sábado, 16 de noviembre de 2024

EL ACANTILADO DE LA LIBERTAD (Col. Pantallas, 1)

 


 

Francisco Javier Aguirre 

EL ACANTILADO DE LA LIBERTAD       

Novela

(colección PANTALLAS, 1) 

 

PRELUDIO

Hay un momento en la vida en el que o tomas el mando de la  tuya o quedarás para siempre sometido a la voluntad ajena. En esa disyuntiva se encontró el protagonista de este relato al disfrutar de tres días de asueto a comienzos de los años 90 del siglo XX.

La última década del mismo supuso en España un cambio acelerado de actitudes y costumbres. Una vez asentada la democracia a partir de 1982, tras el fallido golpe de Estado del año anterior, se aceleró la liberación intelectual y moral que se había iniciado tras la muerte del dictador. Tanto las clases populares como la alta burguesía, con toda la gama de estamentos intermedios, experimentaron una modernización no solo tecnológica sino también mental. La progresiva integración en el occidente ilustrado que culminó con la entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1986, ratificada en 1992 como Unión Europea, fortaleció el cambio. 

Existe numerosa bibliografía técnica para describir los diferentes aspectos de esta transformación profunda. Pero siempre ha sido la literatura con su desarrollo ajeno a los corsés académicos y con su posibilidad de libre expresión la que ha contribuido a narrar anécdotas, detallar situaciones y explicar circunstancias que completan el panorama de una civilización en tránsito.

Ese es el destino o al menos el propósito de esta novela titulada El acantilado de la libertad cuyo protagonista, un joven de buena familia, camino de la madurez, ha quedado desfasado tras los muchos años de apartamiento social y merma personal que le han exigido  sus oposiciones a Notarías. Tras el triunfo profesional, se le impone un reciclaje en todos los órdenes, sobre todo en el emocional.

De ello trata este relato, sin escatimar detalles y situaciones de alto voltaje erótico, entreveradas con reflexiones de carácter psicológico y alusiones al horizonte emocional de la edad madura.

 

1.

Leopoldo María de La Bisbal y López de Mendoza entró en la habitación con gesto decidido. Cerró la puerta de un codazo y se quedó de pie junto a la cama. Respiró profundamente. Observó el panorama con un giro lento de cabeza y se la sacudió con energía tomando conciencia de la situación. Su pelo ensortijado y ralo de intenso color castaño parecía flotar en el claroscuro de la luz ambiental.

Allí estaba. Por fin había llegado. Se sentía bien solo, sin los apremios de tía Mercedes, sin la mirada oblicua de tía Leonor, sin la desconfianza parapetada en las interminables recomendaciones de mamá. Tres días completos para él en silencio sin las constantes llamadas de doña Consolación “Mira, sí, que se va a poner la niña”. Tres días sin prisas, sin la amenaza cimbreante de tío Marcelo intentando alardear de su sobrino notario, sin la caterva de primos y primas pasando a saludar al niño prodigio. Tres días de libertad tras muchos años de presidio.

Al cansancio acumulado durante el viaje en autobús se sumaba el agobio de las últimas semanas. Sentía peso en los párpados, en los codos, en las corvas. Demasiado autobús y demasiada paliza familiar además del frenético complot general para organizarle la vida. No. Que no y que no. Había conseguido plantarse. Se sorprendieron pero finalmente le dieron tregua. Con la complicidad violácea de tía Leonor, cierto, se lo agradecía en la distancia. Y allí estaba él libre por tres días. Libre para pensar, para imaginar, para observar, para sospechar…

¿De quién procedería el anónimo? La primera candidata era tía Leonor por su empeño en que se le permitiera irse solo a descansar en aquella playa. Pero no, era demasiado evidente. Después la inmensidad: podía haberlo escrito desde un amante despechado hasta un profesional de la calumnia. Aunque cuando el río suena...

Recordaba haber oído una vez que primo Teodoro rondó a Clara, su novia, tiempo atrás; ¿o lo había soñado simplemente? En cualquier caso había cierta distancia entre el verbo rondar y lo que el anónimo sugería. No iba a darle más vueltas al rumor. Quería dormir. El arrullo de la noche se deslizaba por las portezuelas entreabiertas de la terraza. Aquel sería un buen somnífero y la soledad su mejor confidente. No entraría mamá a darle el beso del sueño ni ronronearía tía Mercedes temiendo que Polito se hubiera destapado. Nadie le iba a molestar. Nadie le espiaría. La noche era suya. Suya por fin después de tantos años.

Y suyo sería el día por llegar sin otra ocupación que vivirlo. Sin códigos, sin normas, sin controles, sin fechas a la vista, sin las recomendaciones interminables de tío Marcelo: “Plantea el ejercicio de esta forma, de la otra, de la contraria”. Se acabaron los ejercicios. Se acabaron los encierros. Suyo sería el día de sol y de oleaje bravo, o de bruma y calma chicha, o de temporales y galernas traicioneras, pero suyo en cualquier caso. Para caminar o para estar tumbado, para bañarse o para tostarse al sol, para ver, para mirar, para escuchar, para hacer lo que se le antojara pero sobre todo para pensar. Sí, tenía que pensar. Tenía que meditar a fondo qué hacer con su vida por dentro ahora que la tenía resuelta por fuera. Nadie le iba a condicionar. Se acabó. Aquel apresuramiento de casi todos le daba mala espina. Y encajaba muy bien con el anónimo.

Un oscuro arrebato llegado de los confines de la memoria invadía el presente. Empezaba a reconocerse. Sentía una sublevación profunda, una desazón imprecisa, una ansiedad creciente. Se reconocía. No, no le iban a organizar la vida. De ningún modo. Y menos en aquellas condiciones. Allí estaba la rebeldía oscura de su personalidad sepultada durante días y meses, durante años sin cuento. La reconocía. Había dicho siempre que sí. Tal vez era la última oportunidad para decir que no. Por fin podría ser él mismo, pleno dueño de sus actos.

Abrió la bolsa de viaje. Buscó algo frenéticamente, sacó el pantalón del pijama con un gesto áspero, salió con él a la terraza e hizo ademán de lanzarlo al vacío. Finalmente giró media vuelta y lo arrojó con furia contra el suelo de la habitación. Había decidido dormir desnudo. No porque hiciera calor sino porque sí. A pesar de la supuesta censura de tía Mercedes y del también supuesto aplauso clandestino de tía Leonor. Sí, por primera vez en su vida iba a dormir íntegramente desnudo.

Despertó con la sensación de estar recibiendo una caricia, de amanecer entre los algodones del mimo. Un rayo de sol se colaba por la cortina y comenzaba a besar sus párpados. Buen augurio. Estiró los brazos, se contorsionó, bostezó con un suspiro largo. Su mano izquierda puso en marcha el mp3, un regalo de la familia tras su éxito en las oposiciones. Lo había dejado por la noche sobre la mesilla. Se encajó los auriculares y escuchó.

La percusión decidida y densa le sobresaltó. El primer acorde le hizo saltar de la cama. Corrió hacia el ventanal y echó a un lado los estores. Luego abrió de par en par las puertas de la terraza. Casi cegado por un sol horizontal que azotaba sus pupilas se agarró a la barandilla. A continuación, movido por la energía del nuevo día fue girando en redondo para que los rayos, entre rosáceos y anaranjados, acariciaran su piel. Al quedar frente a la puerta se vio desnudo en los espejos desvaídos del cristal. Un reflejo de pudor le hizo volver la mirada para saber si había sido observado. En aquel instante la vio. 

La undosa melena rubia, el top blanco y unos shorts ajustadísimos lo electrizaron. Ella acababa de pasar por delante del hotel justo frente a su terraza, lo suficientemente cerca como para verlo desnudo. Pero no se volvía ni daba muestras de haberse enterado. Parecía dirigirse hacia la pequeña playa situada tras la escollera que se abría bajo el edificio. Sus movimientos firmes y cautos tenían un cierto aire felino. Una pequeña bolsa de color blanco oscilaba desde sus hombros.

Leopoldo giró la cabeza hacia ambos lados para hacerse con el escenario. La marea alta se estaba apoderando de las lenguas de arena reduciendo la playa a una franja mínima. Frente al hotel, situado en lo alto del farallón, el acantilado trazaba una línea perpendicular sobre la costa. Más a la derecha se abría una pequeña ensenada cuyo espacio también estaba siendo asaltado por las aguas.

La reverberación del sol le ofuscó. Vio cómo se alejaba la silueta de la mujer que parecía estallar envuelta en luz. Era un conjuro de formas y colores. Había doblado el breve recodo alfombrado de arena y se disponía a subir al roquedal plano situado bajo el hotel. Salvó el primer escalón, caminó hacia la izquierda dando saltitos sobre las grietas y desapareció. Volvió a verla segundos después tras un peñasco pero su imagen era borrosa como si estuviera siendo absorbida por la bruma dispersa del segundo amanecer.

Parpadeó para descargar la tensión y aguzó la mirada intentando reducir distancias. La visión había desaparecido. Consciente de su desnudez se apartó de la barandilla. Estaba excitado. Lo comprobó con la vista e hizo un gesto de resignación sintiéndose acosado por una imprecisa sombra de culpabilidad. Entró en la habitación y cogió una toalla. Se cubrió, subió el volumen de la música y volvió a la terraza.

No supo dónde mirar. Le apetecía aquella gachí. “Me apetece otra vez esa gachí” había escuchado en cierta ocasión a tío Ambrosio que hablaba con su padre. A él también le apetecía aquella gachí aunque solo fuera verla. O haberla capturado con la cámara para luego borrar la imagen antes de regresar. Pero había venido sin ella, no quiso pedírsela prestada a su primo, el único que disponía de una digital. Teodoro era el elemento más avanzado de la familia en muchos sentidos incluido el tecnológico. Nadie salvo él tenía un teléfono móvil, aquel mamotreto embutido en un enorme bolsón. También era el único que utilizaba la comunicación escrita a través de la emergente red que llamaban Internet. Los demás, incluidos sus padres y sus tíos, estaban en la etapa del fax al que consideraban un artilugio prodigioso para ser usado en ocasiones especiales.

Sí, hubiera querido ver a la ninfa de nuevo pero estaría detrás del acantilado al amparo de miradas y deseos. O tal vez no, tal vez había seguido hacia la izquierda donde se allanaba la escollera. Podría estar tumbada al sol o recorrer todavía las espumosas moles de piedra acosadas por las múltiples lenguas del agua. Las nueve y veinticinco minutos de la mañana era una hora muy temprana para el baño incluso en el mes de julio. “Aunque quién sabe si eso es una simple teoría” murmuró Leopoldo repitiendo el latiguillo de tía Leonor y alzando los hombros con desgana.

La decepción visual le hizo atender a la música. Todo el Concierto le estaba pasando desapercibido salvo el ataque inicial de los timbales y el primer acorde orquestal que le proyectaron fuera de la cama. El solista hilaba las cuerdas del violín con tanta energía como el propio Paganini. La estridencia de algunas notas parecía haber sido diseñada para destrozar los filamentos de la sien. Leopoldo notó que se le tensaban los músculos de la mandíbula inferior. En aquel mismo instante se estremeció con la imagen mental de la mujer recién descubierta.

Bajaría a desayunar. Luego iría al acantilado. No había traído calzado apropiado pero se las apañaría. Entre las muchas precauciones y recomendaciones de mamá no hubo lugar para los acantilados. Estaban excluidos por principio. Ni unas malas playeras le habían puesto en el equipaje. Rebuscó en la bolsa. Nada. Inútil. Le estaba protegiendo de todos los riesgos. “Tu madre te ha protegido siempre de todos los riesgos” repetía a menudo tía Mercedes. La frase le hizo sonreír.

No había concluido aún el primer movimiento del Concierto pero no podía esperar. Bajó el volumen y desconectó el aparato. Notó que su respiración se había normalizado. En casa hubiera tenido que aguantar hasta el final. Las paredes oían aunque faltara su padre. Era preferible no entrar en cuestión por una minucia de minutos. Bastaba con las invectivas de don Leopoldo contra “ese diletante italiano, ese frívolo trotamundos que ha dilapidado un genio semejante al de Wagner”. Ahora respiraba con sosiego a pesar de haber cercenado el primer movimiento del Concierto para violín y orquesta en La menor, nº 5, de Niccolò Paganini. La desaprobación paterna por aquellos compases silenciados quedaba en suspenso porque sí, porque el reclamo de una gachí tumbada en el acantilado podía más que el griterío de millones de corcheas. Leopoldo hijo, Polito para tía Mercedes, Leo para tía Leonor, por afinidades, Leopoldito para mamá —“si es todavía un niño...”— volvió a sonreír con un rictus de amargura. Había delinquido. Acababa de transgredir una norma sagrada: “¿Cuándo se ha visto que un melómano de fuste abandone un Concierto veinte compases antes de concluir un movimiento?”. Los ecos de la severidad paterna retumbaban en sus oídos.

Salió de la habitación calculando el tiempo necesario para desayunar. Enfiló la escalera. Estaba dando los primeros pasos cuando oyó un grito agudo y opaco como si lo hubieran apagado de forma drástica. A continuación, un bloque de silencio. Se aproximó a la puerta de donde había procedido el grito. Se respiraba una calma artificial. Al cabo de medio minuto se volvieron a escuchar jadeos y gemidos. Por un lado quería seguir allí disfrutando con la turbación propia del disfrute ajeno pero alguien podía sorprenderle en tan indecorosa actitud. Recordó su vergüenza infantil cuando le pillaron espiando a la hija del portero que un vecino se trajinaba en los trasteros del primer sótano. La confesión del sábado siguiente fue doblemente penosa: al pecado de la vista se unía la sensación de ridículo ante el confesor. Qué tiempos aquellos. Así que decidió abandonar su espionaje auricular en el pasillo con el corazón latiéndole aceleradamente como entonces.

Entró en el comedor. Todas las mesas estaban ocupadas. Leopoldo se detuvo junto a la puerta, aguardando. Miró a su alrededor. Gente bien, por supuesto, mamá no iba a elegir un hotel de medio pelo.  El camarero le señaló una mesa junto al ventanal que daba al mar.

—Buenos días, ¿puedo sentarme? —preguntó al único ocupante.

—Claro que sí, con mucho gusto, faltaría más —respondió el aludido dejando el periódico en el asiento contiguo—.  A desayunar ¿no?

—Así es.

—Muy bien —dijo mientras Leopoldo se sentaba—. Me llamo Ricard.

—¿Ricard? ¿Es usted catalán?

—Sí, de origen. Pero me inscribieron como Ricardo y no he ido al registro a cambiarlo.

—Bien, hay que ponerse al día, son nuevos tiempos.

—Cada uno a su aire, pero en mi caso se trata simplemente de una operación de economía silábica.

Leopoldo creyó advertir un rictus de chanza en el rostro de aquel hombre; también un cierto aire zumbón en su tono. Antes de que pudiera hacer comentario alguno continuó:

—Conviene abreviar en la vida, amigo, porque si no falta tiempo para todo lo que hay que hacer ¿no te parece?

—Tal vez —contestó Leopoldo un tanto confuso.

—Por cierto ¿cómo te llamas?

—Leopoldo.

—¡Ostras! Le-o-pol-do. ¡Cuatro sílabas!

—Bueno…

—¿Qué tal Leo?

—No, no, tengo una tía a la que llaman así. Yo Leopoldo, Leopoldo.

—Tranquilo, hombre. Cada uno a su aire. Se hacen a veces muchas tonterías con esto de la economía del lenguaje.

—Sí, claro —admitió Leopoldo. Y añadió—: Le decía lo de catalán porque mi abuelo paterno lo era.

—Buena gente en Cataluña, buena gente, aunque hay de todo, como en botica. Ya iremos hablando. Ahora vamos a desayunar.

—Muy bien —aceptó Leopoldo.

—Pues buen provecho.

—Muchas gracias.

—Por lo que veo empezando las vacaciones ¿no? —dijo Ricard con media sonrisa una vez que Leopoldo dio el primer sorbo a su café.

—Sí, estaré por aquí tres días —respondió el joven limpiándose los labios.

—¿Solo tres días?

—No tengo más tiempo.

—¿Y cómo es eso en pleno mes de julio?

—Acabo de terminar unas oposiciones, el domingo lo celebramos en familia y me queda luego mucho papeleo.

—Vaya, hombre, pues enhorabuena. Ya tienes el futuro asegurado. En estos tiempos ganar una oposición es la bicoca. Se acabaron las inseguridades, los subsidios de desempleo, los contratos basura y toda esa retahíla de parches que han de amañarse para sobrevivir. Y eres joven aún. ¿Cuántos años tienes?

—Treinta y cuatro. A primeros de septiembre cumpliré treinta y cinco.

—Eres Virgo entonces.

—Eso parece.

—Yo soy Leo. Tengo afición al signo. Por eso abreviaba tu nombre.

—Claro, entiendo.

—Pero tranquilo, que llevas nombre de emperador.

—Ja ja ja, genial.

—Treinta y cuatro años, un crío, lo que digo. Vamos, anda, desayuna, que se te va a quedar frío el café.

Ricard era un tipo locuaz, distendido, agradable. Entrado en los cincuenta. De rostro agudo y mirada chispeante. Parecía estar solo. No llevaba alianza ni anillo alguno. ¿Separado, viudo, soltero? Enseguida lo averiguaría.

—¿Lleva usted muchos días aquí?

—No me trates de usted, muchacho, que me haces viejo. Veinte años no son nada a estas alturas. Sí, ya llevo dos semanas y me quedaré otra por lo menos. Pero no estoy de vacaciones exactamente.

—¿Entonces?

—Digamos que me ocupo de mis asuntos, porque hay muchas formas de currar. Estoy trabajando. Pero eso es algo relativo, ya lo verás. Si estás a gusto lo prefieres al ocio. Y tú ¿qué oposiciones has ganado?

—Notarías.

—¡Ostras, Pedrín, eso son palabras mayores! Habrás estado encerrado un porrón de años.

—Casi diez. Me propuse aprobarlas antes de que acabara el siglo.

—Pues ya lo has conseguido, muchacho. Aún faltan años para el XXI.

—Menos mal. Ha sido muy duro.

—Ya, pero enseguida te desquitarás. Ahora llega lo bueno. Dinero, viajes, lujos, mujeres, en fin, todo. Supongo que recuperarás pronto el tiempo perdido.

—Tiempo ganado.

—Bueno, bueno, desde mi punto de vista los tiempos ganados son otra cosa. Yo también soy funcionario, en excedencia, claro, y el tiempo aquel me parece perdido. Pero, en fin, los principios son los principios. Yo no pensaba así al día siguiente de aprobar la oposición, desde luego.

“A ratos ganados” era la expresión favorita de tío Marcelo, el marido de tía Coronación, aquel trabajador infatigable que siempre le había hablado de ser un hombre de provecho. “A base de ratos ganados se convierte uno en un hombre de provecho”. Y qué bien aprovechaba ahora los ratos ganados por el muchacho alardeando ante sus amistades de un sobrino notario.

—Pues qué quiere que le diga —comentó Leopoldo tras una breve pausa.

—Dime lo que quieras pero de tú.

—Bien, perdona. Estaba pensando en que no he perdido el tiempo ni mucho menos. Lo he ganado de una manera y ahora lo ganaré de otra.

—¿Ganador siempre?

—Eso intento.

—Imposible. Nadie gana siempre. Partir de ese principio es un suicidio mental. Ya hablaremos de eso en otro momento. Es un tema demasiado fuerte para un día tan espléndido y una hora tan temprana ¿no te parece?

—Sí, tienes razón —respondió Leopoldo con un mohín de contrariedad.

Su contertulio dio el último sorbo al segundo café, recogió el periódico e hizo ademán de levantarse.

—¿Qué vas a hacer hoy?

—Pues no tengo un plan concreto. Voy a dar una vuelta por ahí, luego me bañaré y volveré a comer.

—Nos veremos entonces. No vivo en el hotel pero suelo almorzar y cenar aquí.

— Muy bien. Nos veremos. Por mi parte, encantado.

—Oye, una recomendación: si quieres echarte más de un regalo al coleto, quiero decir a la vista, vete por aquella parte del acantilado. Es posible que nos encontremos allí. ¿Has traído la cámara?

—No, no he traído nada.

—Bueno, no te preocupes. Me voy. Hasta luego.

La imagen de un regalo con la melena al viento, el top y el short blancos, y los andares ligeros hacia “aquella parte del acantilado” le invadió la mente. La sugerencia de su compañero de mesa reforzaba su intención. O sea que por allí podría encontrar regalos para la vista, y más de uno. La cosa estaba clara. ¿Paisajes? ¿Horizontes? ¿Horizontales cuerpos humanos expuestos al aire y al sol? Y hasta podía encontrar a su fugaz contertulio explorando en busca de belleza. Muy bien.

“La belleza no puede ser nunca perversa” había escuchado decir a su abuelo que tuvo fama de liberal, libertino y librepensador. Recompuso la imagen de la aparición rubia de su amanecer y la fue modificando sin apartarse de los cánones de belleza que tenía establecidos. Sin embargo notó cómo le crecía el deseo, cómo se le agitaba el pecho con una ansiedad indefinida de la que hasta entonces había prescindido. Una cierta complacencia visceral se apoderaba de sus sensaciones. Su compañero de mesa se había despedido y lo había dejado envuelto en una atmósfera embriagadora.

Volaba con la imaginación desplegada por sus alas mentales sobre los acantilados sorprendiendo la belleza ofrecida a su mirada quieta y soñadora cuando sus ojos despertaron al tropezar con los de una mujer que se había situado en una mesa cercana. Un vuelco del corazón le indicó que aquella mirada significaba algo. Apartó la vista por un impulso automático de timidez pero volvió al reclamo. Era una mujer morena algo mayor que él, más bien alta, de melena corta castaña y ropa de playa. Parecía extranjera. Un blusón floreado dejaba al descubierto la leve oscilación de unos muslos poderosos que parecían agitarse al compás de las apuradas miradas de Leopoldo.

Le vinieron a la memoria las recomendaciones de su compañero de desayuno. Los regalos habían comenzado con el día y continuaban en el propio hotel sin necesidad de trepar a los acantilados. Un caracoleo de lagartas flotó en el ambiente. “Ojito con las lagartonas, Polito, porque en cuanto sepan que eres notario…”. Tía Mercedes hacía otro tipo de recomendaciones. Aquella extranjera no podía saber que él era notario, pero sí que era hombre y estaba solo. Un creciente desasosiego le hizo terminar el desayuno y levantarse.

Pasó junto a la morena sin sostenerle la mirada. Subió a la habitación, se cambió de ropa y se dispuso a salir. No perdería el tiempo en explorar los alrededores: debía ganarlo, siempre ganador. Sentía como si un destino ciego le condujera hacia un solo lugar. En su pantalla mental aparecía una y otra vez la ninfa de la melena dorada. ¿Dónde estaría? ¿Seguiría sola? ¿Se habría ido a bañar? ¿Y si tomaba el sol, desnuda por completo, en algún recoveco? Se acercaría discretamente, con la calma aprisionada, sin pretensiones concretas, pero con un deseo oscuro agitándole la garganta y un incierto temblor en las rodillas.

Ahora podía hacerlo. La fortuna le sonreía. Dos veranos antes, con la familia vigilante en una playa no muy lejos de allí, todos los ‘regalos’ eran espantados por mamá o por tía Mercedes. “¡No mires a esa furcia!” decía encolerizada la santurrona cuando aparecía alguna mujer con los senos al aire. No añadía “¡Que te condenarás!” como antaño pero le hacía veladas referencias a Clara que sería informada de sus devaneos visuales. Ahora estaban todas lejos. Tía Mercedes temblando seguramente por las visiones pecaminosas que podrían acechar a su niño; tía Leonor quitando hierro al asunto: “Es una playa muy decente y serena, un lugar sosegado, así que despreocúpate, mujer” le diría torciendo el ceño. Qué par de cacatúas.  En cuanto a mamá y a Clara, las dos en Babia.

Recordó que no tenía calzado apropiado. Las babuchas de alcoba no servían para ir de roca en roca. Salir con zapatos era ridículo. Necesitaba unas zapatillas de deporte. Aunque retrasara la exploración, debía hacerla con buen pie. Aquella compra era imprescindible.

Halló rápidamente lo que buscaba en un supermercado próximo al hotel. Recorrió todas las secciones por si veía alguna otra cosa necesaria, pero había traído cremas protectoras, gafas de buceo, música, lectura y ropa suficiente para aquellos días. En lo íntimo, supo que se trataba solo de una disculpa para retrasar la expedición proyectada. Por una parte sentía prisa pero por otra miedo. Una sensación de riesgo le hacía demorarse. Saldría hacia los acantilados con calma. Como si tuviera que justificar el tiempo consumido, terminó comprando una linterna. Pensó que le sería útil.

Le pareció ver en el supermercado al hombre con el que había estado desayunando. Sí, era él. Recorría la zona de alimentación y arrastraba un carro cargado. ¿No comía y cenaba en el hotel? ¿Habría cambiado de planes y estaba haciendo la compra? Le extrañó además verlo con gorra de visera y gafas oscuras en el interior del establecimiento. Estuvo a punto de acercarse para saludarlo pero desistió. El sujeto trataba de pasar desapercibido.

Calzado de manera conveniente salió hacia la playa. Solo quedaba una estrecha franja de arena. La cruzó decidido como quien conoce su destino. Al coronar los riscos se dio cuenta de que respiraba con afán. Se sentó para serenarse. Solo aguantó veinte segundos. Intentaba reconstruir la ruta que había espiado desde la terraza pero no reconocía el terreno; ¿habría sido una simple ensoñación?

Cuando a primera hora de la mañana descubrió a la rubia caminando hacia el acantilado acababa de despertarse y se encontraba en el umbral que divide las dos realidades. Podía incluso atribuir el espejismo al violín de Paganini: la música crea sus propias imágenes. Tras el prólogo de la percusión que lo catapultó de la cama y los primeros compases metálicos de la orquesta, la arrebatadora acometida de la cuerda pudo crear seres de luz que flirtearan sobre la bruma a punto de convertirse en acantilado. Y precisamente en el momento en que la melodía prescinde del La menor y se apodera del tono mayor prometiendo una euforia inefable que anuncian los clarinetes y el corno inglés, cualquier maravilla es posible para una mente propicia a la alucinación. Cuando retornó a la terraza con la desnudez protegida por la toalla del baño virtuoseaba Salvatore Accardo sobre los lóbulos del cerebelo impidiendo el ejercicio del cisma que provocan las diferentes vías de percepción en la mente humana. “El violín es el bisturí de la fantasía: delimita las porciones de lo imaginario” decía su padre repitiendo la frase leída en algún manual. Mucha filosofía gnoseológica, demasiada para aquel momento que incitaba a zambullirse en un pequeño universo de embriagadora piel fresca.

Debía arriesgarse. La ninfa no se expondría a la mirada de cualquier filibustero del sexo. Estaría escondida en algún recodo protegida por la proximidad de un guardián, de un amigo, de un novio, de un cómplice, de un perro. No era desafortunada la idea del cómplice. ¿Y si había por allí manejos de contrabando? La chica podía ser un cebo o el factor despiste. Aquel litoral quebrado era idóneo para encubrir faenas de todo tipo. Se habían oído rumores sobre el narcotráfico costero con la complicidad de pescadores, armadores, patrullas policiales y diferentes enlaces de carita inocente.

 ¿Qué mayor inocencia que la de una rubia que recorre en la mañana recién estrenada una escollera que no lleva a ningún sitio salvo al solárium secreto donde solo los agudos peñascos van a contemplar de cerca sus encantos? ¿Habría detrás de tan angelical propósito una trama delictiva en la que pudiera verse implicado por activa o por pasiva él, nada menos que él, un notario recién escudillado? ¿Y si esperaba un poco, si evitaba la precipitación, si aguzaba los sentidos para detectar algún síntoma sospechoso en el entorno?

Comenzó a caminar con resolución. No parecía haber moros en la costa. Si surgían en plena refriega, mejor. ¿Qué podía pasar? Él era un simple ciudadano de vacaciones, un funcionario sin expediente que a nadie podía complicar. Ya estaba bien de frenos y de miedos. Ni mamá ni tía Mercedes podían impedirle la búsqueda. Y el padre Iturmendi, aquel gordinflón zafio, no vería mal su exploración por los acantilados. “Un poco de ejercicio físico ayuda a mantener despiertos el cuerpo y el alma, hijo”. Contaba con todas sus bendiciones. Incluso con las de tía Leonor empeñada en montar campeonatos de tenis para la tercera edad.

No estaba seguro de haber tomado el rumbo de la rubia pero se dejó ir. Un solo paso atrás significaría la rendición incondicional ante todos sus fantasmas. Los moros de la costa tendrían en cualquier caso que aparecer y, por supuesto, explicarse. Él estaba fuera de duda. Todo el campo del delito para los invasores diurnos. La idea le tranquilizó. Cualquier fechoría por aquellas latitudes se intentaría con la complicidad de la noche. Pura lógica. Nadie se iba a meter a pleno sol con un joven desconocido que saltaba de roca en roca buscando un rincón tranquilo para cavilar.

 

 

                                                 2.

Un sonido cristalino en medio del tumulto de las rocas le electrizó. Esperaba algo pero aun así se sorprendió. Parecía el eco de una risa fresca o el trino agudo de un ave o el chirrido metálico de un aparejo marino. Contuvo la respiración. Silencio. La brisa corría a su favor y le daba ventaja: podía oír sin ser oído. Decidió seguir avanzando aunque no resultaba fácil andar por allí. Sin las flamantes zapatillas nuevas se hubiera desnucado.

Le estorbaba la camisa y se la quitó arrebujándola con la toalla y el pantalón. Debería haber traído una bolsa para tener los brazos libres pero nadie lo había previsto; no pudo evitar un sentimiento de rabia hacia su madre. Llegó a un punto en el que era imposible avanzar sin utilizar ambas manos, así que escondió el hatillo en una oquedad de la roca. ¿A quién se le ocurría ir con pantalón largo a la playa? Tampoco las gafas de buceo le servían de nada. Dejó también la gorra de tía Mercedes que le protegía del sol. Zapatillas, bañador y gafas oscuras era todo lo que necesitaba.

Había vuelto a escuchar el sonido. Parecían risas. Le latía el corazón, le apretaba la garganta, se estaba excitando. Allí estaría ‘su’ rubia, aunque acompañada. Era lógico: una mujer sola tomando el sol en aquellas rocas se arriesgaba demasiado. No con él, pobre bendito, tan inexperto, tan respetuoso; pero había por el mundo muchos chacales como decía a menudo tía Leonor.

Iba agachado, arrastrando el pecho sobre las aristas con una doble precaución: no caerse y no ser descubierto. La ansiedad galopaba por sus músculos. Estaba cada vez más excitado. Se tumbó sobre una roca plana para calmarse. No era cuestión de… No, lo había jurado. Y ahora lo juraba una vez más. Estaba decidido por encima de todo. Aunque no lo vigilara la severa efigie del bisabuelo contemplándolo con mirada sepia desde un lateral de su alcoba.

Sin embargo aquella posición le incitaba demasiado. Tenía que cambiar de postura. Se había jurado no repetirlo. El placer solitario era cuestión de la infancia, de la adolescencia a lo sumo. Lo había descubierto un verano cuando tenía nueve o diez años subiendo a los árboles en la finca de tío Ambrosio. Se lo había sugerido prima Conchi: “Trepa despacio a ese chopo, apretándote mucho, y tendrás el gustito”. Qué cría. ¿Quién se lo habría enseñado a ella? La confesión general a principios de curso espolvoreó las cenizas del placer. Volvió a caer al verano siguiente, tres golpes esa vez, sobre los mismos árboles a sabiendas de que su primita lo espiaba ejerciendo esa gozosa provocación de la niñez madura. ¿También ella se oprimiría contra un árbol cuando nadie la viera? ¿O más bien lo hacía sobre la bicicleta con aquella forma tan rara de montarse? Tardó bastante tiempo en interpretar las extrañas operaciones de prima Conchi sobre el sillín. ¡Incauto!  En fin, el segundo traspiés veraniego se saldó con una nueva confesión general y un severo control semanal del padre Iturmendi. Consiguió desengancharse.

Más tarde, a los quince, reincidió inducido por Carlos. Se trataba de toda una construcción intelectual. Decía su amigo que era el mejor remedio para no enredarse demasiado temprano con alguna zorrita y quedarse en la pura mediocridad. Que era mejor mantener la tendencia adolescente —al fin y al cabo, un impulso natural— hasta que uno se hiciera un hombre de provecho. Que había que acabar la carrera, labrarse una posición social, una situación sólida y un prestigio que permitiera elegir. Que había que conservarse limpio para la elegida, por una parte; por otra, que no se podía optar por cualquier chiquilla sentimental. Su amigo decía haber hablado largo y tendido sobre este asunto con el padre Salaverri. Más tarde Leopoldo oyó rumores sobre una ‘especial amistad’ entre ambos.

Mantuvo la dulce costumbre en la universidad. Aún no había ocupado la alcoba del bisabuelo. Era un modo discreto de no perder el tiempo, de complacer las expectativas académicas de la familia. “Un expediente brillante influye positivamente en los tribunales de oposición”. “El premio extraordinario fin de carrera corre de boca en boca. Es un cincuenta por ciento del éxito perseguido”. Mamá y papá se lo habían recalcado. Las buenas notas exigían ciertos sacrificios. Sin detallar más. Lo de la abstinencia sexual era competencia de tía Mercedes, moralista oficial de la familia. Insistía en cada fiesta de Reyes y en cada cumpleaños: ninguna chica, ni siquiera una amiga casual, ninguna canita al aire, ningún descuido, nada. Cualquier cosa antes que correr el riesgo de ser atrapado. Se conocían casos. Grandes torres habían caído. Si realmente aspiraba a ser notario todos los sacrificios eran pocos. Ese también. Mamá no era tan clara pero sabía hablar entre dientes. Tío Marcelo y tía Coronación lo enfocaban de manera trascendente. Papá se refirió una vez a ello con cierto desenfado. Tía Leonor cucaba los ojos. Conclusión: debía frenar y controlarse. Luego tendría tiempo de todo.

¡Este era el tiempo de todo, puñetas! Se acabó la memez de las pajas solitarias. Ya no habría más retretes ni más duchas ni más piscinas ni más sábanas encubridoras, siempre escabulléndose de las miradas sepias del bisabuelo colgadas de la pared. Así que se arqueó para no caer en la tentación. No quería quedarse desmadejado y soñoliento secándose al sol mientras a pocos pasos podía encontrar la solución a sus ansiedades, esa desembocadura natural del macho en la hembra tan temida como deseada. Se levantó y siguió avanzando cauteloso.

 Leopoldo sintió que se le cortaba la respiración. Se quedó clavado. ¡Allí estaban! ¡Dos! Una al lado de la otra. La rubia del despertar y la morena curtida que se le había insinuado en el desayuno. La identificó por el blusón floreado que sobresalía de su bolsa. Estaban boca abajo, no muy separadas, la rubia con un tanga marrón y la morena completamente desnuda, salvo la gorrita que le cubría la cabeza. Escuchó palabras y risas. Eran extranjeras. No hablaban en inglés. Tampoco en alemán. Podía ser sueco, danés o noruego, cualquiera de esas tres lenguas hermanas.

Supo que aquellas pieles que recogían las formas casi definitivas de la perfección corporal iban a abrasarle la vista pero siguió mirando. No podía concentrarse en ninguno de los dos cuerpos ni dedicar un ojo a cada uno, de forma que los asaltaba alternativamente con absoluto desconcierto.  La sangre había llegado a los poros de su piel. La respiración ventilaba el sofoco que le invadía desde la planta de los pies. Estaba empapado. Si las mujeres se volvían y lo sorprendían allí pensarían que acababa de salir del mar. Notó que le temblaban los muslos y que una ola de energía salvaje invadía sus vísceras agigantándolas con un latido autónomo. Casi descreyó de sí mismo.

Se ocultó tras la roca y agitó su cabeza para expulsar cualquier imagen que no tuviera forma de carne sonrosada. Miró al reloj tal vez por ser circular, tal vez para calcular cuántos minutos de exquisita redondez les quedarían a sus ojos si ocupaba un nuevo observatorio. Corría el riesgo de que lo vieran babeando como un imbécil, se enfadaran y se fueran. Si se quedaba allí era menos probable que lo descubrieran. Pero quería ver, contemplar carne viva al natural, desquitarse de aquellos simulacros en casa de Carlos.

Decidió arriesgarse. Dio un rodeo y gateó hasta ganar la posición buscada. Las tenía ahora a tres o cuatro metros. Conteniendo la prisa pero con el corazón retumbando, se asomó. La morena se había dado la vuelta. Una conexión eléctrica de alto voltaje entre ojos y cuerpos le recorrió la médula. El calambre fue ascendiendo hasta casi nublarle la vista. Temió una insolación. Por primera vez contemplaba un sexo abierto. Estaba turbado; una remota conciencia de culpa lanzaba oleadas oscuras sobre su mente. Apartó la vista con un movimiento enérgico, pero el terremoto seguía sacudiéndole.

Recordó su primera masturbación en compañía, recién cumplidos los quince, viendo unos vídeos que Carlos había birlado a su hermano mayor. Lo hizo emulando a su amigo, compitiendo con él; tres veces lo logró a lo largo de la tarde aunque su compinche consiguió cuatro polvos, los dos últimos a pleno grito. Él no quiso más. A última hora sufrió el zarpazo de la conciencia gritándole “¡Pecado!”. La confesión del sábado fue diluyendo aquella contradictoria sensación. Porque era para conservarse ‘limpio’, según su amigo. Aguantó los sermones del padre Iturmendi durante aquel año pero no pudo evitar varias caídas poco antes de los exámenes. Más tarde, aunque el sueño le proporcionaba periódicos alivios, la dulce costumbre fue tomando cuerpo.

Los viajes de estudios y el paso del ecuador en la universidad habían transcurrido en blanco. Tuvo que ponerse firme cuando llegó el fin de carrera para escapar de los cabarets con striptease porque todas sus disculpas eran batidas con facilidad por sus compañeros y más aún por sus compañeras. Ese último viaje fue el más penoso, el más difícil, el más comprometido. Estuvo a punto de naufragar, de rendir todas las barricadas construidas para la ocasión con ayuda de sus directores espirituales. La última noche tuvo que salir huyendo de su habitación porque en la cama contigua jadeaban dos de sus compañeros sobre una fulana que habían contratado en el bar del hotel. Fue la fortuna o la gracia divina revestida de tal —como le dijo el padre Iturmendi cuando se confesó— la que le salvó entonces del abismo. Un beso prolongado de tía Mercedes, al regreso, vino a ser la insidiosa recompensa.

Ahora se encontraba solo ante al peligro estremeciéndose con la llamada del placer, fuera de control como si obedeciera un mandato supremo. Toda su naturaleza le arrastraba hacia aquellas dos mujeres que tenía ante los ojos, dos hembras en plena algarabía, carne vibrante y golosa, nada que ver con los vídeos. Gozos y ensueños de tanta avidez que le quemaban los labios y la lengua, que le arrancaban fibras de los músculos y le arrasaban las palpitaciones mientras se mordía los dedos y los pliegues de la piel.

Creyó sumergirse en las humedades cálidas del mar mientras brotaba  un sol ardiente en el centro de su cuerpo y los fragores de un volcán sin dimensión estremecían los músculos del universo poniendo en peligro la consistencia de los acantilados sobre los que se posaban las gaviotas ofuscadas por aquella melodía sin canción que los aires recitaban respetando el compás y el tono desbordados más allá de cualquier interpretación que pudiera concederse a la frágil secuencia de unos segundos plagados de eternidad.

El latigazo alertó su conciencia. Se supo despierto y triunfador. Cuando abrió los ojos vio a las dos mujeres vueltas hacia él y sentadas en el mismo lugar que ocupaban antes pero ahora atentas como si husmearan novedades o peligro. ¿Habrían contemplado su apoteosis alertadas por un jadeo, por un espasmo, por algún gesto extraño o por la simple intuición? Recordó un libro de Nancy Friday perteneciente a la colección privada de tía Leonor que ella había dejado a su alcance. Le impactó el título: Fantasías de mujeres, lo leyó y registró en su memoria varias frases. Una de ellas rezaba: “Cuando en las proximidades de una mujer estalla un nódulo energético de alta densidad, los sensores intuitivos de la feminidad detectan el fenómeno al instante”.

No sintió vergüenza. Tuvo incluso la sensación de haber ascendido varios peldaños en el escalafón de la inocencia. Las extranjeras podían haberle visto. Qué más daba. El siguiente paso pudiera consistir en acercarse a ellas. ¿Lo desearían? ¿Le estarían esperando? ¿Y si se producía un rechazo? ¿Y si tenían sus hombres por allí ojo avizor? Menuda metedura de pata. Las dudas le confundían. Un miedo impreciso le estaba paralizando. Apartó la vista con esfuerzo, consultó la hora y se consoló pensando en que aún quedaba tiempo para lo que pudiera suceder.

Entonces, de repente, surgió la imagen de Clara. Su novia oficial no había ocupado ni un solo instante en toda su expedición por el acantilado. Era como si la distancia hubiera zanjado de golpe aquella relación mortecina definida por la rutinaria reunión dominical en casa de ella para almorzar, la sesión de cine vespertina y los insípidos recorridos por el Paseo de Zorrilla o los senderos del Campo Grande hasta las diez de la noche, hora en que la ‘niña’ debía recogerse.

A pesar de la referencia al nombre no tenía ninguna claridad respecto a ella. Y ahora menos, tras el anónimo recibido. No sabía casi nada de mujeres. Había oído y leído que eran volubles, imprevisibles, poco fiables, incluso pérfidas y despiadadas. Que les gustaba utilizar al hombre como un juguete: primero lo ilusionaban y luego lo echaban al cubo de la basura. Que algunas eran simples oportunistas: veían en el varón la seguridad económica, una ocasión de lucimiento familiar o una oportunidad para la relevancia social. A pesar de su encierro le habían ido llegando rumores referidos a parientes o amigos jóvenes. Tía Coronación lo tenía al corriente. No eran las mujeres de ahora como su madre ni como tía Mercedes ni como las amigas de su tía ni como ella misma, todas unas santas a pesar de que pisaran menos la iglesia que sus abuelas. Mujeres sinceras, decentes, fieles, de un solo hombre, sin deslices, sin sombras, sin vicios, sin sospechas.

Aquellas titis extranjeras habrían pasado por cien manos, por... quién sabe. “En el extranjero, en los países desarrollados, sobre todo en los nórdicos, cualquier titi pasa por cien manos antes de llegar a la mayoría de edad” había oído decir a tío Federico en la finca de tío Ambrosio. Agazapado tras unos matorrales, con la complicidad de prima Conchi y de primo Teodoro, había espiado las conversaciones calientes de las tertulias nocturnas. Ya se sabía: a los trece o catorce años las niñas empezaban a tontear, se dejaban acariciar, se besuqueaban en los rincones con sus compañeros de clase, permitían que les apretasen los muslos nuevos, primero por encima de los vaqueros o de la falda y luego por dentro o por debajo hasta que las manos codiciosas alcanzaban su objetivo.

Pronto llegaba el momento en que ellas tomaban la iniciativa y metían mano a sus amiguitos poniéndosela grande y dura y haciéndolos estallar en medio de una competición de tamaños, consistencias y frecuencias hasta que llegaba el día en que aburrido de disparar al aire y queriendo experimentar las nuevas sensaciones escuchadas o leídas, un osado se abría paso hacia el último secreto de la chica y se zambullía en el boscaje o en sus proximidades retozando hasta el aullido.

La última etapa de este aprendizaje llegaba un par de años después  o tal vez antes pero en privado. Entraba en juego eso que llaman amor y que justifica el primer abrazo profundo. La niña había cumplido quince años o dieciséis. Estaba enamorada y había superado los juegos eróticos con los muchachos del barrio o del colegio. Algo oscuro le impedía hasta entonces dejarse penetrar. El miedo al embarazo o a los contagios eran los argumentos oficiales aunque había más razones. Los besos, las caricias, los tocamientos, la excitación… todo estaba bien pero llegar al coito era un proceso más complejo, un camino reservado.

Era el momento en que resplandecía la luz, la ofuscación imponía su ley, el amor triunfaba y ocurría un encuentro en la más gloriosa intimidad. La chica quería paladear la cálida viscosidad de su chico por lo que había tomado solo las precauciones mínimas. Al cuarto día, cuando el éxtasis desmoronaba todas las barreras y anulaba cualquier reserva que arrojase brumas sobre unas sensaciones tan luminosas los adolescentes vibraban en el frenesí más despiadado hacia un futuro que solía resultar complicado por un embarazo imprevisto.

Leopoldo interrumpió la reconstrucción de aquellos lejanos espionajes porque sus ojos habían vuelto a aterrizar sobre el cuerpo de la morena. Se había tumbado de nuevo con los muslos altos. La rubia estaba sentada al lado con las piernas abiertas pero más recogidas. Aun cavilaba Leopoldo sobre si acercarse a ellas cuando vio que hablaban entre sí. La morena alzó su brazo derecho y acarició una de las pantorrillas de su amiga. Se movía con lentitud ascendiendo hasta la rodilla, descendiendo luego y volviendo a recorrer despacio el muslo.

El hombre sintió que un fuego loco le proyectaba hacia el mismo objetivo. Se imaginó sentado al lado de la rubia acariciando con su mano la rodilla alzada, descendiendo lentamente por el muslo mientras ella se iba abriendo en un gesto de aceptación. Sus dedos se demorarían allí sin prisa explorando cada pliegue, cada resquicio, hilando cada una de las fibras musculares, cada uno de los tendones, cada uno de los temblores hasta alcanzar la fuente de la abundancia, hasta empaparse con el sudor gozoso desafiante de vientos y soles, hasta… hasta…

Pero allí seguía él clavado prendido de los dibujos imaginarios que compondría la lengua de la rubia danzando sobre sus propios labios. Vivía un presente ciego, preveía un futuro incierto y aborrecía un pasado que le había negado sensaciones tan formidables como las que estaba imaginando. Porque mujeres desnudas, hembras al sol deseando manos masculinas tenía que haber a cientos: solo era cuestión de buscar, de mirar, de olfatear el viento.

Pero allí seguía él, inexperto, torpón, inseguro, amordazado por centenares de ideas turbias, por impedimentos incomprensibles, sintiendo dos llamadas poderosas y contrarias, repudiando la imagen de su madre y la de los curas del colegio, y otra vez la de su madre y la de tía Mercedes, y la imagen inerte de Clara, y la de su padre, y hasta la figura de tío Marcelo que lo había embaucado para preparar aquellas oposiciones que él mismo no había conseguido superar, cuya herida restañaría el sobrino brillante y sumiso aunque fuera a costa de atropellar los fuegos de una juventud que comenzaba a declinar cumplidos de largo los treinta años y una distancia infinita de la vida que hubieran exigido sus vísceras y sus glándulas felices y hasta su mediano cerebro solidificado ahora por leyes, decretos, reglamentos, resoluciones y ese cúmulo de protocolos alineados para tormento de una memoria en la que mejor hubieran cabido imágenes de fiesta y semblanzas del placer profundo.

 Volvía a torturarle una desazón opaca. Aborreció su timidez, su falta de reflejos. Era tarde para acudir junto a las nórdicas. La tarea ofrecida a sus manos la ejecutarían otras, quizá las de algún recién llegado que las sorprendería así mientras él se torturaba con aquella pasividad inerte. O llegarían sus hombres que podían estar haciendo pesca submarina. En todo caso qué falta del sentido de la oportunidad, qué estúpida manera de dejar el campo libre a cualquier entrometido.

Se puso el bañador con un insufrible sentimiento de frustración y rompió a caminar aborreciéndolo todo. Declaró enemigo al sol por haber seducido a las nórdicas consiguiendo que se desnudaran y por seguirlas disfrutando con su caliente lengua. El agua le causaba fastidio porque no fue capaz de atraerlas ofreciéndole a él la posibilidad de un acercamiento anónimo; abrazadas ellas por las ondas no se hubieran percatado de su aproximación. Las gafas le hubieran proporcionado una visión subacuática de aquellas sirenas antes de intentar mayores osadías.

Tomó el camino del hotel con el ánimo enmohecido. Oportunidad como aquella no se le presentaría en años. El día siguiente amanecería nublado, no habría titis al sol o estarían acompañadas. Tendría que buscar lejos, en otra playa, porque en aquella le asaltaría la sensación de ridículo. Aunque no era solo cuestión de distancias.

 

 

                                                 3.

Leopoldo volvió la vista atrás. Todo era confuso. Podía ser la neblina que la brisa iba lamiendo del agua o el vaivén que bamboleaba sus sensaciones, sus reflexiones, sus sentimientos. Cuando mamá y tía Mercedes diseñaron aquellos tres días de descanso en soledad no podían sospechar que en un lugar tan sosegado pudiera sufrir su niño tan graves convulsiones. La sublevación contra todo, el deslumbramiento matutino, el encuentro del desayuno y la represión en el acantilado desmontaban el proyecto de sus piadosas protectoras. Tampoco él llegó con otra intención que reflexionar sobre los últimos sucesos y el futuro que se avecinaba. Podía descansar y relajarse. La infinitud del mar aleja las preocupaciones. Aquella playa tranquila sin discotecas, sin alboroto, sin gamberros… era uno de los islotes de serenidad que quedaban a orillas del Cantábrico, le había asegurado su madre.

Las playas mediterráneas ofrecían pocas garantías para un muchacho inocente como Leopoldo, había recalcado tía Mercedes. Las de las islas aún menos. Y tampoco era cuestión de llevarlo de la mano como si tuviera siete años. Era todo un señor notario a pesar de su juventud. Pero iría solo, sin la compañía de primo Teodoro. La jugada les había salido bien. Mamá y tía Mercedes aportaron más argumentos. Polito debía iniciar una vida independiente aunque durante unos años lo tutelaran los cuidados de ellas mismas y el apoyo de toda la familia. Tenía que reflexionar sobre las decisiones próximas, programar los acontecimientos por venir: la elección de destino, la toma de posesión, la petición de mano, la fecha del himeneo… “Deberás ir pensando ya en la fecha del himeneo, hijo” se aventuró a decir doña Consolación con la mirada ansiosa al comprobar que en el programa de descanso no se aludía a su encantadora hija. Las ironías de tía Leonor habían puesto el contrapunto: “Leopoldo ya no es el niño grande que está aguardando a que le organicéis la vida y le hagáis los planes”.

De lunes a viernes a primeros de julio no había peligro. Los fines de semana eran más complicados con las tribus urbanas ensuciándolo todo, con la invasión de las pandillas, de los gamberros, con las jovencitas  desvergonzadas que sacaban las tetas al aire al menor indicio de sol. “Esas desvergonzadas que lo enseñan todo, en fin, ya me entiendes, ¿verdad Polito?” advertía tía Mercedes. “Las tetas y el culo, ¿o crees que tu sobrino es tonto del idem?” precisaba tía Leonor.

El sábado debía volver para preparar los últimos detalles de la fiesta del domingo: solemne misa de acción de gracias y suculento banquete. “Acudiremos en familia a una solemne misa de acción de gracias y celebraremos luego un suculento banquete; a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César” había pontificado tía Mercedes ladeando el cuello hacia la izquierda y recalcando el plan con enérgicos movimientos del brazo derecho. No podía celebrarse con menos boato aquel gran éxito tras cinco años de brillante carrera y doce más de ímprobos esfuerzos para ganar la oposición.

Leopoldo salió de su ensimismamiento. Sobre el fondo cerúleo que ocupaba toda la valla publicitaria la muchacha del bañador rojo paladeaba un helado de chocolate con los ojos semicerrados. Seguía apareciendo solo su busto subrayado por la frase «baño de chocolate» pero hoy no era lo mismo. “La expresión del rostro muestra una alteración más profunda de la que proporciona el dulce. Como si la nena no solo estuviera recibiendo frías caricias en la lengua, ¿te has fijado?”. Apenas había reparado en la observación de primo Teodoro unas semanas atrás pero ahora caía en la cuenta. Qué tunante.

Se detuvo ante el cartel. Un latigazo le recorrió la espina dorsal cuando su voz sin palabras cambió las dos primeras letras del eslogan por una ‘c’ y una ‘o’. ¡Un hallazgo digno de su primo!  A él no le habían permitido venir a pesar de que eran pocos días. “Tu primo tiene que estudiar, ya lo sabes” fue la contundente respuesta de mamá. Otro notario en la familia dentro de treinta años… o de cuarenta quizá. La estrategia había funcionado. Y en la distancia, sus maliciosas sugerencias también. Una minucia en comparación con lo que decía el anónimo. Ahora la moza del anuncio se transformaba alternativamente en la rubia y en la morena del acantilado paladeando el helado con una mano mientras con la otra… Tendría que hablar con primo Teodoro. Pero no de esto.

Una intranquilidad sinuosa deshizo el paréntesis que había abierto el anuncio. Aquellas primeras horas de relax las había vivido como huyendo de la amenaza. El anónimo afirmaba que primo Teodoro hizo algo más que rondar a Clara. Hablaba de un romance entre ellos. ¿Qué significaba exactamente romance? ¿Amistad afectuosa, enamoramiento platónico, principio de noviazgo? ¿Cuál habría sido el final? Y… ¿por qué? El cabraloca de su primo no le inspiraba ninguna confianza. Aunque nada podría reclamarle en el más grave de los supuestos, porque entonces Clara era simplemente la hija de unos amigos de la familia. Estaba confuso, muy confuso.

La última mirada atrás de Leopoldo le dejó un gusto agridulce porque no había descartado que aparecieran tras él las nórdicas de regreso al hotel. Al menos una de ellas se alojaba allí. O quizá las dos. Estaría atento. Mientras tanto la ducha fue toda una revelación. Hizo una limpieza meticulosa de su cuerpo como un ritual purificador. Se demoró en el tacto. Encontró en su piel nuevos resortes. El agua caliente despertaba gozosas golondrinas de prolongado vuelo. Volvía a estar vibrante. Apenas había transcurrido una hora desde la explosión en el acantilado y ya se sentía pleno. Un optimismo enérgico sustituía al decaimiento que había torturado su retirada. Las imágenes de aquellas dos mujeres cuyos cuerpos había acariciado en su retina llenaban la pantalla vibrátil de sus ojos entrecerrados. Volvió a estremecerle la erupción que lo puso en órbita mientras las contemplaba con mirada de fuego.

Abrió los ojos y sonrió como si fuera a condescender, pero negando con la cabeza confirmó su decisión. Se sintió desnudo frente a las figuraciones que le habían acompañado durante los últimos minutos. Un sentimiento indefinido le llevó a estirarse, a bostezar. Acabó de asearse y se perfumó. En algún lugar había escuchado que el ser humano es un animal pituitario. La expresión era digna de tía Leonor, una experta en la seducción olfativa y también una libertina, según lenguas, la oveja negra de la familia, la renacida estirpe del abuelo. Una última inspección ante el espejo resultó positiva. Eran las dos de la tarde.

En el comedor había bastante sitio. Enseguida localizó al sujeto del desayuno. Recordó lo del supermercado y le extrañó. También él lo vio y le hizo un gesto de saludo. No estaba solo. Le acompañaba un hombre mayor de rostro amable y un lejano aire de abandono. Su escasa cabellera blanca descuidada y revuelta era todo un síntoma. Leopoldo no lo dudó. Se trataba de otro solitario. Saludó a los dos y les preguntó si tenían inconveniente en que los acompañara.

—De ningún modo, muchacho —respondió el conocido—. Acabamos de sentarnos y no esperamos a nadie más. Mira, te presento a don Gumersindo. ¡Cuatro sílabas nada menos, otras cuatro sílabas! Y tampoco se le pueden abreviar, no lo puedo llamar don Gumer y menos aún don Gu, o sea que tranquilo —terminó, mirando a Leopoldo.

—Ya está usted con sus chanzas —dijo el hombre con voz desvaída.

Leopoldo estrechó las manos de ambos y se acomodó. El salón quedaba a su espalda. Frente a él se desplegaba un paisaje marítimo velado por los encajes de las cortinas cuyo tono beige armonizaba con los flecos carmesíes que sobresalían de la coroneta.

—¿Cómo ha ido la mañana? —preguntó Ricard.

—Muy bien, muy bien —respondió Leopoldo con aplomo temiendo que su voz le traicionara.

—Hay hembras imponentes por el mundo, ¿eh? No diga usted nada don Gumersindo —guiñó maliciosamente un ojo— pero en estos parajes ha desembarcado una tribu de valquirias que ya, ya.

Leopoldo se creyó descubierto. ¿Qué podía saber aquel entrometido de las dos imponentes mujeres que lo habían hechizado? Por otra parte ya le había advertido que por el acantilado podía tropezarse con algunos regalos. No acertaba a responder cuando el metre interrumpió la recién iniciada conversación. Miró a los comensales sonriendo, pidió disculpas y preguntó. Los dos hombres ya tenían elegido el primer plato aunque dudaban sobre el segundo.

—Nosotros tomaremos de primero una ensalada de abacanto, pero atienda al joven.

Leopoldo pidió lo mismo. Ricard continuó:

—Por mi parte tomaré después pescado y creo que don Gumersindo también: ¿qué nos recomienda?

—Los señores pueden elegir el rape en salsa de ostras o el medio besugo a la espalda guisado con vinagre de ciruela. El rodaballo está excelente, lo mismo que la lubina. Podríamos hacérselos a la plancha con limones de monte. La merluza como siempre, especialmente a la koskera. Todo el pescado es fresquísimo —concluyó el metre.

—Lo de los limones de monte promete: rodaballo a la plancha para mí. ¿Qué tomará usted, don Gumersindo, y tú, joven amigo?

—Yo lo mismo que este caballero —respondió el hombre mayor.

Su voz sonó opaca, difusa, como si los pensamientos los tuviera a muchísima distancia. El metre preguntó a Leopoldo.

—Pues para mí… lo mismo —contestó resolviendo una duda de escaso interés en aquel momento.

—Muy bien, enseguida estará todo —se despidió el metre con media reverencia tras anotar también un vino blanco de Rueda para los dos. Don Gumersindo no bebía alcohol.

—Gracias por la confianza, amigos —dijo Ricard tras haber elegido la bebida. Y dirigiéndose a Leopoldo continuó:

—Me has dicho esta mañana que estarás poco tiempo ¿no es así?

—Sí, solo tres días. El sábado vuelvo a casa.

—¿Por qué el sábado? Más bien es día de llegar que de partir.

—Tenemos una fiesta familiar el domingo.

—Ah, claro, ya me lo habías comentado.

—Además tengo que preparar las cosas porque el mes que viene comenzamos un curso.

—¿En pleno agosto?

—Sí, hacemos ahora prácticas para incorporarnos en septiembre.

—Está bien, está bien. Ya ve usted, don Gumersindo: la gente joven tiene todavía espíritu. A nosotros nos han caducado esas ilusiones. Menos mal que tenemos otras ¿no es verdad?

—Hombre… —respondió el aludido con una mueca distante.

Ricard continuó:

—Eso de la fiesta familiar está muy bien pero tendrías que celebrarlo también a tu modo, por tu cuenta, una especie de despedida de la soltería laboral ¿me comprendes?

Achicó los ojos fijándolos en el rostro de Leopoldo. Lentamente hizo un recorrido desde la frente hasta el mentón y de una oreja a la otra. Luego osciló varias veces su cabeza como dudando. El joven notario se había sonrojado.

—Bueno, no te apures que por ahí hemos pasado todos. Con eso de las oposiciones no te has estrenado aún ¿verdad? —preguntó Ricard con una sonrisa pícara.

—Pues hombre, qué le diría yo —respondió Leopoldo.

—Que no me trates de usted, muchacho. Tú y yo pertenecemos a la misma tribu. Don Gumersindo es otra cosa. Primero la edad, y luego que un catedrático es de usted por principio categórico. Más si está jubilado de sus obligaciones oficiales ¿no es así?

El hombre esbozó una sonrisa triste. Ricard insistió:

—Mira, no te apures, que alguna vez hay que empezar. Me has dicho que has ganado Notarías ¿no?

—Sí, sí.

—Se te adivina. Tienes un aspecto rígido, muy medido, encorsetado. Seguramente llevas dentro normas, leyes, decretos y reglamentos. Eso acartona la vida. Tendrás que sacarlo de ti y aparcarlo en el despacho. No lo lleves todo el día encima como uno de tus colegas a quien conozco; el alma se le ha vuelto dura, de puro esparto.

—Bueno, yo tengo ganas de vivir. Llevo toda la vida estudiando. Me han encaminado por aquí y me ha costado mucho. Pensaba que nunca iba a llegar. A poco más me quedo en los huesos. Pero ahora estoy contento.

—Se te ve en los ojos.

—Han sido años durísimos estudiando trece y catorce horas diarias, descansando a medias los domingos, prácticamente sin vacaciones en todo ese tiempo. Las últimas duraron una semana hace ahora dos años.

—Y sin amiguitas, claro.

—Bueno, tengo novia.

—¿Sí? —abrió Ricard unos ojos muy grandes— ¿de veras? Entonces ya, bueno, no quiero ser indiscreto. Me refería a lo demás. La novia está bien para lo que está, pero todo hombre, al margen de, tiene sus propias historias, supongo que sabes lo que quiero decir.

—¡Don Ricardo! —interrumpió el hasta entonces silencioso contertulio—. ¡Debo disentir solemnemente de sus opiniones ante este joven! Le ruego que hable del tema con seriedad.

—No se me mosquee, don Gumersindo —contestó Ricard—. Estamos ante un soltero enjaulado durante años al que le convienen unos garbeos por las colinas del placer antes de adentrarse en las procelosas marismas del matrimonio ¿lo he dicho bien?

—Déjese de chirigotas, que el amor es una cosa seria —respondió el jubilado acabando su ensalada.

Mirando a Leopoldo dijo:

—No haga usted ningún caso a este libertino.

—No asuste al joven —replicó Ricard con media carcajada—. La vida es bella y hay que disfrutarla.

Y añadió dirigiéndose a Leopoldo:

—Tú no seas bobo. ¡Ahora te puedes poner las botas! Aparca de momento a la novia. Experimenta antes. No digo que la plantes si es buena chica y tal sino que la aparques durante un tiempo. Ella te esperará y os vendrá bien a los dos. Ya lo verás. Mientras tanto aprovecha. En cuanto te dejes ver y las mujeres se enteren de que tienes un porvenir tan brillante van a ir a por ti como lobas. Anda con cuidado, no te enganches. Disfrútalas pero mandando siempre. Ojo, que es difícil porque son unas brujas. Después hay tiempo para casarse si eso te llama. Pero piénsalo y experimenta. Mejor ahora que luego.

 Los ojos rugosos del hombre maduro examinaban con aire malicioso la figura del joven triunfador que sonreía pensando en las fieras hembras con las que debería enfrentarse de inmediato. El gesto de Leopoldo se desplomó al recordar el episodio del acantilado. Un rictus de rabia le recorrió el rostro. ¿Era ese el camino que le esperaba? ¿Apuntar y disparar al aire?

El locuaz comensal se aplicó a la ensalada que apenas había probado. Hubo un minuto de silencio. Leopoldo miró a sus acompañantes. Don Gumersindo estaba en lo suyo. La mirada de Ricard revoloteaba por los rincones del comedor. Parecía buscar a alguien.

—Ya te digo, como lobas las hembras detrás de ti —insistió Ricard—. Pronto se te olvidarán los ayunos de estos años. Bueno, las abstinencias, utilizando términos píos. Pero ojo, que te pueden cazar como a un topo. Hay mujeres que huelen la presa a kilómetros. Y con el apetito que debes de tener ¿o no? Porque lo de la novia, según veo, ni fu ni fa.

—Hombre, la verdad es que… —respondió Leopoldo desviando la vista.

—No tienes mucha escuela, ¿cierto? Es lógico. Te hubieras pegado veinte años opositando si se te cruza una tía buena en el camino antes de sacar las dichosas Notarías. O las hubieras mandado al carajo. A ellas eso les importa poco al principio, digo a las mujeres. Se enamoran y quieren atención, mucho mimo y mucha marcha. Luego es otra cosa. Por eso te digo que andes con ojo.

Aquel hombre empezaba a pasarse. Leopoldo estaba harto de monsergas fueran del signo que fuesen. Aunque por otra parte ¿por qué no aprovechar su experiencia? Tenía que reconocer sus enormes lagunas, su ignorancia y su miedo. La relación con Clara no le había desvelado nada. Viejas amigas las familias, predestinados a emparejarse, mantenida ella entre almidones hasta los veintiséis años —salvo que fuera cierto lo que el anónimo sugería—, ofrecida hacía cuatro en aras de un noviazgo inmaculado nada más trasladarse la familia a Valladolid, con doña Consolación de carabina, cuando no la voluntariosa tía Mercedes, con absoluta ceguera para los temas vivos, con clausura de cualquier sensualidad, con total enclaustramiento de otra piel que no fuera la de la mano izquierda porque una dama camina siempre a la derecha de su pretendiente, toda la sangre retenida en las secretas venas, todos los encantos corporales velados por solo supuestos encajes. Ni hablar de bañarse juntos ni siquiera en piscinas privadas, desviando las miradas y las voces cuando algún inesperado suceso o espectáculo amenazaba con interrogantes vitales, unas mortecinas vibraciones nacidas más de la costumbre que de la pasión o del deseo, ningún otro asedio superior al del futuro económico-social-representativo y familiar, sin horizontes lúdicos, sin cuestiones genitivas, con la teología moral como único telón de fondo, con el presunto suegro orondo y complacido ante la categoría notarial de la idolatrada hija conseguida por derecho de consorte, con penumbras, miriñaques y bambalinas a flor de piel y a flor de lecho.

Leopoldo sintió una comezón molesta. Sus dos acompañantes eran unos desconocidos y parecían tener opiniones divergentes. Pero estaban vivos. La chispa de Ricard había sido capaz de encender la gastada candela de don Gumersindo. Él, Leopoldo María de La Bisbal y López de Mendoza tenía la ocasión de romper ahora con el ambiente familiar que le rodeaba, con aquella opresión sutil resultante del simulacro paterno y la pacatería materna. Incluso la ambigüedad de tía Leonor se le hacía insufrible y aún más la beatería de tía Mercedes, la grandilocuencia de tío Marcelo y tía Coronación, el turpiloquio de tío Ambrosio y la permanente incógnita de tío Federico y tía Carmen, por no citar a los penosos frailes que todavía soportaba una vez al año. Se apartaría de todos. Rompería con ellos si era preciso al menos por dentro. Guardaría tan solo astillas de las lanzas para simular el juego. Sí, esa iba a ser la conclusión de aquellas jornadas que había destinado a reflexionar sobre su futuro. Regresaría y declararía su decisión de no pedir entonces la mano de Clara, su deseo de esperar, su necesidad de respirar un poco, de programar su vida con calma. Sin dar más explicaciones, porque sí, porque se ahogaba y porque le atormentaba la duda.

Habían terminado el primer plato. La ensalada resultó sabrosa. Un regusto marítimo había espolvoreado aquella armonía vegetal. El conjunto estuvo bien presentado, los componentes distribuidos con sabiduría, las verduras parecían vivas y las colas de abacanto fueron lo suficientemente abundantes como para justificar el nombre del revuelto.

 Ricard comentó la excelencia del plato y reinició la conversación:

—Pues como te digo, tienes que andar con ojo, chico. Yo tuve suerte. Me encaracolé con una elementa sin apenas conocerla y sin saber nada de mujeres, y me salió redondo. Por lo menos al comienzo. Ya te contaré. Pero cuando no nos oiga don Gumersindo que se escandaliza de mis aventuras.

El aludido hizo un mohín de desentendimiento moviendo primero la cabeza hacia los lados y luego oscilando la parte superior del tronco de atrás hacia delante como queriendo dar a entender su desaprobación respecto a ciertas andanzas que ya conocía.

Leopoldo miraba en silencio. Le irritaba el recuerdo de su encierro durante tantos años. Primero el control puritano de una familia anclada en fórmulas ciegas y secas, luego los estudios compulsivos en el colegio y en la universidad con la obligación de obtener notas brillantes que anticiparan el éxito profesional; por último los doce terribles años preparando unas oposiciones que significaban el triunfo definitivo en la vida. ¿Seguro? ¿Incluso ahora? Una especie de brecha mental respondía a su pregunta con los colores de la duda.

Se acercó el camarero con los platos de pescado. El rodaballo a la plancha prometía. Había sido cocinado con briznas de orégano y los consabidos limones de monte.

—Está exquisito —dijo Ricard. Y continuando la degustación añadió a los pocos segundos—: Un gran cocinero.

Sus compañeros de mesa hicieron la correspondiente prueba.

—Un gran cocinero —repitió él con gesto convencido dirigiéndose al metre que había acudido a su señal.

Leopoldo asintió con la cabeza y don Gumersindo hizo también un discreto gesto de complacencia. El metre aceptó el cumplido con una reverencia rápida al tiempo que arqueaba las cejas:

—Muchas gracias, señores. Transmitiré su felicitación al chef.

Comieron en silencio hasta acabar el pescado. Pidieron a continuación los postres dejando el café para el salón. El profesor recordó de repente que debía hacer una llamada telefónica antes de las tres y abandonó el comedor tras apurar su flan con nata.

—Es un bendito. Un tanto raro pero un bendito —comentó Ricard—. Nos conocemos desde hace bastantes años aunque es la primera vez que coincidimos aquí —dijo desviando la mirada.

 Leopoldo saboreaba su pudin de manzanas. Tras la salida del profesor pensó que era oportuno reanudar la conversación y decidió preguntar. Estaba muy interesado en las confidencias de Ricard. Parecía un hombre con experiencia. Y además había abierto el tema.

—¿No me ibas a contar la historia de aquella primera mujer que tan bien te resultó? Me gustaría hablar contigo de eso. No quiero abusar pero necesito aclarar cosas, ya sabes

—Mira, amigo —comenzó Ricard— el tema es interminable. Pero está bien, empezaré por donde dices y te contaré algo de lo que pasó. Cada hombre es una historia y cada mujer otra u otras dos. No te puedes imaginar lo que da de sí una chavala que se ponga a funcionar. Por desgracia no son muchas. O no han sido muchas hasta ahora. La mayoría de las mujeres eran educadas para vivir reprimidas. Casi todas lo aceptaban sin inmutarse y lo que es peor sin enterarse. Si hubieran llegado a descubrir la maniobra a tiempo y hubieran sido capaces de reaccionar tendrían que haberse echado a temblar nuestros padres. Aún quedan mujeres así, por supuesto. Y no se trata solo de sexo. Todas las retrógradas debieran leer el libro de Marianne Williamson El valor de lo femenino. Digo leerse, no leer que es distinto; se trata de verse como protagonistas, no de asistir al texto como simples espectadoras. ¿Conoces ese libro? Es un poco antiguo pero no tiene desperdicio. Examina la vida y el mundo de la mujer en su totalidad, no solo en el terreno erótico. Bueno, dejémonos de filosofías ahora.

—Pues cuéntame la historia que me has anunciado, estoy impaciente —urgió Leopoldo limpiándose los labios con la servilleta.

—Es muy especial, muy distinta de las que entonces se llevaban. Fue mi primera experiencia y me marcó. Estudiaba yo en Madrid Filosofía y Letras, creo que estaba en segundo de carrera. En aquellos tiempos las cosas llevaban otra marcha y ninguna tía decente te hacía insinuaciones. Sobre todo en los pueblos y en las ciudades pequeñas. Yo creo que ni sabían ni se hubieran atrevido sabiendo. Cualquier moza que se pasara un pelín era considerada una fresca, poco menos que una furcia. Si en un momento de tontería se le ocurría juguetear con alguien en público, estaba perdida. O se iba del pueblo o se cambiaba de barrio, si vivía en una ciudad. A menos que se casara con el mozo en cuestión. Besarse en la calle era indecente. El propio Luis Buñuel, nada menos que Luis Buñuel, reconoce que en su juventud, cuando llegó a París, ese espectáculo le parecía de mal gusto. Eran los años veinte y en Francia, pero ten en cuenta que la Edad Oscura ha durado aquí hasta hace poco.

Ricard se interrumpió. Algo reclamaba su curiosidad. Leopoldo miró al entorno disimulando su impaciencia. El mar se perdía tras las cortinas en un remanso de encajes. Podía suponérsele alborotado o tranquilo, con reverberaciones de topacio o de esmeralda, y con olas de labios o de espuma. Era casi lo mismo en medio del silencio que se había ido apoderando del comedor y que estaba adornado solo por rumores de cristalería, vajilla y cubertería en plena friega, y por algún cuchicheo fugaz de los comensales con los camareros.

Una sensación de embriaguez lúcida envolvió al joven notario. La visión tamizada del paisaje marino le exigía menor concentración permitiéndole apreciar mejor el sabor de la tertulia. Al mismo tiempo la disminución del alboroto a su alrededor y el efecto euforizante del Rueda le transportaban a un estado de placidez sensual que apenas conocía.

 

 


                                                 4.

 Las continuas miradas de Ricard a un ángulo del comedor le arrancaron de aquella complacencia. Estuvo por volverse. El brillo de los ojos de su compañero de mesa era delator. Tuvo la certeza de que tan repentina atención la provocaba una mujer.

—Vaya, vaya —musitó Ricard con un gesto entre pícaro y tierno.

—¿Qué ocurre? ¿Hay alguien conocido? —preguntó Leopoldo como pidiendo permiso para volverse.

—No te lo pierdas pero sé discreto. Hay dos hembras ahí que no tienen desperdicio. Han estado mirando sin parar hacia aquí, yo diría que por ti. Seguro que te conocen. Hacían risitas entre ellas. ¿Has tenido ya algún rollo y te lo estás callando, pendón?

Un calambre frío recorrió la espalda de Leopoldo. Dos mujeres fijándose en él. ¡Las nórdicas! Reaccionó para responder a la pregunta.

—¡Si acabo de llegar!  Como no sean…

—Parecen holandesas o danesas, pero cañón, ¿eh? Te lo digo yo. Sobre todo la morena. ¡No te vuelvas ahora!  Ya han elegido menú y no paran de mirar. Es la primera vez que las veo pero parece que ellas nos han visto antes o te han visto a ti. ¿Dónde has estado esta mañana?

—He dado una vuelta por ahí y luego he subido al acantilado. Tú mismo me lo has sugerido.

¿Le contaba el fulgurante encuentro? ¿Todo o parte? Ahora le parecía increíble que aquellas desconocidas le hubieran provocado de la manera que lo hicieron. Ni siquiera estaba seguro de que todo hubiera ocurrido como lo recordaba. ¿No existen los espejismos y las alucinaciones? “Tú alucinas por un tubo” solía decirle primo Teodoro que alardeaba de la modernidad de su lenguaje. También podía haber sido víctima de su ansiedad. “Quien hambre tiene, con pan sueña” repetía constantemente tía Leonor.

—¿No has visto por allí dos buenas hembras? Estarían tomando el sol en cueros, ¿no? —preguntó Ricard con aplomo.

Leopoldo se sintió pillado. Tendría que confesar. Un confidente así era potencialmente un competidor pero también un cómplice. No lo dudó:

—Ha sido tremendo. He localizado dos tías que tomaban desnudas el sol sobre las rocas. Bueno, una desnuda del todo y la otra casi.

—¿Te han visto?

—Supongo que sí.

—¿Y no se han escondido ni se han tapado?

—Allí han seguido tan frescas.

—¡Las tienes en el bote! Seguro que son aquellas que no nos quitan ojo. ¡Pero no mires!

—Descríbemelas.

—Una es rubia, con melena, ojos azules, alta, veinticuatro años, una niña muy bonita; la otra va por los treinta y tantos, de tu edad más o menos, morena, bronceada, más cuajada, pelo corto, muy sexy. Tiene ojos de almendra tostada, auténticos garfios de fuego como diría mi amigo Miguel el poeta. Es la que más mira hacia aquí, la que más cuchichea, la que más se mueve y la que más sonríe.

—Son ellas.

—¿Estás seguro?

—Sí. Voy a mirar.

—No lo hagas ahora. Les das todos los boletos. Espera.

Le invadió una especie de escalofrío. Algo más que las palabras de su colega le impidió volverse. No fue capaz de girar el cuello. ¿Qué hubiera hecho a continuación? ¿Una señal de saludo? ¿Sonreír? ¿Acaso no había finalizado el encuentro con una desoladora sensación de ridículo? Debía dejar que el tiempo limpiara su torpeza. Tras mirarse e intercambiar gestos de calma, pasaron al salón a tomar el café.

—Las mujeres son temibles —dijo Ricard—. Tienes que amarrarte a la banqueta antes de meter el remo.

—Hombre, no será para tanto —respondió Leopoldo intentando dominar su nerviosismo.

—Bueno, bueno. Has estado encerrado durante demasiado tiempo. El mundo ha girado mucho en estos últimos años, chaval. Y las tías con él. ¿No te has dado cuenta? Tienes una novia ¿no?

¿Debía responder? ¿Era Clara, su novia, una mujer evolucionada? No, o al menos no lo sabía. Y sobre todo tras lo que escondiera el anónimo. Nunca habían hablado de cosas significativas. Ella le contaba bobadas familiares y él le explicaba la marcha de sus estudios. Como mucho conversaban sobre la película recién vista o sobre gente conocida.

—Hombre, sé que todo ha cambiado bastante. Pero a las mujeres que conozco las veo más o menos igual.

—Mira, macho: con tus feroces oposiciones has vivido en el limbo. No es tu culpa desde luego. Estar encerrado diez o doce horas al día es para sacar de circulación a cualquiera. Pero ahora será distinto: cuando abras los ojos, los oídos y otras cosas te vas a caer del guindo. Yo estoy cada vez más sorprendido.

—¿En qué trabajas? —preguntó Leopoldo intentando dar un giro a la conversación.

—Bueno, ya te comenté algo esta mañana; me dedico a cosas varias: escribo, diseño, doy conferencias, soy fotógrafo, un ‘freelance’ ¿sabes lo que es eso?, un artista por los cuatro costados —dijo acompañando las últimas palabras con una risotada.

—¿Eres escritor y periodista?

—Digamos que un poco de todo. Siempre a mi aire.

—Pero fuiste funcionario. Me lo has dicho esta mañana.

—Un caso triste. ¿Conoces alguna historia alegre que tenga que ver con funcionarios? Siempre calculando trienios, quejándose del sueldo, poniendo verdes a los de arriba y a los de abajo, fabricando chismes y conspirando por bobadas. Algunos trabajan pero la mayoría se tocan el bolo o la breva. Unos van y otros vienen dejando para mañana lo que pueden hacer hoy. Organizan las vacaciones, montan puentes, especulan con los moscosos, qué ralea. Salvados unos pocos, son escoria. Dejé aquello antes de contagiarme. Si quieres te cuento mi historia de tres años escasos en la función pública pero no merece la pena. Soy un fracaso: ni un trienio, figúrate.

Leopoldo no se sentía identificado con los sujetos que detestaba Ricard. Además estaba deseando que le contara algo más sugerente, esas historias palpitantes de las que imaginaba llena su vida.

—No, no. Yo tampoco quisiera ser un funcionario al uso. Me interesa más saber cómo cambia la gente. Tú estás al tanto de lo que pasa ¿no?

—Más o menos. A veces se asusta uno al vivir situaciones que solo había imaginado. Por ejemplo sobre las hembras buscando guerra. Es sorprendente cómo han disminuido los reparos de las jovencitas.

—Sí, antes lo pensaba. He oído que en el extranjero hay otra marcha, que las chicas empiezan a moverse cada vez más pronto, cosas así.

—También aquí las costumbres han pegado un cambio del copón. Desde hace veinte años todo ha dado un vuelco. Las mujeres tienen tanta libido como los hombres pero la han reprimido durante siglos y ahora estalla. Qué carajo, ya era hora. Fuera de aquí, como dices, las cosas tienen otra pinta desde siempre.

—Solo he salido fuera una vez, a París; fue en el viaje fin de carrera.

—Vaya, París, qué ciudad y qué país. Te podría contar lo que me ocurrió en Francia hace unos años en una playa como otra cualquiera.

—Pues cuenta, cuenta.

Ricard comenzó a narrar la inesperada aventura que vivió en un lugar de la Costa Azul, cerca de Cannes, cuando visitó a unos amigos. Estaba pasando el verano con ellos una sobrina de dieciséis años, Chantal, con la que tuvo un romance tórrido a espaldas de sus tíos. Iba camino de Italia donde pensaba pasar una semana pero se detuvo allí hechizado por la francesita. El impacto de aquellos días todavía vibraba en su memoria.

—Es una historia apasionante —se atrevió a comentar Leopoldo—. Además la cuentas con un estilo bárbaro, macho —añadió arriesgando ese sustantivo que hubiera censurado tía Mercedes.

—Sí, cierto —concedió el narrador—. Ha estado bailándome en el coco durante mucho tiempo y he terminado escribiéndola. Se la pasé a un colega autorizándole a que la incluyera en uno de sus libros eróticos. La ha publicado y anda por ahí. Aún es más larga. Ya te contaré. Me arrastra la vorágine del recuerdo como diría mi amigo Miguel el poeta —añadió con aire burlón.

Parecía dispuesto a continuar el relato cuando aparecieron por la puerta las nórdicas. Leopoldo volvió a inquietarse. Le habían reconocido y se sentía incómodo.

Ricard le hizo una seña y se levantaron.

—Vale por ahora. Voy a mis asuntos de esta tarde —dijo.

—Yo iré un rato a la playa —respondió Leopoldo desorientado.

—Ya hablaremos —se despidió Ricard haciendo un ademán de prisa.

 


 

                                                 5.

Leopoldo subió a su habitación. No tenía claro lo de la playa. Notaba cierto escozor en la piel por la larga exposición al sol durante la mañana. Tendría que aplicarse alguna de las cremas protectoras que mamá y tía Mercedes le habían recomendado. Sacó una del neceser, se desnudó y la aplicó generosamente sobre su piel. Conectó el mp3 y la música de Paganini se adueñó de su penumbra mental.

Como un puñal sonoro se precipitaba el violín solista por las estrías de los oídos en aquella propuesta de Rondo cantada en tono menor hasta que el tutti orquestal replicaba con unos compases mayores teñidos de euforia dando paso a las lamentaciones rasgadas de los violines en un Andantino quasi allegro que puso algo de ánimo en el espíritu confuso del joven, dominado en aquella hora por impulsos indefinidos pero capaces de tanta matización como los provocativos pentagramas de Paganini, “un maestro en la manipulación emocional de los sonidos” como diría su padre tras hacer chirriar una pipa de cristal bohemio sobre el cenicero del abuelo para demostrar que las sensaciones insidiosas son compatibles con la grandeza.

Después de la cantinela que tejen las maderas bajo el acicate del violín frizzante, Leopoldo se sintió reconfortado. Una alegría explosiva rescatada de entre las cenizas del desánimo acabó por adueñarse de él en cuanto concluyó el Concierto nº 5  del genovés. Desconectó el aparato, se quitó los auriculares y decidió salir. No volvería a la playa sino que caminaría en dirección opuesta hacia las laderas de pinos y eucaliptos. Descubriría algún camino umbroso, alguna senda zigzagueante que le condujera a lo alto de una colina desde donde disfrutar del atardecer. Sentado al filo del poniente podría por fin reflexionar sobre lo que se le avecinaba en cuanto volviera a Valladolid.

A un centenar de metros de la última casa del pueblo vio el cartel anunciador del picadero. Decidió tomar aquel rumbo porque pensó en la posibilidad de emplear parte de la tarde montando a caballo. Hacía años que no practicaba, desde que tío Ambrosio vendió la finca donde él, sus hermanos y algunos primos pasaban gran parte del verano. Solo había allí un semental, varios caballos gastados, algunas yeguas de cría y dos o tres potrancos; los buenos elementos habían salido camino de las hípicas. Pero era suficiente para ellos que podían montar algunas viejas glorias templadas por el tiempo y por el castigo de tanto galope atropellado en las carreras.

Aquella idea le animó. La alegría de la música que iba tarareando se incrementó con la del movimiento rítmico que imaginó a lomos de su montura. Cerca de la empalizada le pareció distinguir un grupo de gente junto a la cabaña principal del complejo. Eran dos mujeres y un hombre. Un relámpago mental puso al rojo vivo su imaginación. Fue acercándose. Le pareció que podían ser… sí ¡las valquirias del acantilado que habían vuelto a aparecer durante la comida! Se detuvo tras un arbusto para observar sin delatarse. ¡Justo! ¡Eran ellas! Estaban con un hombre vestido de faena. Llevaba una especie de buzo e iba calzado con botas de media caña. Parecía un empleado, tal vez algún monitor o simplemente el mozo de cuadras. Era bajito y poca cosa.

La más alta de las nórdicas, la morena, hacía movimientos constantes con la cabeza como queriendo entender las palabras del hombre. Vestía media blusa suelta con la cintura al aire y una falda-pantalón bastante amplia. Estaba apoyada sobre el extremo del tronco en el que terminaba una barrera a media altura y a veces montaba a horcajadas sobre él. Leopoldo se sobresaltó al advertir la estrategia del hombre que colocaba su mano en el mismo lugar en cuanto quedaba libre.

 La rubia estaba más quieta, sentada al lado, pero algo apartada, como ajena a la conversación. Leopoldo no le perdía ojo. Seguramente le estaban aburriendo las paparruchas de aquel cuatrero y no le interesaban las artimañas de un simple mozo de mulas que estaba tratando de seducir a su amiga. Es más, lo que en realidad pretendía aquel canijo era ligarse de golpe a dos bombones desconociendo que él, Leopoldo, todo un notario a punto de ejercer, podía ofrecer a cualquiera de ellas algo mejor que las mondas migajas de un pordiosero. Se encorajinó y le acometió la idea de dirigirse hacia allí. Pero no. ¿Cómo? ¿Él? Además de su inexperiencia no podía superar la sensación de vergüenza por el suceso del acantilado. Tendría que esperar.

¿Debía continuar en aquel lugar? ¿Y si lo descubrían? ¿No parecería que los estaba espiando? Era una pura casualidad, había salido de paseo y aquel era un camino entre tantos, pero se sentía atarugado como si tuviera que explicar su presencia. No dejaba de mirar al grupo observando sobre todo los movimientos de la morena que seguía restregándose contra el madero. También las piernas de la rubia apenas cubiertas por una faldita vaquera con la botonadura frontal medio desabrochada. La desazón de Leopoldo crecía por momentos. Dio unos pasos para abandonar su escondite. Volvió a detenerse, dudando. Estaba muy cerca de la puerta y podían verlo. En aquel momento la rubia miró hacia el lugar donde se encontraba. Hizo un mohín de sorpresa pero no cambió de postura.

El joven notario pensó que debía seguir su camino. Quedarse era comprometido. Tomaría el sendero que bordeaba el recinto ascendiendo por la ladera. Oculto tras un árbol podría seguir gozando del espectáculo. Aceleró el paso. Desde un primer observatorio vio cómo el hombre sujetaba los brazos de la morena, cogía sus manos y las llevaba sobre su pecho, su espalda y su cintura intentando explicarle algo.

 Sintió un latigazo en la sien. Le invadió una interminable cascada de imágenes con la rubia como protagonista. ¿Quieren las mujeres algo cuando parece que lo piden o no piden lo que realmente quieren por pura estrategia? Siempre había oído que su psicología es muy complicada para los hombres, incluso para los expertos. Para él podría ser insuperable. En cuanto viera a Ricard le tiraría de la lengua. No quería perderse en el laberinto femenino ni quedar atrapado en aquella maraña de contradicciones. Se lo había oído decir al abuelo: “La mayoría de las hembras son una maraña de contradicciones”. ¿Qué demonios intentaba Chantal, por ejemplo, con su ingenua perversidad? Si deseaba las caricias de un hombre que le atraía por ser mayor, extranjero, culto y experimentado, debía darle paso y punto. ¿Qué era aquello de restregarse sobre la piel ansiosa del macho sin permitir luego nada? ¿Hasta dónde quería llevar la tortura? Las mujeres son injustas. Tenía razón Ricard. Juegan con sus encantos llegando a extremos que se vuelven peligrosos para ellas. Pueden hacerlo pero que carguen con las consecuencias. ¿Por qué pretenden heroísmos de los hombres, indefensos animalitos cuyas neuronas sexuales se alteran con suma facilidad? No sabía que existieran las neuronas sexuales pero así lo decía tía Leonor: “Las neuronas sexuales del hombre se alteran con suma facilidad”. Claro. Bastante excitado anda el macho de por sí como para que una chiquilla inconsciente se dedique a provocarlo.

En su mente se mezclaban estas cavilaciones con el fantaseo de la situación vivida por su amigo. Ahora era él el protagonista. Sacudió su cabeza con fuerza para espantar aquella figuración. ¿Por qué se refugiaba en fantasías? ¿No estaban al otro lado de la valla las valquirias cuyos encantos había podido saborear en el acantilado aunque solo fuera con los ojos? ¿No estaban corriendo peligro en aquel mismo momento al alcance de un gavilán que podía envolverlas con sus alerones y atraparlas entre sus garras? Abandonó su escondite tras el árbol. Aceleró el paso impulsado por una sensación agria, desquiciadora, que le hacía ir hacia delante y hacia atrás al mismo tiempo. Dejó el camino y trepó por la ladera plantada de pinos jóvenes buscando un punto desde donde seguir espiando. Halló un buen observatorio y se sentó. Desde allí podría contemplarlo todo sin el obstáculo de la valla.

 

 

 

                                                 6.

Leopoldo giró la cabeza. Un ruido le sorprendió. Parecía el crujido de una rama. Miró a su alrededor y no vio nada extraño. Abajo, dentro de la cerca, había ahora más gente. Los juegos se habían interrumpido. Las dos mujeres estaban junto al caballo acariciándolo mientras el gañán lo ensillaba. Leopoldo se restregó los ojos. Estaban ardiendo, le escocían.

—Buenas tardes —oyó a sus espaldas.

Inmediatamente identificó la voz. Giró la vista y devolvió el saludo. Allí estaba Ricard.

—Vaya, vaya, hombre. ¿Echabas una cabezada o meditabas?

—Pues no exactamente. Estaba… —titubeó Leopoldo fuera de situación. Pero se repuso y dijo:

—¿Qué haces tú aquí?

—¿Yo? trabajando.

Y señaló un gran bolsón que había dejado en el suelo. Leopoldo lo miró y alzó los hombros.

—No ha sido difícil encontrarte —añadió Ricard—. Te he visto salir husmeando el aire. Antes habían ido las chicas por el mismo camino. Aunque no marcabas paso de conquista estaba seguro de que las encontrarías —dijo Ricard sonriendo.

—¡Pero si yo no sabía que estaban aquí!

—Bueno, chaval, la cabra siempre tira al monte. Y los humanos tenemos sistemas secretos de detección hormonal.

—Te aseguro que ha sido pura casualidad.

—Que no me engañas, hombre, que no. ¿Dónde ibas a estar tú sino detrás de esas hembras? Y además ¿desde cuándo las casualidades son siempre puras?

—Piensa lo que quieras pero he salido a dar un paseo, a conocer los alrededores, y me he tropezado con esto.

—Ha sido divertido ¿verdad?

—¿Lo has visto todo?

—Un poco. Desde ese otro lado.

—¿Y sabías que estaba yo aquí?

—No exactamente aunque lo suponía. Cuando ha llegado la gente y se ha interrumpido el rollo he pensado que no andarías lejos. No me he equivocado, ya ves.

—Pues te repito que me tropecé con esto sin saberlo.

—Qué suerte ¿no?

—Hombre, ha sido excitante. Además, es la segunda ración del día.

—¿Por fin me lo vas a contar?

—Bueno, ahora ya…

—Te dije en el comedor que esas titis te miraban de una forma especial. Estaba claro que algo tenías que ver con ellas. Si llegaste anoche ha tenido que ser esta mañana. A no ser que fueras Jimmy el rápido, pero no tienes pinta.

—¿Pinta de qué?

—Vaya ¿de qué ha de ser? Pues de Jimmy el rápido. Llegar y besar ¿me entiendes? Ya te tocará, ya. Eso se aprende pronto si uno quiere.

—Pues yo quiero —dijo con rabia Leopoldo.

—Vale, muchacho, así me gusta. Gato veloz, gata encelada, ¿me entiendes?

—Creo que sí.

Ricard se sentó junto a él y le palmeó las rodillas. Luego se le quedó mirando entre tierno y complacido. Leopoldo empezaba a relajarse. La segunda visión del día había sido tan excitante como la primera o más porque había añadido sus fantasías. Notó que se le estaba abriendo la imaginación a partir de las conversaciones con Ricard. La aventura con Chantal le había despertado la capacidad de fabular. Era la ocasión de pedirle que continuara.

—Oye, quisiera que me siguieras contando cómo terminó la aventura con aquella francesita sobrina de tus amigos en la playa; se llamaba Chantal si mal no recuerdo ¿no?

—Sí, hombre, lo recuerdas muy bien —respondió Ricard con una sonrisa irónica.

—¿Puedo hacerte una confidencia?

—Por supuesto.

—Es que te puedes cabrear.

—¿Yo?

—Sí.

—Dime, a ver.

—Bueno, pues que me he puesto a imaginar que estaba yo allí por la tarde en el mismo lugar que tú, que te habías ido o algo así, y que Chantal estaba muy entrenada.

—¿Y eso me iba a cabrear? No me conoces.

—Era por si acaso.

—Al contrario, tío, me alegra un huevo. Estás empezando a espabilar. Vas por buen camino. Seguiremos avanzando, ya lo verás.

—Gracias. Tenía cierto apuro.

—Olvídate, ya hablaremos. Ahora dime qué tal ha resultado todo. ¿La has conseguido sobre la arena, al anochecer, sobre el césped del jardín o allí mismo en el mar? Te advierto que en el agua no es fácil sobre todo al principio si no hay cierto entrenamiento por ambas partes —y subrayó con lentitud el final de la frase mientras miraba al notario.

—Pues sinceramente solo he conseguido repetir casi lo mismo que tú me has ido contando.

—Algo es algo. Hay gente muy torpe que no es capaz ni de eso. O lo reciben todo masticado o se quedan a dos velas. ¿Sabes esos tíos que solo recurren a películas porno? Tienen el caletre seco, no saben manejar la imaginación. Otra cosa son los que leen: tienen delante el guión, cierto, pero han de poner ellos la música, los paisajes, los decorados y el rostro de los personajes. Son casi unos directores de cine. ¿Has leído literatura erótica de verdad, de la buena?

—Casi nada y a escondidas. También algunas revistas de destape que hacen comentarios o cuentan historias picantes.

—Porquería. Casi tan malas como el cine porno. Solo unas pocas tienen dignidad, son sugerentes, creativas, estéticas; permiten al menos adivinar los gestos y los movimientos de los personajes. Pero la mayoría se quedan en lo grosero, lo burdo, lo fácil. El mercachifleo en la literatura de todo tipo es casi una condición del éxito.

—Sí, estoy de acuerdo.

—Como la vida misma. La mayor parte de la gente se enfrenta a esto con ignorancia o con hipocresía. Luego lo rechazan o lo infrautilizan. No llegan o se pasan. Basta con ver y oír. Muy pocos comprenden el erotismo en su profundidad y son menos aún quienes lo ejercitan. Yo te aseguro que es de lo más maravilloso que tiene la vida.

—¿Lo de Chantal es una fantasía? He estado pensando que podías haberlo escrito porque sí, que te lo habías inventado.

—Ni mucho menos. Tan real como tú y como yo. Ocurrió como te lo he contado. Y aún mejor porque la historia es larga. Tan larga que continúa. Dentro de poco vas a poder comprobarlo —dijo Ricard con aire enigmático.

—Bueno, dime entonces qué ocurrió a continuación.

—Mira, uno mantiene a veces viejas ideas, temores y recelos que no terminan de aclararse por mucho que les des vueltas. Uno de ellos es un sentimiento de respeto por el ambiente en el que estás o por las personas que te rodean. Eso es lo que me impidió seguir adelante aquella misma tarde con Chantal. Hubiéramos podido follar en casa de mis amigos porque luego supe que ella lo estaba deseando. Pero yo tenía cierta prevención, ya ves. Además se cruzó otro asunto.

—¿Cuál?

—Ahora te contaré.

La mirada de Ricard pareció nublarse. Pronunció las últimas palabras con un aire de nostalgia que Leopoldo captó de inmediato. Se abría una pausa y al joven notario le pareció que debía reanudar la conversación antes de que se enfriara el tema.

— Oye ¿el que Chantal fuera menor de edad, no…?

—¿Menor de edad? ¿Qué significa menor de edad? ¿Cuándo es una persona mayor de edad? —respondió Ricard rehaciéndose.

—Pues hombre, la ley marca unos mínimos.

—Bueno, bueno. La legislación admite las relaciones voluntarias sin abuso de autoridad ni otro tipo de presiones desde muy temprano. Depende de países. Pero una persona es mayor de edad cuando sabe lo que quiere, cuando comprende lo que significa todo, cuando conoce sus complicaciones y sus consecuencias. Eso no se consigue nunca en plenitud ni a los quince ni a los dieciocho ni a los cincuenta. Siempre queda un resquicio para la novedad, para la sorpresa, para el aprendizaje. Se trata de estar informado, de ser suficientemente autónomo en el juicio, de saber gobernarse. Chantal sabía gobernarse.

—Pero a los quince o dieciséis años, una chica…

—No sirve lo de ‘una chica’. Hay que hablar de tal o cual chica con nombres y apellidos. De tal o cual chico, no hagamos distinción; en todo caso a favor de las mujeres. Algunas no son mayores ni con cuarenta años pero hay otras que a los quince saben dónde tienen cada pie y cada mano. Chantal era una de ellas.

—¿No será que te conviene que así sea, o al menos pensarlo así?

—Es una buena pregunta. Claro que puede ser la razón ideal, la disculpa para justificar un modo de actuar. Pero conozco a las mujeres desde menos hasta bastante más edad y sé diferenciar. Jamás entraría a saco con una jovencita ni de quince ni de veinte años si no la veo capaz de entender o con deseos de aprender.

—¿Y lo sabía Chantal?

—Lo sabía de corrido. Me di cuenta sin más. Aquella noche la pasé inquieto porque la suponía en la habitación contigua y a pesar de mis prevenciones me apetecía mucho follar con ella. Hubiera sido fácil. Y más después de lo que había ocurrido por la tarde. Yo estaba caliente entre unas cosas y otras. Imagina lo que podía haber pasado: llego sigiloso, entro porque ella ha dejado la puerta sin pestillo, lo echo yo, me acerco a su cama, comienzo a besarle la frente, luego las mejillas, todo muy suave, muy tierno. Ella se va despertando o haciendo como que se despierta y veo en la penumbra cómo sus labios están esperando los míos. Se los beso lentamente demorándome en cada pliegue, mimando las comisuras, sin intentar separarlos pero recorriéndolos con la punta de mi lengua hasta sentir cómo se entreabren jugosos. Recorro su superficie ahora con mis dedos oprimiéndolos un poco, primero el superior, luego el inferior. Finalmente ambos, abarcados por mi mano que se aparta para que mi boca vuelva a ellos y los mordisquee con un detenimiento que no impide que todo su cuerpo comience a estremecerse. Mi lengua ha penetrado en su boca y saborea las raíces de sus dientes antes de enlazarse con la suya que se despereza y se mueve con una lentitud incitadora. Inclinado a su lado envuelvo con mi mano derecha su cuello hasta alcanzar su oreja libre ya que mis labios miman ahora la izquierda. Y esa mano mía avanza sobre la sábana tibia electrizada por su piel desnuda. Llega a las colinas de los pechos y las rebasa queriendo hacer primero una exploración de todo el territorio. Desciende por el vientre acelerando el ritmo, palpando el boscaje del pubis y luego introduciéndose entre los muslos que se agitan aunque todavía no se han separado. Retrocede para que el tiempo sea su cómplice. Nuestras bocas tejen tapices de saliva. La segunda incursión, ahora de mi mano izquierda, se produce bajo la sábana.

—Vale, vale —interrumpió Leopoldo— no puedo más.

Ricard, que había cerrado los ojos mientras hablaba se sobresaltó. Miró a su alrededor como si saliera de una alucinación.

—¡Menudo vuelo, tío! Me estabas llevando al quinto cielo. ¿Lo inventas, lo sueñas o realmente ocurrió así?

—Sí —respondió Ricard recuperando el aplomo—. No exactamente así ni en aquel momento sino una semana después a mi regreso de Italia. Fantaseé mucho durante el viaje. Lo imaginé todo pero la realidad superó lo previsto. Ahora lo estaba recordando aunque aquella primera noche, en el viaje de ida, las cosas sucedieron de otro modo. Además había ocurrido algo a media tarde que me volteó. No te lo he contado pero no hace falta. Mi colega lo ha descrito con todo detalle en uno de sus libros; ya te diré dónde encontrarlo si te interesa.

—Claro que me interesa —aseguró Leopoldo.

—Bueno, la cosa es que había entrado en juego una amiga suya, Brigitte, que hizo variar todo el escenario.

—Me dejas a dos velas —protestó Leopoldo.

—Tranquilo, muchacho. Te lo resumiré diciendo que por la tarde habían estado jugando en el jardín tres parejas, dos amigas de Chantal y otros tres chicos. Uno de ellos se tuvo que marchar y yo le sustituí. Mi pareja fue Brigitte. Me encandiló.

—Vale, vale —admitió Leopoldo—, tienes que volver atrás para que me des detalles. Me encienden tus relatos, sean ciertos o no.

—Relájate, hombre —le dijo Ricard—. Yo disfruto con el recuerdo. Relájate y disfruta.

—Es que…

—Las cosas son así. Hay que saber vivirlo y saber contarlo. A todo se aprende si uno se empeña. ¿Sigo?

—Como quieras —respondió Leopoldo con la voz desvanecida. Pero enseguida añadió—: Aunque, no sé. Todo me parece increíble.

—Pues es de lo más normal.

—No se me pasa por la imaginación que haya chavalas así.

—Mogollón, amigo, mogollón. Hay que dar con ellas primero y luego motivarlas. Lo que te cuento no tiene nada de extraordinario. Siempre que estés a ello todos los días, claro. Mira, tanto las hembras como los machos llevamos el sexo puesto desde que nacemos. Los psicólogos hablan de la fase oral, de la fase anal, de mil etapas sucesivas… pero lo cierto es que ninguna de nuestras actividades ni de nuestros impulsos están al margen de la sexualidad. Se podrá canalizar, reprimir o sublimar, pero es una realidad omnipresente.

—Lo que pasa es que…

—Sí, ya sé que te extraña lo de las jovencitas. Pero se ha estudiado bastante el proceso de control que se ejerce sobre ellas en cuanto apunta la pubertad e incluso antes. Sin ese freno educativo y cultural, la llamada virginidad se acabaría antes de los catorce o quince años. Depende del desarrollo de cada una. Con los controles de hoy aún se consigue que les dure dos o tres más. Hay muchos riesgos, por supuesto. Pero no se pueden confundir las cosas.

—Sí, es un tema complicado.

—No tanto como parece. Por ejemplo, nadie se preocupa de cuándo pierden la virginidad los varones. Incluso se desea que no tarden y se señalan unas pautas para la virilidad que no corresponden a las que se aplican a la feminidad.

Leopoldo escuchaba sin pestañear. En el picadero había cierto movimiento pero las dos extranjeras permanecían sentadas en una zona lateral hablando entre ellas. Se reían sin alborotar. El mozo las miraba de vez en cuando mientras atendía a los otros clientes. Salieron tres de ellos cabalgando por el camino que llevaba a la carretera mientras dos más  ensayaban la monta sobre unos potros dóciles.

Ricard hizo un gesto de fatiga, miró a su joven amigo y le dijo:

—Bueno, ya te he contado bastante; ¿me vas a piar tú ahora todo lo que has visto y lo que has hecho esta mañana?

—Pues mira —titubeó Leopoldo—, ha sido muy simple. Ya te he dicho algo en el comedor. Ahora casi me da vergüenza después de oírte. No por lo que ha ocurrido, sino por lo que no.

—Tranquilo, chico. Por algún lado hay que empezar.

—Sí, claro. Lo he pasado bien y mal. Nada más despertarme he salido al balcón y he visto a esa rubia, la que está ahí abajo; iba paseando hacia el acantilado. Después de desayunar la he buscado por allí y me he tropezado con las dos que estaban tomando el sol desnudas; bueno, desnuda del todo solo la morena. Me he puesto como un mulo y he estallado, me he corrido. Estaba muy cerca de ellas y creo que me han visto. Luego se han puesto a juguetear, ya me entiendes. No he sabido qué hacer. Me he sentido ridículo. Así que me he retirado lleno de coraje.

—Bueno, hombre. No está mal para empezar. Ahora me explico las miraditas. Tienes medio camino andado. Verás qué pronto cantas victoria.

—¿Tú crees?

—Tienes que decidirte. Por ejemplo esta noche. La oscuridad facilita las cosas.

—No sé —dijo Leopoldo con un mohín de desconfianza.

—Vamos a ver, muchacho: cuéntame ahora lo que has visto aquí esta tarde. Todo completito, con pelos y señales como te lo cuento yo.

—No sé si voy a conseguirlo. Tú eres un maestro.

—Ahora cuenta tú.

—Pues mira. Las dos chicas han debido de venir a dar un paseo a caballo. Cuando he llegado aquí se estaban enrollando con el mozo. Sobre todo la morena. Ha empezado a manosearla el tío mientras la ayudaba a montar. Le ha debido de gustar y se han liado de mala manera.

—De buena —interrumpió Ricard.

—Sí, claro, de buena —admitió Leopoldo.

—Sigue, sigue —le animó su amigo al verle cortado.

—Pues el tío le ha metido mano por todas partes y ella ha hecho lo mismo. Ahí, delante de todos. Bueno, quiero decir delante de la rubia porque no había nadie más. Cuando han llegado los otros han parado, ya lo has visto.

—Y tú ¿qué has hecho? —preguntó insidiosamente Ricard.

—Nada, mirar como un memo. Tenía unas ganas terribles de acercarme a la rubita y hacerle lo mismo. Se reía viendo a su amiga y se movía en el banco de una forma…

Se quedaron callados. Ricard parecía relamerse con la escena que acababa de imaginar. Leopoldo miró hacia la entrada del picadero. Las dos mujeres se estaban despidiendo. Por señas indicaban una hora: las once. Era una cita.

Ricard miró a su compañero y le dijo:

—A las once vuelven a verse. Seguramente aquí. Querrás venir ¿no? Puede ser tu ocasión.

—Creo que sí —respondió Leopoldo medio sofocado.

 

 

                                                 7.

Se reunieron ambos con don Gumersindo a cenar en el hotel. Ricard estaba especialmente animado y dijo que invitaba él. Se resistieron los otros dos comensales pero acabaron aceptando. Una vez finalizada la cena, don Gumersindo pidió disculpas y abandonó el comedor mientras Ricard y Leopoldo prolongaban la sobremesa. El notario estuvo a punto de aludir al tema de la compra de alimentos en el supermercado pero no lo hizo. Algo le decía que era mejor no mencionar aquello. Pondría en un brete a su anfitrión que además se sentiría espiado. Si la cuestión seguía intrigándole vigilaría sus movimientos para tratar de hallar las razones de aquella compra masiva.

La conversación había girado en torno a las mujeres, sus dificultades y sus encantos. No vieron cenando a las extranjeras pero sí detectaron otras sugerentes miradas femeninas.

—A estas horas se negocia la noche en los enclaves del ocio —comentó Ricard con suficiencia.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Leopoldo.

—Ya ves las miraditas que atraemos. Sobre todo tú.

—¿Yo? Pues no me he dado cuenta.

—Mira, muchacho, andas algo despistado. Con ese aire tuyo distante y tierno tienes a medio hotel en vilo. Observa y verás.

Leopoldo supuso que era una broma porque durante los minutos siguientes no captó ninguna mirada. La mayor parte de los comensales eran parejas maduras. Su amigo se estaba burlando de él. Nunca le habían mirado las mujeres con insistencia. Al menos las decentes. “Las mujeres decentes no miran nunca con insistencia” había oído decir a tía Mercedes. Podían haberlo hecho las otras pero no se había percatado. Claro que tampoco hubo mucha ocasión, encerrado siempre, custodiado, protegido. Además, para saber que uno es mirado hay que mirar. Y era muy difícil hacerlo con mamá al lado, o con tía Mercedes, o paseando con Clara. Solo las contadas ocasiones en las que le acompañaba tía Leonor conseguía liberarse inducido por ella: “Fíjate en esa”, “No te pierdas aquella”, “Quién tuviera ese tipo”.

—¿Vas a ir a la cita? —preguntó Ricard con reticencia, haciendo ademán de levantarse.

—¿No vienes tú? —replicó Leopoldo adivinando la intención.

—Iré luego tal vez. Ahora tengo cosas que hacer —dijo Ricard desviando la mirada.

Leopoldo se quedó cortado. Aunque la idea de acudir al picadero le atraía, la oscuridad le causaba cierto respeto. Quién sabe lo que podría observar e incluso lo que podía suceder.

 Subió a su habitación y se tumbó en la cama. Eran las diez y cuarto aún. Tenía tiempo de pensarlo. También podía salir a dar una vuelta por el pueblo, recorrer los veladores próximos a la playa y ver qué pasaba. Pero no se sentía capaz de actuar. Los calentones de aquella primera jornada le habían alterado bastante. Necesitaba dejar a un lado los reclamos de la libido para reflexionar con calma.

El asunto de Clara se le volvió a plantear y creció en su mente. No se podía vengar de ella por una simple sospecha nacida de un bulo anónimo. Además ¿qué iba a encontrar durante aquellos tres días en una playa al margen de alguna aventura sin destino? Y con lo torpón que se reconocía en esas lides ni siquiera eso. Aunque su novia no fuera la mujer definitiva que la vida le había designado, todo lo que hiciera con cualquiera otra antes de casarse sería perder virtud y tiempo. Había algo que construir más allá de los convencionalismos. Se lo había oído decir a doña Luz, la única amiga de su tía, viuda como ella, que le caía bien. No podía saber a qué se refería en concreto pero el tono de su voz y la fuerza de su mirada daban seguridad a sus palabras.

Buscó en su mp3 la referencia del Concierto en fa mayor para fagot y orquesta, de Franz Danzi. “Un híbrido de italiano y alemán, un estéril” lo había definido su padre. Sin embargo a él le gustaba. Le complacía la vibración aterciopelada del solista en aquella interpretación. Leyó el nombre en la referencia del registro: Kart Otto Hartmann. ¿Cómo sería Kart Otto Hartmann? ¿Alto y rubio o bajito y rechoncho, un alemán mofletudo? Su padre diría lo que quisiera de Danzi, pero por muy híbrida que fuera su música Hartmann la redimía, la bordaba. Sobre todo en el Andante del segundo movimiento, antes de desembocar en la Polonesa señorial con que finaliza la obra. Aquella música le conducía a una especie de envolvente ensueño afectivo. Se sentía rodeado de orden, de quieta calma, de una luminosidad próxima a la falta de distancia.

Más de tres minutos permaneció tumbado en la cama. Finalizó la música. Apagó el aparato para no oír la siguiente grabación. Franz Danzi le había dicho que debía permanecer allí. Espiar a las extranjeras podía ser apasionante, pero su temple no era ese en aquel momento.

Sonó el teléfono. Era mamá. Muy bien, sabía que estaba en la habitación a aquellas horas, descansando, como debía ser. Había llamado antes de que se durmiera. De noche no hay más que peligros y depravación. Claro que sí. No debía estar muy convencida de la voluntad de su hijo porque insistía demasiado. Se puso pesada. Leopoldo la tranquilizó a pesar del oleaje que se le estaba levantando. Cuando colgó el teléfono apretó los puños y se arregló para salir.

Llegó a su observatorio sobre el picadero a las once menos cinco. No había usado la linterna porque el camino hasta allí era limpio y la luna creciente iluminaba desde un firmamento despejado. No parecía haber actividad en la cabaña ni en el establo. Mejoró su posición de la tarde acercándose más al recinto. A las once y diez minutos distinguió las luces de un vehículo que se dirigía hacia allí. Se detuvo antes del primer seto. Pasados unos segundos, avanzó. Volvió a detenerse a unos cien metros y sus luces se apagaron. No se oyó el ruido de abrir y cerrar puertas. Nada. Alguna pareja en busca de un lugar tranquilo. Un sitio habitado pero lejos del pueblo. Los edificios del picadero eran una  compañía poco molesta.

Quienes fueran no se movían del coche. A los pocos minutos salieron dos hombres que se adentraron en el pinar caminando en silencio. Cada uno portaba una gran mochila. La fantasía de Leopoldo se desató. Pensó en seguirlos sigilosamente. Enseguida desistió presintiendo peligro. Algo raro ocurría en las inmediaciones de aquel apacible recinto veraniego. De golpe recordó a Ricard realizando una copiosa compra de alimentos en el supermercado del pueblo. Aquello aumentó su confusión. Había acudido a las inmediaciones del picadero suponiendo que las dos nórdicas y el mozo de cuadras se habían citado allí. Las once fue una señal inequívoca. Sin embargo eran casi las doce de la noche sin que hubiera movimiento en el enclave. ¿Cambio de planes? ¿Habría alguna relación con la presencia de aquella sospechosa pareja de exploradores? Porque dos tipos que emprenden una ruta desconocida a través del bosque en plena oscuridad cargados con sendas mochilas suscitan todo tipo de suposiciones.

En la quietud de la noche Leopoldo se sintió inquieto. Había algo en aquel lugar con lo que no contaba su piadosa familia. Tal vez una trama delictiva que escapaba a su control porque ni siquiera la había supuesto. Por otra parte una naturaleza oscura se había desperezado dentro de él la noche anterior a su llegada al hotel y había despertado al alborear el día. Su cuerpo desnudo entre las sábanas, la música de Paganini, la tersura del aire y el esplendor femenino en su retina recién amanecida habían dinamitado un sopor de lustros. Su naturaleza reclamaba ahora el fragor de todas las emociones libidinosas. Aquel era el día más revuelto que podía recordar desde que se supo hombre. Realmente un jour bouleversé” como decía con más frecuencia de la necesaria tía Leonor presumiendo de idiomas.

En medio del silencio experimentó una sensación de alivio indefinido como si cada hora transcurrida hubiera arrastrado una costra de su piel, un tegumento invisible de su espíritu, un rastro flácido de su memoria y una alambrada estéril de sus proyectos. En paz consigo mismo, aleteándole el aliento en compases cadenciosos y envuelto en los almíbares tibios de la medianoche, quiso ignorar el asunto de los posibles traficantes de lo que fuera. Ayudándose de la linterna que le había conducido hasta las inmediaciones del picadero decidió volver a trepar al acantilado donde aquella misma mañana, aunque se tratara ya del día anterior, había iniciado los primeros trámites para conseguir su libertad.

 

 

                                                   8.

Unos ángeles viejos ataviados con raídas túnicas saltaban de nube en nube observando el espectáculo que sobre la arena del desierto componían tres jinetes con chilabas blancas que perseguían a una mujer de larga cabellera oscura a lomos de un corcel cuya verga lucía desplegada. No huía, sino que la ligereza de sus movimientos y la potencia de su montura lograban distanciar a los pretendientes cuyos caballos negros en semejante actitud fálica eran asaeteados por un sol abierto y grande que protegía con la sombra de su cara posterior a la muchacha mientras con su faz radiante ofuscaba a los tres jinetes cuyos turbantes apenas conseguían mitigar la fiereza de los rayos caniculares.

Las nubes que servían de trampolín a los ángeles saltimbanquis no producían sombra ni prometían lluvia alguna sobre aquel desamparado paraje del que brotaban cabañas de madera con vallados igualmente de madera que luego se deshacían con la sombra del propio sol como si se tratara de espejismos destinados a desorientar a los galopantes. La mujer de la negra cabellera iba desnuda en todas las dimensiones de su cuerpo mostrando sus encantos abiertos ora hacia delante ora hacia atrás al no tener postura fija sobre el lomo de su corcel sino más bien ir conducida por un galope de vientos cuajado de aromas esenciales y de lejanos bramidos de tempestad marina. La presencia de aquellas aguas imposibles contribuía a excitar el deseo de los perseguidores cuya pasión desbocada asomaba a sus ojos y a sus sexos enhiestos que remedaban las fauces de sus caballos repletas de espumarajos escapando de los belfos.

Leopoldo asistía a la demostración de pericia ecuestre desde el extremo de una espiral que se desplazaba por encima de las nubes más altas. Hubiera deseado ser un ángel viejo y desvalido para seguir de cerca el espectáculo y poder admirar las formas cautivadoras de la amazona aunque su movilidad estaba limitada por razones extrañas y se sabía vigilado por su madre y por tía Mercedes desde los resquicios que formaban unos estores inaprensibles de cuya existencia no se le ocurriría dudar jamás. Ni deploraba ni consentía su situación sino que apostado en el recodo que le había sido destinado en el extremo de la espiral aguardaba la evolución de los acontecimientos convencido de que aquella opresión pronto se transformaría en perplejidad. Algo tendría que ocurrir para superar la sensación de pasmo que amenazaba con descorazonarle.

En efecto: la dama descabalgó sobre la cima de una duna y los tres jinetes hicieron lo mismo a sus pies. Dispuestos a la conquista y con el fiero armamento entre sus manos avanzaron ladera arriba decididos a llegar junto a ella. Sabían que el primero en tocarla la poseería primero y se esforzaban en sacar sus pies de la frágil arena que se abría voraz bajo sus plantas engulléndoles cada vez una porción mayor de sus extremidades. Habían comenzado siendo ellas las víctimas del polvo movedizo pero ahora peleaban los desarbolados jinetes con un brazo para librarse de aquella avidez con que eran envueltos por los granos minúsculos de sílice, feldespato y oro que lamían sus pieles desnudas mientras destinaban el otro a mantener altivo el falo terrible. Habían prescindido de chilabas y turbantes para asemejarse en lo posible a la mujer soñada en cuya persecución llevaban consumidos no solo siglos de tiempo sino también la mayoría de sus recursos celulares.

Esto lo supo Leopoldo por medio de una voz estentórea que lo proclamó a carcajadas. Era una voz conocida. Procedía de la propia duna. La risa sonaba metálica como si la proporción de oro creciera y todo se organizase en un festín de reflejos que ofuscaran al mismo sol. Nadie podía precisar si el calor brotaba del suelo o si el metal había copado el aire. Durante un tiempo más ancho que largo, pero menos denso que profundo, experimentó la sensación de ser alcanzado por unas manos subterráneas que hasta entonces habían pertenecido a los perseguidores.

La situación se clarificó cuando la dama descendió de la duna. A sus pies crecía un vergel. No era un oasis de los habituales en los desiertos sino un vergel bañado por ríos circulares que algo o alguien alimentaba desde abajo produciendo un agua interminable. Las plantas crecían sin medida aunque solo alcanzaban una altura predeterminada. Allí abrazaban trozos de firmamento y los engullían. El resultado no era un aumento de la corpulencia de sus tallos ni un crecimiento mensurable. El verdadero desarrollo correspondía a los colores. Las tonalidades variadísimas de las plantas del vergel se expandían dentro de su gama alcanzando extremos inimaginables. Nadie había contemplado hasta entonces con los ojos un cromatismo tan extenso. Lo supo Leopoldo por los gritos de espanto que daban bandadas de aves tropicales atemorizadas por la explosión que se avecinaba.

También los tres antiguos jinetes temían la amenazadora explosión de los colores y no se atrevían a dar un paso. Situados en el epicentro del vergel sin saber interpretar lo que estaba sucediendo, aguardaban a que la situación se clarificara. Su espera era vana porque el tiempo no transcurría. Solo circulaba el agua. No se podía identificar con los colores extremados que inundaban cada poro del aire pero estaba presente de una forma interna en cada una de las vibraciones visuales. Cualquier descripción en profundidad hubiera traicionado el insólito fenómeno.

Leopoldo trataba de poner orden en medio de aquella confusión. Aunque estaba encaramado en lo alto de la espiral no se sentía a salvo de los riesgos que procedían tanto del agua suelta como de la sublevación de los colores. Temía que en un momento trágico se interrumpiera la trayectoria que hasta entonces había mantenido y todo se desplomara sobre el desierto vacío. No poseía el control de ninguna de las fuerzas que operaban en las inmediaciones ni siquiera la información imprescindible para conocer los modos de precaverse. Porque el peligro acechaba. Un peligro en forma de turbante armado con un filo doble que amenazaba tanto por arriba como por abajo ya que el firmamento también se había ido vaciando y no era posible galopar entre las nubes inexistentes. La caída de los viejos ángeles le hizo sentirse vulnerable. En aquellos momentos de tanta tristeza llegó a la conclusión de que su único camino era correr tras la mujer hasta que ella decidiera conquistarlo.

Desde remotos milenios la dama habitaba en el vergel. Su desnudez era hermosa y carente de un significado distinto al de la ternura. Los tres antiguos jinetes no lograban comprenderlo y giraban sus virilidades y sus lenguas al compás del agua tratando de llegarle a la piel sin conseguir otra cosa que continuos y profundos destrozos en las estrías donde tomaba impulso su sensibilidad. Uno de ellos realizó un esfuerzo supremo subrayado por el resplandor de una luz sin forma que traspasó los aires y catapultó su lengua como un huracán en espiral hacia los pechos turgentes de aquella criatura. Giraba y giraba envolviéndolos o acariciándolos o comprimiéndolos o estrechándolos o urgiéndolos a derramar su fluido esencial. Luego la lengua descendía y descendía buscando la plataforma recóndita desde donde proyectarse hacia la definitiva inmensidad. La complacencia de la reina se manifestaba en cada molécula del vergel. Todas las plantas se agitaban en medio de un frenesí de gozo. Por fin los hombres habían vislumbrado el camino que arrancaba de la corporeidad de un ser supremo cuya apariencia habían confundido todos con la de una simple hembra.

Los viejos ángeles varones lamentaban la distancia a la que se encontraban así como su carencia de materia. Pero tenían perlas en los ojos. Aquellos tentáculos de un cerebro sin venas emigraban también de sus órbitas hacia la mujer anunciada. No podían tocarla porque pertenecían a un mundo sin huesos ni músculos ni piel, pero se situaban en los observatorios más próximos a los encantos de la reina cuyas evoluciones eran el más solemne rito de sabiduría que se hubiera celebrado nunca en aquellas latitudes cósmicas. No se trataba del desierto de un país o de un continente o de un planeta. Cualquier concepto de territorio se hallaba desvanecido.

El gozo se prometía a sí mismo interminable. La exaltación desbordaba órganos y membranas y mucosas y pituitarias y papilas y cualquier otro sensor distribuido por las superficies internas y externas del universo. No era la libido un simple combustible de propulsión ciega. No era tampoco el agua un vehículo inerte de contacto sensorial. Las conexiones por desarrollar transgredían la capacidad neuronal. Por encima de los lóbulos sensitivos y por dentro del tronco visceral giraba un dinamismo compuesto de corpúsculos interhumanos que conducía todas las sensaciones hacia el conocimiento fundamental. Esta sabiduría era para Leopoldo una donación gratuita cuyo origen y sentido desconocía por completo limitándose a la más lineal aceptación.

La figura de la mujer trascendía sobre las apetencias masculinas y superaba las urgencias del sexo porque cabalgaba más allá de todo deseo a lomos de un corcel sin nombre que no era perseguido por los tres jinetes sino introyectado hacia regiones vaporosas fuera de los alcances de la vista y cada vez más alejadas de las intenciones torpes. Una danza universal hecha de aguas y caballos y arbustos y vientos y colores y reflejos y risas y arenas y ángeles y seres risueños gobernaba unas esferas en interminable expansión y por completo ajenas a la astronomía.

 

 

 

                                                 9.

Un grito desesperado despertó a Leopoldo. No procedía del desierto tramado por los sueños sino de su habitación. Alguien se lamentaba allí mismo. No al lado ni cerca ni en el pasillo ni en la terraza: era dentro de aquellas cuatro paredes. Le invadió un repentino desasosiego al pensar que pudiera haber una persona debajo de la cama o alguien escondido en el armario. Encendió la luz con el gesto helado y examinó la estancia antes de decidirse a explorarla. No halló nada extraño a primera vista pero se levantó con precaución y abrió la puerta del baño. Estaba vacío. Comprobó el interior del armario y aunque le pareció ridículo acabó por mirar debajo de la cama. Nada, nadie en ningún lugar.

El grito había sido nítido. Se acercó al ventanal y apartó la cortina para ver la terraza. Empezó a pensar que el grito procedía de él mismo. Podía haberlo producido su garganta o haberse gestado en su mente alterada por la densidad del sueño. Sin embargo era un grito de mujer.

Iban a dar las seis. Pensó en volver a la cama y tratar de dormir. Pero le seguía intrigando el grito. Salió a la terraza y respiró la tibieza del amanecer. El firmamento empezaba a encenderse con un color rosáceo que le hizo recordar a tía Leonor cuando remedaba al Homero lírico de “la aurora de rosáceos dedos”. En la penumbra crecía el rumor de la pleamar sin que se divisara más paisaje que el perfil quieto del acantilado y la línea brumosa del horizonte.

La ducha lo espabiló. Se detuvo acariciando sus músculos y cada pulgada de su piel. Sus fantasías se desperezaron. Imaginó manos femeninas sin nombre ni rostro y recordó los baños infantiles tan distintos de mamá y de tía Leonor con sus minuciosos dedos. Parecidos a los de aquella chacha llamada Berta que lo estuvo bañando cuando tenía seis años y de la que recordaba su empeño en jabonarlo de medio cuerpo para abajo, como su tía, al contrario que su madre para quien el cabello y las orejas eran el principal objetivo.

Se vistió dispuesto a sorprender los colores del día desde las rocas. Lo habían entonado el agua, las caricias y los recuerdos. Le estimulaba la idea de esperar la llegada de aquellas mujeres que lo habían traído en jaque el día anterior y que tal vez repitieran sus baños a sol abierto. Decidió olvidarse del grito femenino que acabó con su ensoñación. Aquella algarabía de jinetes, ángeles gastados y amazona convertida en reina era incomprensible. No debía darle más vueltas: mejor volver a la vida real. Ellas acudirían pronto y le convenía estar situado. Además se notaba bien pertrechado, así que ¿por qué no lo intentaba en cuanto aparecieran? ¿Se iba a conformar solamente con espiar? En algún momento tendría que…  ¿Y si localizaba a Ricard para…? No, volvería él solo al acantilado antes de desayunar.

Las dudas lo paralizaron. Sentía unos deseos avasalladores. Consultó el reloj. Ya eran las siete. Se adivinaba el latido del sol tras los celajes del horizonte. La luz ejercía un reclamo especial sobre las gaviotas que habían comenzado a reconquistar su territorio. Se sentó sobre la cama, desorientado. Casi como un autómata, recurrió a su mp3. Lo conectó y los auriculares le regalaron de nuevo el Concierto nº 5, de Paganini. Era su música matinal, la arenga melódica que había intentado utilizar también la noche anterior.

La percusión precursora de los primeros acordes y el cambio a tonalidad mayor tras el enunciado repetido del tema inicial y el doble interludio de los clarinetes le dieron sensación de novedad. Era un día distinto. Cuando atacaron los primeros violines invitando al diálogo a las maderas solistas se sentía ya otro hombre. La melodía operística del oboe porfiando con la flauta lo transportó a esas regiones de la sensación plácida donde todo es posible. Pero la irrupción del violín solista con sus propuestas agridulces desequilibró la armonía alfa de su cerebro. Aquellos latigazos de la cuerda única lo estimulaban a escapar de las limitaciones de la bonanza y le prometían realidades de difícil acceso pero de intenso contenido. Se levantó impulsado por fuerzas ingobernables, desplazó la cama hacia el armario, consiguiendo un espacio suficiente, y comenzó a mover piernas, brazos y tronco en una danza frenética que no halló otros obstáculos para expresarse que los de la fatiga muscular.

Cuando acabó el primer tiempo del Concierto agitó su cabeza como para expulsar un mal pensamiento y librarse de su dominio. Desconectó el mp3. Poco a poco recuperó el control de sus actos. Abrió los ojos y comprobó que la luz seguía prosperando a pesar de la parálisis temporal de sus sentidos. Debía hacer algo. Dejarse atrapar otra vez por aquel torbellino de sonidos sirenios que Paganini le ofrecía en el Segundo movimiento significaría renunciar a las urgencias que le habían planteado el sueño, la ducha y los recuerdos de la infancia.

El acantilado era una sinfonía de soledad sonora. En sus plantas y en sus cimas cantaban las olas y las gaviotas. El acceso era más fácil que el día anterior con la marea alta todavía distante. Los escasos arbustos agazapados en las grietas parecían haber renunciado a la existencia y se fundían en la luz caliginosa que uniformaba los colores en la vertiente de la tierra. Leopoldo comprobó que no era lo mismo en la vertiente del mar: allí la vegetación parecía haber despertado con la primera claridad del día y se mostraba vivaracha, reluciente, tersa.

Sentado sobre una piedra lisa quiso recuperar el sueño. Aquella mujer que caracoleaba sobre el caballo alazán no se parecía a ninguna de las extranjeras que tanto le agitaron la víspera. Por un momento creyó identificar a tía Leonor por la dispersión del gesto, posiblemente también por la cabellera, aunque la distancia de su observatorio en la espiral le impedía precisar las sensaciones. No era ninguna dama conocida de la que pudiera tener una imagen impresa en su memoria y tampoco el grito se asemejaba a los femeninos que había escuchado durante su vida. Recordaba uno entre desgarrador y delirante que había procedido del desván en la casona de sus tíos cuando su abuelo andaba persiguiendo a una de las sirvientas que habían sido contratadas durante el verano.

Le sorprendió el retorno de aquellas viejas imágenes que creía perdidas para siempre. Regresaban a su memoria las nerviosas risitas de prima Conchi cuando agazapados los dos en aquel mismo desván espiaron días después al abuelo que sin ruidos ni lamentos había tumbado a la criada sobre un viejo jergón, le había levantado las faldas, le había quitado las bragas y la estaba lamiendo a lo largo, lo ancho y lo profundo lanzando de vez en cuando grandes resoplidos como si le insuflara aire.

—Bueno, bueno, bueno, ¡despierta, madrugador!

La voz de Ricard le sobresaltó. El sopor que le estaba envolviendo con los párpados barridos por el sol tibio del amanecer y la mente revoloteando entre imposibles recuerdos se disipó de golpe.

—Sabía que andabas por aquí. Aún es pronto para las apariciones pero veo que te has aficionado. ¿A que no me esperabas? Siento haberte interrumpido ahora. Seguro que tenías alguna visión.

Leopoldo se estaba recuperando de la sorpresa. Sonrió. Se alegraba de que estuviera allí su reciente amigo. Ahora le contaría el sueño o mejor su última ensoñación, la del desván del abuelo y los escarceos que en los días sucesivos tuvo con su prima.

—Estaba recordando unos episodios de la infancia con prima Conchi, una chavala muy despierta, muy… en fin. Tuvimos algunos enredos de chiquillos… era ella un poco mayor que yo… esta mañana me he puesto a recordar.  ¿Quieres que te cuente algo? Te vas a reír de lo inocentes que éramos, por lo menos yo.

—Todos somos inocentes en la infancia. Luego la vida nos espabila o nos corrompe, según se mire. Pero cuéntame, venga.

Leopoldo decidió mentir y exagerar. ¿Acaso era cierto todo lo que Ricard le había contado el día anterior, lo que le contaría hoy y lo que le seguiría contando mañana en cuanto se terciara? Él tenía muy pocas experiencias pero no se iba a quedar manco. Echaría por delante la imaginación y reconstruiría una historia basada en aquella criada que tenía tío Ambrosio y a la que perseguía sin descanso el abuelo.

El suceso había ocurrido en realidad pero quiso magnificarlo bastante. Berta aprovechó una noche de alboroto infantil para meterle mano con gran habilidad. Le agarró el paquete y se lo oprimió. “Menudo fiera estás hecho” musitó la criada en sus oídos con la voz entrecortada. El relato continuaba con la criada haciéndole otras maniobras y pidiéndole que no se lo contara a nadie. Y el final era… alucinante.

—Te has despertado de cojón, chaval —comentó Ricard en tono festivo—. No sabía que tuvieras tanta marcha de niño. Han debido de ser los libros los que te han dejado chungo ¿no?

—Bueno, yo qué sé. Luego te controlan más. Aquella noche, si llegan a estar mis padres o tía Mercedes no hubiéramos peleado, no hubiera entrado la criada y no hubiera pasado nada.

Leopoldo estaba satisfecho. Su fantasía funcionaba. Solo un segundo había dudado al imaginar la escena. No la había preparado pero las movidas del día anterior y los relatos del propio Ricard le habían permitido construir su propia historia. Ahora su amigo querría saber el final. Pues no. Se lo dejaría pendiente como él había hecho con lo de Chantal, con lo de Brigitte, como haría con otras historias aún por contar. Era una fórmula sugestiva: no terminar la narración. Las aventuras eróticas de su amigo no terminaban jamás.

—Sigue, hombre, sigue, que me tienes en ascuas —pidió Ricard.

Leopoldo decidió atacar. Se sentía un hombre nuevo. Al menos en cuanto a las palabras.

—Espera un poco, oye. Tengo curiosidad por saber tu opinión sobre lo de las lamidas. Y quiero que me cuentes alguna experiencia. Tienes que saber mucho de eso. ¿Siguen siendo las mujeres tan lamedoras cuando son mayores? Ya sabes que yo no tengo experiencia. Y quisiera aclarar algunas cosas.

—¡Vaya que sí! —comenzó Ricard con el gesto de quien recupera los recuerdos—. Luego te contaré un caso de alucine. No fue mi primera experiencia pero la recuerdo como una de las más excitantes.

 

 

                                                 10.

Ricard consultó su reloj. Era aún temprano. El sol no conseguía deshacer la neblina que lo eclipsaba desde el amanecer. Una brisa tenue traía de mar adentro rumores húmedos. Los contornos estaban quietos sin más voces que los graznidos de las gaviotas.

—Por aquí no aparece nadie. Es pronto aún. Y más con este día. Es preferible que vayamos a desayunar al hotel ¿te parece?  He salido de casa sin tomar nada —propuso Ricard.

—De acuerdo. Yo también estoy en ayunas —asintió Leopoldo.

—Tenías mucha hambre de la otra ¿no?

—Hombre, sentía cierta inquietud. Quería adelantarme. No sé. En cuanto me he despertado me han venido los recuerdos de ayer y casi no lo he pensado. Además el grito…

—¿Qué grito?

—Nada. He tenido un sueño extraño que ha terminado con el grito de una mujer.

—Un sueño erótico, claro.

—No exactamente. Se trataba de una aventura de persecución. Tres hombres perseguían a una mujer desnuda en el desierto.

—¿Por qué en el desierto?

—No lo sé. Yo estaba viéndolo desde lo alto, como en una nube.

—Tú siempre de mirón.

La risa de Ricard no le hirió. Conocía su condición de mirón. De voyeur, como decía tía Leonor hablando de un amigo que la había defraudado. “Es un voyeur. No pasa de eso. Ha perdido muchas oportunidades” le oyó lamentarse en una ocasión. “Ese voyeur…” decía otras veces. ¿También él era simplemente un voyeur, un mirón? Sí, lo había sido hasta entonces. Pero eso se estaba acabando. Aunque las cosas requieren su tiempo. El paso de los días, los meses y los años permiten desembarazarse de los fardos oscuros que ha depositado en la conciencia una educación represiva. Lo supo al llegar al hotel la primera noche. Se lo hizo saber la rebeldía de sus vísceras. Aquellos días eran su tiempo. Aquel lugar podía ser su espacio. Y el singular personaje que le acompañaba, su guía.

—Es bueno ser un mirón, un voyeur. Aprende uno y se estimula con lo que ve —continuó Ricard—. Siempre que no te quedes atrapado en eso. Lo ideal es compaginar visión y acción. No hay que negar ninguna fórmula de disfrute sensorial.

Caminaron en silencio descendiendo de los riscos. Leopoldo esperó a que su amigo iniciara el relato prometido. Pero acababa de introducir el tema de la visión. Mirar. La riqueza de ver. Él sabía de eso. El día anterior había estado de mirón con las nórdicas. Primero en el acantilado y luego en el picadero. Había gozado mirando. Los ojos le habían despertado apetitos ocultos casi olvidados. Pero apetitos jugosos y reales instalados en él mismo. Apetitos condenados a la vida subterránea durante mucho tiempo. Apetitos que se desperezaban cuando decaía la censura de la conciencia y los humores profundos del eros asaltaban los canales cerebrales. Él sabía cómo se apoderaba ciertas noches de su mente un huracán de sensaciones violentas, confusas, contradictorias, placenteras, porque la voz represora de mamá o de tía Mercedes prohibía el desfile de las imágenes; cualquier intento de participación era reducido a la simple mirada. Aquel sueño reiterativo siempre le presentaba a la infatigable tía Mercedes pasando y traspasando entre él y el espectáculo contemplado. Siempre vuelta hacia él espiándole los ojos, desplazándose de un lado a otro, blandiendo su toquilla negra para impedirle ver, elevando la mirada al cielo como pidiendo que el espectáculo obsceno se desvaneciera.

Habían llegado al hotel. Les sirvieron el desayuno y se demoraron ante la posibilidad de que apareciera alguna visión sugerente. Ricard le hizo un guiño al joven notario.

—Las esperaremos. Tal vez vengan a desayunar. Que sepan que estamos al acecho. Veremos el rumbo que toman. Así podremos ir sobre seguro.

—Ayer la rubia no desayunó, al menos aquí —advirtió Leopoldo.

—No importa. Todavía no ha ido al acantilado ¿no? Puede aparecer con su amiga o puede presentarse la morena sola. Ya veremos.

—¿Las seguiremos si aparecen?

—Tranquilo. Tú observa y controla.

—¿Y si cambian de opinión y no van a tomar el sol? No está muy allá la mañana.

—Ellas nos darán la pista. Tú espera aquí y sabrás qué hacer.

—¿No te quedas?

—No, en cuanto termine me voy. Deben verte solo.

—Preferiría que te quedaras. Yo…

—Volveré enseguida. En cuanto las veas intenta controlarlas si no he llegado. No irán muy lejos.

—Explícame un poco, no entiendo nada.

—Tranquilo, hombre. Las cosas funcionan así. Ellas te conocen y saben que cuentan contigo, que les sigues la pista. Si no se han enrollado con el mozo del picadero esperarán algo de ti. Pero es posible que te consideren poco para las dos. No te ofendas porque las mujeres hacen sus cálculos. La morena tiene experiencia y sabe lo que puede sacar en cada momento. Entonces aparezco yo. Si no tienen plan para hoy son nuestras.

—¿Y si lo tienen?

—Pues a esperar. Hay que dejar que la gente se exprese, que elija, que experimente, que se canse.

—Es que entonces…

—¿Qué quieres decir?

—Que si han tenido ya un rollo… —a su pantalla mental acababa de llegar la dudosa imagen de Clara.

—¿Hablas en serio? Mira, chico, esto no es para ti entonces. ¿Tú crees que vas a encontrar hoy una moza dispuesta que no esté ya trajinada y mucho? Eso era antes, y aun así. Ya te contaré. Hoy día no necesitan que nadie las seduzca. Empiezan ellas. Precisamente tengo entre manos un borrador sobre el asunto, mitad narración, mitad reflexión, que lo titulo provisionalmente Mujeres al ataque. Partamos de que tener sexo les apetece igual que al hombre. A veces más. Y antes. Esto ha desconcertado a bastante gente de mi generación que no acepta la iniciativa del mujerío, pero la tuya tiene que digerirlo. Es así. ¿No hemos reclamado tanto la igualdad? ¡Qué coño pasa entonces! ¿Solo de cintura para arriba o, mejor dicho, de la nariz a la nuca? 

—Bueno, sí, sí. Pero la igualdad de la mujer no es eso.

—Vamos a ver. No es solo eso, de acuerdo. Pero también es eso. Las mujeres son hembras, tienen un órgano sexual, un instinto, unos impulsos, unos apetitos. Tan sanos como el resto de los apetitos. Tan naturales y tan hermosos. Tanto o más que los hombres. Coincidentes, complementarios, compatibles, consensuables o consensuados, ¿no se dice así? Para empezar admitámoslo. Basta de hipocresías, de doble rasero, de doble moral. Hasta hace poco todo ha sido un afán de sometimiento. Someter a la mujer por donde puede darle sopas con honda al varón. Someterla por el sexo. Que si la virginidad, que si la pureza, que si la decencia, que si los embarazos, que si los riesgos, que si los contagios, que si la infección del Sida... Una componenda pseudo religiosa tergiversando la tradición judaica y los propios usos cristianos primitivos. Un fraude descomunal como tantos otros.

Hizo una pausa. Habían terminado de desayunar. Leopoldo atendía con los ojos redondos y la boca abierta.

—En fin, que me embalo. No quiero hacer un discurso ni pronunciar una perorata moral. Aunque a veces es muy conveniente pararse a pensar sobre estas cosas. La moralidad que han pretendido imponernos sobre el sexo es atroz. Lo más inmoral y lo más obsceno es una sexualidad como la que nos han obligado a vivir. Hablo de las religiones occidentales y de sus predicadores. Víctimas y verdugos. Lo primero menos, desde luego, porque hay que enterarse de lo que ocurría en la realidad. Hipócritas. Fariseos. Sepulcros blanqueados. Hay un libro titulado Historia sexual del cristianismo que es toda una revelación. De un tal Karlheinz Deschner, filósofo e historiador de las religiones, alemán, y por lo tanto riguroso. He leído el libro. Un verdadero hallazgo. Un estudio objetivo y documentado que te pone los pelos de punta y te provoca un coraje definitivo.

Ricard se detuvo. Estaba irritado. El tema resultaba apasionante para Leopoldo, pero no era cuestión de seguir. Había tomado nota del libro. Apenas sabía nada de esas cuestiones. Todo habían sido códigos, leyes, reglamentos, protocolos, normas... Se sentía mentalmente castrado. Pero aún estaba a tiempo. Aquel encuentro había sido providencial. Su amigo era un tipo consistente. No se trataba de un simple ligón de playa.

Al comedor seguían llegando clientes. Ricard se levantó. Leopoldo siguió su trayectoria con la vista. ¿Iría de nuevo al supermercado? ¿Y si le seguía los pasos? No era lo convenido. Además, ¿qué iba a averiguar? Era normal que un hombre tan particular tuviera sus rarezas. Tal vez vivía con más gente y hacía la compra para ellos. Si era así y andaban con tanto secreto podían estar metidos en algún asunto raro. Recordó a los dos sujetos que la noche anterior se adentraron en el monte con una gran mochila al hombro. Algo oscuro se movía entre las colinas próximas a la costa. Algo que él desconocía, algo en lo que pudiera estar implicado Ricard, su misterioso contertulio. Alzó los hombros y empezó a hojear el periódico. Parapetado tras él controlaría cualquier novedad.

Pasaba el tiempo y no aparecían las mujeres que esperaba. Sus latidos se iban normalizando. Al quedarse solo se le había acelerado el pulso. Porque no podía pasar nada malo. Si llegaban era cuestión de establecer un puente visual hasta que volviera su colega. Tal vez fuera capaz de dejarle solo. No. Le había propuesto un reparto. La rubia para él. Ricard se quedaba con la morena, aquella treintañera juguetona y sabia. Una mujer ‘experimentada’ según su amigo. Aunque si le gustaban tanto las jovencitas como daban a entender sus confidencias tal vez prefiriese a la más tierna. Pero no. Un pacto es un pacto. Al menos así debiera de ser entre caballeros.

“Un pacto es un pacto” había oído decir a su padre en más de una ocasión. No sabía si tal pacto se había cumplido alguna vez o era una simple fórmula. Ricard parecía capaz de cumplir un pacto. “Un pacto entre caballeros” una expresión en boca de tía Leonor. No tenía ella mucha pinta de cumplir pactos. A lo mejor solo consideraba válidos los pactos entre hombres. “Entre caballeros”, estaba claro ¿no? ¿Cómo serían los pactos entre damas? No se lo iba a preguntar a tía Leonor. Tampoco a tía Mercedes. A mamá tampoco. ¿Y a Clara? Sí a Clara, por si existían los pactos entre damas y caballeros.

Si el pacto funcionaba, para él la rubia. ¿Para él? Sí, para él. Un pacto es un pacto. No solo hay que respetarlo sino también cumplirlo. La idea le estremeció. ¿Qué haría él con la rubia? Mirarla y mirarla. Pero eso solo…

Todo dependía de cómo actuara Ricard, experto en mujeres de todo tipo, edad, lengua y condición. Seguramente también en mulatas. Dicen que te lo ponen fácil, que para ellas es como un juego. Se lo había oído a tía Mercedes con un retintín entre la envidia y el reproche: “Para ellas es como un juego”. Su padre había ido de negocios al Caribe en tres o cuatro ocasiones. La primera con su madre; luego solo, con los socios. Viajes de negocios, por supuesto. Y las mulatas haciéndolo como un juego. ¿Por qué no le había llevado a él? ¿Habría ido también de negocios al Caribe tío Marcelo, el inductor de todo? Sin tía Coronación, claro. Y él en blanco. Malditos libros, malditos códigos, malditos reglamentos. O benditos. Sí, porque pronto podría ir él al Caribe ‘de negocios’. Un encuentro profesional, meramente profesional, por supuesto. Para estrechar lazos, para compartir experiencias, para proyectar futuros. Notarios del mundo, uníos. Con las mulatas allí dispuestas al juego. A que los notarios les firmaran la piel, arriba, abajo, más adentro, dos rúbricas, tres rúbricas, ahora más un lazo de adorno con triple bucle. Habría varios notarios jóvenes con muchas ganas de firmar. Era de esperar. No todos se habrían quedado secos, de esparto, como había apuntado su amigo. Debería ir ensayado. Debería aprender. Ricard le estaba enseñando. Tenía apresada a la morena contra aquella colchoneta. Subía y bajaba sobre ella en pleno frenesí de risas, gritos, espasmos, sofocos. Él iba a imitarle con la rubia, la jovencita tímida que se habría animado viendo a su amiga. Lo mismo era también una notaria sueca o noruega. Una notaria recién escudillada. Que tampoco había traspasado el umbral. Aunque en los países escandinavos, no. Recordaba a tía Leonor: “En los países escandinavos la liberación de la mujer se ha conseguido sin las pamemas y los tapujos de aquí”. Una notaria joven que ya habría ejercido. Era un pacto con sus colegas. Un pacto entre damas y caballeros. A ejercer todos. En una pausa del estudio. En vez de rezar el santo rosario. Un desfogue sobre el colchón. Con el compañero de estudios. O con la amiga que se prepara para registradora de la propiedad. Casi lo mismo, aunque distinto. Menos competencia, menos aversión. “Vamos a descansar un ratito”. Dicho en sueco. U otra frase más contundente. Dicha también en sueco o en noruego. Hasta en alemán sirve siempre que el tono sea contundente.

Allí no bajaba ninguna de las nórdicas. Le daba vergüenza continuar esperando. Pediría otro desayuno completo por si había que derrochar fuerzas luego. Aunque la situación parecía bastante chunga. Ricard no daba señales. Las mujeres seguían sin aparecer. ¡Incauto! Estarían con el mozo de cuadras, aquel muñón con pelos que las habría engatusado en sesiones de tarde y noche. Estarían los tres en su pocilga, revueltos y reventados a aquellas horas tras una orgía de órdago. “Se han corrido una orgía de órdago a la grande” decía su padre refiriéndose a dos amigos y haciéndose el ausente.

Una orgía de órdago. La rubita mirando, al principio solo mirando. Como él mismo. Poco animada la chica. Una notaria reciente está poco animada. Le pesan aún los códigos, las leyes, las disposiciones oficiales. También en Noruega hay muchas. Luego, el ejemplo de la compatriota madura la empieza a animar. Ella gobierna la situación. El muchachote tiene empuje pero nada más. Un pobre bruto. Ella pone el refinamiento. Una orgía con dos noruegas, o suecas, o danesas, qué más da. Mujeres de apariencia fría. Solo de apariencia. Deseosas de aprovechar hasta la última gota de fuego mediterráneo. Viciosas, lúbricas, pecadoras por decisión, iniciadoras de varones inexpertos, corruptoras de inocentes si se tercia, unas titis. Sí, unas titis. ¿Qué iba a ser de él en sus manos?

 


                                                 11.

—¿Desea usted alguna otra cosa? —preguntó el camarero.

—No, muchas gracias. Estaba esperando a un amigo —respondió Leopoldo tomando la decisión de irse.

Se había hecho tarde. Llevaba allí cerca de una hora. Dio por terminadas sus cavilaciones y salió en busca de Ricard.

Lo encontró en el exterior sentado en un velador y apostado frente a la puerta del hotel. Tenía abierta una carpeta que cerró al acercarse el joven notario. Hizo un gesto de impotencia:

—Nada, chico, que no aparecen.

—¿Has mirado bien? —preguntó Leopoldo con desconfianza.

—¡Vaya qué pregunta! ¿Tú qué dirías? ¿Que estoy de exposición? Hoy tengo mucho lío y sin embargo aquí me tienes. Hace más de veinte minutos que he vuelto. Te advierto que si se han pegado una juerga guapa no se levantarán tan pronto. Hasta han podido salir en peregrinación a una ermita.

—Bueno, tal vez, quién sabe, lo mismo son monjitas disfrazadas –intentó Leopoldo una broma.

—Creo que podemos irnos —dijo Ricard con decisión—. Está terminando la hora del desayuno y no aparecen. La morena vive aquí, ¿no? ¿Quieres preguntar por ella en la Recepción? —añadió con una sonrisa maliciosa.

—¿Yo? ¡Pero si no sé su nombre!

—¿Tampoco sabes el número de su habitación?

—No, tampoco. Ni siquiera estoy seguro de que viva aquí. Viene al comedor, como tú haces, pero de lo demás no sé nada.

—Bueno, toma nota: la morenita vive aquí, la rubia no, como tú y como yo pero a la inversa, ¿me sigues?

—Sí, sí. ¿Y dónde vive la rubia?

—Ah, no lo sé. Eso es cuestión tuya. Es lo primero que hay que averiguar cuando se pretende conquistar a una mujer.

Leopoldo decidió pasar al ataque.

—Bueno, pongamos que la rubia vive en un apartamento y que recurre al restaurante para evitarse la compra y demás complicaciones, ¿vale? —dijo en un tono neutro observando el impacto que aquella alusión podía causar en Ricard.

No se inmutó el hombre pero dijo:

—Bien, supongamos que es así. Ya estás corriendo a localizar el sitio.

—Menudo riesgo —respondió Leopoldo—. Me puede pillar espiando. Tengo malos recuerdos de…

—Entonces ¿qué esperas? —cortó Ricard con aspereza—. ¿Que ella te llame por teléfono para invitarte a tomar unas copas en privado?

—Hombre, no.

—Pues toma tú la iniciativa o al menos déjate querer.

—¿Qué quieres decir? ¿Cómo es dejarme querer?

—Muy sencillo pero muy latoso: te quedas sentado en el vestíbulo hasta que la veas pasar aunque sean las mil, te levantas raudo para que se percate de que estás ahí, le abres la puerta con mucho miramiento o llamas al ascensor si es que van a subir a la habitación, le sonríes y esperas varios días o varias semanas a que te de una pista. Es posible que deje caer una carta, una llave, algún papel, un pañuelo y hasta el mismísimo bolso. Tienes que salir como una centella a recogerlo. Puede ser una señal pero no es seguro. Deberás esperar una segunda del mismo estilo para ir en firme. Aun así no te fíes. Ya ves que la cosa es laboriosa. Y además insegura porque las mujeres son volubles, imprevisibles, sorprendentes. Es un topicazo pero recuerda que ‘La donna è mobile’.

Leopoldo cavilaba sobre las palabras de su amigo que se interrumpió para tomar un sorbo del refresco. Luego continuó hablando:

—Mira. Tenía yo en tiempos una compañera con la que había soñado muchas veces. Los dos éramos profesores en el mismo colegio. Ella estaba casada y parecía muy formal: no se quedaba a tomar copas después de las clases ni acudía a cenas o a fiestas sin su marido, vestía con recato, no admitía bromas de doble sentido, no había flanco por donde entrarla. Yo había estado tras ella todo el curso dándole a entender mis intenciones tratando de engatusarla con discreción pero con firmeza. Ella parecía no enterarse. Ni sí ni no, indiferente. Como si los tejos no fueran con ella. Por otra parte era simpática pero no se descuidaba un pelo. Llegué a convencerme de que no había modo de alborotarla. Comenzó el curso. Yo no era un inexperto pero no conseguía camelarla. Esperaba que ella se ablandara porque mis insinuaciones eran cada vez más claras. Al menos eso pensaba yo. El caso es que nada. Pero verás: llegó noviembre y tuvimos que acudir a una reunión profesional que se celebraba en Murcia. De nuestro centro fuimos tres: ella, otra profesora y yo. Al principio me froté las manos. “Un fin de semana, dos noches” pensé; “malo será que no…”. Pero venía también su marido. Se me fueron a pique todas las ensoñaciones, todos los proyectos, todas las estrategias que había comenzado a perfilar. Me consolé pensando que hubiera sido igual sin él: una esfinge, una mujer estrecha, una puritana, una frígida. Pues pásmate: la segunda noche, cuando ya no tenía yo ni la más remota esperanza de nada, oigo llamar a la puerta de la habitación en el hotel donde nos alojábamos. ¿Quién crees que era?, dime ¿quién?

Leopoldo no se atrevía a responder. No podía ser la deseada colega. Tal vez la otra profesora. Pero eso no tenía que ver. Se trataba de ella o de nadie.

—No sé, oye. Por lógica… aunque no, sin embargo, claro, no podía ser nadie más.

—Bueno, dime, ¿quién era?

—Pues ella, la profesora que te hacía tilín.

—No, amigo.

—¿Cómo? ¿Era la otra colega?

—No por Dios, menudo callo.

—¿Entonces? ¿Alguien del congreso?

—Tampoco. No das.

—Como no fuera tu mamá o mi tía Leonor —dijo con cierto enfado Leopoldo temiéndose objeto de una chanza.

—Por favor, que hablo en serio.

—Pues no se me ocurre nadie.

—Ay con tu imaginación. Y eso que estás espabilando. Bueno, vamos a ver, ¿quién puede ser? No te queda más que una solución.

—Pues no caigo, lo siento.

—Agárrate entonces: ¡el marido!

—¿Cómo?

—Lo que te digo: el marido.

—¿El marido? ¿Cómo el marido? ¿Qué pintaba allí el marido? ¿Se había enterado tal vez de tus intenciones?

—No, nada de eso. Verás: me traía un sobre con una de las propuestas que ella había elaborado para que la cotejara con la mía antes de llevarlas a la reunión extraordinaria convocada para las doce de la noche. Me dijo que ella estaba terminando de redactar a toda pastilla la otra propuesta que le habían encargado. ¿Caes?

—Pues no le veo la relación.

—¡Despierta tío! ¡Era una cita! ¡No había reunión ni leches!

—¡No me mates! Pero si me has dicho que no había manera de ligarla.

—Pues eso: la volubilidad. Le dio a la niña por lo voluble. Tuvimos una enorme reunión. En mi habitación. Con el marido tranquilo, durmiendo mientras ella debatía graves cuestiones profesionales. Poniendo en práctica la letra pequeña del mensaje que había trasladado el hombre.

—¡Bueno…!

—La noche con aquella mujercita desbordante por todos los sentidos corporales e incorpóreos, con aquella fiera dulcísima y feliz cuyo placer parecía manar de un pozo inagotable la recordaré siempre como una de las más sorprendentes de mi vida, y son varias. Te la resumiré diciendo que le encontré el punto G y para ella fue toda una revelación. A la mañana siguiente no hubo ni media sonrisa ni un cruce de miradas ni la más mínima sospecha de complicidad. Y no la hubo en adelante ni una sola vez en todo el curso escolar en el que seguimos trabajando juntos. Tengo bien atado el mundo de mis sueños para saber que eso fue cierto pero hubo una época en la que llegué a dudarlo. Así que tres o cuatro años después, cuando volví a Murcia pasé por el hotel y comprobé fechas y nombres. Allí estábamos registrados un trece de noviembre ella, el marido mensajero, la otra profesora y yo.

Leopoldo esperaba que Ricard le contara detalles, que describiera todas las delicias de su colega en pleno combate, que le explicara la confrontación, que le detallara cada una de las armas, su funcionamiento y las tácticas de conquista. Solo tenía una vaga idea del llamado punto G de las mujeres que Ricard había encontrado en ella. Quería un análisis minucioso de todos los elementos porque él necesitaba iniciar el fuego. Los años pasan y las ansiedades corporales pueden llegar a fenecer por falta de sendero. Pero había algo aún más misterioso: el proceso interno de una mujer recatada que casi en presencia del marido, incluso haciéndolo intervenir como mensajero, opta por dar un giro violento a su trayectoria ofreciéndose a otro para el sexo.

—Oye, lo que más me pasma es cómo estando allí el marido, ella tan puritana y tan estrecha como dices, pudo dar el paso.

—Supongo que no te referirás a lo de estar casada.

—No, pero me sorprende ese cambio tan repentino y en esa ocasión. Y utilizando al propio marido para convocarte.

—Bueno, hay que pensar que el matrimonio, el amor y el apetito sexual son tres realidades diferentes, tres dimensiones posibles en el ser humano. Mi compañera no sentía amor por mí, tal vez sí por su marido. Se llama amor a muchas cosas y ella quería a su marido, deseaba seguir viviendo con él. Si me hubiera querido antes o a partir de entonces me lo hubiera hecho saber y yo lo hubiera notado. Lo que ocurrió aquella noche es que se le había despertado la curiosidad libidinosa o el deseo de la novedad y le dio cauce. Es muy humano. Piensa que en todo estamos buscando la novedad. Lo distinto estimula, espabila, rejuvenece. Nos gusta cambiar de paisaje, de ropa, de comida. La moda y la gastronomía como otras muchas cosas se basan en eso. Suele plantear problemas cuando uno le da salida en el terreno amoroso. Eso le ocurrió a Marta. No te he dicho que se llamaba Marta ¿verdad? No suelo citar su nombre. Qué criatura más deliciosa. Además de que lo era, el tiempo y la nostalgia mitifican la situación. Bueno, a lo que vamos. Ella deseaba la novedad, quería probar un hombre distinto. Yo era el más próximo, el macho de más fácil conquista. No iba a alardear ante sus amigas, de modo que no tenía que buscarse dificultades inútiles como seducir a un tipo anónimo o esconderse en un lugar inhóspito. A mí me conocía de todo un curso y sabía que no iba a decir ni mu. Las mujeres son muy intuitivas y no suelen marrar su juicio en esto. Por otra parte le constaba que no la iba a rechazar sino todo lo contrario. Consiguió lo que quería: unas horas de placer con el aroma de la novedad y con alguien de confianza. Sin tener que explicarse y sin tener que disculparse. Después, nada. Tal vez le repitió más veces un deseo tan brutal, pero o no estaba yo a tiro o hubo alguien más afortunado o se reprimió. Tuve la suerte de que no lo hiciera aquella noche murciana, de que diera cauce libre a su libido. Fue fantástico. No era amor, evidentemente. Fue un simple capricho o una venganza puntual contra su marido o algo que no pudo hacer bajo el control de sus padres y se redimía ahora. El caso es que se me entregó sin medida. Aquello tenía solo un límite: las siete de la mañana, y había que apurarlo al máximo. Lo hicimos. No me gusta la expresión ‘Hacer el amor’. Nosotros no hicimos el amor: tuvimos sexo loco y apasionado. Sin temer consecuencias ni arrastrar experiencias compartidas. Sin tener que soportar la pesadumbre que origina la convivencia. Con total libertad en cuanto dijimos sí con la respuesta más limpia y espontánea al alcance de los humanos: el cuerpo en plena expansión, expresándose libremente. Es una de las experiencias que tengo registradas para ese proyecto literario del que te he hablado, Mujeres al ataque.

Con un gesto brusco interrumpió Ricard su explicación. Leopoldo giró la cabeza. En el vestíbulo había aparecido una de las nórdicas, la morena. Una treintena crecida de formas apasionantes, de movimientos sugestivos, de gestos insinuantes. Ella sola, sin la rubia. Entró en la cafetería, pidió que le sacaran algo y volvió a salir sentándose en la terraza frente a los dos hombres que la aguardaban.

Sus gafas oscuras impedían seguirle la mirada pero el lugar que había elegido era ideal para controlarlos. Ricard lo supo y se dispuso al juego.

—Va a comenzar la danza. No te pierdas detalle —dijo en voz baja, mientras Leopoldo se revolvía incómodo en su silla.

El juego consistió en un movimiento de prendas. Ella llevaba largos guantes de gala negros que le ocultaban las muñecas. Vestía con extraña elegancia para aquella hora: un conjunto verde bastante ceñido con los pantalones ocultando los tobillos, zapatos negros relucientes y un bolso a juego, muy llamativo. Ricard comenzó por descalzarse un pie y moverlo de forma insinuante. Ella permaneció impasible. En aquel momento apareció el camarero con el desayuno. El juego quedó interrumpido.

Al quitarse los guantes, la mujer dejó al descubierto unas muñecas vendadas. La gasa cubría el espacio de la articulación en cada una. Ricard miró a su amigo.

—Vaya, vaya. Fíjate bien. ¿Qué ves?

—Que se ha quitado los guantes.

—¿Y?

—Pues que lleva las muñecas vendadas.

—¿Y?

—Hombre, pues… no sé.

—¿No sabes, de verdad?

—No, no sé a qué te refieres.

—¿No sabes qué significan unas muñecas vendadas después de una orgía? ¿De verdad que no lo sabes?

—No, francamente no. Dime de qué se trata.

—Estás en Babia. Y espero que no te me estés haciendo el ingenuo.

—Que no, de verdad. Dime qué significan esas muñecas vendadas.

—Bien, te lo voy a explicar.

Ricard respiró hondo, balanceó la cabeza, giró el cuello y miró a la lejanía buscando inspiración. Avanzaba el día con interminables ejércitos de nubes ocultando el sol. Los golpes de la marea ascendente sonaban contra el acantilado.

 

 


                                                 12.

—¡Ignorantón, que eres un ignorantón! —comenzó Ricard elevando el tono como si intentara atraer la atención de la mujer. Y añadió—: Casi no me puedo creer lo que dices. ¡Ay qué poco enseñan los libros!

El notario reaccionó con un gesto de circunstancias y esperó a que su amigo se explicara.

—Pues mira, majo —continuó Ricard—, nada es casual. Precisamente estoy trabajando con unos apuntes que acaban de dejarme y que pueden convertirse en un libro explosivo. Son de un amigo que ha tenido una relación amorosa trágica con una mujer a la que no conozco. Tengo en mis manos un material precioso. Si consigo ensamblar bien la historia de esta pareja será un bombazo. La chica había ido redactando una especie de memorias de sus aventuras y actividades eróticas antes de conocer a mi amigo. Ahora estoy leyéndolas. Tienen mucho interés por sí mismas, por su amenidad y su realismo. Ella me está recordando a ese bombón que tenemos enfrente, alta también y con un gancho semejante, según me la ha descrito Patricio. Incluso deben de tener una edad parecida. Y es curioso que precisamente ahora estoy con un episodio en el que ella cuenta una de sus experiencias eróticas en la cruz de San Andrés, la misma que nuestra amiguita ha tenido la noche pasada. ¿Sigues sin saber de qué estoy hablando?

—Pues no me aclaro. ¿La cruz de San Andrés? ¿Una experiencia erótica en alguna postura rara? No caigo, explícame.

—Es un recurso muy sugestivo para algunas parejas. Yo la llamo así. Consiste en que uno de los dos amantes, o los dos alternativamente, son atados de pies y manos a los extremos de la cama mientras el otro actúa encima, debajo, de lado o como le plazca. Hay muchas variantes: ojos cerrados, boca tapada, zonas prohibidas, manos también atadas del elemento activo, etcétera.

—Pero eso es masoquismo ¿no?

—Más bien no. Es un juego sin otra violencia que la simbólica. No tiene por qué haber sufrimiento. La pareja puede fantasear situaciones fuertes, tensas; incluso se puede llegar hasta recrear una violación. Pero es algo acordado de antemano que se sitúa en el límite entre lo esperado y lo imprevisible. Cuanta más imaginación y más creatividad mejor resulta. Si intervienen más personas, tres o cuatro, las posibilidades se disparan. Pero también es fácil que todo se venga abajo.

—No sabía nada de eso. He leído sobre el masoquismo y el sadismo pero eso de la cruz de San Andrés… no sabía que se llamara así, no tenía ni idea.

—Ya te digo que es una denominación mía. Algunos le dicen ‘el aspa’, otros ‘el molino’ y es algo entra de lleno en el terreno del exotismo erótico. También lo llaman de otros modos. En definitiva es un juego que suele producir especial excitación sobre todo a ciertas mujeres que de ese modo experimentan la fiereza de un macho cuando se siente dueño absoluto de la situación.

Leopoldo empezó a comprender. Aquellas vendas protegían las muñecas doloridas tras el rito de la cruz de San Andrés. ¿Y ‘su’ chica? ¿Habría pasado también por las garras de aquel gavilán sin escrúpulos? ¿Las habría tenido a las dos atadas saltando de una a otra sin parar, excitándose cada una con los gemidos de la amiga que se contorsionaba bajo aquel sátiro inagotable? Eran capaces de haber sido ellas las inductoras.

Estaba imaginando el escenario de la orgía. Repasaba cada uno de los movimientos del trío, cada una de sus posturas en medio de risas y carrerillas por un desván semejante al que recordaba de su infancia, el desván de la mansión campestre de tío Ambrosio donde su abuelo correteaba tras las criadas.

—Mira, ahí llega tu amiguita.

Las palabras de Ricard le sacaron de su ensoñación. Acababa de aparecer la joven rubia doblando una esquina del edificio. Definitivamente no debía de vivir en el hotel. Una bocanada de aire nuevo pareció brotarle del punto más bajo de los pulmones al notario porque la chica no tenía señales ni en los tobillos ni en las muñecas. La orgía había sido solo de dos. Qué respiro. A lo sumo ella habría estado de mirona como en el picadero. Otra voyeur. ¿O era más correcto decir voyeuse? Allí, ejerciendo de tal, viendo retorcerse a su amiga bajo el canijo que se lanzaba una y otra vez sobre ella como un cernícalo insaciable.

La rubia no conocería en sus carnes la cruz de San Andrés o como se llamase aquello. Quizá no conociera ni los nombres. Su novio nórdico sería un soso que a lo sumo llegaría a atraparla contra una puerta o contra un árbol silvestre. Incluso se contentaría con tumbarla sobre el heno húmedo de las praderas sin que ella supiera conducirle por los senderos del placer. Cuando volviera a su tierra, con la piel tostada y los cabellos blanquecinos del sol, enseñaría a su torpe pretendiente las triquiñuelas que un ardoroso notario castellano había aprendido con ella.

Pero la cuestión no era fácil a estas alturas. O Ricard entraba en liza y arrebataba la morena al gavilán facilitándole el acceso a la paloma o habría que pactar con el tipejo del picadero para repartirse el botín.

—Oye, Ricard, ¿por qué no les decimos algo, las invitamos, o…?

—¡Bravo, muchacho! —respondió Ricard saludando la iniciativa—. Me propones una alianza ¿no? Está bien. Podemos planear una estrategia conjunta, pero en esto de la seducción nunca te fíes de quien haya cumplido treinta años.

—¿Por qué?

—Porque los pactos no se respetan. Salvo que haya enamoramiento, los pactos no se respetan. Los seductores o seductoras son insaciables. Les interesa seducir, es lo único importante. En la variedad está el gusto, se dice, y el número cuenta. Así que más vale actuar en solitario. Te voy a contar una historia. Pero antes te diré lo que debes hacer en el futuro: no comentes con nadie tus aventuras. Si es hombre querrá probar fortuna en tu tesoro; si es mujer intentará formar parte del juego. Los celos son terribles. Y son mucho más fuertes cuando no hay compromisos legales. Si tienes una amiguita no se lo cuentes a nadie. Disfrútala o disfrutaos los dos pero en secreto. Si lo saben tus amigos irán a por ella; si lo saben tus amigas o las suyas tendrán envidia y tratarán de suplantarla. Es una situación estúpida pero se da. Y mucho más a menudo de lo que parece. Lo mismo a la inversa. Aunque las mujeres son casi imposibles a la hora de guardar secretos. Dice el refrán que contar un secreto a una mujer equivale a pagar dos cuartos al pregonero. Tampoco guardan los propios. Se jactan, se envanecen, no son capaces de disfrutar en lo íntimo. Salvo excepciones necesitan el reconocimiento ajeno para estar seguras de que son atractivas, apetecibles, deseadas. Y les gusta chingar cosa mala. Me refiero a las mujeres normales, no a las reprimidas o a las puritanas.  Hay una cancioncilla medieval que lo dice con gracia:

                     Compañero, has de saber

                     que la más buena mujer

                     rabia siempre por joder:

                     guarda bien la tuya tú.

Por eso hay que guardar no solo la mujer sino también la noticia. Si la moza está que trina por un polvo y encima saben tus amigos que te la tiras a placer no tardarán en hacerte los descartes necesarios para cepillársela en cuanto puedan.

—Pues sí que estamos bien.

—Así es la vida, muchacho. Como dice mi amigo Pepe el arquitecto, esto es una lucha sin cuartel por donde quiera que lo mires.

—Me ibas a contar un caso ¿no?

—Ah, sí. Hay uno muy curioso que no he vivido directamente pero que sé a través de la propia protagonista, esa mujer tan especial de la que te hablaba antes.

— La mujer de tu amigo Patricio ¿no?

—Sí, esto que te voy a decir pertenece a sus apuntes. Lo he leído en sus memorias eróticas y es un episodio que pienso incorporar al libro que estoy preparando. De momento es un asunto reservado, así que te lo resumiré sin descender a detalles.

—Bueno, cuéntame.

—Verás: Paula nació en un pueblo bastante pequeño de la Ribera del Ebro y allí vivió de niña hasta que sus padres emigraron a la capital. Volvían siempre en verano, que es cuando se celebran las fiestas como en casi todos los sitios. Cierto día se enteró por un amigo de que dos tíos del pueblo habían apostado sobre quién sería el primero en tirársela. Los dos eran buenos en el oficio según la propia Paula que conocía algunas de sus hazañas. Ella misma había soportado la persecución y las proposiciones de uno a los catorce o quince años. El amigo que se lo dijo era un viejo aspirante por lo legal, un pretendiente tímido que mantenía oculta su intención. Y estaba dispuesto a que nadie consiguiera a su amada con artimañas. Como el perro del hortelano. Paula llevaba su vida, y menuda vida a tenor de lo que estoy leyendo, pero él no lo sabía. Le hizo gracia la apuesta de aquellos dos patanes presuntuosos que le llevaban más de quince años y estaban aproximándose a esa edad en la que los hombres empezamos a temer por nuestro futuro sexual. Se iban a enterar. El caso es que organizó el asunto proponiendo a uno de los apostantes que la llevara a Barcelona para resolver un tema familiar. Al mismo tiempo avisó al otro, a través de su enamorado, del viaje previsto, el día y la hora. Así que los dos coincidieron y se enfrentaron al mismo tiempo que Paula les agradecía su disponibilidad y les informaba de que el asunto estaba resuelto. El carcajeo le duró varios meses.

 

 

                                                 13.

Las dos mujeres terminaron el desayuno, intercambiaron algunas palabras y se fueron cada una por su lado. La morena volvió a entrar en el hotel mientras su amiga caminaba hacia el interior del pueblo. Los dos hombres la siguieron con la mirada. Se había roto el hechizo. Se había interrumpido el pretendido juego de prendas con la primera de ellas cuando llegó la rubia. Había que cambiar de estrategia.

—Oye, es la ocasión de intentarlo en solitario; ¿te atreves? —retó Ricard al notario haciéndole un guiño.

—¿Yo? ¿Cómo? ¿Qué le digo? ¿En qué idioma? ¿Y qué hago? —respondió Leopoldo.

—¿Sabes algo de inglés? Casi todos los nórdicos lo hablan.

—No. Aprendí lo elemental en el colegio pero lo he olvidado todo. Nunca ha sido mi fuerte el inglés. Me defiendo mejor en francés.

—Pues vas dado. Con esa estás perdido. De francés ni papa. Napoleón ha sido derrotado en la batalla del segundo idioma. O atacas a la moza con señales o nada. ¿Sabes morse? Yo te puedo decir su nombre y el número de la habitación del hotel donde vive, pero de poco te va a servir si no estás dispuesto a enviarle mensajes con un espejito. Si eres más atrevido puedes recurrir a los golpecitos en la puerta. Ahora va hacia allí.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Simple observación.

—¿Cuál es el hotel? ¿Y cómo se llama ella?

—¿Para qué lo quieres saber?

—Dímelo, anda. Por lo menos me hago la ilusión de que voy, la localizo, la llamo y me abre.

—Nada, hombre, no te preocupes por ella. Lo importante ahora es levantarse a la morena. La jovencita caerá de suyo, te lo digo yo.

—De todos modos ¿cómo te vas a ligar a la otra?, ¿por qué no la llamas ahora? También sabrás su nombre y su número de habitación ¿no? Así que la tienes a huevo.

—Nada de eso. Te toca a ti. Si me prometes intentarlo te doy los datos. Tal vez funcione el hechizo sin palabras. Si es cierto lo que me contaste ayer te reconocerá y es capaz de hacerte un striptease privado sin miedo al sol y a los curiosos indecisos como tú.

—No creo que tenga miedo a nada de eso pero no me atrevo.

—A veces resulta. Las mujeres son un misterio. Tan pronto son tercas como volubles, ya lo sabes. Inténtalo.

—Que no me atrevo, que no. Siento mucho corte. Y si me da con la puerta en las narices me muero de vergüenza.

—Pues la ocasión es tuya. Mira, se está preparando para ir a la playa. Llegas, llamas, se tapa lo imprescindible, abre, le sonríes sin decir nada, se aparta para que pases y ya está. Cada mujer tiene su estilo, su ritmo. Las hay con mucha marcha y a esas hay que seguirlas. Con tal de que sepan algo, ellas son siempre las maestras. Si son primerizas la situación varía. Una de las mayores delicias es iniciar a una muchachita en los secretos de su cuerpo. No es nada fácil porque hay muchos recelos y otros problemas, pero cuando se presenta una ocasión te aseguro que la experiencia es deliciosa.

—Seguro que me puedes contar alguna ¿no? —preguntó Leopoldo que había desistido de la conquista y buscaba una escapatoria.

—Sí, tengo un caso excepcional que también anda escrito por ahí. Me lo planteó de una forma muy directa una amiga mía con la que yo había vivido un romance años atrás. Cuando la conocí tenía una hija de cinco y llevaba seis o siete meses separada de su marido. Estaba hambrienta de varón. Nos vimos durante más de dos años. No pusimos precaución en evitar a la niña, que se llama Betina. A veces ella se sumaba a nuestros juegos. En particular le gustaba colgarse de mi cuello. Era muy melosa. A partir de cierto momento noté que me buscaba la boca a espaldas de su madre. Yo la dejaba hacer. Varias veces intentó meterse con nosotros en la gran bañera de aquella casa. Llevábamos casi dos años de relación frecuente cuando la mujer me propuso que conviviéramos un tiempo para después casarnos. Dije que no. Siempre he sido claro en esto. Nada de compromisos, nada de ataduras. Mi camino no va por ahí. He visto muchos disparates desde niño. Mucha trampa, mucha hipocresía. El matrimonio tiene más inconvenientes que ventajas. Quien lo elige que apechugue con él. Ya conocerás el dicho de que el matrimonio es la tumba del amor. Yo creo que lo que liquida el amor son las circunstancias que rodean al matrimonio: la obligatoriedad, la seguridad, la comodidad y la rutina. Hoy hay otras fórmulas incluso para criar hijos si a uno le apasionan los niños. Y en cuanto a la relación amorosa, a eso tan confuso y tan complejo que llaman pasión, conozco muchos más ardores fuera que dentro de las parejas establecidas. Ardores sinceros y perdurables. Entregas definitivas del día a día sin obligaciones, sin dependencias, sin opresión. Y con una sorprendente continuidad natural, eso que se llama fidelidad y que entre los matrimonios establecidos suele consistir en una atadura ciega, en una limitación insensata que deteriora las vibraciones y el fluir afectivo de las personas.

—Bueno, pero el matrimonio siempre ha sido y será —interrumpió Leopoldo repitiendo una fórmula permanente en boca de tía Mercedes, viuda inflexible desde joven.

—Sí, seguirá siendo una trampa saducea para la mayoría. ¿Quién sabe de verdad lo que hace cuando se mete en esa aventura? La gente se tira al ruedo con mucha inconsciencia. Habrás oído que el matrimonio es una fórmula para que dos personas que se aman con pasión acaben odiándose profundamente. Puede parece fuerte, pero ocurre a menudo. Voy a ser breve: nadie debería comprometerse en algo tan tremendo sin hacerse antes un chequeo completo: médico, psicológico, sociológico, familiar, económico, laboral, etcétera, para saber si es capaz de afrontar el reto. Y luego concretar bien los términos del acuerdo para que no haya engaños. Algo tan sutil como el afecto no se puede contratar, es inútil atarlo porque circula como le da la gana sin respetar reglas fijas.

—Hombre, todos tenemos que someternos a ciertas normas, a ciertas obligaciones y a ciertos sacrificios, porque si no sería imposible vivir en sociedad.

—Claro que sí. Me parece muy bien que lleguemos a acuerdos en mil temas, pero el afecto no se puede contratar, repito, no se puede sujetar con normas fijas. Y eso es lo que se pretende hacer. Para algunos puede resultar pero no para la mayoría de las personas si son honestas consigo mismas.  Existen otras alternativas.

—Hay mucha gente felizmente casada. Mis padres, por ejemplo, y algunos de mis tíos.

Leopoldo no se atrevió a seguir. Su lengua había topado con el muro de la verdad. Sus padres no. ¿Y sus tíos? ¿Cuáles? ¿Quiénes? En fin. Él sabía demasiado aunque lo hubiera alojado en la trastienda de su memoria. En el escaparate había otras cosas: adornos, cumplidos, oropel y papel mojado. Si los demás y él mismo hablaran con sinceridad, los discursos tendrían distinto tono. Dejó el tema y volvió a la historia pendiente.

—Sí, la verdad, es complicado. Vamos a dejarlo. Pero me empezabas a contar el caso de Betina, la niña que se aficionó a ti ¿no es eso?

—Así es. Tuve que negarme a las propuestas de matrimonio de su madre. La comprendía, pero no. Conmigo no. Yo no puedo ofrecer fidelidad a una mujer tal como la entiende la gente. No puedo elegir por principio esa fórmula. No es válida hasta que se establece a la inversa, es decir cuando la fidelidad lo elige a uno.

—Esa es una paradoja sin mucho sentido ¿no? —interrumpió de nuevo el notario—. Uno es el que puede elegir posturas en la vida; lo contrario es dejarse llevar por las circunstancias, convertirse en un pelele de los acontecimientos.

—No, amigo —respondió Ricard—. Las cosas no son así. Los humanos controlamos nuestros actos en menor medida de lo que pretendemos. Y qué decir de los sentimientos. Nos recorren fluidos, hormonas, humores corporales, fuerzas mentales y otros elementos que condicionan nuestras respuestas. Creer que somos dueños de nosotros mismos es desconocer nuestra biología y nuestra psicología. Sabemos muy poco de la mente humana y del conjunto de nuestro organismo. Así que los afectos y buena parte de las acciones responden a estímulos cuyo origen y trayectoria no controlamos. Los resultados que vivimos como propios no lo son tanto.

—Bueno, bueno —aventuró Leopoldo aprovechando la pausa de su amigo—. Sigue siendo un tema complicado y discutible. Ya lo hablaremos. Cuéntame de una vez el caso de Betina.

—Bien, como te decía, la madre me tenía mucha fe. Hablamos a fondo del tema de la convivencia. Comprendió mi postura. Le dije que siempre le ayudaría para lo que fuese pero que de atarme, nada. No era mi momento. Tampoco era ella la persona. Esto no se lo dije. Hay que ser sincero, aunque han de callarse ciertas cosas cuando se va a hacer daño. No y punto. Debía buscar otro hombre para casarse con él si ese era su deseo. Y el sujeto debía tenerlo igual de claro. A ciertas edades, cuando se ha ensayado, se ha vivido y se ha reflexionado lo suficiente, no puede uno andar con probatinas estériles.

—¿No has desistido entonces de casarte alguna vez? —preguntó de nuevo Leopoldo.

—No, de ninguna manera. En la vida no se debe decir “de esta agua no beberé”. Pero no era aquel mi momento ni aquella mi persona, repito. Digo ‘mi’ persona —insistió Ricard recalcando el posesivo—. No sé si me entiendes bien.

—Creo que sí —respondió Leopoldo.

—Ella tenía que buscarse otro hombre. Yo la quería y deseaba su bienestar pero conmigo no lo hubiera conseguido. Por eso le insistí. Llegamos a examinar juntos algunos candidatos, fíjate. Al poco tiempo comenzó a salir con un tal Pedro. Mejor sería decir “comenzó a entrar” porque lo metió pronto en casa. Yo me retiré. Al cabo de dos o tres meses me llamó un día. Las cosas no iban mal pero no podía olvidarme. Pasamos juntos una tarde. Los encuentros se repitieron varias veces aquel año. Luego se espaciaron y casi perdimos el contacto. Supe que Pedro y Betina no congeniaban. A ruegos de su madre le dediqué varias tardes de domingo. Lo pasábamos bomba. Seguía tan melosa y con las mismas aficiones de antes. La última vez tenía diez añitos. Estaba preciosa. Yo la dejaba hacer siempre sin tomar ninguna iniciativa. Llegué a asustarme, aunque pensé que el suyo era un afecto de carácter filial. Su padre se había desentendido de ella desde el principio, antes de la separación. Entonces me surgieron unos asuntos en Inglaterra y me ausenté durante bastante tiempo. Transcurrieron cinco años sin que tuviéramos contacto. Cuando regresé fui a visitar a la pareja y a la niña. Noté mucha tensión en el ambiente. Volvieron a pasar semanas sin vernos. Cierto día me llamó la madre de Betina y quedamos. Era viernes. Estaba hecha polvo. Se había vuelto a separar. Menos mal que no había nuevos hijos. Fuimos a su casa y no salí de allí hasta el siguiente lunes por la mañana. Imagínate. ¿Te imaginas?

—Sí, claro, vaya que si me imagino.

—No estoy tan seguro. Bueno, quiero decirte que no te puedes imaginar lo que pasó.

—¿Qué pasó?

—Imagínate, venga.

—Hombre, pues puestos a pensar, la cruz de San Andrés ¿no?

—¡No hubo cruz de San Andrés, rediez! —respondió Ricard con impaciencia.

—Entonces ¿qué?

—Tiene que ver con Betina.

En aquel momento apareció don Gumersindo doblando la esquina de la calle. Venía del pueblo con muchos papeles y una bolsa de plástico en la mano. Saludó, dijo que subía a dejar aquello en la habitación y prometió bajar en cuanto pusiera todo en orden.

 


 

                                                 14.

La curiosidad de Leopoldo se había disparado. En cuanto desapareció el profesor miró alrededor como temiendo ser oído y dijo con voz ansiosa:

—Cuéntame deprisa. No me digas que…

—Te digo, te digo. Lo importante no ocurrió con la amiga de tiempo atrás sino con su hija, con Betina. La aventura la ha publicado también el colega del que te hablé antes. Te daré la referencia. El caso es que la nena era alta, bien desarrollada, guapísima, un bombón a punto de cumplir quince años. Y la cosa sucedió a iniciativa de su propia madre. Bueno, mejor a iniciativa conjunta. No creo que lo hubieran hablado pero estaban de acuerdo. “Mira, se la va a calzar cualquier vecino el día menos pensado. O cualquier mastuerzo del barrio. Veo cómo la miran y cómo la siguen” me dijo la madre. “Y ella ya ves cómo va” añadió. Sí, me sorprendió su soltura de movimientos, aquella combinación de ingenuidad y picardía en la mirada, la ropita ligera que a mí mismo me sugestionó cuando la vi salir de casa. Si siempre andaba así por la calle era un milagro que no se la hubieran cepillado en cualquier rincón, en el sótano, en la misma escalera, en el ascensor. La madre me aseguró que nada había ocurrido hasta entonces, al menos nada significativo, pero que era inevitable cualquier día. Así que me tocó a mí hacer el estreno.

—Pero —interrumpió Leopoldo como protestando— es un abuso a esa edad, un estupro, un delito, va contra la ley.

—Ojo: si hubiera engaño, o violencia, o provecho sí. Legalmente, desde los catorce años podía entonces una mujer mantener relaciones sexuales con quien le pluguiera; ahora han subido a los dieciséis. Es poco significativa la edad porque la madurez personal varía bastante. Mientras no haya abuso de autoridad o alguna presión, no hay delito legal. Y mucho menos moral. Creo que ya te he dicho que más inmoral me parece escamotear o desviar la información sobre estos asuntos. Más inmoral es la represión, el terrorismo de conciencia que ejercen los tabúes, los miedos injustificados y la ignorancia que se han propiciado durante siglos. Para que luego pase lo que pasa.

—Sí, pero hay que proteger a los débiles. Los niños son los débiles en este caso. Si la ley no los protegiera…

—La ley está muy bien para proteger a todos los menores en general. Y a los mayores, sobre todo a los débiles o desfavorecidos. Cuando hay fuerza o engaño, duro con el delincuente. No se puede abusar de nadie en ninguna situación. Es la norma general. Ahora bien, la edad no lo es todo. Te he contado parte de mi aventura con Chantal en el que había un consentimiento pleno y una participación total de una menor de edad: era lo mismo que tuviera quince que diecisiete años. Hubiera dado igual unos meses antes que después. Allí son quince los años que marca la ley para la libertad sexual. Pero la edad es un dato, no un dogma. Tú sabrás que la Iglesia Católica, y en general las religiones, permitían la boda de la mujer a los catorce años, o antes, siempre que hubiera consentimiento. Es posible que retrasen la edad, pero lo fundamental es el consentimiento. Yo añado algo más: la información. Muchas bodas precoces se han hecho sin la suficiente información. A veces la tenía el novio, sobre todo si era mayor, pero en ocasiones ni eso. Yo tengo claro que la relación erótica ha de establecerse entre dos personas con consentimiento mutuo y con toda la información posible, o con una manera de conseguirla de inmediato.

—Sí, sí, pero eso es muy relativo. Tú juegas a tu favor. Hay mucho espabilado que aprovecharía eso para sus intereses. Siempre ha habido abusos y ahora hay escándalos cada dos por tres.

—Por supuesto. No defiendo ningún caso salvo el mío. Yo obro con moralidad. Habrá quien lo discuta, pero me parece más moral iniciar a una adolescente en el erotismo con su consentimiento y al amparo de su madre, como en el caso que te cuento, que dejarla en la ignorancia para que aprenda a trompicones. Porque al final todo el mundo aprende aunque sea mal. La estadística de embarazos y de abortos juveniles lo demuestra. Te aseguro que ni Chantal, ni Brigitte, ni Nuria, ni Betina, ni otras jovencitas con las que he follado han tenido problemas. Ni de embarazo ni de contagios ni de nada. Y te diré otra cosa de la máxima moralidad: han sido tratadas con enorme ternura y han gozado desde el principio; poco o mucho, pero han gozado. El disfrute es una flor en desarrollo sobre todo en la mujer, que tiene una sensibilidad más profunda y más oculta. Es un privilegio ver cómo goza una adolescente, ser el punto de partida de su disfrute, participar en su placer. Y eso se consigue con aprendizaje.

—Sí, de acuerdo, tal vez sea así, pero tu forma de verlo te favorece a ti. No piensan así la mayoría de los padres ni los responsables de la educación de los niños.

—¿Responsables? ¿Quiénes? Gran parte de los padres no saben, y algunos de los que sabrían no se atreven. En cuanto a los profesores, conozco muy bien el percal. No olvides que he sido docente. Solo unas pocas personas dan a la cuestión la importancia que merece y se ponen a ello a pesar de todo. Te puede parecer extraña la postura de la madre de Betina porque la mayoría de las mujeres tratan de proteger a sus hijas de la experiencia sexual, intentan retrasarla e incluso se sienten satisfechas de que nadie las toque hasta que son muy mayores; mejor incluso hasta que se casen o a lo sumo que no sea otro que el novio formal. Pero hay señoras inteligentes, siempre las ha habido. Bien sea porque a ellas se lo hicieron bien al principio, o porque se lo hicieron rematadamente mal, quieren ahora que sus hijas sean iniciadas de forma correcta, a su debido tiempo y por persona de confianza. No se resignan a que cualquier mastuerzo engatuse a sus niñas al salir de la discoteca y se las tire en un descampado o en la trasera de un coche a pelo, sin garantías.

—Bueno, sí, pero ¿qué significa eso de ‘a su debido tiempo’?

—Significa que hay un momento para cada impulso. Desde muy temprana edad un niño experimenta tendencias, pulsiones y necesidades relativas a su libido. Si se conocen a tiempo por los padres y se canalizan bien está garantizado el equilibrio. En caso contrario se desorienta a los jóvenes y se los desvía. Con Betina la cuestión estuvo bastante bien llevada. Ya te he contado que desde muy pequeña expresó conmigo sus afectos. Supongo que también con otras personas. Nos abrazábamos, nos besábamos, nos tocábamos… sin forzar pero sin escamotearnos nada fundamental. Jamás le dije “Eso no se hace” o “Eso no se toca”. Lástima que se interrumpiera el idilio sentimental durante los años clave. Pero cuando la encontré de nuevo y cuando su madre me propuso que la introdujera en el arte final, o inicial, según se mire, quiero decir en el sexo directo, la cosa fue bastante sencilla.

—¿No tuviste problemas para proponérselo? Tiene que ser muy fuerte, así de primeras.

—Nada de eso. No hubo necesidad de propuesta alguna. Las cosas han de ir de suyo o no funciona la magia del encuentro. De ningún encuentro, sea el primero o el decimoséptimo.

—Dime ya cómo ocurrió.

—Lo resumiré: durante la cena me dediqué a estimularla. Lo hice con miradas, con sonrisas, con guiños. Después de cenar me pidió que le ayudara a traducir unas canciones. Su madre y yo nos miramos. Ella dijo que salía a ver a unos amigos y que volvería tarde. Nada más. Betina y yo entendimos. Nos fuimos a su cuarto, me sacó unos cuantos discos, se pegó a mi lado y empezaron mis manos a recorrerla. Yo debía actuar de maestro de ceremonias y tenía que averiguar cuál era la liturgia que hasta entonces ella había desarrollado en ese campo. La presunción de su madre podía no ser exacta. Muchas familias desconocen las andanzas de sus cachorros. En este caso mi amiga había acertado: Betina no estaba desflorada. Me correspondió a mí hacerlo con mucho mimo, con mucha ternura, la misma que habíamos desarrollado desde hacía años. Pero ya no era una niña sino una mujer, sobre todo desde el momento en que se me abrazó consciente de que había dado el primer paso. Yo también estaba muy satisfecho. Cuando volvió su madre, una oleada de serenidad recorrió las estancias de la casa. El hecho de no estar allí a escondidas de la familia como me había ocurrido otras veces, nos ayudó mucho. Fue una iniciación gloriosa, la mejor de cuantas había realizado. Me ha servido también de pista para las que han venido luego.


 

 

                                                 15.

Leopoldo se había quedado sin saber qué decir y tardó unos segundos en reaccionar. Ricard le miraba como pendiente de su opinión.

—Evidentemente se trata de un caso excepcional —dijo por fin el notario—. Eso no podría ocurrir de continuo, no encajaría en las costumbres de la gente y causaría muchos problemas.

—De acuerdo, pero es una práctica que se utilizó en otras sociedades y que todavía mantienen algunos de los llamados pueblos primitivos.

—¡Por eso son primitivos! —exclamó con aire de triunfo Leopoldo.

—Ojo, amigo —contestó Ricard—. Habría mucho que hablar sobre eso y necesitaríamos varios días. Solo te diré que si quieres encontrar gente de mente limpia y de espíritu poco contaminado busca en los pueblos primitivos, no fuera de ellos.

—Sería una larga discusión, de acuerdo. Pero en nuestra sociedad eso es inviable. Somos como somos y no hay marcha atrás.

—Por desgracia.

—Pero es así.

—De momento. Las cosas pueden cambiar. Hay gente que reflexiona sobre nuestra forma de vivir y no admite tanta hipocresía. Cada vez hay más personas conscientes de la situación.

—Tal vez, pero lo de la iniciación sexual cada uno se lo monta como puede. Yo creo que hay varias maneras de hacerlo bien.

—Por supuesto, pero esta es la mejor, no te quepa duda. No la más fácil pero sí la mejor, insisto. Y pienso que vamos hacia un cambio importante en este tema tan espinoso. Hace tiempo que algo se mueve. Antes, la mayoría de las familias, sobre todo por parte de las madres, solo se preocupaban de preparar el ajuar. Como si una vajilla o unas sábanas garantizasen la felicidad de la novia. Las chicas iban a la boda con una venda ilusionada, pero venda al fin. Los batacazos podían ser terribles. Y más cuando no había reacción, cuando se consideraba que la cosa era así y punto. ¿Has leído estadísticas sobre frigidez, anorgasmia, indiferencia sexual y pérdida de la libido? Son muy elocuentes. ¡Y aún no dicen toda la verdad! Si hablaran a fondo con sinceridad los sexólogos y los ginecólogos nos pasmaríamos. Han de guardar el secreto profesional, lo entiendo.

—Pero han cambiado mucho las cosas. Hay información en el colegio, en la familia, en las asociaciones...

—Sí, información sí, pero nada más. Y aún habría que ver. Es como si un jugador de fútbol o baloncesto tuviera mucha información, hubiera recibido charlas, hubiera leído libros e incluso visto vídeos. ¿Qué significa eso a la hora de controlar un balón, pasarlo, chutar o encestar? Si no hay ensayo, práctica y entrenamiento antes del partido no sirve de nada.

—Pues para eso es el noviazgo.

—Ah ¿sí? No me seas simple. Tú provienes de un ambiente donde hasta hace algunos años no se admitían las relaciones prematrimoniales. E incluso hoy…

—Hombre…

—Es así. Tal vez se toleren como inevitables pero no se aceptan, no se valoran, no se consideran necesarias. No es una situación de derecho aunque lo sea de hecho.

—Pero parece que todo el mundo lo asume, que los padres se han conformado.

—Ni mucho menos. Te sorprenderías de lo que piensa la gente. No hay apoyo emocional. Incluso los interesados comienzan con cierta prevención, como con vergüenza además de miedo. Otra cosa es lo que dicen. Pero son sensaciones que están dentro de la piel, no en la superficie; habría que buscarlas en la memoria genética. Y por supuesto en la memoria social que pesa una barbaridad y tarda mucho en cambiar.

—Es que conviene que haya cierto freno porque si no…

—Claro, como en todo. Cierto freno, cierto control, libertad sí, libertinaje no, lo de siempre. Mira: el erotismo es una de las expresiones más exquisitas al alcance del ser humano. Pues bien, si en bastantes campos no hay auténtica libertad de expresión, en este menos. A estas alturas no nos vamos a engañar.

—Pero es bonito aprender juntos, ir descubriendo los secretos, ir sorprendiéndose, crear confianza, tener compenetración…

—Eso es lo que dicen los manuales píos. La realidad es más dura. Toda la vida el varón ha sabido, ha estado iniciado, ha experimentado con profesionales o con criadas, con personas que estaban sometidas de algún modo, mientras que la mujer no. Cuando en realidad es ella la reina de la sensibilidad erótica, cuando es la auténtica maestra, cuando puede gobernar con exquisiteces increíbles cualquier situación. Siempre que haya aprendido, claro. Para lo cual alguien tiene que enseñarle. Es muy difícil que lo hagan los padres. Ha estado muy mal visto y sigue estándolo, salvo excepciones. Te voy a contar una historia que conozco bien, un caso en el que los tabúes y los complejos fueron superados por unos familiares sensatos. Claro que en secreto. No eran tiempos para dar cartas al enemigo. Te estoy hablando de hace más de treinta años, imagínate; acababas de nacer.

—Sí —concedió Leopoldo mirando su reloj.

—Pues verás: era yo estudiante y trabajaba por las tardes en una oficina. Por cierto, ayer quería contártelo pero algo nos interrumpió. A lo que vamos. Tenía dieciocho años y estaba en Babia como la mayor parte de la gente de mi edad en aquel tiempo. Había ya cierta movida y las cosas empezaban a cambiar, pero lentamente. Era la época de los guateques en sótanos o locales cutres sin las mamás de las chavalas sentadas en una silla de anea vigilando como había ocurrido hasta entonces, menos mal. Era también la época de la minifalda, toda una revolución, un escándalo para muchos y un conflicto en bastantes familias. Las chicas salían vestidas de una forma y luego se cambiaban por ahí. Pero todo eran formas. Los fondos estaban peladísimos. Si creías que cualquier tía que enseñara los muslos te iba a dar luz verde ibas apañado. Se sacudieron entonces más guantazos que en toda la Edad Media.

—Sí, se lo he oído contar a mi madre y a mis tías. Pero debió de ser divertido aquello.

—Según se mire. También se pasaba mal porque tenías mala conciencia. Muchos nos habíamos educado con frailes y estábamos arrugados como pasas. Con miedos al infierno, a las enfermedades, al colapso. Nos costó vomitarlo todo. Yo tuve mucha suerte, aunque según se mire. Fue en aquella oficina. Había una chavala que se encargaba del archivo, entre otras cosas. Se llamaba Isabel.

—Fue tu primera novia ¿no?

—Bueno, habría mucho que hablar de eso. Ella no estaba por la labor aunque yo me encandilé enseguida. Pero vivía una enorme contradicción interna porque por un lado me enloqueció y por otro me sentía obligado a rechazarla, tal como pensaba entonces. La cosa fue complicada. Al principio me había parecido una fresca por cómo iba vestida, cómo se sentaba y demás. Pero una fresca de la que podía aprovecharme, una forma de satisfacer ese secreto apetito que siente el hombre hacia una mujer aparentemente fácil aunque por otra parte sientas pánico o incluso repugnancia, según cómo te hayan educado y lo que pienses. Pero bueno, dejemos eso. Sigo contándote cómo fue mi primer ligue, o mejor dicho cómo me ligaron por primera vez. Yo le había caído en gracia, es cierto. No me lo explicaba porque vivía entonces más arrugado que una pasa, ya te lo he dicho. Luego he descubierto que mi figura o mi estilo gusta a determinado tipo de mujeres. Suele pasar. Pueden interesarte mucho los hombres o las mujeres en general pero hay cierta clase, con unos rasgos especiales, que te atrae más. Es cuando dices: “Es mi tipo”. A la inversa no siempre ocurre, por desgracia. Muchas veces no eres el tipo de quien sí lo es para ti. El caso es que yo le gustaba a Isabel. Era su tipo. O uno de ellos porque luego supe que había varios. Entonces no tenía ni idea. Supuse que era un capricho y la dejé hacer. Al principio estaba más cortado que un leño. Pero ella me fue aflojando. Un día con una palabrita, otro con una mirada mantenida. Luego con una sonrisa insinuante, también con movimientos y posturitas, imagínate. Me estaba desatando. Yo había ido a algunos guateques pero siempre con mucha precaución. Además casi todas las chavalas se apartaban si intentabas achucharlas. Y a la que se dejaba meter mano o pierna la considerabas poco menos que una furcia. En una ocasión una me dijo que si me dejaba apretarla durante el baile, qué iba a pensar de ella.

—Hombre, es que una mujer decente… —dijo Leopoldo.

—Mira, dejémonos de teorías, que me las sé de corrido. Todos los argumentos que vayas a soltar me los sé. Te cito autores, doctrinas, lo que quieras. Y si prefieres que no te cuente esto, pues nada, tan amigos.

—No, solo quería decir que, en fin, siempre un hombre prefiere que su mujer no haya andado en otras manos —añadió Leopoldo con cierta inseguridad.

—Bueno, sobre eso hay también opiniones. Ya te comentaré las teorías de Patricio. A lo que vamos: yo era el tipo de Isabel. Ahora lo veo porque a lo largo de los años he ligado con varias mujeres de su estilo. Siempre a iniciativa de ellas. Me he acostumbrado. Han acabado por gustarme. Afortunadamente son bastantes las mujeres que expresan hoy sus deseos, sus gustos, las que toman la iniciativa. Y lo hacen con mucha gracia, sin avasallar, sin ofender, sin violentarte. Hay que estar atento, sobre todo al principio. Luego es dejarse llevar. Tiene mucho encanto lo de dejarse llevar. A sabiendas, claro. Disfrutando. Adquiriendo la capacidad femenina de la receptividad, poniendo en funcionamiento esa faceta pasiva que todos tenemos aunque la desconozcamos. En fin, que yo me dejé llevar por Isabel. Pero no conscientemente. Entonces no sabía nada. Me avergonzaba de tener impulsos libidinosos. Era el resultado de muchos años de internado con los frailes. Por una parte nos han enseñado muy bien, mejor que ahora, pero por la otra…

—Yo también he estudiado con los frailes —interrumpió Leopoldo.

—¿Interno?

—No.

—Entonces no sabes de qué va la cosa. Y sobre todo en aquella época. En fin. Algún día saldrá a la luz. Tengo un tema explosivo en la recámara.

—¿Cuál?

—Déjalo. No viene a cuento ahora. Si empiezo con eso no termino, te lo garantizo. Es tremendo lo de los internados y lo de los seminarios de hace cuarenta años. Y no digamos antes.

—Me refería a si tiene que ver con los manejos homosexuales y eso —se disculpó Leopoldo.

—Por supuesto que hay mucha tela que cortar por ahí. Pero ahora voy a seguir con lo de Isabel. Te va a gustar más, ya lo verás.

—Sí, desde luego. Siempre me patinó lo de los mariconeos de los frailes. Los que sufrí y los que vi —terminó Leopoldo satisfecho de cómo lo había expresado y con un mohín de disgusto.

—Bueno, ya me contarás. Puede serme útil. Ahora a lo que vamos. Isabel había sido iniciada por un tío suyo, el hermano de su madre. Era como una saga familiar, porque ella, la madre, había iniciado al hermano, el tío de Isabel, que era unos diez años menor que ella, según me contó. ¿Te aclaras?

—Sí, sí. La madre, luego su hermano pequeño con diez años menos, después Isabel —respondió Leopoldo.

—Su tío le llevaba unos diecisiete. Estaba a punto de casarse cuando empezó la cosa en serio según me contó ella. Tan en serio que se demoró la boda. Isabel iba a cumplir trece. Hasta entonces habían sido juegos más o menos inocentes. Un día de verano se fueron los dos de excursión a la montaña y se enredaron de veras. No te voy a contar toda la historia porque es larga. Solo te diré que el primer coito tardó cinco años en llegar, ya casado él. Durante aquel tiempo la fue despertando, motivando, mimando, de modo que Isabel era un prodigio de hembra con un sentimiento cálido y un cuerpo amaestrado para el placer. Tuvo que superar un enamoramiento hacia su tío. Fue la única contrariedad. Cuando yo la conocí llevaba más de un año desligada de él. Además de otras dificultades, la familia no lo hubiera tolerado. Solo su madre estaba al corriente. Un caso en cierto modo parecido al de Betina. Yo tardé en saberlo pero confió en mí. Era el primero en quien confiaba según me dijo. Creo que fue sincera porque también me confesó que no era el primer hombre a quien seducía tras la larga historia con su tío. Ni el segundo. Para entonces se había equilibrado mucho. Era algo mayor que yo, casi cuatro años, y fue mi gran hallazgo de juventud.

—¿Cómo te sedujo? —preguntó Leopoldo con impaciencia.

—Ya te lo he dicho: miradas, palabras, sonrisas, posturas…

Ricard siguió describiendo los pasos de Isabel para conquistarle, unos pasos que les condujeron a una relación intensa y al mismo tiempo conflictiva. Ella era celosa de su independencia y él no podía soportar sus frecuentes ausencias, imprevistas e injustificadas. Llegó a obsesionarse de tal modo que temió por su salud mental.

—Ella se zafaba cuando y como le daba la gana. Los domingos y los días de fiesta desaparecía. Yo pasaba entonces los mil y un tormentos. Ni comía ni estudiaba ni era capaz de divertirme de otro modo. ¿Sabes lo que es estar encoñado? Pues eso. Que no ves ni oyes ni piensas en otra cosa.

—¿Y no te cansaste de vivir así?

—Aguanté lo que pude.

—Bueno, y ¿qué pasó? ¿Hasta cuándo seguisteis?

—La cosa duró menos de lo que yo hubiera deseado. Estaba enloquecido. Metí la pata y la historia se acabó de golpe. Por primera vez en mi vida sentí la melancolía del sexo que según dice Valle-Inclán en sus Sonatas es el germen de la gran tristeza humana.

El narrador se interrumpió porque don Gumersindo acababa de bajar de su habitación. Leopoldo no comentó nada. Se limitó a saludar al recién llegado y a mirar con discreción a su amigo como si deseara apoyarle en el trance. La expresión de derrota en la cara de Ricard era total.

 

 


                                                 16.

Le hicieron sitio. El hombre parecía de buen humor. Leopoldo miró de reojo a Ricard y decidió llevar la conversación con el recién llegado. Cambiaron impresiones sobre la inestabilidad del tiempo, sobre la playa semivacía ante la inseguridad del sol, sobre los pronósticos para el fin de semana. Al cabo de un rato pareció desvanecerse la nubecilla en los ojos de Ricard. Su capacidad de recuperación le devolvió la voz cantante:

—Que no se te despiste aquella hembra, muchacho —dijo sonriendo mientras indicaba al joven la dirección hacia donde mirar.

—Vaya, no pierde usted el olfato —comentó entre la sorna y el reproche el recién llegado.

Una mujer joven, con un chal color corinto sobre el bañador azul, estaba bajando de un deportivo que acababa de aparcar a un lado de la terraza del hotel.

—Parece otra noruega —respondió Leopoldo en el mismo tono de broma.

—Nada de eso. Podría ser Brigitte. ¿Sabes francés?

—¡Cómo dices! ¿Brigitte? ¿La amiga de Chantal? ¿Tu amiga Brigitte? No me digas que está aquí.

—¡Vaya, hombre! ¡Buena memoria! Ya veo que no has perdido comba. Te sabes todas mis andanzas.

—Claro. Te las podría contar con pelos y señales.

—Algo pondrías de tu cosecha ¿no? Aunque todavía tengo más cosas que contarte ¡y muy calientes, jovencito! De cualquier modo puedes ir haciendo conjeturas porque no te falta imaginación.

El viejo marino había cazado al grumete. Ricard sabía que el novato al menos tenía imaginación.

—Bueno, sí que la tengo. Siempre supe que la tenía. Creo que me la has avivado con tus historias —reconoció Leopoldo.

La mujer del descapotable había desaparecido en el interior de un pub cercano. Al cabo de un rato salió flanqueada por dos hombres en bañador que montaron con ella en el coche y partieron.

—Se te han adelantado, macho. Te la han levantado. A este paso se te escaparán todas las palomas.

—Pero… ¿cómo me iba a lanzar así sin más? Ella ha ido a buscar a sus amigos.

Tras un momento de duda volvió a preguntar:

—No era Brigitte ¿verdad?

—Podría serlo ¿por qué no? A esta distancia hay muchas chicas que pueden ser Brigitte —respondió Ricard con aire zumbón—. Tiene el mismo tipo. Tal vez ande por aquí sin que yo me haya enterado. O a lo mejor está al llegar —y se interrumpió dejando que su mirada enigmática acabara la frase.

—Por cierto, no me has contado cómo terminó la historia con las francesitas —dijo Leopoldo para salvar la pausa.

—Bueno. Si usted don Gumersindo me lo permite, terminaré de contar a este joven un suceso un tanto escabroso.

—Haga usted lo que quiera. Yo estoy de vuelta de todo y no me voy a escandalizar. Ya sabe que discrepo de sus teorías en ese terreno, pero usted verá.

—Bien, lo dejaremos para otro momento; no quiero desperdiciar su presencia recordando aventurillas pasadas. Prefiero que hablen ustedes. Yo tengo que ausentarme. Te dejo en buena compañía, muchacho —terminó Ricard dirigiéndose a Leopoldo.

Se despidió y quedaron los dos hombres frente a frente. Don Gumersindo hizo un gesto de contrariedad mientras decía:

—Bajaba con la intención de dar un paseo pero se ha estropeado el tiempo.

—Sí, una lástima —confirmó Ricard—. Parece que esto es normal por aquí.

—Siempre ocurre lo mismo. De repente viene la borrasca y te mete en casa un par de días. Luego pasa y aprecias mejor el cambio, lo disfrutas más.

—¿Viene usted a este lugar todos los años?

—Sí. Normalmente paso aquí el mes de julio. Desde que murió mi esposa vengo a esta zona al principio del verano. Luego me voy el mes de agosto con mis hijas y mis nietas a la casa que tenemos en la sierra cerca de Guadarrama. Me va bien el cambio.

—¿Cuántos hijos tiene?

—Tengo dos hijas, cada una con una hija a su vez, o sea dos hijas y dos nietas.

—Todas mujeres.

—Sí, parece que es mi sino. Siempre he estado rodeado de mujeres. Hasta que murió mi esposa vivió con nosotros una hermana suya soltera.

—¿Y luego no?

—No, yo me quedé solo, mis hijas se habían casado y no era propio que viviéramos bajo el mismo techo mi cuñada y yo.

—¿Por qué?

—Hombre, imagínese, por pura decencia. ¿Qué hacen una soltera y un viudo conviviendo?

—Algo harán, como diría nuestro común amigo Ricard.

—Bueno, a menuda parte va. Ricard es un libertino de tomo y lomo, un caradura con las mujeres, un tío jeta hablando en plata.

—Pero tiene las cosas muy claras, diría yo. No es que me hayan convencido sus argumentos pero lo que dice es coherente.

—Sé muy bien lo que piensa. Hace años que nos conocemos y nos apreciamos aunque discrepemos en varios puntos. Hemos discutido muchas veces. Con todos mis respetos me parece que desbarra bastante en lo tocante al amor. Ha llevado una vida alegre, divertida, sin compromisos y sin demasiados conflictos. Aprendió muy pronto y tuvo una buena maestra. Ya le habrá contado sus andanzas. Yo le podría añadir algunas más —el semblante del anciano se nubló pero continuó hablando—. Considera a la mujer como una presa, como un simple objeto de placer, alguien para tomar y dejar a capricho. Supongo que no está usted de acuerdo con esos planteamientos.

—Por supuesto que no. Pienso que una mujer es algo más que eso.

—¡No solo algo más sino mucho más!

—Bien, de acuerdo, pues mucho más. Ricard también lo piensa.

—¿Está seguro?

—Mire, él me ha contado algunas de sus aventuras y siempre me ha parecido que trataba a las mujeres con mucha consideración.

—No se fíe de todo lo que le cuente. Es escritor, periodista, fotógrafo, reportero y no sé cuántas cosas más. En fin, un chisgarabís, un trotamundos. Y ya sabe usted que los escritores y esa gente viven de la imaginación. Lo que cuentan puede ser cierto y no haber ocurrido ¿me explico?

—Sí, claro, pero Ricard parece un tipo serio.

—Hombre, mala persona no es. Pero tiene unas ideas que ya, ya.

—Por cuestión de ideas no se puede juzgar a nadie. En eso creo que podemos estar de acuerdo. Además, si no le agrada lo que piensa o lo que dice o cómo lo dice ¿por qué está siempre con él? —se atrevió a preguntar Leopoldo.

Don Gumersindo pareció quedar desconcertado por un momento pero se repuso pronto.

—Pues mire, si quiere que le sea sincero para combatir la soledad, o para compartirla, según se mire.

¡La soledad! El profesor sí hablaba de la soledad. Leopoldo pensó que era una buena ocasión para plantear el tema pero su interlocutor se le adelantó:

—Además nos entretenemos discutiendo, polemizando y discrepando sobre mil cosas. De alguna forma hay que ocuparse cuando uno se cansa de leer y de pasear.

—Pues hasta ahora no ha discrepado usted mucho. Más bien se ha retirado de las discusiones, ha huido casi —señaló el notario.

—Sí, lo sé, no estoy de humor estos días —confesó don Gumersindo.

—Lo siento. ¿Qué le ocurre? Si puedo ayudarle en algo…

—No es nada. O mejor, lo es todo. ¿Me promete no comentar con Ricard lo que yo le diga?

—Por supuesto, cuente con ello, prometido.

—Pues mire, así, a la brava, sin más trámites: me he enamorado.

—¡Estupendo! —dijo Leopoldo improvisando un entusiasmo—. ¿Y lo está pasando mal? Cuando uno se enamora es tremendo ¿no? —añadió sin convencimiento.

—Pues sí, lo estoy pasando muy mal. Por una parte pienso en el futuro, pero por la otra me asaltan los recuerdos de lo vivido. Usted es joven y no tiene casi pasado. Por eso le resultará difícil entenderme.

—Bueno, voy a cumplir treinta y cinco años, así que ya tengo cierto...

—Perdone la pregunta —le interrumpió el anciano— pero ¿tiene usted un pasado sentimental? Quiero decir ¿ha vivido durante más de treinta años con una mujer, la ha perdido, la tiene siempre en la memoria, no pasa día sin hablar con ella, en fin, ni a sol ni a sombra le abandona el recuerdo? ¿Ha pasado por ahí? ¿Sabe lo que es?

—Desde luego que no. Yo no tengo una trayectoria sentimental de ese calibre.

—Pues imagínese que le ocurre todo eso y que de repente, sin comerlo ni beberlo, sin buscarla, cae usted en una situación emocional que no conocía, que por un lado le exalta y por otro le desquicia.

—Ya le entiendo: por una parte tiene a su mujer siempre presente, y por otra quisiera librarse del recuerdo ¿no es eso?

—Es complicado porque no deseo olvidarla, pero al mismo tiempo necesito estar libre para vivir lo que me quede. Porque he descubierto que aún me queda.

—¿Se siente atado?

—Sí. Vivo con la sensación de tener aún pendientes ciertas obligaciones con la que fue mi mujer.

—Obligaciones de fidelidad, claro.

—Algo así.

—Perdone la indiscreción, pero supongo que nunca le fue infiel mientras estuvieron casados.

—Por supuesto: ni antes, ni durante, ni después. Pero ahora viene el conflicto. No le había sido jamás infiel hasta que ha ocurrido.

El profesor parecía apurado. Tenía insegura la mirada y había pronunciado las últimas palabras con cierto titubeo. Leopoldo creyó necesario evitarle un mal trago y dijo:

—No me cuente nada si no quiere. Está usted en su perfecto derecho.

—Sí, ya lo sé. Pero me va a permitir que le sea sincero y que le diga que necesito a alguien con quien desahogarme —respondió don Gumersindo con mejor temple.

—¿Y no lo podría hablar con sus hijas?

—¿Con mis hijas? ¡Qué me dice! ¡Ni soñarlo! No lo entenderían. Por una parte se trata de su madre, la cosa emocional, y por la otra… usted que es notario lo entenderá bien.

—Ya. Creo que le entiendo. Sí, claro.

—Así que a ellas ni mu. Lo que sea sonará cuando suene. Pero de momento ni palabra. Se pondrían como fieras. Mire, son aún más estrictas que yo. La mayor se separó porque sospechaba de su marido sin haberle probado nada. Yo conozco al chico, como es natural, y sé que tuvo ciertos devaneos, ninguna cosa seria, pero mi hija no transigió. Respecto a la otra tiene a su esposo absolutamente controlado, o mejor dicho lo controlan entre las dos.

—De tal palo tal astilla, ¿no? —dijo Leopoldo con cierto retintín.

—Nada de astillas: ¡estacas! —respondió don Gumersindo aceptando la broma con una sonrisa triste.

Un conflicto sentimental. Un hombre entre dos orillas, sin querer abandonar la primera pero deseando llegar a la segunda; seguramente azuzado también por la soledad. Y él, Leopoldo María de La Bisbal y López de Mendoza, de testigo, casi de asesor. Si se tratara de herencias, donaciones o asuntos afines, como le había dado a entender don Gumersindo, se los aclararía con mucho gusto. Pero en un conflicto sentimental de ese calibre, y a esa edad, poco le podía aportar. En fin, se dedicaría a escuchar al hombre que eso era lo que parecía necesitar.

—Así que está usted hecho un lío como suele decirse —comentó Leopoldo tras la pausa.

—Algo de eso.

—Y ella ¿qué piensa? ¿qué dice?, si me lo permite.

—Ella no conoce mi conflicto interior. Por supuesto que sabe mis antecedentes y que quise mucho a mi mujer. Creo incluso que eso la estimula hacia mí porque me tiene por hombre cariñoso y entregado, lo cual complica las cosas.

—Lo entiendo. Buscan los dos una relación profunda, no un mero apaño superficial ni una aventura pasajera.

—Pues no lo sé. Por mi parte así es. A esta edad, el tema del afecto, del sentimiento, de la ternura, del cariño… tiene más importancia que el resto, ya me entiende. En cuanto a ella no lo puedo garantizar. Ese es uno de los elementos del problema.

—Sí, claro. ¿Qué edad tiene o cuántos años le lleva usted?

—Ella tiene once años menos que yo, va por los cincuenta y siete.

—¿Y también es viuda?

—No, separada.

—¿Cómo se llama?

—Isabel.

—¿Isabel?

De repente invadió la memoria de Leopoldo una imagen de mujer abierta al juego erótico, provocativa, insinuadora de encantos, incitadora de jovencitos inexpertos, una mujer llamada Isabel que podría tener esa misma edad, una mujer que Ricard guardaba en la profundidad de su experiencia amatoria, a la que debía su iniciación erótica, aquel despertar temprano del que tan orgulloso estaba. Una mujer impredecible que le había dejado plantado en plena efervescencia pasional. ¿Serían la misma Isabel la de Ricard y la de don Gumersindo? ¿Qué significaba aquel críptico “Yo le podría añadir algunas más” referido a su amigo? Se había nublado la mirada del hombre al decir eso. Por edad, por lugar de residencia, incluso por círculo de relaciones podrían coincidir ambas Isabel. ¿Lo sabrían los dos, los tres incluso, o solo uno de ellos? ¿Le habría contado Ricard su aventura y desventura juvenil tras identificar a la persona, conociendo ya la situación sentimental del profesor jubilado?

Adivinó que allí había gato encerrado. Don Gumersindo descansaba y reflexionaba sobre su situación pero no era aquel un lugar que encajara con un tipo tan movido como Ricard. ¿A qué se dedicaba? Sí, escribía, preparaba reportajes, hacía fotos… pero no dejaba al profesor ni a sol ni a sombra. Aquel contacto casi permanente, comer y cenar juntos, y las constantes rondas por el hotel y sus alrededores debían significar algo que Ricard no le había revelado. Al mismo tiempo la abundante compra en el supermercado que presenció el día anterior, impropia de un sujeto que vivía solo y que además desayunaba, comía y cenaba en el hotel, añadía extrañeza al caso.

 

 

                                                 17.

 Ricard no aparecía. Se había despedido con la intención de volver pero dieron las cuatro de la tarde sin que hubiera regresado. Para entonces ya habían terminado su almuerzo Leopoldo y don Gumersindo, que esperaron hasta las tres en punto para empezar.

—Se le habrán cruzado las cosas. Este hombre es imprevisible —dijo el profesor haciendo ademán de levantarse.

—Tampoco aseguró que vendría —le disculpó Leopoldo—. ¿Sabe usted qué hace aquí? —se aventuró a preguntar.

—Pues no del todo; que yo sepa, está escribiendo una serie de artículos sobre los comportamientos de la gente en vacaciones, trabaja al mismo tiempo en un par de libros, uno de ellos erótico que va a titular Mujeres al ataque según me ha dicho, y creo que además espera la llegada de alguien muy importante.

—¿Sí? ¿De alguna personalidad que veranea por aquí?

—No. Debe de ser solo muy importante para él.

—¿Sabe de quién se trata? —preguntó intrigado Leopoldo.

—De una mujer. Puede ser alguna de las de libro. Es raro que esté sin compañía. Siempre le he visto rodeado de dos o tres jovencitas. Da lo mismo que esté en Madrid o en cualquier otro lugar. Una puede ser la colega de turno, la segunda una ilustradora que colabora en un proyecto común y la tercera una amiga de alguna de las dos.

—¿Y puede con todas?

—No lo sé. Es posible que las tenga de adorno. Yo creo que le gusta el perfume de los harenes. Y si funciona con todas ellas, tal vez se turnen. Las jóvenes de hoy, ya se sabe.

—¿Tanto gancho tiene?

—Mire, antes le he dado a entender que Ricard era un fanfarrón contando sus conquistas pero la realidad es que le va la marcha, como ahora se dice. Es lo único que puedo asegurar. Del resto no me ocupo y hace ya tiempo que dejó de contarme historias.

—¿No le interesaban?

—Hombre, más bien no. Tenga en cuenta que llevo viudo diez años y que hasta hace unos meses cualquiera otra mujer fuera de la que perdí no me atraía en absoluto.

—Y ahora ha notado un cambio, supongo.

—Con lo que antes le he contado podrá suponer que estoy en ascuas. Es como si hubiera renacido. Tiemblo y me agito, subo y bajo, me apuro y me entusiasmo como un adolescente. Si quiere que le sea sincero, hasta me arrepiento de haber perdido estos años.

—Es curioso. Y lo que dice me parece muy interesante. Tiene usted sesenta y ocho años si no me equivoco.

—Sí, exactamente.

—Claro, yo lo comparo con tíos míos que tienen su edad y lo veo a usted joven, vital, con la mirada brillante. Mis tíos están cansados, como apagándose o ya apagados.

—Será porque estoy enamorado.

—Seguro.

—El amor es algo grande, mi joven amigo —dijo en tono paternal don Gumersindo tras una breve pausa—. Puedo jurarle que yo creía haberlo ejercido y disfrutado durante más de veinte años con la que fue mi mujer. Nos llevábamos bien, fuimos muy tradicionales y no tuvimos conflictos importantes. La única espina que tuve siempre clavada fue la incapacidad de Luisa para la música clásica. Jamás conseguí que me acompañara a un Concierto.

—¿Es usted melómano? —interrumpió Leopoldo con gesto de sorpresa.

—Sí, un melómano empedernido como suele decirse.

—¡Qué bien! Hablaremos de música luego. Pero discúlpeme. Me estaba usted contando lo feliz que fue con su mujer.

—Sí, tengo que decir que fui feliz, que fuimos felices, felices en la monotonía si se quiere, con un fuego inicial que duró lo acostumbrado, seis o siete años. La pasión abrasadora e interminable es solo un recurso literario. Nosotros fuimos realistas y nos instalamos en una rutina luminosa, sin un sobresalto ni medio a lo largo de los días pero con un intenso cariño que vivíamos más por dentro que por fuera. Quiero decir que no éramos como esas parejas que van dando espectáculo de besitos y manecitas adolescentes con cuarenta o cincuenta años. El amor profundo es siempre discreto. Pero de todos modos, aunque nos queríamos mucho ahora me parece insuficiente. Ojalá me hubiera quedado con ella en casa o dando un paseo en vez de irme solo a los Conciertos. Ya se sabe que las personas y las cosas solo se valoran cuando existe el riesgo de perderlas. Los últimos meses, al saber que el cáncer de Luisa era incurable me invadió una oleada de nostalgia y de ternura total, sin tamaño, que ha durado hasta antes de ayer como quien dice. Bueno, creo que se mantiene, pero desde que Isabel ha entrado en mi vida estoy que me pierdo. En todos los órdenes, entiéndame.

—Le entiendo, don Gumersindo —dijo Leopoldo conmovido por el tono de aquella confidencia.

Estaban de nuevo en el salón. La tarde se presentaba turbia impidiendo el habitual paseo del profesor. Ricard seguía sin dar señales de vida. Leopoldo cayó en la cuenta de que tampoco había vuelto a ver a las nórdicas que le trajeron de cabeza el día anterior. No habían comido en el hotel. Y al menos una de ellas residía allí. ¿No habría montado Ricard alguna orgía sin avisarle? ¡Era muy capaz, el cabrón!

Se sorprendió de aquel arrebato mental y miró a don Gumersindo que parecía distante. Los dos se habían ausentado durante unos segundos. Estaría el pobre hombre debatiéndose entre las nostalgias del pasado y los reclamos del presente. Un presente agitado y problemático como le había explicado: los recuerdos, los sentimientos, los recelos, las hijas y el entorno.

—Se me han roto todos los esquemas —comenzó de improviso el profesor—. Yo siempre pensé que el amor en la vida debía ser único y definitivo. Que cuando te comprometías no había vuelta de hoja hasta que la muerte te separara, como habías jurado en la boda. Pero la muerte no te separa sino que te une más... en fin, se puede usted imaginar. El caso es que cuando mi hija mayor se divorció tuve que variar la fórmula del matrimonio para justificar la situación y disminuir su trauma. Entonces hice un cambio y la frase quedó en “Hasta que la vida nos separe”. A ella y a su marido les separó la vida, no la muerte. Ya no estaba Luisa, menos mal. No lo hubiera resistido. Pero volviendo a mi caso: la muerte no me apartó de mi mujer sino que me unió más a ella.

Hizo una nueva pausa. Leopoldo recorrió con la mirada todos los extremos del salón como si su mente estuviera programada para la búsqueda. El profesor dio un sorbo a su descafeinado y prosiguió:

—Antes le he dicho que he sido infiel. Usted se habrá sorprendido porque no tengo obligaciones con nadie, soy libre. Pues bien, se lo voy a explicar. Isabel me ha podido, o mi propio cuerpo me ha podido. Hicimos el amor en su casa hace un mes. Solo una vez. “A nuestra edad no podemos andarnos ya con pendejadas” me dijo repitiendo las palabras de la protagonista de un libro, El amor en los tiempos del cólera, no sé si lo ha leído.

—No —confesó Leopoldo—, sé que es una novela muy famosa de Gabriel García Márquez pero solo la conozco por el título. No he leído una sola novela en los últimos doce años.

—Bueno, pues como le digo hicimos el amor y salí huyendo. Me consideré un traidor, un sucio, un desgraciado, casi un degenerado. Pasé dos días horribles. Llamé a Isabel y le dije que tenía problemas con mis hijas, que me iba, que estaría fuera todo el verano y que luego hablaríamos. Necesitaba tiempo para reflexionar.

—Lo comprendo, pero ¿está seguro de que Isabel le va a esperar?

—Que haga lo que le parezca. Que busque otros hombres si quiere. No le faltan, por cierto. Eso también me ha estado quemando durante algún tiempo. Ahora no. En fin, es una mujer ardiente. Y deliciosa. Ya le digo que no pude resistirla. Era ella la que lo hacía todo, la que llevaba la batuta, entiéndame.

Era ella la que lo hacía todo, la que llevaba la batuta. Como la Isabel de Ricard. Menuda intriga. Él, un notario recién escudillado a punto de ‘constituirse’, tenía que averiguarlo y dar fe de aquella coincidencia. Solo hubiera faltado que en lugar de llevarlo a su casa le hubiera seducido en la de un amigo.

—Oiga, don Gumersindo, tengo curiosidad por saber algo más de esa mujer. Lo primero que me sorprende es que diga usted “Que busque otros hombres si quiere”. ¿No tiene celos? Si le ha impactado tanto, si le tiene tan encandilado ¿cómo no la asegura para usted? Una mujer tan ardiente que está un par de meses suelta…

—Lleva suelta toda la vida. Incluso cuando estaba casada. Tiene otra mentalidad. Me lo ha contado todo.

—¿Y usted lo admite? Me ha dicho que es un hombre de criterios muy estrictos.

—Amigo, los criterios son cosas de la mente, pequeños enganches que nos fabricamos para remediar nuestra inseguridad. En cuanto las circunstancias varían o cuando la vida te plantea una nueva situación, los criterios saltan hechos añicos. En todo: en la política, en las ideologías, en la sociología, en la economía, en la moral… en todo. Mire, siga los pasos de cualquier capitoste sindical o el más furibundo de los líderes obreros cuando le toque una quiniela millonaria o el gordo de la lotería y verá qué queda de su ideología y de sus compromisos sociales al cabo de medio año. Entre la mente y el bolsillo hay un cordón umbilical imperceptible pero siempre operativo. Yo le aseguro que dejan suelta a Isabel en un monasterio masculino y acaban enrollados con ella todos los frailes. Ya ocurría en la Edad Media, por cierto. El ser humano es la quintaesencia de la fragilidad.

—Así ha debido de ser. Estoy de acuerdo. Si quiere que le sea sincero yo mismo me estoy replanteando muchas cosas.

—También usted ha cambiado de criterio ¿no?

—Sí, desde que llegué aquí no me reconozco.

—Le ha influido Ricard, ya veo. Es un lince, un crápula, un sátiro, un ladino. Se lleva al huerto a cualquiera. No se ofenda, por favor.

—No, no me ofendo porque la cosa empezó antes de encontrarle. Yo también voy a ser sincero con usted y a contarle mi problema. Salvadas todas las distancias es un caso parecido al suyo. He venido aquí a reflexionar sobre mi situación sentimental.

—¡Vaya coincidencia!

—Se lo voy a contar porque ha confiado en mí y porque tal vez me pueda orientar. Tiene usted una experiencia que yo no tengo; antes se ha referido a ello al hablar del pasado sentimental.

—Dígame lo que quiera y le orientaré con lo que esté en mi mano.

Leopoldo se enderezó, movió el cuello varias veces con inquietud como si temiera que alguien pudiera escucharle y comenzó:

—En realidad mi problema es muy simple. Tengo novia desde hace siete años. Acabo de asegurar mi futuro con las oposiciones y todo el mundo ha comenzado a achucharme para que me case. Bueno, todos menos tía Leonor. La semana que viene quieren que sea la ceremonia de la pedida de mano.

—¿Quiénes quieren?

—Todos: mis padres, los de Clara, las dos familias en conjunto con la excepción que le digo en secreto, por supuesto.

—¿Por qué en secreto?

—Pues mire, tía Leonor es alguien especial, podría decirse que la oveja negra de la familia. O lo era. Se ha quedado soltera, ha vivido su vida a espaldas de todos y por lo general no está de acuerdo con ellos aunque ahora no lo manifiesta para no complicar las cosas. A mí me cogió el otro día aparte y solo me dijo tres palabras: “No seas tonto”. Nada más. Parecerá mentira, pero fue un golpetazo y me está haciendo pensar. Con la disculpa de cambiar un poco de aires me he venido estos tres días a reflexionar sobre mi situación.

—¿Y qué dice su novia?

—Clara no dice nada. Nunca ha dicho nada.

—¿Están ustedes enamorados? ¿Se quieren de verdad?

—Hombre, llevamos saliendo juntos siete años, las familias se tratan desde siempre, es una buena chica.

—No está enamorado ¿verdad?

—Pues no sé.

—Le voy a hacer una pregunta. Respóndame si quiere pero es clave. Y si lo hace que sea con absoluta independencia de leyes, costumbres o preceptos, ya me entiende.

—Sí, pregúnteme lo que quiera; sea lo que sea le voy a responder con la verdad —ofreció Leopoldo con cierto temor.

—La pregunta es muy simple: ¿se acostaría usted con una mujer recién conocida que le apeteciera de veras y que le ofreciera garantías de todo tipo?

El notario no respondió. La pregunta era fuerte. Había prometido decir la verdad. ¿Se acostaría con la rubia del acantilado si ella llamara a su habitación, entrara ligera de ropa, se sentara en el sillón con desenfado, le sonriera y le hiciera señas de acercarse?

—Sí.

—Entonces está claro. Su novia no es el eje de su vida sentimental. Es el resultado de una coyuntura familiar o social. Independientemente de que usted lo haga con conciencia de culpa o se arrepienta luego, el amor hacia su novia no es total. Cuando uno está enamorado de una persona no queda ni un solo resquicio para otra. Ni juzgo ni condeno pero las relaciones dobles o triples, que son ahora tan frecuentes, significan que no hay verdadero amor en ninguna de las dos o las tres direcciones. No quiero decir nada si hay más de tres: se trata entonces de un auténtico puterío.

Don Gumersindo se quedó callado mirando a Leopoldo. Sí, un auténtico puterío el suyo porque él no desperdiciaría ahora ninguna ocasión. Se tratase de las nórdicas, de Sofía, de las amigas francesas de Ricard o de cualquier otra hembra apetecible a su alcance. Siempre que no se le exigiera un esfuerzo de conquista para el que aún no se sentía preparado.

—Sinceramente —confesó Leopoldo tras la pausa— he de reconocer que no estoy enamorado de Clara.

—¿La conoce usted de forma íntima? —preguntó el profesor.

—¿Qué quiere decir? —respondió en tono evasivo Leopoldo.

—No me responda si no quiere pero trato de profundizar en su dilema. Le estoy preguntando si han mantenido ustedes relaciones íntimas, si se han acostado juntos, si han hecho el amor, si han follado, dicho en términos vulgares.

—No, nunca —respondió el notario con cierto apuro.

—Mire, yo no era partidario de las relaciones prematrimoniales. De hecho a mis hijas no se las consentí aunque me temo que hicieron de su capa un sayo porque una de mis nietas nació sietemesina pero con casi cuatro kilos de peso, me entiende ¿no? Con el tiempo he cambiado de criterio y ahora me parece que nadie debería comprometerse en una relación estable sin haberlo compartido todo con su pareja durante cierto tiempo.

—Para mi familia, y para la de Clara aún más, eso sería inviable.

—Pues plantéenlo con decisión. No sirve hacerlo a escondidas. Los novios que se acostaban antes a espaldas de sus padres solo conseguían incomodidades, ansiedad y angustia. Para conocerse bien hay que tratarse con normalidad en un ambiente relajado; lo demás no sirve.

—Ya le digo que nuestras familias no lo aceptarán nunca. Vivimos de una forma muy tradicional en un ambiente donde la libertad de conducta es juzgada con dureza; en nuestro caso eso es imposible.

—Qué lástima. No lo entiendo en estos tiempos. Nos estamos acercando al siglo XXI. Me ha extrañado verle aquí solo cuando he sabido que tenía novia. Si se plantean una vida en común y han de tratar de un tema que afecta a toda su vida, nada mejor que hablarlo en campo neutro y privado sin testigos ni influencias. ¿Qué van a hacer? ¿Programar su futuro delante de sus mamás y con la aprobación de la abuelita?

—Tiene usted razón —comentó Leopoldo tras unos segundos de silencio—. En realidad me estoy rebelando contra esa situación hace tiempo, pero el estar metido en el lío de las oposiciones ha hecho que le diera largas. Creo que nada más entrar en la habitación del hotel la otra noche saltó la chispa.

—Normal. Por primera vez en muchos años se encontró usted libre, al menos estratégicamente libre. El cambiar de lugar o de ambiente libera el espíritu. Las cosas se perciben de otro modo.

—Así sucedió. Sentí de golpe una gran rebeldía. Era como si de repente me hubieran soltado de una cárcel. Se me ocurrió dormir desnudo y lo hice.

—Vaya cosa.

—Era la primera vez en mi vida, imagínese. No lo había pensado, pero me lo planteé y lo hice. Luego, nada más despertarme vi desde la ventana a una tía bandera que iba a tomar el sol al acantilado y la seguí. No lo pensé dos veces y la seguí. Si alguien llega a pronosticarme tres días antes que iba a hacer eso me hubiera parecido un majadero.

—Mire, me confirmo en lo dicho: si estuviera usted muy enamorado ni se le hubiera ocurrido seguirla. El que arde por una persona en lo sentimental no contempla ninguna otra posibilidad por muy fácil que sea.

—Sí, tiene razón. Ya le he dicho que estaba confuso y ahora estoy alterado, muy alterado.

—Pues ya somos dos. Aclare usted pronto las cosas porque es aún joven y está en juego su vida entera.

—Lo tengo que hacer. Y le agradezco sus opiniones que me van a ayudar mucho.

—Me alegro de verdad. Uno suele ver más clara la situación de los demás que la suya propia. Sobre todo si se ha pasado por ella. Yo lo tengo más difícil. En mi caso, si me permite volver a él, no es fácil encontrar el consejo de otra persona porque poca gente ha vivido algo semejante.

—Bueno, hay muchos viudos que se casan por segunda vez —indicó Leopoldo queriendo ayudar al profesor.

—Sí, pero no en mis circunstancias. Casi siempre el tiempo ayuda a olvidar. El tiempo es como el viento: apaga los fuegos pequeños pero aviva los grandes. Yo tenía un fuego grande con Luisa, se lo puedo asegurar. El tiempo lo fue aumentando. Puedo decir que mi soledad era una soledad sonora como dice san Juan de la Cruz en uno de sus poemas. Pero ha llegado esa mujer y me ha trastornado por completo. Ahora sí que me siento solo de verdad. Además toda mi arquitectura moral, por decirlo con palabras graves, se ha desplomado. Por un lado la memoria de Luisa me ata con fuerza al pasado, pero por otro me tira una barbaridad Isabel y siento que empiezo a respirar de distinto modo, con más ligereza, con más libertad. Aunque paradójicamente me siento cada vez más atado, menos libre. Es como si hubiera estado durante años encerrado en una cueva imaginaria y tras salir de ella por casualidad me hubiera dejado atrapar a la luz del día. No sé si me explico bien.

—Sí, creo que le entiendo —confirmó Leopoldo.

—Ahora me parece todo nuevo y la novedad es siempre apasionante, pero a mi edad también asusta. Cuando se es joven son naturales los descubrimientos. La curiosidad puede al recelo y compensa el riesgo. Pero cuando se es mayor se rechaza el cambio por miedo, por comodidad y hasta por dignidad: no soporta uno haber tardado tanto en descubrir ciertas cosas.

—¿Y todo viene de su encuentro con Isabel?

—Creo que sí. Llevábamos dos meses viéndonos antes de que ocurriera lo de su casa. Habíamos hablado mucho y cada vez me colaba más por ella. No tenía tapujos, no andaba esquivando los temas ni ocultando su visión de las cosas. Me contó de pe a pa su vida sentimental; bueno, un resumen, porque era interminable. Ya le he dicho que había estado casada pero solo una vez, hace muchos años. Fue una cosa bastante rara, una especie de prueba que fracasó. El resto era un tropel de amistades, aventuras, experiencias, idilios, romances, enredos y relaciones esporádicas; en definitiva ligues o rollos, como los llama ella.

—Algo contrario a la vida que ha llevado usted.

—Sí, así es. Pero me ocurre como al que siempre ha pensado que Londres es una ciudad horrorosa y cuando llega por primera vez la encuentra hermosísima. Yo nací poco antes de la proclamación de la Segunda República, he vivido las circunstancias de mi época defendiendo criterios aprendidos y agarrotado por ellos como mucha gente de mi edad. Pero me considero con suerte: aunque sea tarde he abierto las ventanas de mi casa y he visto que el campo es bellísimo y multicolor, no como me lo habían pintado.

—¿Y qué va a hacer ahora?

—No lo sé. Me estoy dando tiempo. Espero que el verano sea un buen consejero. De momento me he propuesto no ver a Isabel ni saber nada de ella hasta septiembre.

—¿Está seguro de que le va a esperar?

—Sigo diciendo que en cierto modo no me importa. Si la cosa es blanda se deshará. Recuerde que el tiempo es como el viento: apaga los fuegos pequeños pero aviva los grandes.

—¿Y cómo está siendo su fuego?

—¡Uf!

El hombre se estremeció. Agitó su cabellera entrecana como para espantar los pensamientos y observó a Leopoldo. Tenía las mejillas caídas y la mirada brillante. El notario se la sostuvo. Aquellos ojos querían decir algo que estaba por encima de las posibilidades habituales del lenguaje. Se fueron humedeciendo hasta que el humor acuoso desbordó las pupilas y por las secas mejillas de hombre rodaron dos lágrimas.

 

 

                                                 18.

Leopoldo quiso dar un giro a la conversación. No deseaba profundizar más, de momento. Ricard seguía sin aparecer; la tarde se había vuelto turbia. Hablar de música podía ser un bálsamo para don Gumersindo y una escapatoria para él. Decidió probar fortuna.

—Me ha dicho usted que es melómano —comenzó Leopoldo.

—Así es —respondió con cierto esfuerzo el profesor.

—¿Y cuál es su músico preferido?

—Pues mire, puede parecerle raro pero no voy a responder que Beethoven. En realidad no tengo ninguna preferencia. Cada músico es distinto.

—Me parece muy bien. Dice mi padre que Beethoven es la cumbre. Pero hay otras cumbres también.

—Claro. Yo siento especial predilección por Schubert y por Max Bruch. Beethoven es el genio heroico de una época pero Schubert es el genio eufórico de todos los tiempos. Nadie ha hecho música tan alegre como él. Ni los desenfadados rococós de unos lustros antes ni el festivo Boccherini ni siquiera un clásico tan satisfecho como Mendelssohn.

El hombre se había animado. Era cierto que la música amansaba no solo a las fieras de carne y hueso sino también a las no menos temibles de la imaginación y la nostalgia. Leopoldo miró satisfecho a su interlocutor y le siguió la corriente.

—Pues para mi padre, Schubert es un provocador inmaduro que ni siquiera concluía sus proyectos. Siempre dice que su Novena Sinfonía, ‘La Grande’, debería haber tenido seis movimientos para compensar la decepción de la Octava.

—¿Decepción? De ningún modo. La Octava está completa, aunque se la conozca como lo contrario. Por cierto, supongo que habrá captado su claro contenido erótico.

—¿Erótico? —dijo Leopoldo con gesto de sorpresa.

—Efectivamente —confirmó el profesor—. Escúchela bien. El primer movimiento es una descripción de los preludios amorosos, mientras que el segundo desarrolla el encuentro, el abrazo, una cópula en toda regla con dos orgasmos apoteósicos.

Leopoldo pensó en su padre. ¿Habría alcanzado también aquel significado? ¿Su gusto por la dichosa Sinfonía, a pesar de la presunta decepción, obedecería a eso? ¿Por ello deseaba que hubiera continuado?

—Me parece una idea muy interesante —dijo—. Voy a escucharla en cuanto vuelva a casa. No tengo aquí el registro. Supongo que sabré identificar esos momentos.

—Los descubrirá enseguida, ya verá. ¿Qué música se ha traído?

—Poca cosa. Un par de Conciertos de Paganini, unos valses de Strauss, el Concierto para fagot, de Franz Danzi, el Concierto para oboe, de Cimarosa, y la Fantasía para un Gentilhombre, de Joaquín Rodrigo.

—Buena selección. Veo que le gustan los solistas y que le tira Paganini ¿no?

—Sí, los Conciertos para violín me encantan.

—Entonces conocerá los de Max Bruch.

—No, me suena el músico pero no he oído nada suyo.

—¡Pues ya está corriendo usted a por esos discos! El Concierto nº 2, por cierto, no es fácil de encontrar. Mire, Max Bruch es enorme. Muy académico pero con una tremenda inspiración. Antes se lo cité entre mis preferidos. Es el genio lírico del posromanticismo. Forma una tripleta de oro con Mahler y Chaikovski.

—¿Y Wagner? ¿Deja fuera a Wagner? —preguntó Leopoldo con cierto desencanto.

—Wagner es otra historia, un genio devenido en dramaturgo musical. Fue un mitólogo que sabía componer divinamente. Por cierto, tengo un secreto relativo a Wagner que tal vez le cuente en otra ocasión. Sin duda alguna es un genio, ya lo he dicho. Algo parecido a Bach, un hombre pío que dominaba el pentagrama en todas sus dimensiones pero cuyo horizonte vital era la religión y su liturgia, no la música. Es cierto que compuso grandes obras profanas pero como el cocinero de un gran restaurante que se distrae preparando algunos platos exquisitos en su casa. Lo que cuenta es la vibración íntima. Ahí se decantan los genios. La mayoría de los músicos son simples artesanos, excelentes, buenos o mediocres. Como en la pintura o en la literatura. Bach es un artesano espléndido, el mejor de su época, en la esfera de la genialidad. Porque genios hay pocos: solo aquellos que son inconfundibles, quienes han dado pasos definitivos por los territorios de la melodía, la atmósfera tímbrica, los ritmos o las tonalidades, por ejemplo Paganini, ya que tanta afición le tiene usted. O Schubert, Beethoven, Prokofiev, Shostakovich y Stravinski, muy pocos más. La música de un genio es inconfundible.

—¿Y Mozart? ¿Qué me dice de Mozart?

—No está mal. Sobre todo su música vocal. Ha tenido un buen marketing. Como Vivaldi o el propio Bach. Pero su música instrumental se solapa con la de Haydn y otros coetáneos a los que ha eclipsado y que en absoluto le van a la zaga, como por ejemplo John Field, un poco posterior pero de ninguna forma inferior. ¿Conoce a John Field?

—No, solo de nombre, como a Max Bruch.

—Pues está a la altura de los mejores sobre todo con el piano. Fue el primero en componer ‘Nocturnos’. Son una maravilla. Hasta puede que Chopin se inspirara en él.

—¿Chopin? ¿Qué me dice de Chopin? ¡No lo ha citado entre los genios! ¡Y yo creo que lo es! —exclamó Leopoldo con cierto aire de triunfo.

—Bueno —respondió el profesor con meditada calma— el caso de Chopin es punto y aparte. Lo escucho siempre pero nunca hablo de él porque vamos a ver ¿qué puede decirse de Chopin? Nada. Está por encima de cualquier consideración, de cualquier palabra. Llamarle genio sería dejarlo corto, muy corto. A veces dudo de que fuera una criatura humana.

Hubo una pausa densa. Leopoldo se había quedado pensando en las últimas afirmaciones de don Gumersindo. Parecía entusiasmado hablando de música pero se había detenido como si la figura sobrehumana de Chopin impusiera el silencio al que acababa de aludir.

El tiempo desapacible de la tarde discurría despacio. El profesor se levantó a echar una ojeada a través del ventanal y regresó a su sitio con un rictus de contrariedad en el rostro. Leopoldo le preguntó con la mirada.

—Nada que hacer. Ya no levantará. Y mañana podemos seguir igual. Vaya mala suerte que ha tenido usted.

—Bueno, resignación —respondió Leopoldo con un movimiento de las pupilas que intentaba disimular su contrariedad.

—De todos modos en tres días no iban a ocurrir grandes cosas. Ni siquiera guiado por nuestro común y experimentado amigo —añadió don Gumersindo mirando al joven notario.

—Desde luego. Pero al menos podía haber cogido algo de color —respondió desviando la mirada.

¿Desde cuándo le importaba a él lo del color? Por cierto, sufría un pequeño ardor en los hombros a pesar de la crema aplicada después de su expedición al acantilado la mañana anterior. “Te lo advertí; no se te puede dejar solo”. Mamá y tía Mercedes le reprenderían por no haberse protegido antes de ir a la playa.

La figura estilizada de Ricard apareció en el umbral del salón. Venía con un gran cartapacio bajo el brazo. Se acercó al lugar que ocupaban sus amigos, dejó el bagaje sobre la mesita, se sentó en el sofá y lanzó una prolongada exhalación antes de empezar a hablar.

—Buenas tardes, señores. Siento no haber venido a comer pero tengo novedades. ¡Novedades importantes!

Le chispeaba la mirada. A pesar del frío exterior había llegado acalorado y sin resuello. Don Gumersindo miró a Leopoldo. Le daban tiempo. Que se calmara. Luego continuaría hablando. Ricard observó a sus dos amigos antes de hacerlo.

—Soy un hombre feliz. Llegan Chantal y sus amigas. Estarán aquí mañana mismo —hizo una pausa—. ¡Menudos días nos esperan! —dijo luego dirigiéndose a Leopoldo. Y mirando al profesor jubilado añadió en tono festivo—: También a usted, don Gumersindo, si su religión se lo permite.

Una carcajada acompañó sus últimas palabras. Los aludidos intercambiaron una mirada de sorpresa sin atreverse a preguntar nada. Leopoldo sintió una avalancha de sentimientos contradictorios. ¡Chantal! ¡Y sus amigas! ¿Quiénes? ¿Tal vez Brigitte y…? No, no serían ellas. Lo hubiera dicho Ricard. Eran otras. Qué más daba el nombre. Mujeres dispuestas a… Las palabras de su amigo eran una invitación en toda regla. ¿O se trataba de una simple broma? Mañana. Y él se iba pasado.  No, cambiaría de planes. Se iría mañana mismo. Nada de riesgos. Nada de ridículo. Además, si empezaba… ¿Cómo lo explicaría en casa? ¿Y a Clara? No, que no. Aunque ¿por qué arrugarse? Hasta el sábado por la mañana no tenía que regresar. Incluso podía hacerlo por la noche. Avisando. La fiesta familiar del domingo la podían preparar sin él o podía retrasarse. No, era mejor que no. Le quedaría mal sabor de boca, sensación de culpa, se arrepentiría. O se arrepentiría de lo contrario. “No seas tonto” retumbó en su memoria la voz torcida de tía Leonor.

—Ya está usted con sus bromas —respondió don Gumersindo a la alusión de Ricard.

—No es ninguna broma. Van a ser cuatro y necesito ayuda.

—¿Desde cuándo necesita usted ayuda para esas lides?

—Pues mire, se va haciendo uno mayor —respondió Ricard con sorna—. Además me he vuelto generoso.

—Antes no lo era.

—¿Cómo que no? Está perdiendo la memoria, amigo.

—Tal vez.

—¿Ha olvidado que hace un año intenté que me acompañara cuando llegaron a Madrid aquellas dos colegas argentinas? No había ningún problema ni siquiera el del lenguaje.

—¡Menudo embrollo! ¿Cómo se le ocurre que me pueda poner en ridículo con unas jovenzuelas que podrían ser mis nietas? Eso sin entrar en consideraciones de tipo moral, claro.

—Bueno, bueno. El año pasado no era este. A lo mejor ahora acepta. ¡Que son cuatro, don Gumersindo!

—Pues a dos por barba —dijo el profesor señalando a Leopoldo.

—Yo… —intentó disculparse el notario.

—¿No conoce usted la historia de Abisag y el rey David? —interrumpió Ricard.

—Claro que la conozco.

—Pues aplíquesela. Nunca mejor que ahora.

—Déjese de chanzas amigo mío, que no está el horno para bollos. ¿Se sorprendería si le dijese que estoy enamorado y no puedo pensar en nadie más? —preguntó el profesor.

—¡No me diga! ¡Eso hay que celebrarlo! ¡Cuente, cuente!

—Nada que contar —dijo mirando a Leopoldo—. En todo caso su invitación llega tarde, sea cierta o no.

—¿Cómo que si es cierta? ¡Lo va usted a ver! ¡Y nuestro joven notario lo va a poder disfrutar! No te me arrugarás ahora ¿verdad? —dijo dirigiéndose a él.

—Tengo que volver mañana a casa o como mucho pasado mañana. No voy a tener…

—¡Cojones! —interrumpió Ricard con una risotada.

—Es usted incorregible —intervino don Gumersindo intentando resolver aquella situación embarazosa—. El joven tiene su novia, sus compromisos familiares, sus principios...

—Perdona chaval. Era una broma —intentó arreglarlo Ricard.

—Nada, no te preocupes —dijo Leopoldo tratando de recuperarse.

—Vamos a ver —prosiguió Ricard cambiando de tema—. He traído aquí una parte de mi trabajo para recibir opiniones. ¿Quiere usted —dijo dirigiéndose al profesor y alargándole una carpeta— echar un vistazo a estos artículos? Son parte de mi investigación periodística sobre la zona que usted conoce muy bien. Cuando los haya leído agradeceré sus comentarios. En cuanto a nuestro joven notario me gustaría haberle dejado unos cuantos testimonios confidenciales de una mujer muy especial de la que ya le he hablado. ¿Lo recuerdas? —terminó dirigiéndose a Leopoldo.

—Supongo que se trata de Paula ¿no?

—¡Efectivamente! Ya ve usted, don Gumersindo, qué memorión. Por algo es lo que es. Pero lamento no poder desprenderme ahora de estas confidencias porque me he puesto a trabajar como un loco con ellas.

Extrajo una nueva carpeta del cartapacio, la hojeó, sacó un fajo de papeles y se los mostró a Leopoldo.

—Esto es oro molido ¿sabes? —advirtió—. Paula es una mujer de muchas agallas y no tiene pelos en la lengua. Mi amigo me ha dejado un montón de episodios escritos aunque algunos no están terminados. Tengo también cartas suyas, de él a ella. Lo estoy ensamblando todo. Las relaciones de Paula con Patricio son alucinantes, algo fuera de lo común, siempre un paso más allá de la máxima osadía. Así terminaron.

—Y ¿por qué no lo han escrito ellos? Podía ser muy interesante una altero-biografía amorosa —señaló don Gumersindo.

—Pues mire: en primer lugar puede que no todo lo que Paula cuenta le haya sucedido a ella personalmente. A veces me da la impresión de que ha ido recopilando experiencias de otras amigas suyas. En segundo término, y según me ha comentado Patricio, no le gustaba escribir, aunque lo hacía bastante bien, sino actuar. No he llegado a conocerla pero cuenta unas aventuras de órdago. ¡Menuda jabata! Me está recordando mucho a Isabel.

Don Gumersindo dio un pequeño salto. Leopoldo miró de soslayo a Ricard para averiguar si la había citado con intención. Le pareció que no. Estaba mirando los papeles. El profesor trataba mientras tanto de disimular su turbación.

—Bueno, mañana o pasado tendré terminado el borrador de la primera parte. Te va a interesar. Siempre que te quedes algún día más de lo previsto —y le lanzó una mirada maliciosa—. Usted, don Gumersindo, que es un buen lector, gozará de lo lindo en cuanto se publique el libro. Prometo regalárselo. Le aseguro que le va a gustar a pesar de sus opiniones sobre el amor y el sexo. Hasta puede que cambie de manera de pensar.

—Quién sabe —respondió el hombre observando de soslayo a Leopoldo—. De todos modos, a mi edad, todas esas frivolidades que se confunden con el amor representan poco. Ya llegará usted a los sesenta y ocho, ya.

—Nunca es tarde si la dicha es buena, mi querido amigo.

—Mire, la dicha por ese lado se acaba pronto. Por otra parte creo que están llegando nuevos tiempos y que el carácter sagrado de los sentimientos amorosos volverá a imponerse.

—¿De qué habla? —dijo Ricard alterado—. ¿Carácter sagrado? Por supuesto. Nada alcanza mayor sacralidad que el erotismo puro, el culto al cuerpo como contenido, no como forma. Mire, estamos asistiendo a los coletazos de un puritanismo hipócrita reavivado en los últimos decenios por el miedo al Sida y por el pánico que la desnudez metafísica impone al hombre. A medida que la ciencia avanza se retira el misterio. Aquí la ciencia es la práctica y el misterio la tremenda cantidad de teorías, tabúes y memeces que nos han endilgado a lo largo de los siglos. Pero mire, allá plin con las idioteces de los mentecatos que aún pululan por religiones, pías congregaciones y sectas varias.

Los contertulios se quedaron en silencio. En el exterior, la luz estaba en plena retirada. Pronto sería la hora de cenar. Leopoldo se levantó a otear el panorama tras los ventanales. Por un momento fantaseó con el regreso de las nórdicas que habían desaparecido por la mañana. Pero la oscuridad rampante del atardecer le desanimó.

Un sentimiento de rebelión se apoderó de sus pensamientos. Había puesto en ellas algunas esperanzas. Aunque tal vez era porque las veía inasequibles. Y ahora se presentaba una verdadera oportunidad de la mano de Ricard: Chantal y sus amigas. Todos los prólogos estaban escritos. Era cuestión de empezar por el primer capítulo y de la mano de un buen guía. ¿Cómo iba a desperdiciar aquella ocasión? ¿Cómo iba a volver de vacío? O ahora o nunca. Una vez de regreso en casa, Sofía, capítulo dos. A pesar del control necio de mamá y de tía Mercedes. A pesar de la competencia paterna. Prima Conchi, capítulo tres. Le haría una visita de cumplido en Sevilla. Primero los caminos trillados. Nada de peticiones de mano. Nada de bodas precipitadas. Nada hasta conseguir un destino honorable en una capital de provincia. En Burgos, en Palencia, en Ávila, en Segovia, en Zamora. Ahora a recuperar el tiempo ganado. A ensayar de hombre. A descubrir la sacralidad del erotismo que con tanta pasión acababa de defender Ricard. A pesar de las impaciencias de Clara, de los padres de Clara, de la madrina de Clara, dónde pondría a su ahijadita doña Genoveva “Ay, hijo, qué joya te llevas”. Pues sí, ya… un diamante sin luz, un rubí sin fuego, una esmeralda sin espesura.

Sonrió porque se sintió capaz de pasar página y empezar con el capítulo cuatro. Clara, sí, la mismísima Clara. Le propondría un ensayo general en privado. Eso mismo. Era la forma de chequear la situación sin más rodeos. Era la manera de despejar la duda. Era el modo de dar nombre al anónimo.

 

 

                                                 19.

Un mar de pesadillas agitó la mente de Leopoldo aquella noche. Alguien semejante a un genio femenino con cabellera de león macho disfrazado de humo se deslizaba por debajo de la puerta de su habitación y recobraba la forma humana gateando en torno a su cama. Era una mujer rubia en todo el esplendor de su desnudez la que ofrecía sus encantos al hombre insomne. El joven notario no se atrevía a levantarse a pesar de su gran deseo. Quería y quería caer sobre ella pero no podía. En lo más alto del techo vigilaba la figura plana de Clara blandiendo un látigo. Era una imagen pintada al fresco pero móvil, acuciante, amenazadora. Él sabía que en cuanto se descuidara sufriría el castigo. La mujer desnuda que podía identificar con la más joven de sus amigas nórdicas de los días pasados seguía deambulando a gatas en torno a su lecho emitiendo unos susurros incitadores mostrando su sexo abierto deseoso de ser lamido y asaltado y penetrado por Leopoldo que se había izado y estaba a punto de alcanzar el techo de la habitación. Allí seguía la domadora que había dejado el látigo en uno de los ángulos altos y abría las piernas que permanecían veladas por un tejido gaseoso de dos dimensiones.

Leopoldo se despertó. Estaba muy excitado. Su aparato no llegaba hasta el techo pero hubiera hecho las delicias de cualquier hembra hambrienta. Movido por un reflejo salió desnudo a la terraza. La paz de la noche empezó a poner en orden sus instintos. En el horizonte brillaban los fanales diminutos de algún pesquero. Miró hacia el firmamento porque también de allí llegaban los mensajes luminosos de las estrellas. Aún era pronto para asegurarlo pero el aire limpio pronosticaba un día radiante. Quedaban algunas horas de espera.

Estaba dispuesto a recuperar el sueño cuando miró hacia la parte superior del hotel, a los extremos del tercer piso donde una tenue claridad delataba la llegada de la luna creciente. Le pareció que había alguien asomado a la última terraza. Creyó distinguir en el contraluz el gesto de una mano. Se sobresaltó. Podía ser un signo de saludo. Dudaba. Miró con más atención. De nuevo el gesto. Para confirmarlo podía devolverlo. Lo hizo. Hubo un tercer signo de respuesta. ¿Qué más? ¿De quién era aquella mano? ¿De un desconocido coincidente en el insomnio? ¿Se trataba de un contacto casual? ¿Había algo detrás del saludo, alguna intención?  ¿Qué, cuál?

Una nueva señal de la mano le provocó estremecimientos. La figura se había clarificado porque en el intervalo entre el tercer y el cuarto saludos ella había encendido la luz de su habitación. Sí, ella, porque era una mujer. Los reflejos destacaban el volumen de su cabellera. ¿De quién se trataba? ¿Le saludaban a él, Leopoldo María de La Bisbal y López de Mendoza, notario en ciernes, visitador tránsfuga de aquellas latitudes? “Es un visitador tránsfuga que solo se fija en las puertas de salida” comentaba su padre de un conocido político dispuesto siempre al chaqueteo.

También él huiría al llegar el sábado de los peligros que supone un fin de semana costero para un joven educado en las más pulcras normas de comportamiento exigidas a las clases dirigentes del país. No podía comprometer su futuro pluscuamperfecto en azares de fortuna ni en las veleidades amatorias que le había ido desgranando aquel mal amigo llamado Ricard. Seguramente la saludadora anónima del tercer piso en aquella noche quieta era alguna pelandusca que había localizado una presa en las inmediaciones de su guarida. Qué descaro aquel reclamo ciego, qué desvergüenza la de las mujeres de hoy. Razón tenían los curas del colegio cuando hablaban de lagartas y otras alimañas femeninas.

Vio ante sí un enorme ojo que congregaba las miradas severas de mamá, de tía Mercedes, del padre Iturmendi, del padre Salaverri y de toda la corte de los curas santos que habían intentado velar por su virtud, pero al mismo tiempo oyó la risa unísona de tía Leonor, de prima Conchi, del abuelo, de su amigo Carlos, de Isabel, de Berta, de Sofía, de tío Eugenio y de primo Teodoro, la cabra negra de la familia con quien no le habían permitido un trato frecuente.

Volvió a mirar a lo alto. Allí seguía el reclamo ahora quieto. ¿Qué debía hacer? ¿Arriesgaría un nuevo gesto? Había devuelto solo una de las cuatro propuestas. O signo o nada. La invitación se desvanecería en el temblor de la madrugada. ¿Podía ser una de las nórdicas? Imposible; continuarían su orgía con el mozo del picadero. Al menos la morena. Esos incendios pueden durar tres y cuatro días consecutivos. ¿Y si era la rubia? No llevaba las señales que detectó Ricard la mañana anterior. La rubia, el lenguaje de los ojos y de las manos, la boca solo para besar, para morder. Recordó la receta de primo Teodoro hacía ya unos años: “Con las extranjeras, la boca solo para besar y morder”.

Era tarde. La mujer se había cansado o había desistido o había cambiado de parecer. Pasaron cuatro minutos y no aparecía. La luz se había apagado. La luna no era alternativa. Leopoldo creyó escuchar un golpeteo de nudillos en la puerta de su habitación. Se quedó lívido. Tembló. Respiró sin atreverse a responder. ¿Abriría? Decidió aproximarse con sigilo. Nada. El golpeteo del silencio en su corazón. No hubo nuevos nudillos. Tal vez no los hubo tampoco antes. Comenzó a relajarse. Ocasión perdida. No, ocasión ganada. Las sonrisas fofas de los padres Iturmendi y Salaverri le llenaron las entrañas de linfa. Podría dormir.

El resto de la madrugada transcurrió en medio de un impreciso combate. Él era el enemigo de sus propias armas que cambiaban de brillo y de color. Se sucedían las emboscadas y las conquistas a pesar del sonido metálico de las trompas de caza. De repente era la música el objeto de la discusión. Los alfanjes y las cerbatanas podían servir de instrumentos sonoros que no eran violines ni oboes. El desconcierto incluía solo voces femeninas como si una erupción hormonal aniquilara las esperanzas de paz. En último lugar aparecían Chantal y sus amigas vestidas con un descocado mono azul de licra introduciéndose por debajo de la puerta, merodeando a gatas en torno al lecho notarial, deslizándose luego en silencio por la terraza para emprender el camino del acantilado.

Cuando el sol desterró los espectros de la noche Leopoldo despertó. Aún no había amanecido pero los sonrosados dedos de la aurora le trajeron la imagen de tía Leonor. Sí, ella había estado muñendo aquel torbellino de imágenes interminable y posiblemente era ella la mujer que lo incitaba desde la terraza extrema del piso superior. Pero no, eso no lo había soñado.

Se vistió, salió de la habitación, tomó la escalera y recorrió el pasillo del tercer piso hasta el final. Habitación 35. Se mantuvo unos segundos a la expectativa. Nada. La primera luz del alba se anunciaba por el ventanuco medianero entre la 35 y la 36. Era aún pronto para preguntar en la Recepción. Y era ya tarde para llamar en la habitación. Regresó a la suya. Se calzó las zapatillas de deporte y decidió salir a recibir al sol en el acantilado.

Bajó evitando ruidos. El adormilado portero de noche entreabrió los párpados y masculló una respuesta a un presunto saludo del cliente que no se había producido. Leopoldo vio tan dormido al recepcionista que pensó dejar para luego la pregunta que tenía pendiente. Pero tuvo que responder a contrapié al opaco saludo del hombre que le pilló de espaldas.

—Sí, buenos días. Salía a dar una vuelta.

Una especie de murmullo de aprobación acompañó el cierre del portón esmerilado. El día se anunciaba radiante. Unos balbuceos de claridad aguijoneaban el amanecer. Leopoldo tomó el rumbo del acantilado después de volver la vista hacia el último piso del hotel. Nadie. No había ninguna espectadora desnuda siguiendo su trayectoria desde aquellas alturas. Aunque quién sabe. Llegaría al emplazamiento, extendería la toalla de baño, se quitaría la ropa y se tumbaría sobre las rocas esperando el primer atisbo de sol; esperando también la aparición sigilosa de una de las nórdicas, la de la habitación 35, incluso de las dos, qué demonios, parapetadas las puñeteras tras aquellos salientes que a él le sirvieron de primer escudo.

—Buenos días otra vez y perdone. No le quise molestar antes. ¿Podría decirme quién ocupa la habitación 35?

No había querido esperar más. Allí no aparecía nadie para contemplar su desnudez. El sol había ganado pronto la partida y llevaba casi media hora invitando. Pero nada. Quizá se había precipitado. Tal vez llevaba mucho tiempo de adelanto. Volvió al hotel. El conserje ya se había espabilado.

—No hay nadie en la habitación 35, está vacía, la desalojaron ayer; ¿ocurre algo? —respondió el hombre a la pregunta de Leopoldo.

—No, nada. Era una curiosidad. ¿Dice que la desalojaron ayer? ¿A qué hora?

—Pues no lo sé. Cuando cogí mi turno a las doce ya estaba vacante.

—¿Y no ha ingresado nadie esta noche?

—No que yo sepa. No ¿cómo iba a ingresar nadie sin saberlo yo? —se reafirmó el hombre.

—Bueno, no se preocupe —dijo Leopoldo—. Por cierto ¿me puede decir el nombre de la persona que la ocupó hasta ayer?

—¿Para qué lo quiere saber? Son datos confidenciales —respondió el conserje con un ademán de distancia.

—No se preocupe, no es por nada. Me bastaría con saber si era hombre o mujer y si eran extranjeros.

—Mire, era una pareja de españoles —respondió el conserje después de consultar el Libro de Registro.

—Muchas gracias. Es suficiente con eso.

Nada. Había sido una alucinación. Aunque cuatro saludos eran mucha alucinación acumulada. Bueno, una broma tal vez o una pista falsa o algún enredo de los sospechados el primer día, esos líos de traficantes y tal. A despreocuparse. En la 35 no había nadie desde el día anterior.

Su última jornada estaba por comenzar. Subiría a la habitación, se tumbaría en la cama, pondría de nuevo el Concierto nº 5, de Paganini, y saldría desnudo a la terraza intentando repetir el conjuro del primer día. La rubia podría aparecer de nuevo. La seguiría de inmediato, ella se dejaría alcanzar; una vez en el emplazamiento secreto competirían por el espacio en medio de bromas, se agarrarían, se empujarían con suavidad, él cedería por pura estrategia y comenzaría a desnudarse esperando que ella le imitara, que le superara.

Que no. Inútil. Ni Paganini sonaba igual ni el sol lo envolvía en sus caricias ni la rubia aparecía camino del acantilado. Calma, paciencia, a la mierda las nórdicas y sus caprichitos, vete a saber qué porquerías estaban haciendo o dejando hacer al maldito mozo de cuadras

Bobadas. Vete a saber dónde estarían ahora las suecas o las danesas o lo que fuesen. A millones de años luz de un mastuerzo tan inmundo como aquel puñetero hijo de su madre que se las había ligado por descuido en el picadero del pueblo una tarde sin sentido. Sin arte ni poesía y sin las ternuras que cualquier mujer agradece en el protocolo de la seducción. Él lo haría mejor con Chantal y sus amigas guiado por Ricard. Iban a llegar aquel día ¡aquel mismo día!

La idea le asustó. Se marcharía antes. Quedarse significaba claudicar. Allá aquel sátiro con sus líos. Que se apañara con las cuatro. ¿No quería jovencitas? Pues a ellas. Cuatro. De entre veinte y veinticinco años. Unas expertas según se suponía. De la tribu de Chantal y de Brigitte que con dieciséis y dieciocho años sabían ya latín. Al menos eso le dio a entender Ricard. ¿Quiénes eran las otras? Brigitte no, se hubiera referido a ella. Unas desconocidas. Novedades. Carne fresca para saciar los apetitos de aquel energúmeno. Con Chantal de celestina, de iniciadora, para quedar desocupada mientras su amiguito probaba la nueva mercancía.

Se estremeció con este pensamiento. Chantal libre y a su disposición. Qué menos. Ricard contaba con él. La atendería en primer lugar por hacerle cortesía, le daría un repaso rápido y la dejaría luego en sus manos. Sí, le gustaba la novedad, siempre la novedad, nada de rutina en cuestiones tan exquisitas, había que mantener el entusiasmo, que lástima los aburridos acomodados de pareja única para toda la vida, qué lástima. Lo habían hablado la noche anterior.

—La novedad es el mejor recurso para mantenerse en forma. Si no la sensibilidad se acomoda, se debilita.

—Pero la extensión hará perder profundidad. Es una ley universal aplicable a casi todo.

—No lo creas. En este caso la extensión puede hacer ganar profundidad. Con la ventaja de que esa profundidad es transferible, se puede transmitir a la persona con quien te encuentras de nuevo. Mira, las principiantes que tienen sexo con hombres currados aprenden antes y disfrutan más. A la inversa ocurre lo mismo, lo sé por propia experiencia. Pero por muy boyante que sea este proceso llega un punto en el que te acomodas, en el que te das por satisfecho. Lo tienes seguro como quien dice y bajas el pistón. Hay dos salidas: o mantener la relación inestable, sin compromiso formal, de modo que cada día sea un nuevo reto, de forma que nunca se dé por segura la conquista o lanzarse a nuevos ruedos que por lógica te van a permitir avanzar. No defiendo ninguna de las opciones por encima de la otra pero el estar en novedad facilita mucho las cosas. A nuevos estímulos, nuevas respuestas. Y contra lo que dicen algunos imbéciles ninguna mujer es igual a otra. Conocí a un químico torpe y acomplejado, un pequeño pendejo que andaba siempre pasado de alcohol, que al ver mis maniobras de seducción me dijo un día: “No te esfuerces, que todas son iguales”. Menudo cateto. Estaba casado con una birria de hembra y creo que ninguno de los dos había olido a erotismo en su puta vida. Claro que eran dos antídotos de la lujuria, qué le vamos a hacer. Dios los cría y ellos se juntan. Y el caso es que tenían una hija mayorcita que prometía. Estuve a punto de anotarla en mi lista de candidatas para un par de años después, a ver si era igual que las demás hembras como decía el idiota de su padre. En fin, a lo que íbamos. O inseguridad o novedad. No hay otro camino para avanzar en la aventura humana del erotismo que conduce al único verdadero amor. Lo demás son componendas.

—¿Y el enamoramiento? Cuando uno está enamorado solo piensa en asegurar la relación y en evitar cualquier otra.

—Ya, el enamoramiento: mera cuestión de química. Supongo que hablas de la pasión, ese torbellino desbordante que ciega, que desquicia, que trastorna y que transporta a dimensiones infinitas. Algo sé de eso. ¿Te has enamorado tú alguna vez?

—Claro tengo una novia y es lo normal —había respondido sin convicción Leopoldo.

—¿Pero estás enamorado?

—Pues sí, claro.

—No; estaría aquí contigo o estarías tú con ella. En este tiempo y a vuestra edad dos enamorados no se separan fácilmente.

—Es que sus padres…

—Ni padres ni leches. Perdona pero lo que vosotros tenéis es un compromiso seguramente con bastante carga familiar y social como sucede en ciertos ambientes. Vivís cómodos, seguros, sin ganas de que nada se altere. Ojalá me equivoque pero estáis destinados a la rutina, a la apatía, al conformismo; a la ruina del erotismo en definitiva. Tú verás.

—Pero existe el amor como categoría y como base de convivencia. Hay adultos que llevan muchos años juntos, casados y bien casados, que se quieren de verdad, que se miman, que se necesitan. Se les ve en los ojos y en los gestos no solo en las palabras.

—Seguro que sí —había confirmado Ricard—. Claro que hay gente así. Yo no pretendo que todo el mundo viva en la inseguridad o en la novedad. También conozco parejas adultas muy bien avenidas, en crecimiento amoroso a pesar de la edad, en otras coordenadas. Solo a partir de un cierto momento se puede afirmar de dos personas que ‘hacen buena pareja’, no cuando se conocen, se juntan o se casan. Lo que quiero decir es que el matrimonio tal como se ha entendido siempre o incluso como se entiende ahora es un vehículo peligrosísimo para el verdadero amor. Solo la gente con una pasta especial, con mucha visión o con buena suerte saca partido de esa aventura.

—¿Entonces? —había preguntado Leopoldo, desorientado.

—Mira, no nos empeñemos. En esto del amor hay mucha fantasía. Existe un código genital, o el ‘genio de la especie’ como lo llamaba Schopenhauer, que tiene registros para todo. Primero está el apetito, la libido, el deseo, la química o como queramos llamarlo. Cuando el impulso fisiológico falla, cuando es insuficiente o se oscurece, se sirve de los sentimientos. Vibran entonces los corazoncitos pero o hay una expectativa libidinosa o el cariño se desvanece salvo que se sublime por otros derroteros, ya sabes, por la vía intelectual o por la artística. La gente habla de amor, de pasión, de entrega, de cariño, de afecto, de compenetración, de demasiadas cosas, vete tú a saber. Son capuchas. Dentro, los ojillos conductores son siempre los mismos: los del instinto. Primero el de reproducción; luego el de conservación. No hay tanto hechizo celestial como se pretende.

—Pues vaya.

—Bueno, no hay que preocuparse demasiado. En esto como en todo se pasan días oscuros, amargos o ciegos, qué le vamos a hacer. Cuando estás enamorado crees que ha salido el sol para siempre. Luego te das cuenta de que lo enciendes tú. Si eres inteligente comprendes que estás enfermo. En realidad es el código funcionando en la cuarta fase.

—¿La cuarta fase? ¿Qué es eso?

—Mira, hay un proceso en las relaciones interpersonales sobre todo cuando entra en juego el tan traído y llevado amor. Yo establezco cuatro fases. Las tres primeras son más soportables y menos engañosas; hablo desde una postura masculina. En la primera, la mujer te tira desde su sexo. En la segunda, desde su cerebro. En la tercera, desde su corazón. Cuando se funden todas, el hombre enferma. Es demasiado para su cuerpo fragmentario. En la mujer sucede casi lo mismo aunque las primeras fases suelen llevar otro orden.

Leopoldo se había quedado mirando a su amigo. El rictus de sorna que le pareció detectar en su expresión le confundía. ¿Hablaba en serio? ¿Tan banal era aquel edificio majestuoso llamado Amor? ¿Tendrían razón los vendedores de placer?

Un aire desolado le ensombreció el rostro. ¿Así que el brillo de los ojos, la agitación del pecho y el sudor frío eran simples estrategias del instinto? ¿Y el placer un mero cebo espasmódico de tipo electroquímico? ¿Y el Amor una tediosa patología?

—Hay que desdramatizar este asunto —había continuado Ricard—. Existen teorías de todos los signos pero los hechos no han variado. El hombre y la mujer llevan grabado un código al que deben atenerse. Ocurre desde el principio de los tiempos. El macho tiene el deber de atrapar a la hembra e intentar fecundarla. Está dotado de mayor fuerza física para obligarla a consentir si se resiste. Ella tiene el deber de aceptar pero puede preferir holgazanear. El mandato de la maternidad no es muy gustoso porque además de la preñez incluye el parto y la lactancia. Todo eso tiene su lado desagradable, grande o pequeño según se mire, pero desagradable al fin. Así que en todas las culturas ha sido forzada a pesar de la incorporación de nociones como derechos humanos, derechos personales, respeto, libertad y otras. ¿Qué ocurre cuando se pierde el control social, por ejemplo en las guerras? Se desata el macho animal que todos llevamos dentro y viola a toda hembra atractiva que se le ponga a tiro. La ley natural es más fuerte. Los violadores en la guerra o fuera de ella aplican el viejo código retrocediendo miles y miles de años, actualizando un comportamiento censurado y agregándole ingredientes patológicos. Lo cierto es que cuando se aficionan a ese procedimiento de conquista y posesión de la hembra, cuando recuperan el entronque ancestral, es casi imposible que desistan de algo que les pide a gritos la sangre. Por eso hay que encerrarlos o caparlos o castrarlos químicamente o adoptar cualquier otra medida de fuerza que les impida repetir lo que hemos convenido en que sea un delito.      

Aquella conversación le había dejado a Leopoldo un agrio sabor de boca. Si todo era mera mecánica impulsiva o a lo sumo un complejo de procesos bioquímicos ¿qué demonios significaba tanta parafernalia en torno a un fenómeno tan vulgar? Su memoria había recuperado aquellos planteamientos en el momento en que se abría una posibilidad irrepetible con la llegada de las amigas de Ricard.

Volvió a sentirse desorientado. Estaba más confuso que nunca. La música se había terminado hacía rato. Casi no le prestó atención. Giró la cabeza comprimiendo la almohada para mirar hacia la ventana. Entraba mucho sol. Pasaban varios minutos de las nueve de la mañana. Con aquel día radiante, de nuevo, tal vez… Antes de ayer había sido a esas horas. La aparición podría repetirse.

Se levantó de la cama, cogió la única silla de la habitación y la sacó a la terraza. En el lavabo se restregó los ojos con abundante agua, volvió a salir, escudriñó el extremo de la balconada superior del hotel y se sentó a vigilar los espacios que conducían hasta el acantilado.

 

 


                                                 20.

No supo nada de Ricard ni de don Gumersindo en toda la mañana. Tampoco vio a las nórdicas. Recorrió los alrededores, se bañó explorando todos los resquicios de la playa y después de comer en solitario se acercó hasta el picadero donde había unas cuantas personas entre las que no distinguió al mozo del día antepasado. Era como si todos sus personajes se hubieran diluido al mismo tiempo. Conocía el sabor de esa cruda soledad que sucede a los momentos de euforia vividos durante una fiesta o a lo largo de un encuentro electrizante. Recordaba la congoja del último día del verano en la finca de tío Ambrosio con aquella imprecisa desazón que le habían provocado las sugerencias libidinosas de prima Conchi; recordaba su mirada en la última fiesta de despedida con reproche, decepcionada, como si le echara en cara el no haber accedido a sus insinuaciones.

Se avecinaba una tarde desconcertante. Por un lado debía preparar su equipaje para salir a la mañana siguiente en el autobús que le devolvería a Valladolid. Por otro deseaba encontrar a Ricard porque eso le daba la posibilidad de conocer a Chantal y a sus amigas. Aunque solo fuera conocerlas, verlas. Luego las imaginaría, qué otra cosa podía hacer. Las imaginaría arremolinadas con su amigo, juguetonas y cada vez más calientes en medio del ritual. En medio de la indolencia de la tarde, acudía a su memoria otra de las historias que Ricard le había contado la noche anterior:

—Cuando te dedicas a la enseñanza tropiezas con chavalitas de trece o catorce años, e incluso más jóvenes en plena ebullición hormonal que te asaltan un día y otro con una mirada retadora a veces imprudente. Es un fenómeno que se repite desde hace siglos: la niña se ha enamorado de un adulto idealizado al que de alguna forma controla y de quien se fía, su profesor. Cuando la mujer no recibía enseñanza, supongo que sería un artesano distinguido o un adulto notable por cualquier razón el que recibía las sigilosas propuestas. Creo que los curas y frailes jóvenes de siglos pasados tendrían bastante que contar. En cualquier caso ahora son bastante frecuentes los enamoramientos colegiala-profesor. Algunos novatos confunden las cosas y creen que la miradita abierta equivale a una automática apertura de piernas. Pero no suele ser así. Una adolescente siente imprecisas sensaciones en todo su cuerpo y comienza a escuchar el sordo latido del sexo de forma muy general. Su mentalidad y su psiquismo son distintos a los del adulto a quien admira y que se ha percatado de ello. Solo busca llamar la atención, sentirse apreciada e incluso querida. Pero su sexo explícito está todavía dormido y el arte consiste en despertarlo sin sobresaltos. La mayoría de los hombres actúan en ese caso como simples machos, incluso como bestias. Ven una ocasión y se lanzan. En los países con escaso control social, de poco desarrollo o de vida promiscua las adolescentes son desfloradas a menudo sin poesía, sin mimo, sin ningún colorido humano. Las engatusa un tipo espabilado, generalmente con algún ascendiente sobre ellas, se las lleva a cualquier rincón y las folla hasta derrengarse. Muchas quedan embarazadas y son madres en plena pubertad. Pasan luego de mano en mano con el único destino de ser gozadas. A los veinte años pueden tener cinco o seis hijos si antes no han aprendido a protegerse. Pero volviendo a las adolescentes en nuestro ambiente y a su tendencia a enamorarse de los profesores tengo que decir que conviene precaverse. He conocido a incautos que han metido el cuezo de forma gloriosa, o sea ignominiosa. Un antiguo compañero mío, Eugenio, llegó a poner en peligro su situación por una muchachita de quince años que lo miraba embobada en las clases de Literatura. Declamaba él con gran sentimiento los poemas, le echaba teatro a la vida y deslumbraba así a la gente menor. En poco tiempo se enceló con la mocita. Cuando ella se sintió seguida por los pasillos y espiada en los patios la cosa se embarulló. Eugenio se lanzó al ataque situándola como estrella de un grupo con el que preparaba una sesión lírica para el Día del Colegio. En los ensayos se le iba la mano agarrándola de aquí y de allá para corregir posturas. Eran los ensayos y lo hacía con el resto de los actores, sobre todo con las actrices, así que la cosa no trascendió. Una vez hecha la representación y pasada la fiesta, la estrategia de mi colega consistió en encorajinar a la moza con sus posibilidades dramáticas. Uno de los trámites era una sesión fotográfica para la que Eugenio me pidió colaboración. Entonces yo no daba clases pero conocía a la chica de cursos anteriores. Era un bombón. Le dije a mi ex colega que se palpara bien los machos antes de dar aquel paso porque le leí en los ojos la intención. La chica me conocía aunque no le había dado nunca clase, y mi afición a la fotografía era sabida en el colegio. Yo era en cierto modo una garantía profesional. Tenía mi pequeño estudio y había hecho algo de desnudo femenino. De todos modos el paso inicial con la mocita de Eugenio solo llegaría al biquini, y a mucho tirar a la braga y al sostén. El desnudo integral podría ser objeto de una segunda o tercera sesión. Ya ves que en el mundo civilizado somos muy sutiles. Al menos el profe lo pretendía; aunque estaba colado, quería hacer las cosas con cierta calma como regodeándose en los trámites. Pero es un terreno resbaladizo si se va a pelo, al margen de la familia de la chica. Yo lo he tenido siempre claro. Ya te conté lo de Betina y podría recrear otros episodios. El caso es que llegó el día acordado para la primera sesión fotográfica. Le advertí a Eugenio que trajera dos chicas, no a su preferida solo. Lo hizo. Vino acompañada de una amiga llamada Laura. Recuerdo su nombre no solo porque había sido alumna mía en ese colegio años atrás sino sobre todo porque poco más tarde me la tiré. Era una de las tiernas adolescentes que entonces me miraban embobadas, pero no me la trabajé y al cabo de cinco o seis años le había perdido la pista. Ahora estaba cañón. Y aunque no sabía posar sabía latines, lo comprobé pronto. Pero vamos con la nena de Eugenio. Estaba monísima, imagínate, a punto de caramelo con dieciséis añitos. Laura era amiga de una hermana suya y tenía dieciocho. Llegaron las dos despampanantes, sobre todo la primera, con mucha peluquería encima y bastante maquillaje supongo que siguiendo las recomendaciones de Eugenio para que pareciera mayor. Laura no necesitaba postizos. Comenzamos la sesión. Había venido la niña con un vestido negro corto que le ponía encima un par de años por lo menos. En una bolsa traía un bañador y un biquini tal como le había pedido su mentor. Hicimos posturas de mil maneras, vestida primero, mientras su amiga miraba y sonreía. Le fui pidiendo que abriera las piernas, que enseñara muslo, que no me hiciera remilgos porque yo era un profesional y estaba acostumbrado a las modelos más exuberantes. Laura reía. Ella iba cediendo. A Eugenio se le rompían los ojos porque yo la iba situando estratégicamente. Hubiera sido muy violento que él se moviera a cada toma. Estaba allí además la amiga mayor como una especie de censora, una carabina. Reconozco que jugué con él y con su turbación pero le ofrecí muy buenos planos. Cuando llegó la fase del bañador el hombre estaba excitadísimo. Yo también me había contagiado pero tenía bastantes tablas y conseguí aguantar. En algunas ocasiones no puedes más, incluso la chica tampoco puede y hay que interrumpir la sesión para echar un polvo y tranquilizarse un poco. Aquel no era el caso, ya lo comprendes. Después del bañador vino el biquini. No sé si fue idea de Eugenio, pero la niña trajo un trapito de agarrarse; una cosa tan escueta y tan directa que te rompía los ojos. Imagínate un tanga chanchi, con la braguita al mínimo-mínimo, las posaderas a pleno grito y las tetas saliéndose del mundo. Estaba cañón la nena. Eugenio se tendría que estar haciendo una paja, qué sé yo. Le saqué fotografías de cerca, muy de cerca. Detalles y más detalles. Primerísimos planos. Planos de aliento en la piel. Estuve a punto de pedirle a Eugenio que le levantara un poco el triangulito de tela para retratar en picado el bosquecillo del pubis. Si es que había sobrevivido al depilado, claro, porque hay mujeres que quieren volver a ser niñas y se hacen un rasurado total. Sonreí con lujuria pensando en mi colega. Se hubiera corrido tres veces. Lo cierto es que me apetecía hacerlo a mí. No hubo nada. Ganó la sensatez y le invité a Laura a que posara para que descansara su amiga. Dijo que nunca lo había hecho. Qué ocasión. Le dije que no se preocupara, que yo la iría colocando. No traía ropa como para posar. Se adelantó ella en decirlo añadiendo que podía quedarse en bragas y sostén porque tampoco tenía bañador. No quise precipitarme y le hice primero unos planos del rostro. Era realmente guapa. Luego pasamos a la lencería. Ya había vuelto del baño la chica de Eugenio con su vestidito negro. Laura se movía con mucha desenvoltura y aunque sus prendas no eran ninguna maravilla sus ojos sí lo eran. Pronto supe que me la trajinaría con facilidad. Ella también se fue calentando con mi mirada y cuando le dije “¿Te atreverías con unos desnudos?” respondió “¿Por qué no?”. Los hicimos. Estaba cañón la tía. No me defraudó cuando me la cepillé a la semana siguiente en medio de una sesión fotográfica. Y estaba todavía entera. Fue uno de los casos en los que hay que interrumpir el trabajo porque la temperatura es irresistible. Aunque es cierto que nunca había estrenado a una modelo ni siquiera a una aprendiza. Todas vienen muy trajinadas por los directores, los ojeadores, los publicitarios y hasta por los botones de las agencias. Pero volvamos a la mocita de Eugenio. Se animó al ver a su amiga en cueros y dijo con bastante desparpajo: “Yo también quiero que me hagas unos desnudos”. Supongo que mi colega se retorció de gusto. La niña estaba como un tren. Se adivinaba en la sesión del biquini pero con las dos amigas despendoladas copiándose y superándose en cada postura pude desarrollar una de las más inesperadas sesiones de fotografía erótica, porque incluso conseguimos que compusieran figuras un tanto desmañadas pero con el encanto de la ingenuidad, que más tarde vendí a una revista extranjera. Digo conseguimos porque intervino Eugenio y les dijo con cierto sofoco en la voz: “Poneos juntas y haced como que hacéis cositas”. Resultó la idea. Bueno, por terminar con el asunto: los padres de Elisa, creo que se llamaba así, se enteraron de la sesión fotográfica. Parece que fue un compañero de Eugenio que le seguía los pasos. Recurrió a razones de decencia, moralidad y otras gaitas. El caso es que a la niña la cambiaron de colegio porque no consiguieron que echaran a Eugenio; llevaba muchos años y le hubiera salido muy caro a la empresa despedirlo.

Leopoldo paladeaba el relato de Ricard como un recurso para demorar la toma de decisiones. Eran casi las seis de la tarde y tendría que ir preparando las cosas. Subió de mala gana a su habitación. Pensó en poner música, en amansar con ella a la fiera enjaulada que llevaba dentro. Buscó en su mp3 el Concierto para fagot, de Franz Danzi, y lo hizo sonar. Los desenfadados acordes iniciales aumentaron su ya penosa sensación de banalidad. Prefería el silencio. No quería identificar en lo sucesivo el canto grave y entero del instrumento con su decaído estado de ánimo.

En aquel momento sonó el teléfono de la habitación.

—Mamá… —masculló en voz baja mientras acudía. Pero no, era Ricard.

—Te estoy buscando desde hace rato —le dijo el hombre en un tono afanoso, apresurado y eufórico.

—No será mucho —respondió Leopoldo—. He estado hasta hace un cuarto de hora en el salón.

—Bueno, pues tengo que verte. Hay novedades. ¿Bajas?

—Ahora mismo.

Chantal. Las francesitas. Ya estarían allí. Dejó todo tal como estaba, miró el reloj y salió de la habitación. Bajó por las escaleras a toda velocidad. Su respiración se agitaba. Cuando vio a su amigo solo, se tranquilizó. Pero comprobó que su tono no le había engañado: estaba eufórico.

—He hablado con Chantal. Traen retraso. Llegarán mañana por la mañana. Viene sola, con una de sus amigas. Me ha dicho que las otras dos llegarán dentro de unos días. Le he hablado de ti. Le he asegurado que un tipo muy interesante, tú, las estabas esperando, pero que te tenías que ir mañana precisamente. Me ha preguntado tu nombre y me ha dicho que ni hablar, que te quedes. Le he jurado que intentaría convencerte, así que piénsatelo. Chantal viene a punto de caramelo, te lo digo yo. Ya me conoces. Le haré unos cariñines de bienvenida para no perder las buenas costumbres y a continuación entras en juego. Salvo que prefieras a la otra. Yo te informaré de todos modos después de probarla. Pero con Chantal lo tienes a huevo. Una tía chanchi, insisto.

—¿Y tú?

—Hombre, qué cosas tienes. Según se dé la amiga ya hablaremos. Yo te ofrezco lo que hay. Chantal es un bombón.

—¿Cuántos años tiene?

—Ahora veintitrés si no llevo mal la cuenta. Un auténtico bombón, lo vas a ver. Cuando llegue te desmayarás.

—¿Y ella?

—¿Ella? Me conoce bien. ¿Sabes lo que me ha dicho? “Te llevo un capullito de clavel”.

—¿Habla español?

—Lo suficiente. De todas formas te puedo asegurar que sus manos y sus ojos no necesitan demasiado lenguaje.

—Me va a dar mucho apuro, incluso miedo —dijo Leopoldo con cierta turbiedad en la mirada.

—De ningún modo, muchacho. Es la tía más dulce que te puedas imaginar. Tú déjate querer y ella hará el resto.

—Es que me parece…

—Mira, quédate, confía en mí y verás.

—Bueno, voy a pensarlo —pareció conceder el joven notario.

—Solo tengo que advertirte una cosa de la que no hemos hablado. Ellas pueden plantear algunos usos un tanto extraños, digamos que algunos gustos particulares, cositas que te pueden llamar la atención.

—¿Como cuáles? —preguntó asustado Leopoldo.

—Por ejemplo pedir testigos.

—¿Qué es eso? —siguió preguntando el notario totalmente intrigado.

—Mira, hermano, hablando en plata, una de las cosas que más le gusta a Chantal es estar mirando lo que hacen los otros o que haya alguien viendo lo que ella hace.

—¡Madre mía! Algo parecido a una cama redonda ¿no?

—Ni mucho menos. Eso se llama voyerismo si lo quieres decir al modo antiguo. Es un modo muy francés de participar. Y a ella le gusta hacerlo a las claras, sin tapujos de cortinas ni agujeritos.

—Bueno, bueno... Pero menudo sofoco.

Volvían a ponérsele los dientes largos. Nada de tener que seducir a unas nórdicas desconocidas con un lenguaje imposible y con un desmaño difícil de ocultar. Con las francesitas se trataba de dejarse querer. Y de que hubiera alguien delante. Que podía ser el propio Ricard. No era necesario que lo dijera con todas las palabras. Se suponía. Esos vicios se contagian.

—¿Pero estás seguro de que Chantal, sin conocerme de nada, porque tú se lo digas, solo por el nombre, va a querer hacerlo?

—¡Pues claro! —cortó Ricard—. Eres su tipo. ¿Quieres que te diga una cosa? Escucha: más que yo. Lo sé bien. Hace dos o tres años tenía un amiguito que era tu vivo retrato. Estaba loca por él. Era argentino. Yo le ayudé a conseguirlo y siempre me lo agradece. Después se desenganchó. Supondrás que está en mi onda, que sigue la línea que yo practico y que aprendí de Isabel ¿recuerdas? Pero en cuanto a ti no me cabe duda. Le he preguntado si se acordaba de Goyo y le he dicho que te parecías muchísimo a él. Es cuando se ha puesto a gritar que te retuviera.

—Cuéntame algo más de Chantal. Aún no sé cuándo os acostasteis por primera vez después de aquel viaje a Italia. ¿Pasó mucho tiempo? ¿Qué fue de Brigitte? Dime algo más, que yo me oriente.

—Tranquilo, hombre, tranquilo: ahora te cuento. Sobre Brigitte solo puedo decirte que no la he vuelto a ver. Desapareció. A veces he pensado que pude haberle hecho un hijo porque ni se me ocurrió tomar precauciones. Fue una cosa tan fulminante que no tuve tiempo de averiguar cómo llevaba el ciclo. Otras veces me río de mí mismo y me digo que ella sí que tendría que saber lo que iba a ocurrir y que estaría prevenida. En fin, el caso es que desapareció. Le he preguntado a Chantal un par de veces por ella y me ha respondido que no sabe nada desde hace mucho tiempo. Lo del hijo es una porretería de mi imaginación, como si quisiera explicarme el silencio, pero en el fondo estoy seguro de que no ocurrió nada. Chantal lo hubiera sabido y me lo hubiera dicho.

—Bueno, pues cuéntame algo más de tu amiguita. Quiero estar preparado por si llega el momento.

—No me seas cazurro y no dudes de ti, tranquilo.

—Vale, voy a estar tranquilo.

—Así me gusta.

Ricard le hizo un relato resumido pero muy estimulante del encuentro con Chantal a su regreso de Italia. La magia había funcionado. Los prólogos del primer encuentro tanto en la playa como en el jardín habían propiciado una culminación deslumbrante. El día anterior había llamado a casa de su amigo para avisar. Cogió el teléfono Chantal. Le dijo que llegaría a media mañana. La chica le contestó que le esperaba. Lo dijo en singular de modo que Ricard no se sorprendió al encontrarla sola. Sus tíos tardarían varias horas en volver a casa. Todo resultó de lujo, sin prisas, sin agobios, sin miedos, sin tensiones, como a él le habían gustado siempre los encuentros amorosos. Sobre todo el primero con una mujer joven.

  

 

 

                                                 21.

Leopoldo tenía que tomar una decisión. Chantal estaba al llegar, interesada por un joven notario que se parecía mucho a uno de sus antiguos amigos. La ocasión parecía inmejorable para romper esquemas y saltar barreras. Él, Leopoldo María de La Bisbal y López de Mendoza estaba a tiempo de quitarse la camisa de fuerza que le habían endosado desde la infancia mamá, tía Mercedes, los curas mentalmente estreñidos y el canto de la sirena de aquella posición privilegiada que por fin había conseguido para enclaustrarse más aún en un mundo esclerotizado por maneras y palabras convenientes. A la mierda todo. Se haría fotógrafo, reportero de bellezas humanas, animales, vegetales, minerales… lo que fuese. Al menos se daría un margen. Tenía que quedarse aunque fuera arriesgado.

—Estoy como flotando en una nube —dijo para llenar la pausa tras el relato de Ricard.

Lo miró él saliendo de su ensimismamiento y lanzó un resoplido para liberarse de la tensión acumulada.

—No sé si te voy a poder dejar yo a Chantal, tío. Cuando recuerdo esa primera vez me entra un apetito nuevo que ya, ya. Además nunca lo había contado con tanto detalle. Estás consiguiendo que mis historias salgan del recuerdo como si estuvieran vivas.

—¿No lo están? —preguntó Leopoldo.

—Hombre, los recuerdos son simplemente recuerdos. Yo siempre prefiero la acción. Por eso digo que no sé qué pasará con Chantal. Aunque tratándose de ti lo prometido es deuda. Tendrás a Chantal, vale, tranquilo.

Leopoldo seguía agitado. Su decisión era una mezcla de reto, de rebeldía y de miedo. De miedo también. No lo veía del todo claro. Era extraño que un hombre facilitara tanto el camino a otro. ¿Quién te invita hoy a disfrutar de la mujer que a él le gusta? Solo los esquimales lo hacen, según cuentan. Aunque si Ricard era como decía se trataba de simple coherencia. En fin, quedarse tampoco le obligaba a nada. Siempre podría retirarse o parapetarse tras el nombre de su novia. Quería conocer a las francesas pero también podía decidir hasta dónde. No le iban a llevar al catre nada más llegar. Si Ricard se dedicaba a calentarlas durante el viaje, como al parecer lo estaba haciendo, llegarían hechas unas fieras.

Imaginó que las aguardaba con su amigo en el portal del apartamento. De pronto sonaba un claxon. Eran ellas. Ricard salía disparado, Chantal también y se pegaban un achuchón de la órdiga en plena calle. Pero justo el tiempo necesario para que la otra saliera del coche, se alisara el vestido, se esponjara el pelo y se acercara a ellos. Entonces Ricard le hacía un gesto rápido para que se ocupara de Chantal mientras él recibía a su amiga. La francesita no se andaba con remilgos y le buscaba la boca. Su mirada ardorosa y el calor del beso indicaban que no le había defraudado el joven notario. Casi pidiendo perdón lo dejaba un momento, sacaba del maletero el equipaje que él recogía solícito mientras ella lo sujetaba del brazo y caminaban juntos hacia el portal. Ricard y la amiga les seguían. Era también una chavala impresionante. Ya en el piso dejaban los bártulos en el vestíbulo y pasaban todos al salón. Se sentaban las dos frente a él mientras Ricard iba a preparar unos refrescos. Qué muslos, qué delirio. Se los estaban enseñando a propósito. Sin ningún recato. Hablaban sobre el viaje. Sí, podían hacerlo en francés, él las entendía. Sin embargo ellas lo intentaban en español, sobre todo Chantal. Más movimiento y las piernas por el aire. Hasta el ombligo. Qué visión. Y la otra igual. Mejor que desnudas. Mejor. Menudo mareo. De caerse. Para machacársela. Pero despacio, nada de precipitaciones. Todo a su tiempo. Que se duchen primero. Es el rito. Si es necesario les llevará la toalla. Porque se duchan juntas y con una tienen para las dos. Chantal lo ha dicho. Le ha pedido incluso que luego le lleve la toalla. Luego. No antes cuando todavía no se han desnudado o andan tonteando con esto o lo otro. Luego, estando ya en porretas las dos, húmedas y escurridizas, tiempo de bromas, las primeras bromas, tiempo de cosquillas incluso. “Sécame tú”. ¿Por qué no? A Chantal le gusta que la sequen manos firmes. “Por todo, por todo”. Sin remilgos. Incluso demórate donde ella lo desea. Y si te atrapa la mano en la entrepierna pues quédate allí. Puedes moverte un poco para profundizar pero no para irte. Deja que ella te acompañe con risitas y con ese movimiento tan prometedor. “Y ahora seca a mi amiga”. Ha tardado algo más en salir de la ducha la colega. Lo tienen todo bien estudiado. Qué cuerpo de diosa.

—Aterriza —le dijo Ricard volviendo con el móvil en la mano—. Eran ellas. Les he dicho que vengan aquí y que pregunten por ti si yo no estoy. Parece que se les han complicado las cosas.

—Vaya —se lamentó Leopoldo— ¿alguna avería?

—No, una multa y con líos. Por lo visto han discutido con los gendarmes. Las han llevado a la prefectura. Chantal es de armas tomar. Vete a saber lo que tardarán. Vienen atravesando el sur de Francia.

—Bueno, peor sería un accidente o una avería grave.

—Sí, peor, claro —concedió Ricard con aire de preocupación—. Mira, voy a ver si puedo arreglar algo. Tengo amigos en todas partes. A lo peor tardo un poco.

Leopoldo miró el reloj. Faltaban unos minutos para las ocho. ¿Se iría Ricard a Santander para hablar con el cónsul francés o con algún comisario de policía? ¿No eran más eficaces las gestiones telefónicas? ¿Sería cierto lo de la multa, incluso lo del retraso, o se trataba de otra cosa? Todo aquello le daba mala espina.

Dejó aviso en la Recepción para que le llamaran en cuanto llegara don Gumersindo. Deseaba hablar con él. Tal vez pudiera darle alguna pista. De repente empezaba a desconfiar. Un viaje tan a propósito, tan a punto, primero cuatro mujeres, luego dos, una demora, una multa con detención, demasiado enredo, demasiado suspense y aquél “Esté usted atento” dejado caer por el profesor como poniéndole en guardia ante algo que no llegó a precisar. Tenía que preguntarle con claridad qué tipo de persona era realmente Ricard. Todo parecía demasiado fácil y bien organizado pero al mismo tiempo le daba la sensación de que toda aquella operación flotaba en una atmósfera un tanto enigmática.

Había terminado de recoger sus cosas porque en cualquier caso se iría a la mañana siguiente del hotel. Eran casi las nueve cuando le comunicaron la llegada de don Gumersindo. Le estaba esperando en el bar. Bajó sin tardanza y tras saludarse pasaron a cenar.

—No esperaremos a Ricard porque sus amigas francesas han tenido complicaciones y está tratando de ayudarlas —comenzó Leopoldo.

—¿Ya han llegado? —preguntó don Gumersindo.

—No, siguen de viaje. Parece que se trata de una multa con líos y problemas.

—Vaya. Este buen hombre siempre lleva algún enredo entre manos.

—¿Es realmente un buen hombre como usted lo llama? —preguntó de sopetón Leopoldo intentando aclarar sus dudas.

El profesor pareció sorprendido por el tono de la pregunta y miró detenidamente a Leopoldo antes de contestar. Luego empezó a hablar con mucha lentitud como meditando cada una de las palabras.

—En realidad es un tipo muy singular, ya lo ha podido ir usted viendo estos días. Pero no es un mal sujeto. Lleva una vida estrafalaria, hoy aquí, mañana allí, con sus fotografías, sus libros, sus reportajes, sus cursos, sus amistades, sus mujeres, sus enredos... Por lo demás es un buen hombre, muy original pero incapaz de hacer daño porque sí.

—Mire, le voy a ser sincero otra vez, don Gumersindo. Voy a confiar de nuevo en usted. El caso es que me ha escamado bastante que nuestro amigo me haya ofrecido así, porque sí, sin más ni más, disfrutar de sus amigas, dicho sin rodeos. Me lo pone todo demasiado fácil.

—Él es de esa manera. Cuando alguien le cae bien y le puede hacer un favor se lo hace. Otra cosa es que el interesado lo considere un favor. ¿Quiere usted de verdad conocer a esas chicas? ¿Se siente capaz de disfrutar con ellas como antes me ha dicho? Esta es una oportunidad importante no tanto por el hecho de echar una cana al aire sino porque le puede aclarar sus sentimientos y su situación emocional. Aunque no pueda usted compararlas con su novia sí podrá chequearse a sí mismo. Tal vez se enamore y eso le ayude a tomar las decisiones que deba tomar.

—No sé qué hacer. Por un lado sí, desde luego, me gustaría probar. Pero no estoy seguro de que esa experiencia me aclare las cosas.

—Pues aproveche la ocasión. Si no prueba no tendrá respuestas, al menos por ese camino. No le diría yo esto si lo viera realmente enamorado o si estuviera ya comprometido, quiero decir casado. Los compromisos hay que respetarlos o hay que romperlos, no valen las medias tintas. Pero está usted entre dos aguas o más bien sin haberse mojado todavía.

—Es que por otra parte… no estoy seguro.

—Mire, tiene usted novia. Una novia formal a la que no está seguro de querer de verdad. Y tiene una presión familiar y ambiental que le empuja a casarse pronto. Tal como están las cosas usted sabe que será así si no toma decisiones, si vuelve a su casa tal como vino. ¿Desea estar seguro de lo que va a decidir? Pues sométase a una prueba. A la que puede hacer ahora. Me ha dicho que va a ser imposible una convivencia previa, lo que se llama una experiencia prematrimonial. Le queda esto. Es un test bastante fiable. Después de estar con una mujer o con varias aunque sea de la forma que le ofrece nuestro común amigo, podrá usted chequear sus sentimientos respecto a su novia. Y algo aprenderá de las mujeres.

—Sí, pero luego…

—El luego no está escrito. Arriésguese porque es la única forma de que lo redacte usted con conocimiento de causa. Luego conocerá a su mujer, la que sea, antes o después de casarse dependiendo de si cambia o no de novia. Hablo de ‘conocer’ en el sentido bíblico, ya me comprende. Tendrá usted que comparar, sobre todo los sentimientos. Cuando se acuesta uno con una mujer no es lo más importante el hecho físico sino las connotaciones emocionales. No solo se posee un cuerpo sino que se aspira a la totalidad, a integrarse en eso que llamamos espíritu, alma o como quiera decirse. Cuando se consigue el alma de otra persona, creo que se da un paso definitivo hacia uno mismo. Dicen los que saben de esto que ya no hace falta nada más en cuanto al sexo. Se establece una vía de exclusividad natural por la que ambos amantes avanzan con gozo y sin apenas esfuerzo. Yo he vivido algo de eso.

Calló don Gumersindo. Su mirada perdida lo estaba conduciendo de nuevo a épocas pasadas. Él había vislumbrado el camino. Con su mujer había entrado por la vía de la exclusividad natural que acababa de citar. Leopoldo movió la cabeza haciendo un gesto negativo.

—Tengo muchas dudas y más ahora que empiezo a mirar las cosas de otro modo —dijo.

—Usted verá. Tiene que decidir. Depende de su compromiso, de sus convicciones, de su idea de la moral, en fin, de esas circunstancias que nos hacen tomar posturas en la vida.

—¿Qué haría usted en mi caso?

—Hombre, no estoy en su lugar. Si yo tuviera treinta y pocos años, un noviazgo impreciso, como veo que es el suyo, y una oportunidad como la que le ofrece Ricard no lo dudaría. Hoy no lo dudaría. En mi tiempo era distinto desde el interior de uno mismo, desde la propia conciencia, al margen de que todo era diferente en la sociedad, quiero decir que no existían las facilidades que hay ahora.

—¿Y si Ricard se lo ofreciera ahora?

—¿A mi edad y en mis circunstancias? ¿Y con unas criaturas que pudieran ser mis nietas? Hemos hablado de eso antes. Y aunque sea medio en broma lo ha hecho, me lo ha ofrecido. Mi respuesta tajante es no. Solo quiero paz para ver si se me aclaran las cosas. Ya sabe usted lo que me pasa. Mis circunstancias son distintas a las suyas aunque ambos tengamos un problema afectivo. Yo estoy enamorado y usted no.

—¿Ha tomado ya alguna decisión? —preguntó Leopoldo.

—No. Realmente no. La verdad es que necesito hablarlo con Ricard pero me estoy demorando. Cuando se vayan esas amigas que espera y esté el hombre más cabal lo haré.

—¿Le va a hablar usted de Isabel?

—Sí.

—¿Acaso él la conoce? —decidió averiguar Leopoldo.

—Precisamente. Demasiado bien la conoce. O mejor dicho la conoció. Hay una vieja y larga historia entre los dos. Y yo no estoy dispuesto a inquietudes en ese terreno.

—Vaya qué casualidad —disimuló Leopoldo.

—Pues ya ve usted lo que es la vida. Fueron amantes. Es más: fue Isabel quien inició a Ricard en el amor. O mejor en el sexo, no confundamos las cosas.

—¡No me diga! —exclamó Ricard con el tono de sorpresa necesario para seguir ocultando sus conocimientos.

—Así es. Hace mucho tiempo que no se ven por lo que sé, pero temo que vuelva a rondarla en cuanto la localice para conseguirla de nuevo.

—Si ella no quiere no pasará nada.

—No me fío. Mire, el hombre es fuego y la mujer estopa. ¿Ha leído usted Las amistades peligrosas del francés Laclos?

—No.

—Pues ahí tiene un ejemplo relevante. La más acendrada virtud y la más decidida fidelidad de una mujer se desploman ante las carantoñas y los requerimientos de un buen seductor. Y Ricard lo es.

—Eso parece.

—Y le enseñó Isabel, imagínese. Lo sé todo. Ella me ha contado su vida de pe a pa.

—Menudo asunto.

—Él sigue obsesionado. Al menos eso me ha dicho Isabel una y otra vez. Hubo un tiempo en que la seguía a todas partes. Hace años que dejó de hacerlo porque ella cambió de escenario y él perdió la pista. Pero ahora ha vuelto a Madrid y es fácil que se encuentren de nuevo. Ya que tengo un problema sentimental con mi pasado no quiero tener otro con mi futuro.

—No se ofenda, don Gumersindo, pero ¿no le importa la vida anterior de Isabel?

—Mire, agua pasada no mueve molino. Lo que no quiero es que me lo mueva agua nueva o un agua antigua rejuvenecida.

—¿Y no teme que vuelva a las andadas? Dice el refrán que la cabra siempre tira al monte. ¿Qué piensa Isabel de eso? Supongo que lo habrán hablado.

—Claro. Ella quiere asentarse. Dice que ya ha gozado de la vida, que no detesta nada de lo que ha vivido pero que ahora desea la estabilidad emocional que nunca tuvo. Cree que no habrá problemas con nadie, con ninguna de sus anteriores relaciones; a lo único que teme es a la obsesión de Ricard. Por lo visto él se enganchó muy fuerte, rompieron a destiempo por decisión de ella y a él le han quedado cosas sin resolver. Se sorprendió mucho Isabel cuando supo que yo tenía amistad con su antiguo amante.

—Pero el tiempo todo lo disuelve ¿no es así?

—Depende; ya lo hemos comentado antes. Cuando uno tiene tendencias obsesivas ocurre todo lo contrario. Se idealizan las situaciones y se mitifica a las personas.

—¿Y si lo hablan los tres?

—Ahí está el riesgo, ya se lo he dicho. Si se encuentran otra vez y Ricard la tiene localizada no me fío un pelo.

—¿Entonces por qué quiere usted hablarlo con él?

—Es como tratar de obtener un compromiso previo y a ciegas sin dar opciones a la vista que es la gran embaucadora de los hombres.

—¿Quiere usted firmar un pacto con él entonces?

—Sí.

—Tengo que decirle que su forma de pensar no va por ahí. Recuerdo haberle escuchado que en este terreno los pactos no se respetan. Supongo que lo sabe, que conoce a Ricard.

—Lo conozco pero no tengo otra opción. Al menos así sabrá que estoy ojo avizor. Además espero que él también empiece a estabilizarse; ya va teniendo edad.

—¿Cree usted que estabilizarse en las relaciones amorosas es cuestión de edad?

—Hombre, todo cuenta. Va en personas. Hay quienes se estabilizan o lo intentan al menos a los treinta. No lo consiguen muchos por lo que he ido viendo. Y menos en estos tiempos en los que la gente es más natural. Cuanto mayor es uno mejor resulta en general. A partir de los cuarenta y tantos o de los cincuenta es más fácil entenderse, respetarse y compartir. Son mis deducciones en un tema que me preocupa y que nos afecta a mí y a mis hijas sin ir más lejos.

Iba ya mediada la cena. Leopoldo no quería acabar sin plantearle a don Gumersindo la cuestión que en las últimas horas le había inquietado. En opinión del profesor, Ricard era un buen sujeto, no había trampa en sus ofrecimientos, él era así. Pero a pesar de todo quedaba la pregunta clave y decidió hacerla.

—Mire, don Gumersindo —dijo después de una pausa— quiero hablarle de un tema delicado que me ha estado rondando toda la tarde. Se trata de lo siguiente: sé por un primo mío experto en estas lides que algunos personajillos empiezan ofreciéndote encuentros fáciles con mujeres para luego ellos mismos… una vez estás desfallecido… me entiende usted ¿no?

—Claro que le entiendo, hombre.

—¿Y cree que Ricard puede ser uno de ellos?

—Pues no lo sé, qué quiere que le diga. Más bien pienso que no. Nunca he notado nada en ese sentido y lo conozco desde hace mucho tiempo. Se relaciona fácilmente con la gente, hombres y mujeres, pero creo que las que le van son solo ellas. Conozco a algunos de sus amigos varones y los hay de todas las edades. Incluso hay gente más joven que usted, algunos modelos masculinos con los que trabaja. En ese mundillo se da bastante la homosexualidad, es bien sabido. Sin embargo Ricard nunca me ha contado nada al respecto. Lo hubiera hecho de existir algo. Porque hablando de sus ligues nunca ha tenido tapujos. Estoy seguro de que me hubiera contado o al menos sugerido sus enredos con hombres, estoy seguro.

—Entonces puedo estar tranquilo.

—Por ese lado sí. No pongo la mano en el fuego por nadie pero en este caso creo que no me equivoco.

—Es que recuerdo que hablando ayer con usted me dijo algo parecido a “Esté usted atento”. Cavilando sobre ello he pensado que podía referirse a algo de esto.

—No recuerdo por qué se lo dije. Podía estar hablando en términos generales al observar que a usted le inquietan estas cosas. Desde mi punto de vista hay un riesgo muy grande en el trato con las mujeres tal como lo hace nuestro amigo. Siempre le he dicho que quizá les mime muy bien el cuerpo pero que ellas necesitan algo más, algo muy sutil que se les escapa a muchos hombres. Se trata de los sentimientos, de las emociones, del alma en definitiva. No se las puede considerar o valorar solo como hembras. En esta sociedad machista la mujer está en un pedestal pero solo provisionalmente. Mientras es joven, guapa, apetitosa y tal se la mima, se la festeja, incluso se la venera. En cuanto pasa de los cincuenta y empieza a disminuir su encanto exterior como les ocurre a la mayoría comienza el declive de la atención y el respeto. Salvo que sean estimadas al mismo tiempo por sus cualidades humanas y sus sentimientos. Aunque resulte lamentable, lo que las mantiene a veces en alza son circunstancias económicas o profesionales. Si una mujer es apreciada por sus valores en el campo artístico, político, financiero o académico no se le contabilizan sus desencantos femeninos; para la mayoría de los hombres es como si se tratara de uno de ellos travestido.

Habían terminado de cenar. Ricard seguía sin aparecer. Iban a dar las diez de la noche. Hacía una temperatura agradable que invitaba a pasear. Decidieron hacerlo por los alrededores del hotel. Don Gumersindo conocía la situación del apartamento donde vivía el trotamundos pero no era cuestión de despistarse. Esperarían cerca por si llegaba y los necesitaba para algo. Dejaron recado en la Recepción y salieron.

La noche se había apoderado del horizonte y solo un mínimo resplandor delataba el punto de la puesta del sol. Del mar llegaba una brisa oscura aleteando sobre los rumores de las olas blandas que azotaban el acantilado. Los dos paseantes se habían detenido acodados en la barandilla que daba al cortado bajo el que un brazo de la playa se estaba ampliando con la bajamar. Desde allí dominaban el acceso al hotel y podían controlar la llegada de Ricard.

—Los elementos naturales nunca defraudan al ser humano siempre que se cuente con su volubilidad. Pero como esta no conlleva mala intención la paz interior está salvada —comentó don Gumersindo.

—Estoy de acuerdo. Primero los elementos naturales, los inanimados, luego los vegetales y por último los animales. Es un tópico aquel dicho de que cuanto más conoce uno a los hombres más quiere a su perro ¿no?

—Así es —confirmó el profesor—. Sin embargo hay algo todavía más fiel al ser humano que todo lo anterior: la música. Nunca defrauda la música.

—Es verdad.

—La música siempre responde a las expectativas que se depositan en ella. Es un valor más seguro que la propia naturaleza. Un día que necesitas sol puede salir lloviendo o un vendaval es capaz de arruinar el esplendor de un árbol en flor pero si necesitas determinada música, sea relajante o euforizante, la tienes siempre a tu disposición sin problemas. Si acaso no se consiguen los efectos apetecidos es cuestión del oyente, no de ella.

—¿Cuáles son sus autores favoritos? —preguntó Leopoldo intentando hacer tiempo.

—Ya hablamos de eso ayer, recuérdelo.

—Es verdad, discúlpeme. Estoy un poco despistado.

—No se preocupe. La realidad es que no tengo preferencias personalizadas en este o en aquel músico. Más bien me guío por un registro de temas, de fragmentos, de cadencias, de sonoridades… Procuro no encerrarme en ningún tópico sobre si este me gusta y el otro no. Hay unos pocos genios, ya se lo decía ayer, pero sobre todo hay unas melodías inspiradas. Y no solo en la llamada música clásica o culta sino también en otros desarrollos armónicos como la música folclórica que ahora llaman étnica. Le aseguro que existen creaciones populares geniales. En la música andina, en el folclore polaco, en el ruso, en el zíngaro, en el italiano, en el balcánico, en el griego… y también en el español, por supuesto.

—No conozco apenas ese terreno y lo siento.

—Pues ya le digo que es impresionante.

Un vehículo entró en el aparcamiento del hotel, se detuvo y apagó las luces. Era el coche del Ricard. Don Gumersindo lo había reconocido. Le hizo una seña a Leopoldo y ambos caminaron hacia él.

—¿Cómo van las cosas? —preguntó el profesor.

—Mal —dijo Ricard visiblemente alterado.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó don Gumersindo.

—¿Siguen detenidas tus amigas? —añadió Leopoldo.

—No, no, esto no tiene nada que ver con ellas —respondió Ricard con precipitación y mirando a todos los lados como si buscase a alguien—. ¿Ha venido un hombre preguntando por mí?

Don Gumersindo y Leopoldo se miraron con extrañeza. ¿Un hombre? ¿Quién? Hicieron los dos una señal de desconocimiento y el profesor dijo:

—No hemos visto a nadie. Mire por si acaso en la Recepción.

Nada. Allí tampoco sabían nada. Nadie había preguntado por él y nadie le aguardaba.

—¿Qué aspecto tenía ese hombre? —preguntó Leopoldo.

—Da igual —respondió con impaciencia Ricard—. Ahora soy yo el que necesita ayuda.

—¿Qué ocurre? —volvió a preguntar don Gumersindo.

—Patricio. Se ha largado sin decir nada. Me temo lo peor.

Leopoldo abrió los ojos de par en par mientras el profesor miraba desorientado a los dos.

—¿Patricio? ¿Patricio tu amigo, el de la historia de Paula? ¿Estaba aquí contigo?

—Sí —respondió con impaciencia Ricard.

—¿Quién es Patricio? —preguntó aún más desconcertado don Gumersindo.

—Es largo de explicar. He estado dando vueltas con el coche por los alrededores, he registrado todas las salidas del pueblo, he entrado en todos los bares pero no lo veo por ninguna parte. Tenía la esperanza de que hubiera venido aquí a despedirse, a explicarse, a decir algo. Ahora sí que no sé qué hacer.

—Pero ¿quién es Patricio y qué pasa con él? —insistió el profesor.

Ricard resoplaba como una fiera enjaulada. Leopoldo empezó a comprender. ¡El supermercado! Patricio vivía en casa de Ricard y este no quería que se supiera. Estaba allí escondido por alguna razón. De vez en cuando le compraba alimentos. ¿Qué ocurría? ¿De qué o de quién se ocultaba Patricio? Recordó que su amigo había mencionado algo como “final trágico” refiriéndose a las relaciones de Paula y Patricio. ¿Qué había pasado? Y ¿qué podían hacer ellos, don Gumersindo y él?

—Cuente con nosotros para lo que sea necesario —se adelantó a decir el profesor.

—Gracias, pero no se me ocurre nada. No puedo ir a comisaría, no puedo recurrir a nadie, no sé qué hacer.

En ningún momento durante aquellos tres días había visto Leopoldo tan desarmado a Ricard, tan desangelado. Algo importante había sucedido o algo tremendo se avecinaba.

—¿Puede ocurrir algo grave entonces? —preguntó.

—No lo sé. Si al menos me hubiera dejado una nota, una explicación, algo...

—Patricio vivía en tu casa ¿no?

—Sí. No tenía a dónde ir y me lo traje. Aquí no lo iban a buscar.

—¿Ha hecho algo punible? —preguntó el profesor.

—Según se mire. No puedo dar muchas explicaciones. El caso es que tengo que actuar.

—Pues a estas horas mal lo tenemos —dijo don Gumersindo.

—¿No habrá salido a dar una vuelta y se habrá retrasado? A lo mejor está de regreso —añadió Leopoldo.

—No. Se ha llevado sus pertenencias. Lo único que ha dejado han sido los apuntes sobre Paula.

—¿Teme usted que haya hecho alguna tontería, que se haya suicidado, por ejemplo? —preguntó el profesor.

—No. Patricio no va por ahí. Vamos, no creo.

—Entonces tranquilo. Si huye de algo o de alguien ha decidido no complicarle a usted más y seguir su ruta.

Ricard levantó los hombros con impotencia.

—Bien, veremos qué pasa —terminó diciendo.

Repentinamente apareció en la memoria de Leopoldo la imagen de aquellas dos figuras que se adentraron con sus voluminosas mochilas en el bosque próximo al picadero donde había espiado a las nórdicas. Algo se traficaba por allí. Fue la imprecisa sensación que le produjo la escena.  ¿Tendrían algo que ver aquellos sujetos con la presencia o ausencia del tal Patricio? La incógnita se diluyó en su mente al escuchar la voz del profesor.

—Bueno, hablando de otra cosa —continuó don Gumersindo— ¿cómo va el tema de sus amiguitas francesas? ¿Ha podido resolver algo?

—Sí —respondió Ricard rehaciéndose— ya se ha aclarado el follón. Era una nadería pero se ve que venían con prisa y se han saltado un stop.

—¿Las han soltado? —preguntó Leopoldo.

—Sí. He tenido que hablar con un gendarme de Bayona que es amigo mío y la cosa no ha ido a más. Aunque ha sido difícil porque Chantal se enfrentó a los agentes. Parece que venía cansada y que perdió los nervios. En fin, todo se ha resuelto.

—¿Y cuándo llegan? —volvió a preguntar Leopoldo con cierta ansiedad.

—Mañana temprano. O un poco más tarde. Aún les quedan varias horas. Y tienen que descansar. Pueden estar aquí para el mediodía. Aunque ahora se han complicado las cosas.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que no contaba con que se fuera Patricio y había alquilado otro apartamento para ellas. Yo tengo que estar en casa por si aparece mi amigo. A no ser que… en fin, tengo que pensarlo.

Leopoldo miró su reloj. Iban a dar las once. Debía llamar a mamá para confirmar su llegada al día siguiente. El autobús salía a las ocho de la mañana. Para la una del mediodía estaría en casa. Subió a su habitación mientras don Gumersindo acompañaba a Ricard al comedor y quedó en bajar enseguida.

Las cosas se complicaban con el asunto de Patricio. Alguien tenía que recibir a las francesas en el apartamento nuevo y alguien distinto esperar en el viejo el posible regreso del fugitivo. Dudó. Por última vez dudó. Irse o quedarse. Por un lado el portalón solemne, escueto, limpio y bien definido que le introducía en el edificio de una vida ordenada, exquisita y gris, con personalidades muy serias, muy pulcras y oficialmente felices. Por el otro una juguetona trampilla que conducía a zonas por explorar en las que se percibía el eco del jolgorio, donde el ambiente era cálido y húmedo con rumor de risas y sonar de músicas, un pasillo por el que se andaba a tientas, un circuito abierto a la sorpresa donde los encuentros estaban sin determinar.

Tuvo la curiosa sensación de que por allí andaba Clara. Mejor aún: Clara y primo Teodoro. ¿Se habrían estado riendo de él durante todo aquel tiempo? Una avalancha de recuerdos y multitud de sensaciones contradictorias invadieron sus sentidos. En la pantalla de su mente empezaron a danzar refinadas mujeres sin rostro cuyo aroma podría definirse como embriagador. Unos estremecimientos profundos se extendían desde la base de su columna vertebral hasta lo más alto de su cabeza haciéndole temblar. Abrió los ojos. Entró al baño. Se lavó la cara y se miró al espejo. Así estaba mejor. Ya podía hablar con mamá. Sí, ninguna novedad. El autobús llegaba hacia la una del mediodía. Bien, de acuerdo, le esperarían.

En la Recepción dejó aviso para que le despertaran a las siete. Se asomó a la puerta del hotel y contempló por última vez la silueta del acantilado. Luego acudió en busca de Ricard y de don Gumersindo para despedirse de ellos. No encontró a ninguno de los dos, no estaban en el comedor. El conserje le informó de que habían salido precipitadamente en compañía de un desconocido —de bastante mala pinta, según dijo— que había llegado preguntando por don Ricardo.

 

                                                    * * *

El teléfono sonó a las siete en punto de la mañana. Leopoldo abrió los ojos, comprobó la hora en su reloj y agradeció al conserje la llamada. Miró hacia ambos lados. Por la ventana entreabierta se colaba la primera claridad del día. Bostezó y se fue levantando lentamente. Tenía al lado el mp3 pero no hizo ademán de ponerlo en marcha. Acudió al baño, se miró al espejo y no le gustó su cara. Recordó uno de los sueños de aquella noche. Era más bien una pesadilla.

Estaba envuelto en una nube de humo en medio de una enorme sala con mucha gente fumando. Llevaba un traje negro, una especie de uniforme de gala, y tenía el rostro demacrado. Era ya viejo. Su espalda se encorvaba. Del fondo de sí mismo brotaba una voz que le acusaba de no haber sido feliz. Todo el mundo podía oír aquella voz. Miraba a su alrededor y observaba risitas sardónicas entre sus acompañantes. Luego venía un vuelo de gaviotas. De su corazón de sal escapaban dos inocentes avecillas marinas dejando un reguero de sangre. Aleteaban con desesperación para ganar altura y a medida que ascendían se iban volviendo cada vez más pérfidas. Un pánico oscuro le nubló la vista. Corrió a los aseos y se miró al espejo con horror.

La expresión de su rostro había sido semejante a la que ahora tenía. Sus rasgos eran tersos aún como si pudieran diseñar un epílogo cercano. Salió del baño, se acercó a la mesilla, cogió el mp3 y lo puso en marcha. Comenzó a acariciar sus oídos el Vals de la Primavera de Johann Strauss hijo. Levantó los brazos y esbozó unos pasos de danza. A continuación salió a la terraza dejando la puerta bien abierta.

El sol estaba a punto de rasgar la bruma. Lo saludó con los brazos en alto. La música de Viena comenzó a dulcificarle las facciones. Sonrió. Danzaban tanto sus piernas como sus pensamientos. Sobre todo le danzaban los ojos. Vio a lo lejos, casi en la vertical entre el mar y la tierra, dos sombras voladoras que parecían descender. Otra vez un vuelo de gaviotas. Los perfiles oscuros de las aves se fueron suavizando hasta que se hicieron diáfanos. Eran tres. El primer rayo de sol las pintó de color blanco brillante. Las tres vinieron a posarse sobre el acantilado enfrente de su terraza. Un sentimiento eufórico totalmente desconocido le hizo estremecerse de los pies a la cabeza. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas temblorosas. Aparecieron dos nuevas gaviotas y se posaron al lado de las tres primeras. Strauss comenzó a leer melódicamente los Periódicos Matutinos. Luego se expandió por todo el universo el aroma de las Rosas del Sur y el color blanco brillante de las cinco gaviotas que seguían inmóviles frente a él. Poco después eran diez. La emoción lo envolvía desde todos los puntos de la Rosa de los Vientos. La música era una densa sensación interior.

Cuando volvió a entrar en la habitación iban a dar las ocho de la mañana. Había contado trece pájaros. Bajó el volumen de la música y llamó a la Recepción. No, no había problema en que se quedara. De acuerdo, muchas gracias, un último favor. ¿Un fax? Sí, su padre se negaba al ordenador y al móvil. En su casa no había correo electrónico. Tenía que ser por ese medio. Sí, tomaban nota. Repitió el número del fax. A nombre de Don Leopoldo de La Bisbal y Quiroga, Valladolid. Leyó el texto: “Asuntos de última hora me obligan a retrasar el regreso varios días. Dejamos la fiesta familiar para más adelante. Avisaré”. No debían enviarlo hasta las doce en punto. Muy bien. Muchas gracias.

Perfecto. Mejor así. Justo una hora antes de la llegada del autobús. Oirían el ronroneo del aparato en el despacho de papá. Se sorprenderían. Mamá y tía Mercedes se mirarían intranquilas. Don Leopoldo levantaría los hombros. Tía Leonor esbozaría una enigmática sonrisa.

Leopoldo salió de nuevo a la terraza, contempló el panorama que cerraba el horizonte y observó complacido cómo la bandada de gaviotas que se había ido posando ante sus ojos sobre el acantilado emprendía el vuelo. Un trampolín hacia la libertad.