por dignidad: no soporta uno haber tardado tanto en descubrir ciertas cosas.
—¿Y todo viene de su encuentro con Isabel?
—Creo que sí. Llevábamos dos meses viéndonos
antes de que ocurriera lo de su casa. Habíamos hablado mucho y cada vez me
colaba más por ella. No tenía tapujos, no andaba esquivando los temas ni
ocultando su visión de las cosas. Me contó de pe a pa su vida sentimental;
bueno, un resumen, porque era interminable. Ya le he dicho que había estado
casada pero solo una vez, hace muchos años. Fue una cosa bastante rara, una
especie de prueba que fracasó. El resto era un tropel de amistades, aventuras,
experiencias, idilios, romances, enredos y relaciones esporádicas; en
definitiva ligues o rollos, como los llama ella.
—Algo contrario a la vida que ha llevado
usted.
—Sí, así es. Pero me ocurre como al que
siempre ha pensado que Londres es una ciudad horrorosa y cuando llega por
primera vez la encuentra hermosísima. Yo nací poco antes de la proclamación de
la Segunda República, he vivido las circunstancias de mi época defendiendo
criterios aprendidos y agarrotado por ellos como mucha gente de mi edad. Pero
me considero con suerte: aunque sea tarde he abierto las ventanas de mi casa y
he visto que el campo es bellísimo y multicolor, no como me lo habían pintado.
—¿Y qué va a hacer ahora?
—No lo sé. Me estoy dando tiempo. Espero que
el verano sea un buen consejero. De momento me he propuesto no ver a Isabel ni
saber nada de ella hasta septiembre.
—¿Está seguro de que le va a esperar?
—Sigo diciendo que en cierto modo no me
importa. Si la cosa es blanda se deshará. Recuerde que el tiempo es como el viento:
apaga los fuegos pequeños pero aviva los grandes.
—¿Y cómo está siendo su fuego?
—¡Uf!
El hombre se estremeció. Agitó su cabellera
entrecana como para espantar los pensamientos y observó a Leopoldo. Tenía las
mejillas caídas y la mirada brillante. El notario se la sostuvo. Aquellos ojos
querían decir algo que estaba por encima de las posibilidades habituales del
lenguaje. Se fueron humedeciendo hasta que el humor acuoso desbordó las pupilas
y por las secas mejillas de hombre rodaron dos lágrimas.
18.
Leopoldo quiso dar un giro a la conversación.
No deseaba profundizar más, de momento. Ricard seguía sin aparecer; la tarde se
había vuelto turbia. Hablar de música podía ser un bálsamo para don Gumersindo
y una escapatoria para él. Decidió probar fortuna.
—Me ha dicho usted que es melómano —comenzó
Leopoldo.
—Así es —respondió con cierto esfuerzo el
profesor.
—¿Y cuál es su músico preferido?
—Pues mire, puede parecerle raro pero no voy
a responder que Beethoven. En realidad no tengo ninguna preferencia. Cada
músico es distinto.
—Me parece muy bien. Dice mi padre que
Beethoven es la cumbre. Pero hay otras cumbres también.
—Claro. Yo siento especial predilección por
Schubert y por Max Bruch. Beethoven es el genio heroico de una época pero
Schubert es el genio eufórico de todos los tiempos. Nadie ha hecho música tan
alegre como él. Ni los desenfadados rococós de unos lustros antes ni el festivo
Boccherini ni siquiera un clásico tan satisfecho como Mendelssohn.
El hombre se había animado. Era cierto que la
música amansaba no solo a las fieras de carne y hueso sino también a las no
menos temibles de la imaginación y la nostalgia. Leopoldo miró satisfecho a su
interlocutor y le siguió la corriente.
—Pues para mi padre, Schubert es un
provocador inmaduro que ni siquiera concluía sus proyectos. Siempre dice que su Novena Sinfonía, ‘La Grande’, debería
haber tenido seis movimientos para compensar la decepción de la Octava.
—¿Decepción? De ningún modo. La Octava está completa, aunque se la
conozca como lo contrario. Por cierto, supongo que habrá captado su claro
contenido erótico.
—¿Erótico? —dijo Leopoldo con gesto de
sorpresa.
—Efectivamente —confirmó el profesor—.
Escúchela bien. El primer movimiento es una descripción de los preludios
amorosos, mientras que el segundo desarrolla el encuentro, el abrazo, una
cópula en toda regla con dos orgasmos apoteósicos.
Leopoldo pensó en su padre. ¿Habría alcanzado
también aquel significado? ¿Su gusto por la dichosa Sinfonía, a pesar de la
presunta decepción, obedecería a eso? ¿Por ello deseaba que hubiera continuado?
—Me parece una idea muy interesante —dijo—.
Voy a escucharla en cuanto vuelva a casa. No tengo aquí el registro. Supongo
que sabré identificar esos momentos.
—Los descubrirá enseguida, ya verá. ¿Qué
música se ha traído?
—Poca cosa. Un par de Conciertos de Paganini,
unos valses de Strauss, el Concierto para
fagot, de Franz Danzi, el Concierto
para oboe, de Cimarosa, y la Fantasía
para un Gentilhombre, de Joaquín Rodrigo.
—Buena selección. Veo que le gustan los solistas
y que le tira Paganini ¿no?
—Sí, los Conciertos para violín me encantan.
—Entonces conocerá los de Max Bruch.
—No, me suena el músico pero no he oído nada
suyo.
—¡Pues ya está corriendo usted a por esos
discos! El Concierto nº 2, por
cierto, no es fácil de encontrar. Mire, Max Bruch es enorme. Muy académico pero
con una tremenda inspiración. Antes se lo cité entre mis preferidos. Es el
genio lírico del posromanticismo. Forma una tripleta de oro con Mahler y
Chaikovski.
—¿Y Wagner? ¿Deja fuera a Wagner? —preguntó
Leopoldo con cierto desencanto.
—Wagner es otra historia, un genio devenido
en dramaturgo musical. Fue un mitólogo que sabía componer divinamente. Por cierto,
tengo un secreto relativo a Wagner que tal vez le cuente en otra ocasión. Sin
duda alguna es un genio, ya lo he dicho. Algo parecido a Bach, un hombre pío
que dominaba el pentagrama en todas sus dimensiones pero cuyo horizonte vital
era la religión y su liturgia, no la música. Es cierto que compuso grandes
obras profanas pero como el cocinero de un gran restaurante que se distrae
preparando algunos platos exquisitos en su casa. Lo que cuenta es la vibración
íntima. Ahí se decantan los genios. La mayoría de los músicos son simples
artesanos, excelentes, buenos o mediocres. Como en la pintura o en la
literatura. Bach es un artesano espléndido, el mejor de su época, en la esfera
de la genialidad. Porque genios hay pocos: solo aquellos que son inconfundibles,
quienes han dado pasos definitivos por los territorios de la melodía, la
atmósfera tímbrica, los ritmos o las tonalidades, por ejemplo Paganini, ya que
tanta afición le tiene usted. O Schubert, Beethoven, Prokofiev, Shostakovich y
Stravinski, muy pocos más. La música de un genio es inconfundible.
—¿Y Mozart? ¿Qué me dice de Mozart?
—No está mal. Sobre todo su música vocal. Ha
tenido un buen marketing. Como Vivaldi o el propio Bach. Pero su música
instrumental se solapa con la de Haydn y otros coetáneos a los que ha eclipsado
y que en absoluto le van a la zaga, como por ejemplo John Field, un poco
posterior pero de ninguna forma inferior. ¿Conoce a John Field?
—No, solo de nombre, como a Max Bruch.
—Pues está a la altura de los mejores sobre
todo con el piano. Fue el primero en componer ‘Nocturnos’. Son una maravilla.
Hasta puede que Chopin se inspirara en él.
—¿Chopin? ¿Qué me dice de Chopin? ¡No lo ha
citado entre los genios! ¡Y yo creo que lo es! —exclamó Leopoldo con cierto
aire de triunfo.
—Bueno —respondió el profesor con meditada
calma— el caso de Chopin es punto y aparte. Lo escucho siempre pero nunca hablo
de él porque vamos a ver ¿qué puede decirse de Chopin? Nada. Está por encima de
cualquier consideración, de cualquier palabra. Llamarle genio sería dejarlo
corto, muy corto. A veces dudo de que fuera una criatura humana.
Hubo una pausa densa. Leopoldo se había
quedado pensando en las últimas afirmaciones de don Gumersindo. Parecía entusiasmado
hablando de música pero se había detenido como si la figura sobrehumana de
Chopin impusiera el silencio al que acababa de aludir.
El tiempo desapacible de la tarde discurría
despacio. El profesor se levantó a echar una ojeada a través del ventanal y
regresó a su sitio con un rictus de contrariedad en el rostro. Leopoldo le
preguntó con la mirada.
—Nada que hacer. Ya no levantará. Y mañana
podemos seguir igual. Vaya mala suerte que ha tenido usted.
—Bueno, resignación —respondió Leopoldo con
un movimiento de las pupilas que intentaba disimular su contrariedad.
—De todos modos en tres días no iban a
ocurrir grandes cosas. Ni siquiera guiado por nuestro común y experimentado
amigo —añadió don Gumersindo mirando al joven notario.
—Desde luego. Pero al menos podía haber
cogido algo de color —respondió desviando la mirada.
¿Desde cuándo le importaba a él lo del color?
Por cierto, sufría un pequeño ardor en los hombros a pesar de la crema aplicada
después de su expedición al acantilado la mañana anterior. “Te lo advertí; no
se te puede dejar solo”. Mamá y tía Mercedes le reprenderían por no haberse
protegido antes de ir a la playa.
La figura estilizada de Ricard apareció en el
umbral del salón. Venía con un gran cartapacio bajo el brazo. Se acercó al
lugar que ocupaban sus amigos, dejó el bagaje sobre la mesita, se sentó en el
sofá y lanzó una prolongada exhalación antes de empezar a hablar.
—Buenas tardes, señores. Siento no haber
venido a comer pero tengo novedades. ¡Novedades importantes!
Le chispeaba la mirada. A pesar del frío
exterior había llegado acalorado y sin resuello. Don Gumersindo miró a
Leopoldo. Le daban tiempo. Que se calmara. Luego continuaría hablando. Ricard
observó a sus dos amigos antes de hacerlo.
—Soy un hombre feliz. Llegan Chantal y sus
amigas. Estarán aquí mañana mismo —hizo una pausa—. ¡Menudos días nos esperan!
—dijo luego dirigiéndose a Leopoldo. Y mirando al profesor jubilado añadió en
tono festivo—: También a usted, don Gumersindo, si su religión se lo permite.
Una carcajada acompañó sus últimas palabras.
Los aludidos intercambiaron una mirada de sorpresa sin atreverse a preguntar
nada. Leopoldo sintió una avalancha de sentimientos contradictorios. ¡Chantal!
¡Y sus amigas! ¿Quiénes? ¿Tal vez Brigitte y…? No, no serían ellas. Lo hubiera
dicho Ricard. Eran otras. Qué más daba el nombre. Mujeres dispuestas a… Las
palabras de su amigo eran una invitación en toda regla. ¿O se trataba de una
simple broma? Mañana. Y él se iba pasado.
No, cambiaría de planes. Se iría mañana mismo. Nada de riesgos. Nada de
ridículo. Además, si empezaba… ¿Cómo lo explicaría en casa? ¿Y a Clara? No, que
no. Aunque ¿por qué arrugarse? Hasta el sábado por la mañana no tenía que
regresar. Incluso podía hacerlo por la noche. Avisando. La fiesta familiar del
domingo la podían preparar sin él o podía retrasarse. No, era mejor que no. Le
quedaría mal sabor de boca, sensación de culpa, se arrepentiría. O se
arrepentiría de lo contrario. “No seas tonto” retumbó en su memoria la voz
torcida de tía Leonor.
—Ya está usted con sus bromas —respondió don
Gumersindo a la alusión de Ricard.
—No es ninguna broma. Van a ser cuatro y
necesito ayuda.
—¿Desde cuándo necesita usted ayuda para esas
lides?
—Pues mire, se va haciendo uno mayor
—respondió Ricard con sorna—. Además me he vuelto generoso.
—Antes no lo era.
—¿Cómo que no? Está perdiendo la memoria,
amigo.
—Tal vez.
—¿Ha olvidado que hace un año intenté que me
acompañara cuando llegaron a Madrid aquellas dos colegas argentinas? No había
ningún problema ni siquiera el del lenguaje.
—¡Menudo embrollo! ¿Cómo se le ocurre que me
pueda poner en ridículo con unas jovenzuelas que podrían ser mis nietas? Eso
sin entrar en consideraciones de tipo moral, claro.
—Bueno, bueno. El año pasado no era este. A
lo mejor ahora acepta. ¡Que son cuatro, don Gumersindo!
—Pues a dos por barba —dijo el profesor
señalando a Leopoldo.
—Yo… —intentó disculparse el notario.
—¿No conoce usted la historia de Abisag y el
rey David? —interrumpió Ricard.
—Claro que la conozco.
—Pues aplíquesela. Nunca mejor que ahora.
—Déjese de chanzas amigo mío, que no está el
horno para bollos. ¿Se sorprendería si le dijese que estoy enamorado y no puedo
pensar en nadie más? —preguntó el profesor.
—¡No me diga! ¡Eso hay que celebrarlo!
¡Cuente, cuente!
—Nada que contar —dijo mirando a Leopoldo—.
En todo caso su invitación llega tarde, sea cierta o no.
—¿Cómo que si es cierta? ¡Lo va usted a ver!
¡Y nuestro joven notario lo va a poder disfrutar! No te me arrugarás ahora
¿verdad? —dijo dirigiéndose a él.
—Tengo que volver mañana a casa o como mucho
pasado mañana. No voy a tener…
—¡Cojones! —interrumpió Ricard con una
risotada.
—Es usted incorregible —intervino don
Gumersindo intentando resolver aquella situación embarazosa—. El joven tiene su
novia, sus compromisos familiares, sus principios...
—Perdona chaval. Era una broma —intentó
arreglarlo Ricard.
—Nada, no te preocupes —dijo Leopoldo
tratando de recuperarse.
—Vamos a ver —prosiguió Ricard cambiando de
tema—. He traído aquí una parte de mi trabajo para recibir opiniones. ¿Quiere
usted —dijo dirigiéndose al profesor y alargándole una carpeta— echar un
vistazo a estos artículos? Son parte de mi investigación periodística sobre la
zona que usted conoce muy bien. Cuando los haya leído agradeceré sus
comentarios. En cuanto a nuestro joven notario me gustaría haberle dejado unos
cuantos testimonios confidenciales de una mujer muy especial de la que ya le he
hablado. ¿Lo recuerdas? —terminó dirigiéndose a Leopoldo.
—Supongo que se trata de Paula ¿no?
—¡Efectivamente! Ya ve usted, don Gumersindo,
qué memorión. Por algo es lo que es. Pero lamento no poder desprenderme ahora
de estas confidencias porque me he puesto a trabajar como un loco con ellas.
Extrajo una nueva carpeta del cartapacio, la
hojeó, sacó un fajo de papeles y se los mostró a Leopoldo.
—Esto es oro molido ¿sabes? —advirtió—. Paula
es una mujer de muchas agallas y no tiene pelos en la lengua. Mi amigo me ha
dejado un montón de episodios escritos aunque algunos no están terminados.
Tengo también cartas suyas, de él a ella. Lo estoy ensamblando todo. Las
relaciones de Paula con Patricio son alucinantes, algo fuera de lo común,
siempre un paso más allá de la máxima osadía. Así terminaron.
—Y ¿por qué no lo han escrito ellos? Podía
ser muy interesante una altero-biografía amorosa —señaló don Gumersindo.
—Pues mire: en primer lugar puede que no todo
lo que Paula cuenta le haya sucedido a ella personalmente. A veces me da la
impresión de que ha ido recopilando experiencias de otras amigas suyas. En
segundo término, y según me ha comentado Patricio, no le gustaba escribir,
aunque lo hacía bastante bien, sino actuar. No he llegado a conocerla pero
cuenta unas aventuras de órdago. ¡Menuda jabata! Me está recordando mucho a
Isabel.
Don Gumersindo dio un pequeño salto. Leopoldo
miró de soslayo a Ricard para averiguar si la había citado con intención. Le
pareció que no. Estaba mirando los papeles. El profesor trataba mientras tanto
de disimular su turbación.
—Bueno, mañana o pasado tendré terminado el
borrador de la primera parte. Te va a interesar. Siempre que te quedes algún
día más de lo previsto —y le lanzó una mirada maliciosa—. Usted, don
Gumersindo, que es un buen lector, gozará de lo lindo en cuanto se publique el
libro. Prometo regalárselo. Le aseguro que le va a gustar a pesar de sus
opiniones sobre el amor y el sexo. Hasta puede que cambie de manera de pensar.
—Quién sabe —respondió el hombre observando
de soslayo a Leopoldo—. De todos modos, a mi edad, todas esas frivolidades que
se confunden con el amor representan poco. Ya llegará usted a los sesenta y
ocho, ya.
—Nunca es tarde si la dicha es buena, mi
querido amigo.
—Mire, la dicha por ese lado se acaba pronto.
Por otra parte creo que están llegando nuevos tiempos y que el carácter sagrado
de los sentimientos amorosos volverá a imponerse.
—¿De qué habla? —dijo Ricard alterado—. ¿Carácter
sagrado? Por supuesto. Nada alcanza mayor sacralidad que el erotismo puro, el
culto al cuerpo como contenido, no como forma. Mire, estamos asistiendo a los
coletazos de un puritanismo hipócrita reavivado en los últimos decenios por el
miedo al Sida y por el pánico que la desnudez metafísica impone al hombre. A
medida que la ciencia avanza se retira el misterio. Aquí la ciencia es la
práctica y el misterio la tremenda cantidad de teorías, tabúes y memeces que
nos han endilgado a lo largo de los siglos. Pero mire, allá plin con las
idioteces de los mentecatos que aún pululan por religiones, pías congregaciones
y sectas varias.
Los contertulios se quedaron en silencio. En
el exterior, la luz estaba en plena retirada. Pronto sería la hora de cenar. Leopoldo
se levantó a otear el panorama tras los ventanales. Por un momento fantaseó con
el regreso de las nórdicas que habían desaparecido por la mañana. Pero la
oscuridad rampante del atardecer le desanimó.
Un sentimiento de rebelión se apoderó de sus
pensamientos. Había puesto en ellas algunas esperanzas. Aunque tal vez era
porque las veía inasequibles. Y ahora se presentaba una verdadera oportunidad
de la mano de Ricard: Chantal y sus amigas. Todos los prólogos estaban
escritos. Era cuestión de empezar por el primer capítulo y de la mano de un
buen guía. ¿Cómo iba a desperdiciar aquella ocasión? ¿Cómo iba a volver de
vacío? O ahora o nunca. Una vez de regreso en casa, Sofía, capítulo dos. A
pesar del control necio de mamá y de tía Mercedes. A pesar de la competencia
paterna. Prima Conchi, capítulo tres. Le haría una visita de cumplido en
Sevilla. Primero los caminos trillados. Nada de peticiones de mano. Nada de
bodas precipitadas. Nada hasta conseguir un destino honorable en una capital de
provincia. En Burgos, en Palencia, en Ávila, en Segovia, en Zamora. Ahora a
recuperar el tiempo ganado. A ensayar de hombre. A descubrir la sacralidad del
erotismo que con tanta pasión acababa de defender Ricard. A pesar de las
impaciencias de Clara, de los padres de Clara, de la madrina de Clara, dónde
pondría a su ahijadita doña Genoveva “Ay, hijo, qué joya te llevas”. Pues sí,
ya… un diamante sin luz, un rubí sin fuego, una esmeralda sin espesura.
Sonrió porque se sintió capaz de pasar página
y empezar con el capítulo cuatro. Clara, sí, la mismísima Clara. Le propondría
un ensayo general en privado. Eso mismo. Era la forma de chequear la situación
sin más rodeos. Era la manera de despejar la duda. Era el modo de dar nombre al
anónimo.
19.
Un mar de pesadillas agitó la mente de
Leopoldo aquella noche. Alguien semejante a un genio femenino con cabellera de
león macho disfrazado de humo se deslizaba por debajo de la puerta de su
habitación y recobraba la forma humana gateando en torno a su cama. Era una mujer
rubia en todo el esplendor de su desnudez la que ofrecía sus encantos al hombre
insomne. El joven notario no se atrevía a levantarse a pesar de su gran deseo. Quería
y quería caer sobre ella pero no podía. En lo más alto del techo vigilaba la
figura plana de Clara blandiendo un látigo. Era una imagen pintada al fresco
pero móvil, acuciante, amenazadora. Él sabía que en cuanto se descuidara
sufriría el castigo. La mujer desnuda que podía identificar con la más joven de
sus amigas nórdicas de los días pasados seguía deambulando a gatas en torno a
su lecho emitiendo unos susurros incitadores mostrando su sexo abierto deseoso
de ser lamido y asaltado y penetrado por Leopoldo que se había izado y estaba a
punto de alcanzar el techo de la habitación. Allí seguía la domadora que había
dejado el látigo en uno de los ángulos altos y abría las piernas que
permanecían veladas por un tejido gaseoso de dos dimensiones.
Leopoldo se despertó. Estaba muy excitado. Su
aparato no llegaba hasta el techo pero hubiera hecho las delicias de cualquier
hembra hambrienta. Movido por un reflejo salió desnudo a la terraza. La paz de
la noche empezó a poner en orden sus instintos. En el horizonte brillaban los
fanales diminutos de algún pesquero. Miró hacia el firmamento porque también de
allí llegaban los mensajes luminosos de las estrellas. Aún era pronto para
asegurarlo pero el aire limpio pronosticaba un día radiante. Quedaban algunas
horas de espera.
Estaba dispuesto a recuperar el sueño cuando
miró hacia la parte superior del hotel, a los extremos del tercer piso donde
una tenue claridad delataba la llegada de la luna creciente. Le pareció que
había alguien asomado a la última terraza. Creyó distinguir en el contraluz el
gesto de una mano. Se sobresaltó. Podía ser un signo de saludo. Dudaba. Miró
con más atención. De nuevo el gesto. Para confirmarlo podía devolverlo. Lo
hizo. Hubo un tercer signo de respuesta. ¿Qué más? ¿De quién era aquella mano?
¿De un desconocido coincidente en el insomnio? ¿Se trataba de un contacto
casual? ¿Había algo detrás del saludo, alguna intención? ¿Qué, cuál?
Una nueva señal de la mano le provocó
estremecimientos. La figura se había clarificado porque en el intervalo entre
el tercer y el cuarto saludos ella había encendido la luz de su habitación. Sí,
ella, porque era una mujer. Los reflejos destacaban el volumen de su cabellera.
¿De quién se trataba? ¿Le saludaban a él, Leopoldo María de La Bisbal y López
de Mendoza, notario en ciernes, visitador tránsfuga de aquellas latitudes? “Es
un visitador tránsfuga que solo se fija en las puertas de salida” comentaba su
padre de un conocido político dispuesto siempre al chaqueteo.
También él huiría al llegar el sábado de los
peligros que supone un fin de semana costero para un joven educado en las más
pulcras normas de comportamiento exigidas a las clases dirigentes del país. No
podía comprometer su futuro pluscuamperfecto en azares de fortuna ni en las
veleidades amatorias que le había ido desgranando aquel mal amigo llamado
Ricard. Seguramente la saludadora anónima del tercer piso en aquella noche
quieta era alguna pelandusca que había localizado una presa en las
inmediaciones de su guarida. Qué descaro aquel reclamo ciego, qué desvergüenza
la de las mujeres de hoy. Razón tenían los curas del colegio cuando hablaban de
lagartas y otras alimañas femeninas.
Vio ante sí un enorme ojo que congregaba las
miradas severas de mamá, de tía Mercedes, del padre Iturmendi, del padre
Salaverri y de toda la corte de los curas santos que habían intentado velar por
su virtud, pero al mismo tiempo oyó la risa unísona de tía Leonor, de prima
Conchi, del abuelo, de su amigo Carlos, de Isabel, de Berta, de Sofía, de tío
Eugenio y de primo Teodoro, la cabra negra de la familia con quien no le habían
permitido un trato frecuente.
Volvió a mirar a lo alto. Allí seguía el
reclamo ahora quieto. ¿Qué debía hacer? ¿Arriesgaría un nuevo gesto? Había
devuelto solo una de las cuatro propuestas. O signo o nada. La invitación se
desvanecería en el temblor de la madrugada. ¿Podía ser una de las nórdicas?
Imposible; continuarían su orgía con el mozo del picadero. Al menos la morena.
Esos incendios pueden durar tres y cuatro días consecutivos. ¿Y si era la
rubia? No llevaba las señales que detectó Ricard la mañana anterior. La rubia, el
lenguaje de los ojos y de las manos, la boca solo para besar, para morder. Recordó
la receta de primo Teodoro hacía ya unos años: “Con las extranjeras, la boca
solo para besar y morder”.
Era tarde. La mujer se había cansado o había
desistido o había cambiado de parecer. Pasaron cuatro minutos y no aparecía. La
luz se había apagado. La luna no era alternativa. Leopoldo creyó escuchar un
golpeteo de nudillos en la puerta de su habitación. Se quedó lívido. Tembló.
Respiró sin atreverse a responder. ¿Abriría? Decidió aproximarse con sigilo.
Nada. El golpeteo del silencio en su corazón. No hubo nuevos nudillos. Tal vez
no los hubo tampoco antes. Comenzó a relajarse. Ocasión perdida. No, ocasión
ganada. Las sonrisas fofas de los padres Iturmendi y Salaverri le llenaron las
entrañas de linfa. Podría dormir.
El resto de la madrugada transcurrió en medio
de un impreciso combate. Él era el enemigo de sus propias armas que cambiaban
de brillo y de color. Se sucedían las emboscadas y las conquistas a pesar del
sonido metálico de las trompas de caza. De repente era la música el objeto de
la discusión. Los alfanjes y las cerbatanas podían servir de instrumentos
sonoros que no eran violines ni oboes. El desconcierto incluía solo voces
femeninas como si una erupción hormonal aniquilara las esperanzas de paz. En
último lugar aparecían Chantal y sus amigas vestidas con un descocado mono azul
de licra introduciéndose por debajo de la puerta, merodeando a gatas en torno
al lecho notarial, deslizándose luego en silencio por la terraza para emprender
el camino del acantilado.
Cuando el sol desterró los espectros de la
noche Leopoldo despertó. Aún no había amanecido pero los sonrosados dedos de la
aurora le trajeron la imagen de tía Leonor. Sí, ella había estado muñendo aquel
torbellino de imágenes interminable y posiblemente era ella la mujer que lo
incitaba desde la terraza extrema del piso superior. Pero no, eso no lo había
soñado.
Se vistió, salió de la habitación, tomó la
escalera y recorrió el pasillo del tercer piso hasta el final. Habitación 35.
Se mantuvo unos segundos a la expectativa. Nada. La primera luz del alba se
anunciaba por el ventanuco medianero entre la 35 y la 36. Era aún pronto para
preguntar en la Recepción. Y era ya tarde para llamar en la habitación. Regresó
a la suya. Se calzó las zapatillas de deporte y decidió salir a recibir al sol
en el acantilado.
Bajó evitando ruidos. El adormilado portero
de noche entreabrió los párpados y masculló una respuesta a un presunto saludo
del cliente que no se había producido. Leopoldo vio tan dormido al
recepcionista que pensó dejar para luego la pregunta que tenía pendiente. Pero
tuvo que responder a contrapié al opaco saludo del hombre que le pilló de
espaldas.
—Sí, buenos días. Salía a dar una vuelta.
Una especie de murmullo de aprobación
acompañó el cierre del portón esmerilado. El día se anunciaba radiante. Unos
balbuceos de claridad aguijoneaban el amanecer. Leopoldo tomó el rumbo del
acantilado después de volver la vista hacia el último piso del hotel. Nadie. No
había ninguna espectadora desnuda siguiendo su trayectoria desde aquellas
alturas. Aunque quién sabe. Llegaría al emplazamiento, extendería la toalla de
baño, se quitaría la ropa y se tumbaría sobre las rocas esperando el primer
atisbo de sol; esperando también la aparición sigilosa de una de las nórdicas,
la de la habitación 35, incluso de las dos, qué demonios, parapetadas las
puñeteras tras aquellos salientes que a él le sirvieron de primer escudo.
—Buenos días otra vez y perdone. No le quise
molestar antes. ¿Podría decirme quién ocupa la habitación 35?
No había querido esperar más. Allí no
aparecía nadie para contemplar su desnudez. El sol había ganado pronto la
partida y llevaba casi media hora invitando. Pero nada. Quizá se había
precipitado. Tal vez llevaba mucho tiempo de adelanto. Volvió al hotel. El
conserje ya se había espabilado.
—No hay nadie en la habitación 35, está
vacía, la desalojaron ayer; ¿ocurre algo? —respondió el hombre a la pregunta de
Leopoldo.
—No, nada. Era una curiosidad. ¿Dice que la
desalojaron ayer? ¿A qué hora?
—Pues no lo sé. Cuando cogí mi turno a las
doce ya estaba vacante.
—¿Y no ha ingresado nadie esta noche?
—No que yo sepa. No ¿cómo iba a ingresar
nadie sin saberlo yo? —se reafirmó el hombre.
—Bueno, no se preocupe —dijo Leopoldo—. Por
cierto ¿me puede decir el nombre de la persona que la ocupó hasta ayer?
—¿Para qué lo quiere saber? Son datos
confidenciales —respondió el conserje con un ademán de distancia.
—No se preocupe, no es por nada. Me bastaría con
saber si era hombre o mujer y si eran extranjeros.
—Mire, era una pareja de españoles —respondió
el conserje después de consultar el Libro de Registro.
—Muchas gracias. Es suficiente con eso.
Nada. Había sido una alucinación. Aunque
cuatro saludos eran mucha alucinación acumulada. Bueno, una broma tal vez o una
pista falsa o algún enredo de los sospechados el primer día, esos líos de
traficantes y tal. A despreocuparse. En la 35 no había nadie desde el día
anterior.
Su última jornada estaba por comenzar.
Subiría a la habitación, se tumbaría en la cama, pondría de nuevo el Concierto nº 5, de Paganini, y saldría
desnudo a la terraza intentando repetir el conjuro del primer día. La rubia
podría aparecer de nuevo. La seguiría de inmediato, ella se dejaría alcanzar; una
vez en el emplazamiento secreto competirían por el espacio en medio de bromas,
se agarrarían, se empujarían con suavidad, él cedería por pura estrategia y
comenzaría a desnudarse esperando que ella le imitara, que le superara.
Que no. Inútil. Ni Paganini sonaba igual ni
el sol lo envolvía en sus caricias ni la rubia aparecía camino del acantilado.
Calma, paciencia, a la mierda las nórdicas y sus caprichitos, vete a saber qué
porquerías estaban haciendo o dejando hacer al maldito mozo de cuadras
Bobadas. Vete a saber dónde estarían ahora
las suecas o las danesas o lo que fuesen. A millones de años luz de un
mastuerzo tan inmundo como aquel puñetero hijo de su madre que se las había
ligado por descuido en el picadero del pueblo una tarde sin sentido. Sin arte
ni poesía y sin las ternuras que cualquier mujer agradece en el protocolo de la
seducción. Él lo haría mejor con Chantal y sus amigas guiado por Ricard. Iban a
llegar aquel día ¡aquel mismo día!
La idea le asustó. Se marcharía antes.
Quedarse significaba claudicar. Allá aquel sátiro con sus líos. Que se apañara
con las cuatro. ¿No quería jovencitas? Pues a ellas. Cuatro. De entre veinte y veinticinco
años. Unas expertas según se suponía. De la tribu de Chantal y de Brigitte que
con dieciséis y dieciocho años sabían ya latín. Al menos eso le dio a entender
Ricard. ¿Quiénes eran las otras? Brigitte no, se hubiera referido a ella. Unas
desconocidas. Novedades. Carne fresca para saciar los apetitos de aquel
energúmeno. Con Chantal de celestina, de iniciadora, para quedar desocupada
mientras su amiguito probaba la nueva mercancía.
Se estremeció con este pensamiento. Chantal
libre y a su disposición. Qué menos. Ricard contaba con él. La atendería en
primer lugar por hacerle cortesía, le daría un repaso rápido y la dejaría luego
en sus manos. Sí, le gustaba la novedad, siempre la novedad, nada de rutina en
cuestiones tan exquisitas, había que mantener el entusiasmo, que lástima los
aburridos acomodados de pareja única para toda la vida, qué lástima. Lo habían
hablado la noche anterior.
—La novedad es el mejor recurso para
mantenerse en forma. Si no la sensibilidad se acomoda, se debilita.
—Pero la extensión hará perder profundidad.
Es una ley universal aplicable a casi todo.
—No lo creas. En este caso la extensión puede
hacer ganar profundidad. Con la ventaja de que esa profundidad es transferible,
se puede transmitir a la persona con quien te encuentras de nuevo. Mira, las
principiantes que tienen sexo con hombres currados aprenden antes y disfrutan
más. A la inversa ocurre lo mismo, lo sé por propia experiencia. Pero por muy
boyante que sea este proceso llega un punto en el que te acomodas, en el que te
das por satisfecho. Lo tienes seguro como quien dice y bajas el pistón. Hay dos
salidas: o mantener la relación inestable, sin compromiso formal, de modo que
cada día sea un nuevo reto, de forma que nunca se dé por segura la conquista o
lanzarse a nuevos ruedos que por lógica te van a permitir avanzar. No defiendo
ninguna de las opciones por encima de la otra pero el estar en novedad facilita
mucho las cosas. A nuevos estímulos, nuevas respuestas. Y contra lo que dicen
algunos imbéciles ninguna mujer es igual a otra. Conocí a un químico torpe y
acomplejado, un pequeño pendejo que andaba siempre pasado de alcohol, que al
ver mis maniobras de seducción me dijo un día: “No te esfuerces, que todas son
iguales”. Menudo cateto. Estaba casado con una birria de hembra y creo que
ninguno de los dos había olido a erotismo en su puta vida. Claro que eran dos
antídotos de la lujuria, qué le vamos a hacer. Dios los cría y ellos se juntan.
Y el caso es que tenían una hija mayorcita que prometía. Estuve a punto de
anotarla en mi lista de candidatas para un par de años después, a ver si era
igual que las demás hembras como decía el idiota de su padre. En fin, a lo que
íbamos. O inseguridad o novedad. No hay otro camino para avanzar en la aventura
humana del erotismo que conduce al único verdadero amor. Lo demás son
componendas.
—¿Y el enamoramiento? Cuando uno está
enamorado solo piensa en asegurar la relación y en evitar cualquier otra.
—Ya, el enamoramiento: mera cuestión de
química. Supongo que hablas de la pasión, ese torbellino desbordante que ciega,
que desquicia, que trastorna y que transporta a dimensiones infinitas. Algo sé
de eso. ¿Te has enamorado tú alguna vez?
—Claro tengo una novia y es lo normal —había
respondido sin convicción Leopoldo.
—¿Pero estás enamorado?
—Pues sí, claro.
—No; estaría aquí contigo o estarías tú con
ella. En este tiempo y a vuestra edad dos enamorados no se separan fácilmente.
—Es que sus padres…
—Ni padres ni leches. Perdona pero lo que vosotros
tenéis es un compromiso seguramente con bastante carga familiar y social como
sucede en ciertos ambientes. Vivís cómodos, seguros, sin ganas de que nada se
altere. Ojalá me equivoque pero estáis destinados a la rutina, a la apatía, al
conformismo; a la ruina del erotismo en definitiva. Tú verás.
—Pero existe el amor como categoría y como
base de convivencia. Hay adultos que llevan muchos años juntos, casados y bien
casados, que se quieren de verdad, que se miman, que se necesitan. Se les ve en
los ojos y en los gestos no solo en las palabras.
—Seguro que sí —había confirmado Ricard—.
Claro que hay gente así. Yo no pretendo que todo el mundo viva en la
inseguridad o en la novedad. También conozco parejas adultas muy bien avenidas,
en crecimiento amoroso a pesar de la edad, en otras coordenadas. Solo a partir
de un cierto momento se puede afirmar de dos personas que ‘hacen buena pareja’,
no cuando se conocen, se juntan o se casan. Lo que quiero decir es que el
matrimonio tal como se ha entendido siempre o incluso como se entiende ahora es
un vehículo peligrosísimo para el verdadero amor. Solo la gente con una pasta
especial, con mucha visión o con buena suerte saca partido de esa aventura.
—¿Entonces? —había preguntado Leopoldo,
desorientado.
—Mira, no nos empeñemos. En esto del amor hay
mucha fantasía. Existe un código genital, o el ‘genio de la especie’ como lo
llamaba Schopenhauer, que tiene registros para todo. Primero está el apetito, la
libido, el deseo, la química o como queramos llamarlo. Cuando el impulso
fisiológico falla, cuando es insuficiente o se oscurece, se sirve de los
sentimientos. Vibran entonces los corazoncitos pero o hay una expectativa libidinosa
o el cariño se desvanece salvo que se sublime por otros derroteros, ya sabes,
por la vía intelectual o por la artística. La gente habla de amor, de pasión,
de entrega, de cariño, de afecto, de compenetración, de demasiadas cosas, vete
tú a saber. Son capuchas. Dentro, los ojillos conductores son siempre los mismos:
los del instinto. Primero el de reproducción; luego el de conservación. No hay
tanto hechizo celestial como se pretende.
—Pues vaya.
—Bueno, no hay que preocuparse demasiado. En
esto como en todo se pasan días oscuros, amargos o ciegos, qué le vamos a
hacer. Cuando estás enamorado crees que ha salido el sol para siempre. Luego te
das cuenta de que lo enciendes tú. Si eres inteligente comprendes que estás
enfermo. En realidad es el código funcionando en la cuarta fase.
—¿La cuarta fase? ¿Qué es eso?
—Mira, hay un proceso en las relaciones
interpersonales sobre todo cuando entra en juego el tan traído y llevado amor.
Yo establezco cuatro fases. Las tres primeras son más soportables y menos
engañosas; hablo desde una postura masculina. En la primera, la mujer te tira
desde su sexo. En la segunda, desde su cerebro. En la tercera, desde su
corazón. Cuando se funden todas, el hombre enferma. Es demasiado para su cuerpo
fragmentario. En la mujer sucede casi lo mismo aunque las primeras fases suelen
llevar otro orden.
Leopoldo se había quedado mirando a su amigo.
El rictus de sorna que le pareció detectar en su expresión le confundía.
¿Hablaba en serio? ¿Tan banal era aquel edificio majestuoso llamado Amor?
¿Tendrían razón los vendedores de placer?
Un aire desolado le ensombreció el rostro.
¿Así que el brillo de los ojos, la agitación del pecho y el sudor frío eran
simples estrategias del instinto? ¿Y el placer un mero cebo espasmódico de tipo
electroquímico? ¿Y el Amor una tediosa patología?
—Hay que desdramatizar este asunto —había
continuado Ricard—. Existen teorías de todos los signos pero los hechos no han
variado. El hombre y la mujer llevan grabado un código al que deben atenerse.
Ocurre desde el principio de los tiempos. El macho tiene el deber de atrapar a
la hembra e intentar fecundarla. Está dotado de mayor fuerza física para
obligarla a consentir si se resiste. Ella tiene el deber de aceptar pero puede
preferir holgazanear. El mandato de la maternidad no es muy gustoso porque
además de la preñez incluye el parto y la lactancia. Todo eso tiene su lado
desagradable, grande o pequeño según se mire, pero desagradable al fin. Así que
en todas las culturas ha sido forzada a pesar de la incorporación de nociones
como derechos humanos, derechos personales, respeto, libertad y otras. ¿Qué
ocurre cuando se pierde el control social, por ejemplo en las guerras? Se
desata el macho animal que todos llevamos dentro y viola a toda hembra
atractiva que se le ponga a tiro. La ley natural es más fuerte. Los violadores
en la guerra o fuera de ella aplican el viejo código retrocediendo miles y
miles de años, actualizando un comportamiento censurado y agregándole
ingredientes patológicos. Lo cierto es que cuando se aficionan a ese
procedimiento de conquista y posesión de la hembra, cuando recuperan el
entronque ancestral, es casi imposible que desistan de algo que les pide a
gritos la sangre. Por eso hay que encerrarlos o caparlos o castrarlos
químicamente o adoptar cualquier otra medida de fuerza que les impida repetir
lo que hemos convenido en que sea un delito.
Aquella conversación le había dejado a
Leopoldo un agrio sabor de boca. Si todo era mera mecánica impulsiva o a lo
sumo un complejo de procesos bioquímicos ¿qué demonios significaba tanta
parafernalia en torno a un fenómeno tan vulgar? Su memoria había recuperado
aquellos planteamientos en el momento en que se abría una posibilidad
irrepetible con la llegada de las amigas de Ricard.
Volvió a sentirse desorientado. Estaba más
confuso que nunca. La música se había terminado hacía rato. Casi no le prestó
atención. Giró la cabeza comprimiendo la almohada para mirar hacia la ventana.
Entraba mucho sol. Pasaban varios minutos de las nueve de la mañana. Con aquel
día radiante, de nuevo, tal vez… Antes de ayer había sido a esas horas. La
aparición podría repetirse.
Se levantó de la cama, cogió la única silla
de la habitación y la sacó a la terraza. En el lavabo se restregó los ojos con
abundante agua, volvió a salir, escudriñó el extremo de la balconada superior
del hotel y se sentó a vigilar los espacios que conducían hasta el acantilado.
20.
No supo nada de Ricard ni de don Gumersindo
en toda la mañana. Tampoco vio a las nórdicas. Recorrió los alrededores, se
bañó explorando todos los resquicios de la playa y después de comer en
solitario se acercó hasta el picadero donde había unas cuantas personas entre
las que no distinguió al mozo del día antepasado. Era como si todos sus personajes
se hubieran diluido al mismo tiempo. Conocía el sabor de esa cruda soledad que
sucede a los momentos de euforia vividos durante una fiesta o a lo largo de un
encuentro electrizante. Recordaba la congoja del último día del verano en la
finca de tío Ambrosio con aquella imprecisa desazón que le habían provocado las
sugerencias libidinosas de prima Conchi; recordaba su mirada en la última
fiesta de despedida con reproche, decepcionada, como si le echara en cara el no
haber accedido a sus insinuaciones.
Se avecinaba una tarde desconcertante. Por un
lado debía preparar su equipaje para salir a la mañana siguiente en el autobús
que le devolvería a Valladolid. Por otro deseaba encontrar a Ricard porque eso
le daba la posibilidad de conocer a Chantal y a sus amigas. Aunque solo fuera
conocerlas, verlas. Luego las imaginaría, qué otra cosa podía hacer. Las
imaginaría arremolinadas con su amigo, juguetonas y cada vez más calientes en
medio del ritual. En medio de la indolencia de la tarde, acudía a su memoria
otra de las historias que Ricard le había contado la noche anterior:
—Cuando te dedicas a la enseñanza tropiezas
con chavalitas de trece o catorce años, e incluso más jóvenes en plena
ebullición hormonal que te asaltan un día y otro con una mirada retadora a
veces imprudente. Es un fenómeno que se repite desde hace siglos: la niña se ha
enamorado de un adulto idealizado al que de alguna forma controla y de quien se
fía, su profesor. Cuando la mujer no recibía enseñanza, supongo que sería un
artesano distinguido o un adulto notable por cualquier razón el que recibía las
sigilosas propuestas. Creo que los curas y frailes jóvenes de siglos pasados
tendrían bastante que contar. En cualquier caso ahora son bastante frecuentes
los enamoramientos colegiala-profesor. Algunos novatos confunden las cosas y
creen que la miradita abierta equivale a una automática apertura de piernas.
Pero no suele ser así. Una adolescente siente imprecisas sensaciones en todo su
cuerpo y comienza a escuchar el sordo latido del sexo de forma muy general. Su
mentalidad y su psiquismo son distintos a los del adulto a quien admira y que
se ha percatado de ello. Solo busca llamar la atención, sentirse apreciada e
incluso querida. Pero su sexo explícito está todavía dormido y el arte consiste
en despertarlo sin sobresaltos. La mayoría de los hombres actúan en ese caso
como simples machos, incluso como bestias. Ven una ocasión y se lanzan. En los
países con escaso control social, de poco desarrollo o de vida promiscua las
adolescentes son desfloradas a menudo sin poesía, sin mimo, sin ningún colorido
humano. Las engatusa un tipo espabilado, generalmente con algún ascendiente
sobre ellas, se las lleva a cualquier rincón y las folla hasta derrengarse.
Muchas quedan embarazadas y son madres en plena pubertad. Pasan luego de mano
en mano con el único destino de ser gozadas. A los veinte años pueden tener
cinco o seis hijos si antes no han aprendido a protegerse. Pero volviendo a las
adolescentes en nuestro ambiente y a su tendencia a enamorarse de los profesores
tengo que decir que conviene precaverse. He conocido a incautos que han metido
el cuezo de forma gloriosa, o sea ignominiosa. Un antiguo compañero mío,
Eugenio, llegó a poner en peligro su situación por una muchachita de quince
años que lo miraba embobada en las clases de Literatura. Declamaba él con gran
sentimiento los poemas, le echaba teatro a la vida y deslumbraba así a la gente
menor. En poco tiempo se enceló con la mocita. Cuando ella se sintió seguida
por los pasillos y espiada en los patios la cosa se embarulló. Eugenio se lanzó
al ataque situándola como estrella de un grupo con el que preparaba una sesión
lírica para el Día del Colegio. En los ensayos se le iba la mano agarrándola de
aquí y de allá para corregir posturas. Eran los ensayos y lo hacía con el resto
de los actores, sobre todo con las actrices, así que la cosa no trascendió. Una
vez hecha la representación y pasada la fiesta, la estrategia de mi colega
consistió en encorajinar a la moza con sus posibilidades dramáticas. Uno de los
trámites era una sesión fotográfica para la que Eugenio me pidió colaboración.
Entonces yo no daba clases pero conocía a la chica de cursos anteriores. Era un
bombón. Le dije a mi ex colega que se palpara bien los machos antes de dar
aquel paso porque le leí en los ojos la intención. La chica me conocía aunque
no le había dado nunca clase, y mi afición a la fotografía era sabida en el
colegio. Yo era en cierto modo una garantía profesional. Tenía mi pequeño
estudio y había hecho algo de desnudo femenino. De todos modos el paso inicial
con la mocita de Eugenio solo llegaría al biquini, y a mucho tirar a la braga y
al sostén. El desnudo integral podría ser objeto de una segunda o tercera
sesión. Ya ves que en el mundo civilizado somos muy sutiles. Al menos el profe
lo pretendía; aunque estaba colado, quería hacer las cosas con cierta calma
como regodeándose en los trámites. Pero es un terreno resbaladizo si se va a
pelo, al margen de la familia de la chica. Yo lo he tenido siempre claro. Ya te
conté lo de Betina y podría recrear otros episodios. El caso es que llegó el
día acordado para la primera sesión fotográfica. Le advertí a Eugenio que
trajera dos chicas, no a su preferida solo. Lo hizo. Vino acompañada de una
amiga llamada Laura. Recuerdo su nombre no solo porque había sido alumna mía en
ese colegio años atrás sino sobre todo porque poco más tarde me la tiré. Era
una de las tiernas adolescentes que entonces me miraban embobadas, pero no me
la trabajé y al cabo de cinco o seis años le había perdido la pista. Ahora
estaba cañón. Y aunque no sabía posar sabía latines, lo comprobé pronto. Pero
vamos con la nena de Eugenio. Estaba monísima, imagínate, a punto de caramelo
con dieciséis añitos. Laura era amiga de una hermana suya y tenía dieciocho.
Llegaron las dos despampanantes, sobre todo la primera, con mucha peluquería
encima y bastante maquillaje supongo que siguiendo las recomendaciones de
Eugenio para que pareciera mayor. Laura no necesitaba postizos. Comenzamos la
sesión. Había venido la niña con un vestido negro corto que le ponía encima un
par de años por lo menos. En una bolsa traía un bañador y un biquini tal como
le había pedido su mentor. Hicimos posturas de mil maneras, vestida primero,
mientras su amiga miraba y sonreía. Le fui pidiendo que abriera las piernas,
que enseñara muslo, que no me hiciera remilgos porque yo era un profesional y
estaba acostumbrado a las modelos más exuberantes. Laura reía. Ella iba cediendo.
A Eugenio se le rompían los ojos porque yo la iba situando estratégicamente.
Hubiera sido muy violento que él se moviera a cada toma. Estaba allí además la
amiga mayor como una especie de censora, una carabina. Reconozco que jugué con
él y con su turbación pero le ofrecí muy buenos planos. Cuando llegó la fase
del bañador el hombre estaba excitadísimo. Yo también me había contagiado pero
tenía bastantes tablas y conseguí aguantar. En algunas ocasiones no puedes más,
incluso la chica tampoco puede y hay que interrumpir la sesión para echar un
polvo y tranquilizarse un poco. Aquel no era el caso, ya lo comprendes. Después
del bañador vino el biquini. No sé si fue idea de Eugenio, pero la niña trajo
un trapito de agarrarse; una cosa tan escueta y tan directa que te rompía los
ojos. Imagínate un tanga chanchi, con la braguita al mínimo-mínimo, las
posaderas a pleno grito y las tetas saliéndose del mundo. Estaba cañón la nena.
Eugenio se tendría que estar haciendo una paja, qué sé yo. Le saqué fotografías
de cerca, muy de cerca. Detalles y más detalles. Primerísimos planos. Planos de
aliento en la piel. Estuve a punto de pedirle a Eugenio que le levantara un
poco el triangulito de tela para retratar en picado el bosquecillo del pubis.
Si es que había sobrevivido al depilado, claro, porque hay mujeres que quieren
volver a ser niñas y se hacen un rasurado total. Sonreí con lujuria pensando en
mi colega. Se hubiera corrido tres veces. Lo cierto es que me apetecía hacerlo
a mí. No hubo nada. Ganó la sensatez y le invité a Laura a que posara para que
descansara su amiga. Dijo que nunca lo había hecho. Qué ocasión. Le dije que no
se preocupara, que yo la iría colocando. No traía ropa como para posar. Se
adelantó ella en decirlo añadiendo que podía quedarse en bragas y sostén porque
tampoco tenía bañador. No quise precipitarme y le hice primero unos planos del
rostro. Era realmente guapa. Luego pasamos a la lencería. Ya había vuelto del
baño la chica de Eugenio con su vestidito negro. Laura se movía con mucha desenvoltura
y aunque sus prendas no eran ninguna maravilla sus ojos sí lo eran. Pronto supe
que me la trajinaría con facilidad. Ella también se fue calentando con mi
mirada y cuando le dije “¿Te atreverías con unos desnudos?” respondió “¿Por qué
no?”. Los hicimos. Estaba cañón la tía. No me defraudó cuando me la cepillé a
la semana siguiente en medio de una sesión fotográfica. Y estaba todavía
entera. Fue uno de los casos en los que hay que interrumpir el trabajo porque
la temperatura es irresistible. Aunque es cierto que nunca había estrenado a
una modelo ni siquiera a una aprendiza. Todas vienen muy trajinadas por los
directores, los ojeadores, los publicitarios y hasta por los botones de las
agencias. Pero volvamos a la mocita de Eugenio. Se animó al ver a su amiga en
cueros y dijo con bastante desparpajo: “Yo también quiero que me hagas unos
desnudos”. Supongo que mi colega se retorció de gusto. La niña estaba como un
tren. Se adivinaba en la sesión del biquini pero con las dos amigas
despendoladas copiándose y superándose en cada postura pude desarrollar una de
las más inesperadas sesiones de fotografía erótica, porque incluso conseguimos
que compusieran figuras un tanto desmañadas pero con el encanto de la
ingenuidad, que más tarde vendí a una revista extranjera. Digo conseguimos
porque intervino Eugenio y les dijo con cierto sofoco en la voz: “Poneos juntas
y haced como que hacéis cositas”. Resultó la idea. Bueno, por terminar con el
asunto: los padres de Elisa, creo que se llamaba así, se enteraron de la sesión
fotográfica. Parece que fue un compañero de Eugenio que le seguía los pasos.
Recurrió a razones de decencia, moralidad y otras gaitas. El caso es que a la
niña la cambiaron de colegio porque no consiguieron que echaran a Eugenio;
llevaba muchos años y le hubiera salido muy caro a la empresa despedirlo.
Leopoldo paladeaba el relato de Ricard como
un recurso para demorar la toma de decisiones. Eran casi las seis de la tarde y
tendría que ir preparando las cosas. Subió de mala gana a su habitación. Pensó en
poner música, en amansar con ella a la fiera enjaulada que llevaba dentro.
Buscó en su mp3 el Concierto para fagot,
de Franz Danzi, y lo hizo sonar. Los desenfadados acordes iniciales aumentaron
su ya penosa sensación de banalidad. Prefería el silencio. No quería
identificar en lo sucesivo el canto grave y entero del instrumento con su
decaído estado de ánimo.
En aquel momento sonó el teléfono de la
habitación.
—Mamá… —masculló en voz baja mientras acudía.
Pero no, era Ricard.
—Te estoy buscando desde hace rato —le dijo
el hombre en un tono afanoso, apresurado y eufórico.
—No será mucho —respondió Leopoldo—. He
estado hasta hace un cuarto de hora en el salón.
—Bueno, pues tengo que verte. Hay novedades.
¿Bajas?
—Ahora mismo.
Chantal. Las francesitas. Ya estarían allí.
Dejó todo tal como estaba, miró el reloj y salió de la habitación. Bajó por las
escaleras a toda velocidad. Su respiración se agitaba. Cuando vio a su amigo
solo, se tranquilizó. Pero comprobó que su tono no le había engañado: estaba
eufórico.
—He hablado con Chantal. Traen retraso.
Llegarán mañana por la mañana. Viene sola, con una de sus amigas. Me ha dicho que
las otras dos llegarán dentro de unos días. Le he hablado de ti. Le he asegurado
que un tipo muy interesante, tú, las estabas esperando, pero que te tenías que
ir mañana precisamente. Me ha preguntado tu nombre y me ha dicho que ni hablar,
que te quedes. Le he jurado que intentaría convencerte, así que piénsatelo.
Chantal viene a punto de caramelo, te lo digo yo. Ya me conoces. Le haré unos
cariñines de bienvenida para no perder las buenas costumbres y a continuación
entras en juego. Salvo que prefieras a la otra. Yo te informaré de todos modos
después de probarla. Pero con Chantal lo tienes a huevo. Una tía chanchi,
insisto.
—¿Y tú?
—Hombre, qué cosas tienes. Según se dé la
amiga ya hablaremos. Yo te ofrezco lo que hay. Chantal es un bombón.
—¿Cuántos años tiene?
—Ahora veintitrés si no llevo mal la cuenta.
Un auténtico bombón, lo vas a ver. Cuando llegue te desmayarás.
—¿Y ella?
—¿Ella? Me conoce bien. ¿Sabes lo que me ha
dicho? “Te llevo un capullito de clavel”.
—¿Habla español?
—Lo suficiente. De todas formas te puedo
asegurar que sus manos y sus ojos no necesitan demasiado lenguaje.
—Me va a dar mucho apuro, incluso miedo —dijo
Leopoldo con cierta turbiedad en la mirada.
—De ningún modo, muchacho. Es la tía más
dulce que te puedas imaginar. Tú déjate querer y ella hará el resto.
—Es que me parece…
—Mira, quédate, confía en mí y verás.
—Bueno, voy a pensarlo —pareció conceder el
joven notario.
—Solo tengo que advertirte una cosa de la que
no hemos hablado. Ellas pueden plantear algunos usos un tanto extraños, digamos
que algunos gustos particulares, cositas que te pueden llamar la atención.
—¿Como cuáles? —preguntó asustado Leopoldo.
—Por ejemplo pedir testigos.
—¿Qué es eso? —siguió preguntando el notario
totalmente intrigado.
—Mira, hermano, hablando en plata, una de las
cosas que más le gusta a Chantal es estar mirando lo que hacen los otros o que
haya alguien viendo lo que ella hace.
—¡Madre mía! Algo parecido a una cama redonda
¿no?
—Ni mucho menos. Eso se llama voyerismo si lo
quieres decir al modo antiguo. Es un modo muy francés de participar. Y a ella
le gusta hacerlo a las claras, sin tapujos de cortinas ni agujeritos.
—Bueno, bueno... Pero menudo sofoco.
Volvían a ponérsele los dientes largos. Nada
de tener que seducir a unas nórdicas desconocidas con un lenguaje imposible y
con un desmaño difícil de ocultar. Con las francesitas se trataba de dejarse
querer. Y de que hubiera alguien delante. Que podía ser el propio Ricard. No
era necesario que lo dijera con todas las palabras. Se suponía. Esos vicios se
contagian.
—¿Pero estás seguro de que Chantal, sin
conocerme de nada, porque tú se lo digas, solo por el nombre, va a querer
hacerlo?
—¡Pues claro! —cortó Ricard—. Eres su tipo.
¿Quieres que te diga una cosa? Escucha: más que yo. Lo sé bien. Hace dos o tres
años tenía un amiguito que era tu vivo retrato. Estaba loca por él. Era
argentino. Yo le ayudé a conseguirlo y siempre me lo agradece. Después se
desenganchó. Supondrás que está en mi onda, que sigue la línea que yo practico
y que aprendí de Isabel ¿recuerdas? Pero en cuanto a ti no me cabe duda. Le he
preguntado si se acordaba de Goyo y le he dicho que te parecías muchísimo a él.
Es cuando se ha puesto a gritar que te retuviera.
—Cuéntame algo más de Chantal. Aún no sé
cuándo os acostasteis por primera vez después de aquel viaje a Italia. ¿Pasó
mucho tiempo? ¿Qué fue de Brigitte? Dime algo más, que yo me oriente.
—Tranquilo, hombre, tranquilo: ahora te
cuento. Sobre Brigitte solo puedo decirte que no la he vuelto a ver.
Desapareció. A veces he pensado que pude haberle hecho un hijo porque ni se me
ocurrió tomar precauciones. Fue una cosa tan fulminante que no tuve tiempo de
averiguar cómo llevaba el ciclo. Otras veces me río de mí mismo y me digo que
ella sí que tendría que saber lo que iba a ocurrir y que estaría prevenida. En
fin, el caso es que desapareció. Le he preguntado a Chantal un par de veces por
ella y me ha respondido que no sabe nada desde hace mucho tiempo. Lo del hijo
es una porretería de mi imaginación, como si quisiera explicarme el silencio,
pero en el fondo estoy seguro de que no ocurrió nada. Chantal lo hubiera sabido
y me lo hubiera dicho.
—Bueno, pues cuéntame algo más de tu
amiguita. Quiero estar preparado por si llega el momento.
—No me seas cazurro y no dudes de ti,
tranquilo.
—Vale, voy a estar tranquilo.
—Así me gusta.
Ricard le hizo un relato resumido pero muy
estimulante del encuentro con Chantal a su regreso de Italia. La magia había
funcionado. Los prólogos del primer encuentro tanto en la playa como en el
jardín habían propiciado una culminación deslumbrante. El día anterior había
llamado a casa de su amigo para avisar. Cogió el teléfono Chantal. Le dijo que
llegaría a media mañana. La chica le contestó que le esperaba. Lo dijo en
singular de modo que Ricard no se sorprendió al encontrarla sola. Sus tíos
tardarían varias horas en volver a casa. Todo resultó de lujo, sin prisas, sin
agobios, sin miedos, sin tensiones, como a él le habían gustado siempre los encuentros
amorosos. Sobre todo el primero con una mujer joven.
21.
Leopoldo tenía que tomar una decisión.
Chantal estaba al llegar, interesada por un joven notario que se parecía mucho
a uno de sus antiguos amigos. La ocasión parecía inmejorable para romper
esquemas y saltar barreras. Él, Leopoldo María de La Bisbal y López de Mendoza
estaba a tiempo de quitarse la camisa de fuerza que le habían endosado desde la
infancia mamá, tía Mercedes, los curas mentalmente estreñidos y el canto de la
sirena de aquella posición privilegiada que por fin había conseguido para
enclaustrarse más aún en un mundo esclerotizado por maneras y palabras
convenientes. A la mierda todo. Se haría fotógrafo, reportero de bellezas
humanas, animales, vegetales, minerales… lo que fuese. Al menos se daría un
margen. Tenía que quedarse aunque fuera arriesgado.
—Estoy como flotando en una nube —dijo para
llenar la pausa tras el relato de Ricard.
Lo miró él saliendo de su ensimismamiento y
lanzó un resoplido para liberarse de la tensión acumulada.
—No sé si te voy a poder dejar yo a Chantal,
tío. Cuando recuerdo esa primera vez me entra un apetito nuevo que ya, ya.
Además nunca lo había contado con tanto detalle. Estás consiguiendo que mis
historias salgan del recuerdo como si estuvieran vivas.
—¿No lo están? —preguntó Leopoldo.
—Hombre, los recuerdos son simplemente
recuerdos. Yo siempre prefiero la acción. Por eso digo que no sé qué pasará con
Chantal. Aunque tratándose de ti lo prometido es deuda. Tendrás a Chantal,
vale, tranquilo.
Leopoldo seguía agitado. Su decisión era una
mezcla de reto, de rebeldía y de miedo. De miedo también. No lo veía del todo
claro. Era extraño que un hombre facilitara tanto el camino a otro. ¿Quién te
invita hoy a disfrutar de la mujer que a él le gusta? Solo los esquimales lo
hacen, según cuentan. Aunque si Ricard era como decía se trataba de simple
coherencia. En fin, quedarse tampoco le obligaba a nada. Siempre podría
retirarse o parapetarse tras el nombre de su novia. Quería conocer a las
francesas pero también podía decidir hasta dónde. No le iban a llevar al catre
nada más llegar. Si Ricard se dedicaba a calentarlas durante el viaje, como al
parecer lo estaba haciendo, llegarían hechas unas fieras.
Imaginó que las aguardaba con su amigo en el
portal del apartamento. De pronto sonaba un claxon. Eran ellas. Ricard salía
disparado, Chantal también y se pegaban un achuchón de la órdiga en plena
calle. Pero justo el tiempo necesario para que la otra saliera del coche, se
alisara el vestido, se esponjara el pelo y se acercara a ellos. Entonces Ricard
le hacía un gesto rápido para que se ocupara de Chantal mientras él recibía a
su amiga. La francesita no se andaba con remilgos y le buscaba la boca. Su
mirada ardorosa y el calor del beso indicaban que no le había defraudado el
joven notario. Casi pidiendo perdón lo dejaba un momento, sacaba del maletero
el equipaje que él recogía solícito mientras ella lo sujetaba del brazo y
caminaban juntos hacia el portal. Ricard y la amiga les seguían. Era también
una chavala impresionante. Ya en el piso dejaban los bártulos en el vestíbulo y
pasaban todos al salón. Se sentaban las dos frente a él mientras Ricard iba a
preparar unos refrescos. Qué muslos, qué delirio. Se los estaban enseñando a
propósito. Sin ningún recato. Hablaban sobre el viaje. Sí, podían hacerlo en
francés, él las entendía. Sin embargo ellas lo intentaban en español, sobre
todo Chantal. Más movimiento y las piernas por el aire. Hasta el ombligo. Qué
visión. Y la otra igual. Mejor que desnudas. Mejor. Menudo mareo. De caerse.
Para machacársela. Pero despacio, nada de precipitaciones. Todo a su tiempo.
Que se duchen primero. Es el rito. Si es necesario les llevará la toalla.
Porque se duchan juntas y con una tienen para las dos. Chantal lo ha dicho. Le
ha pedido incluso que luego le lleve la toalla. Luego. No antes cuando todavía
no se han desnudado o andan tonteando con esto o lo otro. Luego, estando ya en
porretas las dos, húmedas y escurridizas, tiempo de bromas, las primeras
bromas, tiempo de cosquillas incluso. “Sécame tú”. ¿Por qué no? A Chantal le
gusta que la sequen manos firmes. “Por todo, por todo”. Sin remilgos. Incluso
demórate donde ella lo desea. Y si te atrapa la mano en la entrepierna pues
quédate allí. Puedes moverte un poco para profundizar pero no para irte. Deja
que ella te acompañe con risitas y con ese movimiento tan prometedor. “Y ahora
seca a mi amiga”. Ha tardado algo más en salir de la ducha la colega. Lo tienen
todo bien estudiado. Qué cuerpo de diosa.
—Aterriza —le dijo Ricard volviendo con el
móvil en la mano—. Eran ellas. Les he dicho que vengan aquí y que pregunten por
ti si yo no estoy. Parece que se les han complicado las cosas.
—Vaya —se lamentó Leopoldo— ¿alguna avería?
—No, una multa y con líos. Por lo visto han
discutido con los gendarmes. Las han llevado a la prefectura. Chantal es de
armas tomar. Vete a saber lo que tardarán. Vienen atravesando el sur de
Francia.
—Bueno, peor sería un accidente o una avería
grave.
—Sí, peor, claro —concedió Ricard con aire de
preocupación—. Mira, voy a ver si puedo arreglar algo. Tengo amigos en todas
partes. A lo peor tardo un poco.
Leopoldo miró el reloj. Faltaban unos minutos
para las ocho. ¿Se iría Ricard a Santander para hablar con el cónsul francés o
con algún comisario de policía? ¿No eran más eficaces las gestiones
telefónicas? ¿Sería cierto lo de la multa, incluso lo del retraso, o se trataba
de otra cosa? Todo aquello le daba mala espina.
Dejó aviso en la Recepción para que le
llamaran en cuanto llegara don Gumersindo. Deseaba hablar con él. Tal vez
pudiera darle alguna pista. De repente empezaba a desconfiar. Un viaje tan a
propósito, tan a punto, primero cuatro mujeres, luego dos, una demora, una
multa con detención, demasiado enredo, demasiado suspense y aquél “Esté usted
atento” dejado caer por el profesor como poniéndole en guardia ante algo que no
llegó a precisar. Tenía que preguntarle con claridad qué tipo de persona era
realmente Ricard. Todo parecía demasiado fácil y bien organizado pero al mismo
tiempo le daba la sensación de que toda aquella operación flotaba en una
atmósfera un tanto enigmática.
Había terminado de recoger sus cosas porque
en cualquier caso se iría a la mañana siguiente del hotel. Eran casi las nueve
cuando le comunicaron la llegada de don Gumersindo. Le estaba esperando en el
bar. Bajó sin tardanza y tras saludarse pasaron a cenar.
—No esperaremos a Ricard porque sus amigas
francesas han tenido complicaciones y está tratando de ayudarlas —comenzó
Leopoldo.
—¿Ya han llegado? —preguntó don Gumersindo.
—No, siguen de viaje. Parece que se trata de
una multa con líos y problemas.
—Vaya. Este buen hombre siempre lleva algún
enredo entre manos.
—¿Es realmente un buen hombre como usted lo
llama? —preguntó de sopetón Leopoldo intentando aclarar sus dudas.
El profesor pareció sorprendido por el tono
de la pregunta y miró detenidamente a Leopoldo antes de contestar. Luego empezó
a hablar con mucha lentitud como meditando cada una de las palabras.
—En realidad es un tipo muy singular, ya lo
ha podido ir usted viendo estos días. Pero no es un mal sujeto. Lleva una vida
estrafalaria, hoy aquí, mañana allí, con sus fotografías, sus libros, sus
reportajes, sus cursos, sus amistades, sus mujeres, sus enredos... Por lo demás
es un buen hombre, muy original pero incapaz de hacer daño porque sí.
—Mire, le voy a ser sincero otra vez, don Gumersindo.
Voy a confiar de nuevo en usted. El caso es que me ha escamado bastante que
nuestro amigo me haya ofrecido así, porque sí, sin más ni más, disfrutar de sus
amigas, dicho sin rodeos. Me lo pone todo demasiado fácil.
—Él es de esa manera. Cuando alguien le cae
bien y le puede hacer un favor se lo hace. Otra cosa es que el interesado lo
considere un favor. ¿Quiere usted de verdad conocer a esas chicas? ¿Se siente
capaz de disfrutar con ellas como antes me ha dicho? Esta es una oportunidad
importante no tanto por el hecho de echar una cana al aire sino porque le puede
aclarar sus sentimientos y su situación emocional. Aunque no pueda usted
compararlas con su novia sí podrá chequearse a sí mismo. Tal vez se enamore y
eso le ayude a tomar las decisiones que deba tomar.
—No sé qué hacer. Por un lado sí, desde
luego, me gustaría probar. Pero no estoy seguro de que esa experiencia me
aclare las cosas.
—Pues aproveche la ocasión. Si no prueba no
tendrá respuestas, al menos por ese camino. No le diría yo esto si lo viera
realmente enamorado o si estuviera ya comprometido, quiero decir casado. Los
compromisos hay que respetarlos o hay que romperlos, no valen las medias
tintas. Pero está usted entre dos aguas o más bien sin haberse mojado todavía.
—Es que por otra parte… no estoy seguro.
—Mire, tiene usted novia. Una novia formal a
la que no está seguro de querer de verdad. Y tiene una presión familiar y
ambiental que le empuja a casarse pronto. Tal como están las cosas usted sabe
que será así si no toma decisiones, si vuelve a su casa tal como vino. ¿Desea
estar seguro de lo que va a decidir? Pues sométase a una prueba. A la que puede
hacer ahora. Me ha dicho que va a ser imposible una convivencia previa, lo que
se llama una experiencia prematrimonial. Le queda esto. Es un test bastante fiable.
Después de estar con una mujer o con varias aunque sea de la forma que le
ofrece nuestro común amigo, podrá usted chequear sus sentimientos respecto a su
novia. Y algo aprenderá de las mujeres.
—Sí, pero luego…
—El luego no está escrito. Arriésguese porque
es la única forma de que lo redacte usted con conocimiento de causa. Luego
conocerá a su mujer, la que sea, antes o después de casarse dependiendo de si
cambia o no de novia. Hablo de ‘conocer’ en el sentido bíblico, ya me
comprende. Tendrá usted que comparar, sobre todo los sentimientos. Cuando se
acuesta uno con una mujer no es lo más importante el hecho físico sino las
connotaciones emocionales. No solo se posee un cuerpo sino que se aspira a la
totalidad, a integrarse en eso que llamamos espíritu, alma o como quiera
decirse. Cuando se consigue el alma de otra persona, creo que se da un paso
definitivo hacia uno mismo. Dicen los que saben de esto que ya no hace falta
nada más en cuanto al sexo. Se establece una vía de exclusividad natural por la
que ambos amantes avanzan con gozo y sin apenas esfuerzo. Yo he vivido algo de
eso.
Calló don Gumersindo. Su mirada perdida lo
estaba conduciendo de nuevo a épocas pasadas. Él había vislumbrado el camino. Con
su mujer había entrado por la vía de la exclusividad natural que acababa de
citar. Leopoldo movió la cabeza haciendo un gesto negativo.
—Tengo muchas dudas y más ahora que empiezo a
mirar las cosas de otro modo —dijo.
—Usted verá. Tiene que decidir. Depende de su
compromiso, de sus convicciones, de su idea de la moral, en fin, de esas
circunstancias que nos hacen tomar posturas en la vida.
—¿Qué haría usted en mi caso?
—Hombre, no estoy en su lugar. Si yo tuviera
treinta y pocos años, un noviazgo impreciso, como veo que es el suyo, y una
oportunidad como la que le ofrece Ricard no lo dudaría. Hoy no lo dudaría. En
mi tiempo era distinto desde el interior de uno mismo, desde la propia
conciencia, al margen de que todo era diferente en la sociedad, quiero decir
que no existían las facilidades que hay ahora.
—¿Y si Ricard se lo ofreciera ahora?
—¿A mi edad y en mis circunstancias? ¿Y con
unas criaturas que pudieran ser mis nietas? Hemos hablado de eso antes. Y
aunque sea medio en broma lo ha hecho, me lo ha ofrecido. Mi respuesta tajante
es no. Solo quiero paz para ver si se me aclaran las cosas. Ya sabe usted lo
que me pasa. Mis circunstancias son distintas a las suyas aunque ambos tengamos
un problema afectivo. Yo estoy enamorado y usted no.
—¿Ha tomado ya alguna decisión? —preguntó
Leopoldo.
—No. Realmente no. La verdad es que necesito
hablarlo con Ricard pero me estoy demorando. Cuando se vayan esas amigas que espera
y esté el hombre más cabal lo haré.
—¿Le va a hablar usted de Isabel?
—Sí.
—¿Acaso él la conoce? —decidió averiguar
Leopoldo.
—Precisamente. Demasiado bien la conoce. O
mejor dicho la conoció. Hay una vieja y larga historia entre los dos. Y yo no
estoy dispuesto a inquietudes en ese terreno.
—Vaya qué casualidad —disimuló Leopoldo.
—Pues ya ve usted lo que es la vida. Fueron
amantes. Es más: fue Isabel quien inició a Ricard en el amor. O mejor en el
sexo, no confundamos las cosas.
—¡No me diga! —exclamó Ricard con el tono de
sorpresa necesario para seguir ocultando sus conocimientos.
—Así es. Hace mucho tiempo que no se ven por
lo que sé, pero temo que vuelva a rondarla en cuanto la localice para
conseguirla de nuevo.
—Si ella no quiere no pasará nada.
—No me fío. Mire, el hombre es fuego y la
mujer estopa. ¿Ha leído usted Las amistades peligrosas del francés Laclos?
—No.
—Pues ahí tiene un ejemplo relevante. La más
acendrada virtud y la más decidida fidelidad de una mujer se desploman ante las
carantoñas y los requerimientos de un buen seductor. Y Ricard lo es.
—Eso parece.
—Y le enseñó Isabel, imagínese. Lo sé todo.
Ella me ha contado su vida de pe a pa.
—Menudo asunto.
—Él sigue obsesionado. Al menos eso me ha
dicho Isabel una y otra vez. Hubo un tiempo en que la seguía a todas partes.
Hace años que dejó de hacerlo porque ella cambió de escenario y él perdió la
pista. Pero ahora ha vuelto a Madrid y es fácil que se encuentren de nuevo. Ya
que tengo un problema sentimental con mi pasado no quiero tener otro con mi
futuro.
—No se ofenda, don Gumersindo, pero ¿no le
importa la vida anterior de Isabel?
—Mire, agua pasada no mueve molino. Lo que no
quiero es que me lo mueva agua nueva o un agua antigua rejuvenecida.
—¿Y no teme que vuelva a las andadas? Dice el
refrán que la cabra siempre tira al monte. ¿Qué piensa Isabel de eso? Supongo
que lo habrán hablado.
—Claro. Ella quiere asentarse. Dice que ya ha
gozado de la vida, que no detesta nada de lo que ha vivido pero que ahora desea
la estabilidad emocional que nunca tuvo. Cree que no habrá problemas con nadie,
con ninguna de sus anteriores relaciones; a lo único que teme es a la obsesión
de Ricard. Por lo visto él se enganchó muy fuerte, rompieron a destiempo por
decisión de ella y a él le han quedado cosas sin resolver. Se sorprendió mucho
Isabel cuando supo que yo tenía amistad con su antiguo amante.
—Pero el tiempo todo lo disuelve ¿no es así?
—Depende; ya lo hemos comentado antes. Cuando
uno tiene tendencias obsesivas ocurre todo lo contrario. Se idealizan las
situaciones y se mitifica a las personas.
—¿Y si lo hablan los tres?
—Ahí está el riesgo, ya se lo he dicho. Si se
encuentran otra vez y Ricard la tiene localizada no me fío un pelo.
—¿Entonces por qué quiere usted hablarlo con
él?
—Es como tratar de obtener un compromiso
previo y a ciegas sin dar opciones a la vista que es la gran embaucadora de los
hombres.
—¿Quiere usted firmar un pacto con él
entonces?
—Sí.
—Tengo que decirle que su forma de pensar no
va por ahí. Recuerdo haberle escuchado que en este terreno los pactos no se
respetan. Supongo que lo sabe, que conoce a Ricard.
—Lo conozco pero no tengo otra opción. Al
menos así sabrá que estoy ojo avizor. Además espero que él también empiece a
estabilizarse; ya va teniendo edad.
—¿Cree usted que estabilizarse en las
relaciones amorosas es cuestión de edad?
—Hombre, todo cuenta. Va en personas. Hay
quienes se estabilizan o lo intentan al menos a los treinta. No lo consiguen
muchos por lo que he ido viendo. Y menos en estos tiempos en los que la gente
es más natural. Cuanto mayor es uno mejor resulta en general. A partir de los
cuarenta y tantos o de los cincuenta es más fácil entenderse, respetarse y
compartir. Son mis deducciones en un tema que me preocupa y que nos afecta a mí
y a mis hijas sin ir más lejos.
Iba ya mediada la cena. Leopoldo no quería
acabar sin plantearle a don Gumersindo la cuestión que en las últimas horas le
había inquietado. En opinión del profesor, Ricard era un buen sujeto, no había
trampa en sus ofrecimientos, él era así. Pero a pesar de todo quedaba la
pregunta clave y decidió hacerla.
—Mire, don Gumersindo —dijo después de una pausa—
quiero hablarle de un tema delicado que me ha estado rondando toda la tarde. Se
trata de lo siguiente: sé por un primo mío experto en estas lides que algunos
personajillos empiezan ofreciéndote encuentros fáciles con mujeres para luego ellos
mismos… una vez estás desfallecido… me entiende usted ¿no?
—Claro que le entiendo, hombre.
—¿Y cree que Ricard puede ser uno de ellos?
—Pues no lo sé, qué quiere que le diga. Más
bien pienso que no. Nunca he notado nada en ese sentido y lo conozco desde hace
mucho tiempo. Se relaciona fácilmente con la gente, hombres y mujeres, pero
creo que las que le van son solo ellas. Conozco a algunos de sus amigos varones
y los hay de todas las edades. Incluso hay gente más joven que usted, algunos
modelos masculinos con los que trabaja. En ese mundillo se da bastante la
homosexualidad, es bien sabido. Sin embargo Ricard nunca me ha contado nada al
respecto. Lo hubiera hecho de existir algo. Porque hablando de sus ligues nunca
ha tenido tapujos. Estoy seguro de que me hubiera contado o al menos sugerido
sus enredos con hombres, estoy seguro.
—Entonces puedo estar tranquilo.
—Por ese lado sí. No pongo la mano en el
fuego por nadie pero en este caso creo que no me equivoco.
—Es que recuerdo que hablando ayer con usted
me dijo algo parecido a “Esté usted atento”. Cavilando sobre ello he pensado
que podía referirse a algo de esto.
—No recuerdo por qué se lo dije. Podía estar
hablando en términos generales al observar que a usted le inquietan estas
cosas. Desde mi punto de vista hay un riesgo muy grande en el trato con las
mujeres tal como lo hace nuestro amigo. Siempre le he dicho que quizá les mime
muy bien el cuerpo pero que ellas necesitan algo más, algo muy sutil que se les
escapa a muchos hombres. Se trata de los sentimientos, de las emociones, del
alma en definitiva. No se las puede considerar o valorar solo como hembras. En
esta sociedad machista la mujer está en un pedestal pero solo provisionalmente.
Mientras es joven, guapa, apetitosa y tal se la mima, se la festeja, incluso se
la venera. En cuanto pasa de los cincuenta y empieza a disminuir su encanto
exterior como les ocurre a la mayoría comienza el declive de la atención y el
respeto. Salvo que sean estimadas al mismo tiempo por sus cualidades humanas y
sus sentimientos. Aunque resulte lamentable, lo que las mantiene a veces en
alza son circunstancias económicas o profesionales. Si una mujer es apreciada
por sus valores en el campo artístico, político, financiero o académico no se
le contabilizan sus desencantos femeninos; para la mayoría de los hombres es
como si se tratara de uno de ellos travestido.
Habían terminado de cenar. Ricard seguía sin
aparecer. Iban a dar las diez de la noche. Hacía una temperatura agradable que
invitaba a pasear. Decidieron hacerlo por los alrededores del hotel. Don
Gumersindo conocía la situación del apartamento donde vivía el trotamundos pero
no era cuestión de despistarse. Esperarían cerca por si llegaba y los
necesitaba para algo. Dejaron recado en la Recepción y salieron.
La noche se había apoderado del horizonte y
solo un mínimo resplandor delataba el punto de la puesta del sol. Del mar
llegaba una brisa oscura aleteando sobre los rumores de las olas blandas que
azotaban el acantilado. Los dos paseantes se habían detenido acodados en la
barandilla que daba al cortado bajo el que un brazo de la playa se estaba
ampliando con la bajamar. Desde allí dominaban el acceso al hotel y podían
controlar la llegada de Ricard.
—Los elementos naturales nunca defraudan al
ser humano siempre que se cuente con su volubilidad. Pero como esta no conlleva
mala intención la paz interior está salvada —comentó don Gumersindo.
—Estoy de acuerdo. Primero los elementos
naturales, los inanimados, luego los vegetales y por último los animales. Es un
tópico aquel dicho de que cuanto más conoce uno a los hombres más quiere a su
perro ¿no?
—Así es —confirmó el profesor—. Sin embargo
hay algo todavía más fiel al ser humano que todo lo anterior: la música. Nunca
defrauda la música.
—Es verdad.
—La música siempre responde a las
expectativas que se depositan en ella. Es un valor más seguro que la propia
naturaleza. Un día que necesitas sol puede salir lloviendo o un vendaval es
capaz de arruinar el esplendor de un árbol en flor pero si necesitas
determinada música, sea relajante o euforizante, la tienes siempre a tu
disposición sin problemas. Si acaso no se consiguen los efectos apetecidos es
cuestión del oyente, no de ella.
—¿Cuáles son sus autores favoritos? —preguntó
Leopoldo intentando hacer tiempo.
—Ya hablamos de eso ayer, recuérdelo.
—Es verdad, discúlpeme. Estoy un poco
despistado.
—No se preocupe. La realidad es que no tengo
preferencias personalizadas en este o en aquel músico. Más bien me guío por un
registro de temas, de fragmentos, de cadencias, de sonoridades… Procuro no
encerrarme en ningún tópico sobre si este me gusta y el otro no. Hay unos pocos
genios, ya se lo decía ayer, pero sobre todo hay unas melodías inspiradas. Y no
solo en la llamada música clásica o culta sino también en otros desarrollos
armónicos como la música folclórica que ahora llaman étnica. Le aseguro que
existen creaciones populares geniales. En la música andina, en el folclore polaco,
en el ruso, en el zíngaro, en el italiano, en el balcánico, en el griego… y
también en el español, por supuesto.
—No conozco apenas ese terreno y lo siento.
—Pues ya le digo que es impresionante.
Un vehículo entró en el aparcamiento del
hotel, se detuvo y apagó las luces. Era el coche del Ricard. Don Gumersindo lo
había reconocido. Le hizo una seña a Leopoldo y ambos caminaron hacia él.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó el profesor.
—Mal —dijo Ricard visiblemente alterado.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó don Gumersindo.
—¿Siguen detenidas tus amigas? —añadió
Leopoldo.
—No, no, esto no tiene nada que ver con ellas
—respondió Ricard con precipitación y mirando a todos los lados como si buscase
a alguien—. ¿Ha venido un hombre preguntando por mí?
Don Gumersindo y Leopoldo se miraron con
extrañeza. ¿Un hombre? ¿Quién? Hicieron los dos una señal de desconocimiento y
el profesor dijo:
—No hemos visto a nadie. Mire por si acaso en
la Recepción.
Nada. Allí tampoco sabían nada. Nadie había
preguntado por él y nadie le aguardaba.
—¿Qué aspecto tenía ese hombre? —preguntó
Leopoldo.
—Da igual —respondió con impaciencia Ricard—.
Ahora soy yo el que necesita ayuda.
—¿Qué ocurre? —volvió a preguntar don
Gumersindo.
—Patricio. Se ha largado sin decir nada. Me
temo lo peor.
Leopoldo abrió los ojos de par en par mientras
el profesor miraba desorientado a los dos.
—¿Patricio? ¿Patricio tu amigo, el de la historia
de Paula? ¿Estaba aquí contigo?
—Sí —respondió con impaciencia Ricard.
—¿Quién es Patricio? —preguntó aún más desconcertado
don Gumersindo.
—Es largo de explicar. He estado dando
vueltas con el coche por los alrededores, he registrado todas las salidas del
pueblo, he entrado en todos los bares pero no lo veo por ninguna parte. Tenía
la esperanza de que hubiera venido aquí a despedirse, a explicarse, a decir
algo. Ahora sí que no sé qué hacer.
—Pero ¿quién es Patricio y qué pasa con él?
—insistió el profesor.
Ricard resoplaba como una fiera enjaulada.
Leopoldo empezó a comprender. ¡El supermercado! Patricio vivía en casa de
Ricard y este no quería que se supiera. Estaba allí escondido por alguna razón.
De vez en cuando le compraba alimentos. ¿Qué ocurría? ¿De qué o de quién se
ocultaba Patricio? Recordó que su amigo había mencionado algo como “final
trágico” refiriéndose a las relaciones de Paula y Patricio. ¿Qué había pasado?
Y ¿qué podían hacer ellos, don Gumersindo y él?
—Cuente con nosotros para lo que sea necesario
—se adelantó a decir el profesor.
—Gracias, pero no se me ocurre nada. No puedo
ir a comisaría, no puedo recurrir a nadie, no sé qué hacer.
En ningún momento durante aquellos tres días
había visto Leopoldo tan desarmado a Ricard, tan desangelado. Algo importante
había sucedido o algo tremendo se avecinaba.
—¿Puede ocurrir algo grave entonces? —preguntó.
—No lo sé. Si al menos me hubiera dejado una
nota, una explicación, algo...
—Patricio vivía en tu casa ¿no?
—Sí. No tenía a dónde ir y me lo traje. Aquí
no lo iban a buscar.
—¿Ha hecho algo punible? —preguntó el
profesor.
—Según se mire. No puedo dar muchas
explicaciones. El caso es que tengo que actuar.
—Pues a estas horas mal lo tenemos —dijo don
Gumersindo.
—¿No habrá salido a dar una vuelta y se habrá
retrasado? A lo mejor está de regreso —añadió Leopoldo.
—No. Se ha llevado sus pertenencias. Lo único
que ha dejado han sido los apuntes sobre Paula.
—¿Teme usted que haya hecho alguna tontería,
que se haya suicidado, por ejemplo? —preguntó el profesor.
—No. Patricio no va por ahí. Vamos, no creo.
—Entonces tranquilo. Si huye de algo o de
alguien ha decidido no complicarle a usted más y seguir su ruta.
Ricard levantó los hombros con impotencia.
—Bien, veremos qué pasa —terminó diciendo.
Repentinamente apareció en la memoria de
Leopoldo la imagen de aquellas dos figuras que se adentraron con sus
voluminosas mochilas en el bosque próximo al picadero donde había espiado a las
nórdicas. Algo se traficaba por allí. Fue la imprecisa sensación que le produjo
la escena. ¿Tendrían algo que ver
aquellos sujetos con la presencia o ausencia del tal Patricio? La incógnita se
diluyó en su mente al escuchar la voz del profesor.
—Bueno, hablando de otra cosa —continuó don
Gumersindo— ¿cómo va el tema de sus amiguitas francesas? ¿Ha podido resolver
algo?
—Sí —respondió Ricard rehaciéndose— ya se ha
aclarado el follón. Era una nadería pero se ve que venían con prisa y se han
saltado un stop.
—¿Las han soltado? —preguntó Leopoldo.
—Sí. He tenido que hablar con un gendarme de
Bayona que es amigo mío y la cosa no ha ido a más. Aunque ha sido difícil
porque Chantal se enfrentó a los agentes. Parece que venía cansada y que perdió
los nervios. En fin, todo se ha resuelto.
—¿Y cuándo llegan? —volvió a preguntar
Leopoldo con cierta ansiedad.
—Mañana temprano. O un poco más tarde. Aún
les quedan varias horas. Y tienen que descansar. Pueden estar aquí para el
mediodía. Aunque ahora se han complicado las cosas.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que no contaba con que se fuera
Patricio y había alquilado otro apartamento para ellas. Yo tengo que estar en
casa por si aparece mi amigo. A no ser que… en fin, tengo que pensarlo.
Leopoldo miró su reloj. Iban a dar las once.
Debía llamar a mamá para confirmar su llegada al día siguiente. El autobús
salía a las ocho de la mañana. Para la una del mediodía estaría en casa. Subió
a su habitación mientras don Gumersindo acompañaba a Ricard al comedor y quedó
en bajar enseguida.
Las cosas se complicaban con el asunto de
Patricio. Alguien tenía que recibir a las francesas en el apartamento nuevo y
alguien distinto esperar en el viejo el posible regreso del fugitivo. Dudó. Por
última vez dudó. Irse o quedarse. Por un lado el portalón solemne, escueto,
limpio y bien definido que le introducía en el edificio de una vida ordenada,
exquisita y gris, con personalidades muy serias, muy pulcras y oficialmente
felices. Por el otro una juguetona trampilla que conducía a zonas por explorar
en las que se percibía el eco del jolgorio, donde el ambiente era cálido y húmedo
con rumor de risas y sonar de músicas, un pasillo por el que se andaba a
tientas, un circuito abierto a la sorpresa donde los encuentros estaban sin
determinar.
Tuvo la curiosa sensación de que por allí
andaba Clara. Mejor aún: Clara y primo Teodoro. ¿Se habrían estado riendo de él
durante todo aquel tiempo? Una avalancha de recuerdos y multitud de sensaciones
contradictorias invadieron sus sentidos. En la pantalla de su mente empezaron a
danzar refinadas mujeres sin rostro cuyo aroma podría definirse como
embriagador. Unos estremecimientos profundos se extendían desde la base de su
columna vertebral hasta lo más alto de su cabeza haciéndole temblar. Abrió los
ojos. Entró al baño. Se lavó la cara y se miró al espejo. Así estaba mejor. Ya
podía hablar con mamá. Sí, ninguna novedad. El autobús llegaba hacia la una del
mediodía. Bien, de acuerdo, le esperarían.
En la Recepción dejó aviso para que le
despertaran a las siete. Se asomó a la puerta del hotel y contempló por última
vez la silueta del acantilado. Luego acudió en busca de Ricard y de don
Gumersindo para despedirse de ellos. No encontró a ninguno de los dos, no
estaban en el comedor. El conserje le informó de que habían salido
precipitadamente en compañía de un desconocido —de bastante mala pinta, según
dijo— que había llegado preguntando por don Ricardo.
* * *
El teléfono sonó a las siete en punto de la
mañana. Leopoldo abrió los ojos, comprobó la hora en su reloj y agradeció al
conserje la llamada. Miró hacia ambos lados. Por la ventana entreabierta se
colaba la primera claridad del día. Bostezó y se fue levantando lentamente.
Tenía al lado el mp3 pero no hizo ademán de ponerlo en marcha. Acudió al baño,
se miró al espejo y no le gustó su cara. Recordó uno de los sueños de aquella
noche. Era más bien una pesadilla.
Estaba envuelto en una nube de humo en medio
de una enorme sala con mucha gente fumando. Llevaba un traje negro, una especie
de uniforme de gala, y tenía el rostro demacrado. Era ya viejo. Su espalda se encorvaba.
Del fondo de sí mismo brotaba una voz que le acusaba de no haber sido feliz.
Todo el mundo podía oír aquella voz. Miraba a su alrededor y observaba risitas
sardónicas entre sus acompañantes. Luego venía un vuelo de gaviotas. De su
corazón de sal escapaban dos inocentes avecillas marinas dejando un reguero de
sangre. Aleteaban con desesperación para ganar altura y a medida que ascendían
se iban volviendo cada vez más pérfidas. Un pánico oscuro le nubló la vista.
Corrió a los aseos y se miró al espejo con horror.
La expresión de su rostro había sido
semejante a la que ahora tenía. Sus rasgos eran tersos aún como si pudieran
diseñar un epílogo cercano. Salió del baño, se acercó a la mesilla, cogió el
mp3 y lo puso en marcha. Comenzó a acariciar sus oídos el Vals de la Primavera de Johann Strauss hijo. Levantó los brazos y
esbozó unos pasos de danza. A continuación salió a la terraza dejando la puerta
bien abierta.
El sol estaba a punto de rasgar la bruma. Lo
saludó con los brazos en alto. La música de Viena comenzó a dulcificarle las
facciones. Sonrió. Danzaban tanto sus piernas como sus pensamientos. Sobre todo
le danzaban los ojos. Vio a lo lejos, casi en la vertical entre el mar y la
tierra, dos sombras voladoras que parecían descender. Otra vez un vuelo de
gaviotas. Los perfiles oscuros de las aves se fueron suavizando hasta que se
hicieron diáfanos. Eran tres. El primer rayo de sol las pintó de color blanco
brillante. Las tres vinieron a posarse sobre el acantilado enfrente de su
terraza. Un sentimiento eufórico totalmente desconocido le hizo estremecerse de
los pies a la cabeza. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas temblorosas.
Aparecieron dos nuevas gaviotas y se posaron al lado de las tres primeras.
Strauss comenzó a leer melódicamente los Periódicos
Matutinos. Luego se expandió por todo el universo el aroma de las Rosas del Sur y el color blanco
brillante de las cinco gaviotas que seguían inmóviles frente a él. Poco después
eran diez. La emoción lo envolvía desde todos los puntos de la Rosa de los
Vientos. La música era una densa sensación interior.
Cuando volvió a entrar en la habitación iban
a dar las ocho de la mañana. Había contado trece pájaros. Bajó el volumen de la
música y llamó a la Recepción. No, no había problema en que se quedara. De
acuerdo, muchas gracias, un último favor. ¿Un fax? Sí, su padre se negaba al
ordenador y al móvil. En su casa no había correo electrónico. Tenía que ser por
ese medio. Sí, tomaban nota. Repitió el número del fax. A nombre de Don
Leopoldo de La Bisbal y Quiroga, Valladolid. Leyó el texto: “Asuntos de última
hora me obligan a retrasar el regreso varios días. Dejamos la fiesta familiar
para más adelante. Avisaré”. No debían enviarlo hasta las doce en punto. Muy
bien. Muchas gracias.
Perfecto. Mejor así. Justo una hora antes de
la llegada del autobús. Oirían el ronroneo del aparato en el despacho de papá.
Se sorprenderían. Mamá y tía Mercedes se mirarían intranquilas. Don Leopoldo
levantaría los hombros. Tía Leonor esbozaría una enigmática sonrisa.
Leopoldo salió de nuevo a la terraza,
contempló el panorama que cerraba el horizonte y observó complacido cómo la
bandada de gaviotas que se había ido posando ante sus ojos sobre el acantilado
emprendía el vuelo. Un trampolín hacia la libertad.